12. ESTO ROMPE TODAS LAS REGLAS #2
―Si os soy completamente sincero, la respuesta es no.
Un rotundo no ―repitió―. Aun así, cuando Alistair me lo echó en cara, algo me hizo pensar que tal vez…
tal vez ella hubiera sido capaz de engañarme con lo de mi familia.
Quiero decir que mi esposa, mi hija, la destrucción de mi pueblo e incluso mi conversión podrían haber sido recuerdos implantados.
Los cinco lo miraron fijamente, sin comprender del todo a dónde quería llegar. Lys se adelantó a los generales y preguntó:
―Pero, Helmet… A mí me mostró mi hogar, a mi madre, momentos de mi niñez en los que fui completamente feliz. Eso no fue un recuerdo implantado, eran mis propios recuerdos.
―Yo tengo que decir que estoy de acuerdo con Lys ―intervino Bêwestan. Los otros se limitaron a asentir―. Eran mis recuerdos, señor.
―Ahí es donde yo quería llegar. Podría cuestionar si mis recuerdos fueron una ilusión, pero ¿y los vuestros?
¿Los de Dorek o los de tu padre, Lys? No.
Lo que Alana me mostró no era una mentira.
Al menos, lo poco que me queda de alma me dice que debo confiar en ella y protegerla incluso con mi propia vida.
Por eso, cuando vuelva a verla, le preguntaré directamente si posee ese poder.
Y, si es así, pactaré con ella que jamás lo utilice contra ninguno de nosotros ni contra quienes se unan a nuestra causa.
Todos lo miraron sin poder creer lo que acababan de oír.
―¿Lo dices en serio? ―Xwîn era el que mejor lo conocía y jamás había esperado escucharle tal declaración.
―Sí, amigo mío. Ella me ha devuelto mi pasado, quién fui.
Lo que vi era real. Todo mi ser me dice que confíe en ella ―recalcó― y en…
ÉL. Sé que no es necesario que trate de convenceros, vosotros mismos lo experimentasteis.
Además, si quisiera esclavos y no aliados, ¿para qué tomarse la molestia de pedirnos ayuda?
El primer general asintió.
―Ella dice la verdad, la más cruda y absoluta ―añadió Xwîn con seguridad―.
Yo no dudo de su palabra. Y no fue magia lo que hizo, me mostró un instante de mi vida que jamás le había contado a nadie.
Sé que a todos os ha pasado lo mismo. Como a ti, Helmet, algo me impulsa a dejar de dudar, a que siga a su lado porque me necesita.
A todos. Si sentís lo mismo, aceptémoslo y sigamos adelante.
―Exactamente ―murmuró su líder―. Creo que no podría haberlo dicho mejor. Ella es el nexo entre lo visible y lo que aún no comprendemos. Incluso después de haber vivido tanto.
Qiloçker miró a Bêwestan y después resopló.
―Si Abbadon descubre que ella existe y que podría robarle la voluntad, se va a cabrear y mucho. ¡Me encanta!
―Y a mí ―añadió Helmet mostrando su sonrisa más sincera―. Pero, antes de celebrar la victoria, debemos estar seguros de que de verdad ha ocurrido y no solo es la invención de Alistair para justificar sus actuales sentimientos.
Wêranker tamborileó los dedos, pensativa.
―Estoy de acuerdo contigo. Pero, Helmet, si un poder así existe, esto rompe todas las reglas. Destruye el orden al que nos hemos ceñido durante milenios y cambiará el juego.
―Lo sé ―reconoció él.
Bêwestan cruzó las manos sobre la mesa.
―Estoy con vosotros. Pero, antes de que puedas preguntárselo tú mismo a Alana ―dijo, dirigiendo la mirada a su señor―, creo que deberíamos hablar con alguno de los consejeros, descubrir si los vieron juntos. Y, si es así, entonces Qil tiene razón.
Helmet asintió, al igual que el resto. Xwînxwar se levantó para dar la orden a uno de los guardias.
―¿Y qué hacemos con el príncipe? ―dijo Lys, preocupada porque Alistair cometiera la imprudencia de seguir indagando.
Su esposo lo pensó unos segundos.
―Lo vigilaremos. Me ha asegurado que quiere marcharse en cuanto llegue Edmund para ocupar el trono. Lo que me parece ridículo es que tema que la normanda pueda escapar. Me ha asegurado que no puede obligarla, y eso me parece imposible de creer.
―¿Escapar? ―repitió Bêwestan―. El príncipe es un inepto ―dijo en voz alta lo que todos pensaban―. Si Herleva pierde el control y no se molesta en hacer olvidar a sus víctimas, nos pondrá a todos en peligro.
―Entonces, será él quien cargue con las consecuencias ―aseguró su líder―. Una vez que su tío suba al trono, Alistair puede desaparecer. O quizá acabe yo con él para fastidiar a Abbadon.
Xwînxwar sonrió con apenas un movimiento del labio inferior.
―Táctica refinada, como siempre.
Helmet clavó sus ojos en él y también sonrió. Definitivamente, su primer general lo conocía bien.
―La verdad, preferiría que lo del príncipe fuera un simple arrebato por no querer admitir sus sentimientos.
―Pero no crees que sea tan simple, ¿verdad? ―preguntó Lys.
―No, amor ―dijo él, negando con la cabeza.
―Yo tampoco ―reconoció ella.
Helmet le dedicó una mirada tan significativa que ella tuvo que contener la sonrisa. Luego él le apretó la mano y se dirigió a todos.
―Nadie más debe saber nada de lo que sospechamos, ¿entendido?
―Sí, señor ―respondieron los cuatro.
―Esta conversación debe morir aquí. En cuanto los consejeros nos digan lo que sepan, no volveremos a hablar sobre esto hasta que la misma Alana pueda aclarárnoslo.
Sus generales asintieron y Lys le dedicó una leve sonrisa. Sabía que el asunto era demasiado delicado y que su esposo tenía razón: esa conversación no debía traspasar los límites de aquellas frías paredes.
El breve silencio que siguió a la orden solo fue interrumpido por el crepitar tenue del fuego en la chimenea, hasta que un par de golpes secos en la puerta los devolvió al presente.
―Adelante ―dijo Helmet sin volverse.
El guerrero anunció a Callen y Atwater. Ambos llevaban sus túnicas bien ajustadas y los rostros serios, aunque levemente desorientados.
Hicieron una breve reverencia, pidiendo permiso para ocupar los dos sillones dispuestos junto al fuego.
El vampiro prefirió permanecer de pie mientras los suyos seguían sentados en la mesa.
―Os agradezco vuestra presencia habiéndoos avisado con tan poca antelación ―comenzó el líder Drăgoi, cruzando las manos.
Ninguno de los suyos tenía dudas de que les podía haber robado la voluntad sin problemas y al instante, pero, con el pasar de los años, Helmet había descubierto que la información dada sin coacción era mucho más extensa y explícita.
―Vos… diréis ―respondió Avery Callen por los dos.
―Necesito esclarecer una duda que me ha surgido a raíz de una inocente conversación. Como hombres de honor que somos ―dijo para engrosar su ego―, sabemos que algunos detalles menores pueden ser claves para encontrar la verdad oculta tras el velo de la ignorancia.
Los dos consejeros intercambiaron una mirada confusa, incapaces de descifrar la intención de aquel comentario.
―No os entiendo, señor ―admitió Thane Atwater.
―¿Alguno de los dos recuerda haber visto al príncipe Alistair junto a una joven de cabellos rubios y ojos de color azul intenso hace casi una semana? ―inquirió el Drăgoi.
Thane frunció el ceño y miró al otro consejero. Después, fijó los ojos en las llamas, como si buscara en la memoria un hilo del que tirar para poder recordar.
―No lo sé ―reconoció.
―Sí, Avery, ¿no te acuerdas? ―murmuró Atwater―.
Ambos nos marchábamos de la sala del trono con media docena de soldados, aunque no recuerdo con exactitud por qué.
Sé que estábamos allí, en el vestíbulo. El príncipe respondió a nuestro saludo con un simple movimiento de cabeza ―repitió despacio, como si le costara reproducir aquello que había vivido tras haberle impuesto una nueva realidad―. No sé…
―¿Pero había una joven con él? ―preguntó Xwînxwar con el ceño fruncido, impaciente―. ¿Alguno de los dos vio a la muchacha?
El viejo inglés parpadeó varias veces.
―La muchacha… ―dijo, entrecerrando los ojos mientras trataba de poner en orden sus recuerdos.
Le estaba costando mucho y no entendía por qué―.
Sí, había una. Estaba a su lado… creo. Muy cerca.
Ella no… no nos dijo nada. No puedo asegurar si habló.
De hecho, no recuerdo su voz. Solo una sensación de calma.
De bienestar. Como si nada importara demasiado en ese momento.
―¿Cómo era? ―intervino Helmet con tono firme―. ¡Describidla! ―exigió, acercándose a él.
Callen, que había permanecido en silencio hasta entonces, se inclinó ligeramente hacia adelante.
―Lo único que recuerdo con claridad ―musitó despacio―, son sus ojos.
Sí, jamás había visto nada igual. Eran de un azul muy oscuro, como el agua del río durante la noche.
Me impactaron, aunque no sabría decir por qué.
Su cabello era claro, casi blanco con la luz que entraba del vestíbulo. Pero lo demás… se me escapa.
―¿No recordáis su nombre? ―intervino Bêwestan, ansiosa por confirmar que era ella.