Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 12. ESTO ROMPE TODAS LAS REGLAS #3
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12. ESTO ROMPE TODAS LAS REGLAS #3

―No la vi más que un instante. Desde luego, el príncipe no lo mencionó ―respondió Callen con una mueca de desconcierto.

―¿Y qué hicisteis después? ―preguntó Lys con voz suave, casi maternal.

Atwater se frotó el puente de la nariz, incómodo. No entendía a qué venía aquel interrogatorio sin sentido.

―Nada inusual, me parece. Supongo que volvimos a nuestros aposentos. No hemos vuelto a hablar sobre ese día. Para mí es como si todo estuviera en orden.

―¿Había alguien más con ellos? ―dijo Wêr.

―No, estaban solos.

―¿Y no os pareció extraño que el príncipe estuviera acompañado de una joven a esas horas y sin que la conocierais? ―La voz de Helmet iba cargada de hiel.

Ambos se removieron en sus asientos.

―Tal vez… sí ―admitió Callen―. Pero, en ese momento, no nos lo pareció. Y ahora, cuanto más intento recordarlo, más me convenzo de que era una noche normal, agradable. Lo lamento, no puedo precisar más. No presté la atención suficiente porque no lo vi necesario.

―Yo tampoco ―agregó Atwater.

Xwîn los observó fijamente durante unos segundos antes de hacer una última pregunta.

―Entonces, ninguno recuerda su nombre o su voz.

―No ―dijo Callen.

―Ni siquiera sus ropas, ¿verdad? Solo su presencia ―concluyó el general, pasándose la mano por el mentón.

―Exacto ―añadió Atwater.

Los consejeros asintieron, claramente incómodos por no poder ofrecer más.

Xwînxwar miró a Helmet y asintió. Su líder, satisfecho, le respondió del mismo modo.

No podrían sonsacarles mucho más porque Alana les había hecho olvidar la reunión, pero ya no tenían ninguna duda de que ella sí había hablado con Alistair.

Un silencio denso se instaló en la sala unos instantes. La chimenea rugió un poco más fuerte, como si quisiera confirmar las sospechas de todos los Drăgoi.

―No creo que haya sido un descuido. Ella quería que lo supiéramos ―musitó Helmet para que solo los suyos pudieran oírlo.

Se acercó a ambos y los obligó a mirarlo. Sin más, les susurró la orden de que olvidaran aquella reunión y a la muchacha. Sonrió para sí cuando agregó que ese iba a ser un buen día para ambos.

―… Podéis marcharos ―acabó ordenando.

Los dos ingleses se pusieron de pie, ofrecieron una reverencia apresurada y salieron del salón sin mirar atrás.

―¿Lo oís? ―dijo Wêranker cuando se quedaron a solas.

―¿El qué? ―preguntó Qiloçker.

―El eco de la victoria ―afirmó ella.

―Wêr, sabes que eso jamás debe decirse ―la regañó Bêwestan.

―¡Pero Alana es capaz de someter a vampiros, Bêw! Si tiene ese poder, ¡venceremos a Mørket!

Helmet no dijo nada. Sus ojos continuaban fijos en el lugar donde habían estado los dos hombres, como si aún pudiese ver en ellos la silueta de alguien que no podían recordar.

―Ahora ya lo sabemos ―dijo al fin―. Alistair no se equivocó al pensar que alguien lo había sometido. Fue Alana, aunque nos queda saber por qué.

Lys cruzó los brazos, preocupada.

―¿Y qué haremos ahora?

Su esposo tardó un instante en responder.

―Nos prepararemos para lo imposible. Si es capaz de robar la voluntad, también puede moldearla a su antojo. Y si algún día llegara a ejercer ese poder sobre Abbadon o sobre los que le siguen sin cuestionarlo, el equilibrio de este mundo se rompería sin remedio.

Helmet sonrió. Se acercó a la chimenea y apoyó las manos en la repisa. Clavó la mirada en el fuego, como si buscara ver en las llamas el futuro con el que llevaba soñando siglos y que aún no había sido escrito.

―Con ella al mando de ese ejército, no habría fuerza que capaz de oponérsele ―dijo Lys―. No necesitaría aliados, todos seríamos esclavos bajo sus órdenes.

―No creo que esté en su mano hacer lo que dices ―añadió su esposo.

―¿Por qué no? ―agregó la Mosul, intrigada.

―Porque si ÉL se lo hubiera pedido, ya estaría hecho. Ninguno de nosotros podría pensar con claridad y, tal vez, habríamos olvidado quiénes somos. O, peor aún, estaríamos muertos… de verdad.

Todos asintieron, puesto que Helmet tenía razón. No había motivo para retrasar la guerra si la joven ostentaba aquel poder y podía esclavizarlos.

―Esperemos que pronto se ponga en contacto con nosotros. Tarde o temprano, tendremos que dejar el castillo. Quiero regresar a nuestro hogar ―dijo, mirando a Lys―. Después, ya veremos cómo enfrentamos lo que nos queda.

Se pusieron en pie para marcharse. Los cuatro generales inclinaron la cabeza ante ambos como señal de respeto. Sabían que lo que estaba en juego no era una única vida, era el equilibrio de su raza, la de los skyggene y la de los humanos.

Cuando se quedaron solos, Lys se acercó a Helmet con el rostro preocupado.

―No me gusta saber que ella puede robarme quién soy y todos mis recuerdos ―confesó en voz baja, angustiada.

―Ni a mí. Pero esto es lo que llevamos haciendo miles de años con todas las civilizaciones que han surgido, cuando no las hemos aniquilado.

Ella lo miró con una mezcla de temor y cariño.

―Tienes razón, aun así, no me hace gracia estar al otro lado.

Helmet se acercó, tomándola por las manos.

―Lys, nos guste o no, algún día tendremos que afrontar nuestros actos. Sabes que no podemos quedar impunes.

―Maldigo a Mørket y a lo que nos condenó.

―Sabias palabras, amor mío.