12. ESTO ROMPE TODAS LAS REGLAS
H elmet caminó hacia su alcoba con la mente desbordada de tanto rumiar la idea de que, si Alana podía someter a los vampiros, tal vez todo lo que le había mostrado de su vida como humano, incluso su esposa e hija, era mentira.
El temor de que todo fuese una simple ilusión implantada para conseguir de ellos cuanto necesitaba lo sintió como una puñalada en el pecho.
Pero… ¿cómo podía haberse inventado sus vidas con tanto detalle?
¿Qué clase de ser contaba con aquel poder? ¿Y cómo podía ejercerlo?
«Ella precisa tocar la piel para conseguir que recordemos…», se dijo con un nudo en la garganta.
Nada más llegar a sus aposentos, ordenó a uno de los guerreros que lo custodiaban que fuera a buscar a los cuatro generales. Entró y cerró la puerta. No lograba sacudirse el miedo a que Hetaw y Ashti no hubieran existido jamás.
Lys le sonrió, pero al ver su semblante empezó a preocuparse.
Sus inmensos ojos grises lo escrutaron con una mezcla de amor y duda.
Helmet se acercó a ella con una sensación extraña recorriéndole de pies a cabeza, como si todo su ser rechazara el pensamiento de que la Elegida los había engañado.
Incluso sintió una vibración en su interior que le decía que Alana no solo era el camino a la victoria, sino el instrumento para devolver el orden a la vida.
Ella había dejado de ser humana, aunque tampoco era vampira.
Se había convertido en algo más complejo y, a la vez, más frágil.
Oír una voz susurrándole que debía protegerla a toda costa, incluso con su propia existencia, lo cogió desprevenido. Lys, que lo miraba con las manos entrelazadas y el gesto tenso, se acercó para besarlo.
―¿Todo en orden, amor? ―indagó curiosa, sujetando su rostro entre las manos.
Helmet depositó un rápido beso en sus labios y también en una de sus manos antes de separarse. Se acercó a la ventana y miró hacia el este, donde la luz del día comenzaba a teñir el cielo de un púrpura cetrino.
―He mandado llamar a mis generales. Voy a compartiros una información que os va a sorprender.
Ella asintió. Sabía que cuando su esposo se cerraba en sí mismo era mejor no hacer preguntas, pero su curiosidad la traicionó.
―¿El qué? Por tu cara, creo que no me va a gustar.
Él se volvió mientras le dedicaba una sonrisa deslumbrante llena de amor y complicidad. Nada parecido al vampiro que todos creían conocer.
―Ha ocurrido algo que nunca pensé que llegaría a ver: alguien capaz de someter el alma de uno de los nuestros.
―No te entiendo.
―Creo que la Elegida puede arrebatar la voluntad a un vampiro y someterlo.
―¿¡Cómo es eso posible!? ―exclamó, llevándose instintivamente la mano a la garganta.
―Eso es lo que quiero averiguar. Vamos, esta reunión es demasiado importante como para mantenerla en estos aposentos.
En cuanto Helmet abrió la puerta, le indicó al otro guerrero que enviara a los generales al salón contiguo. Le gustaba el calor que desprendía su enorme chimenea, y tenía una mesa lo suficientemente grande como para reunirse.
Tras cruzar el umbral, tiró del cordón de servicio.
Necesitaban más velas; la estancia estaba sumida en penumbra y se negaba a tener esa conversación entre tinieblas.
Le sorprendió sentirse incómodo por una razón tan trivial, pero optó por no compartir ese pensamiento.
Recorrió los muros con la mirada. El lugar resultaba más austero que imponente.
No había tapices ni vitrales, solo la piedra tallada con precisión.
Una hilera de bancos adosados constituía el único adorno, junto a una mesa oval de roble, ennegrecida por los años, rodeada por una veintena de sillas enfrentadas a la cabecera.
Entre aquellas cuatro paredes se había reunido en más de una ocasión con el difunto Athelstan.
Estaba convencido de que allí solo se había hablado de guerra, estrategias o traiciones.
Sin embargo, ahora estaba a punto de compartir con los suyos un mar de dudas.
No era la primera vez que convocaba a sus generales sin tener respuestas claras; aun así, albergaba la esperanza encontrar alguna plausible.
Xwînxwar fue el primero en llegar. Su mera presencia imponía: alto, corpulento y de semblante imperturbable, con unos ojos que parecían diseccionar el alma de quien se atreviera a sostenerle la mirada. Se inclinó apenas al entrar.
―Mi señor, mi señora.
Qiloçker le siguió poco después. Su aspecto era más joven, aunque sus siglos superaban a los de muchos. Helmet esbozó una leve sonrisa al ver su cabello despeinado. Sabía que bajo esa actitud propia de quien se cree intocable se escondía una mente aguda, táctica, siempre hambrienta de estrategia.
―Helmet, Lys ―murmuró con la cadencia de quien siempre está dispuesto a todo.
Wêranker y Bêwestan entraron juntas en la sala.
Su vínculo se había estrechado desde que compartieron su propio martirio antes de ser convertidas.
No eran inseparables, pero desde entonces habían empezado a confiar más la una en la otra y a abrirse entre sí.
Algo insólito, teniendo en cuenta los milenios que llevaban combatiendo del mismo lado.
Varios criados entraron y repartieron velas por la estancia. Helmet aguardó hasta que los humanos se retiraron y luego cerró la puerta tras de sí, como si aquel gesto bastara para dejar al resto del mundo fuera.
―Os he hecho llamar porque ha sucedido algo que me resulta difícil admitir. De hecho, jamás lo creí posible.
El silencio fue absoluto. Los cuatro generales se limitaron a intercambiar miradas.
―Alistair me ha confesado que sufre una pérdida de memoria ―añadió Helmet. Acto seguido, les relató lo que habían hablado en el salón del trono y sus propias sospechas sobre lo ocurrido.
―No puedo creerlo ―dijo Qil.
―¿Y piensas que ha sido la Elegida? ―preguntó Xwîn.
―Sin incluir a Mørket, ella es, con diferencia, el ser más poderoso que he conocido nunca ―reconoció el líder Drăgoi.
―¿Y por qué motivo lo haría? ―quiso saber Bêw.
―¿La verdad? No lo sé ―continuó Helmet―. Supongo que, dado que él se ha desposado con la normanda, ha preferido que la olvide. Lo que sí me resulta muy curioso es que lo haya inducido a amarla. En cierta manera, es un castigo justo por haberla dejado en las mazmorras.
―Dudo mucho que ella haya obrado por despecho ―apuntó Lys.
―Bueno, yo tampoco creo que ese sea el motivo ―admitió su esposo, dándole la razón―.
Lo único que el príncipe ha podido concretar es que estaba a punto de bajar las escaleras y que, al momento siguiente, se encontró ante la puerta de su alcoba.
¿Qué hizo en medio? Eso es lo que tenemos que averiguar.
―¿Puede ser que alguien más los viera? ―dijo Wêranker.
―Alistair recordaba que la reunión tuvo lugar, así que supongo que fue informado antes de ese supuesto encuentro ―respondió su líder.
―¿Por Youngblood? ―soltó Xwîn.
―Es lo más probable ―contestó Helmet, frunciendo los labios, pensativo―. Puede que el capitán oyera al guerrero que los anunció. De todos modos, el único momento en que pudieron coincidir Alana y Alistair fue cuando la comitiva dejó el salón del trono. Poco después, se marcharon los consejeros.
―Podrías hacer venir a Callen o a Atwater ―agregó Qiloçker―. Quizá alguno recuerde si hablaron.
―Lo que más me inquieta es que, de pronto, sienta ese amor arrollador del que hablas por la normanda ―reconoció Wêr―.
Nosotros podemos nublar la razón, pero… ¿imponer sentimientos?
¿Para qué? El problema es que, si la Elegida manipula a cualquiera de ese modo, no quiero ni pensar qué otras habilidades puede tener.
Qiloçker alzó una ceja al oír su explicación. De inmediato, rechazó por completo aquella idea.
―A ver, a ver, vamos a centrarnos porque creo que nos estamos precipitando ―soltó, enseñando las palmas y sentándose con la espalda recta―. ¿Habéis pensado en la posibilidad más sencilla?
―¿Y cuál es? ―respondió Wêr con una expresión altanera.
―Lo más viejo del mundo: amor. Estamos intentando atribuirle a la Elegida algo imposible, pero puede que, contra todo pronóstico, y gracias a alguna habilidad oculta de la normanda que, evidentemente, no requiere explicación, Alistair haya acabado enamorándose de ella.
―Esa es la opción que le di yo ―replicó Helmet―, pero él la rechazó de plano.
―Claro ―insistió Qiloçker―, rechazarla es mucho más fácil que admitirla. Hay que ser muy valiente para abrir tu corazón, y el príncipe es de todo menos eso.
Xwînxwar se inclinó hacia adelante antes de hablar.
―Sí, Qil, pero aquí no estamos hablando solo de amor.
Tener un lapso en el que no recuerdes qué has hecho no es algo que podamos tomar a la ligera.
Por más que nos disguste la idea de que sea uno de los nuestros, no podemos perder la perspectiva.
Si un vampiro cree que ha podido ser sometido de ese modo, tenemos que estar seguros de que no es verdad.
No creo que el príncipe lo haya dicho por decir.
Nuestra percepción va más allá de lo humano.
No sé qué haya podido ocurrirle; sin embargo, creo que debemos ser cautos.
¿Os imagináis lo que implicaría para la guerra?
Robar nuestra voluntad haría de ellos unos títeres y a nuestro ejército imparable.
―Alana nos necesita ―confirmó Helmet―. Y no tengo ninguna duda de que ella es la única que podría hacerlo.
Realmente, no conocemos su poder; pero si es capaz…
―Dejó que el aire se le escapara entre los labios, expulsando la incredulidad con un soplo―.
Todos sabemos que eso supondría un mazazo descomunal para nuestros enemigos.
―E incluso para nosotros ―señaló Bêwestan.
Wêranker entrecerró los ojos.
―¿Crees que ella nos traicionaría? ―preguntó a Helmet.
Un silencio nuevo se instaló en la austera sala, uno mucho más tenso y asfixiante. Él apoyó ambas manos sobre la mesa antes de contestar.