11. NO SABES LO QUE DICES #3
Aquella pregunta hizo que el Drăgoi sonriera para sí. No iba a decirle lo que pensaba, pero sí le daría una respuesta razonable y a la altura de lo que se merecía por insolente.
―Ser un neófito no es fácil. No hace falta que os recuerde que os habéis visto obligado a cometer actos terribles.
Sé que Abbadon ha tratado de inculcaros lo contrario, pero os aseguro que nuestra naturaleza no es del todo…
perfecta. También somos susceptibles, aunque él se niegue a aceptarlo.
Quizá el impacto de traicionar a quien más queríais fue tan fuerte que vuestra mente ha preferido olvidar para protegerse.
―¿Y si no ha sido eso? ―insistió, echando una vez más el cuerpo hacia adelante mientras apoyaba las manos en las rodillas, negándose a aceptar que la explicación fuera aquella.
Helmet lo observó desde la escasa distancia que los separaba como si pudiera reconocer en sus gestos el eco de su propio sufrimiento.
Sintió algo similar a la compasión. Apenas fue un instante, pero ahí estaba.
Nunca lo admitiría, ni siquiera ante sí mismo; pero, por un instante, fue capaz de imaginarse en su lugar.
Durante ese breve lapso de silencio, comprendió que algo había cambiado en su interior.
La presencia de la Elegida, con su extraña luz y su mirada que parecía atravesar la oscuridad de los siglos, le había devuelto la capacidad de sentir empatía.
Era un don que creía extinto, sepultado bajo milenios de sangre y destrucción.
No supo cómo lidiar con esa revelación. El resquicio de humanidad que aún habitaba en él le resultaba un terreno incierto, demasiado incómodo después de tanto tiempo alejado de sí mismo.
Así que, en vez de enfrentarlo, decidió negarlo.
Alzó una muralla invisible para protegerse, la misma que lo había mantenido invulnerable durante siglos.
Si aceptaba esa parte de su ser, también debería aceptar su debilidad, y no estaba dispuesto ni preparado para hacerlo.
―Entonces, solo nos queda una opción: esperar ―dijo al fin.
―¿Esperar… qué? ―El heredero se puso en pie de golpe, a punto de estallar.
―A que vuestra memoria regrese en algún momento. Por desgracia, no puedo ofreceros otra solución.
―No quiero amarla, Helmet ―dijo, bajando la mirada.
―Y, sin embargo, lo hacéis. ¿Qué es lo que no me contáis?
Un nuevo silencio se instaló entre ambos.
El príncipe se sentó otra vez, como si las piernas no le respondieran del todo después de pronunciarlo en voz alta.
Podría compartir con el vampiro el futuro que había ideado para la normanda y Blanchard, pero lo dejaría en peor lugar por haber permitido que siguiera con vida cuando ella pensaba acabar con él tras dar a luz.
Acarició con la yema de los dedos los reposabrazos.
De pronto, el trono de su padre ya no le ofrecía ningún consuelo. Descubrirlo lo hundió aún más.
―Temo no volver a ser yo mismo ―se escudó en una verdad a medias.
―Príncipe, ninguno de nosotros lo es.
Las palabras flotaron en el aire, más pesadas que todos los silencios anteriores. Helmet hizo una leve reverencia.
―Si no tenéis más preguntas, me retiro ―agregó bruscamente el vampiro. Necesitaba hablar con sus generales lo antes posible.
Alistair asintió sin mirarlo. Cuando el Drăgoi cruzó la puerta, la sala pareció recuperar parte de su luminosidad. Pero solo parte.
Al momento, los consejeros comenzaron a acribillarle a preguntas. Se volvió hacia Youngblood y murmuró, incapaz de ocultar su frustración:
―Haz que olviden.
Acto seguido, los dos susurraron la orden y les robaron la voluntad uno a uno, obligándolos a dejar atrás cuanto habían escuchado.
Tras enviarlos a sus puestos, príncipe y capitán se quedaron solos.
―¿Qué queréis hacer ahora? ―preguntó Landon.
―Esperaremos a que llegue mi tío Edmund. Después, dejaremos Inglaterra para siempre.
―¿Ya no queréis buscar a la muchacha?
―¿A quién?
―A Alana.
―No sé de quién me hablas.
Youngblood se extrañó de su respuesta. Tal vez esa era la forma que tenía de olvidarla; pero, después de haber estado escuchando atentamente aquella conversación, no podía quedarse con la duda.
―Fue quien os salvó la vida en la posada y con quien me obligasteis a desposaros en aquella cueva.
―Amigo mío, mi única condena se llama Herleva. Deja de beber tanta cerveza o tendré que obligaros a que la aborrezcáis.
―Sabéis de sobra que los vampiros no bebemos cerveza.
―Pues entonces con más razón ―dijo y se puso en pie, cambiando de tema enseguida―. Ahora volvamos a mi alcoba. Algo me dice que mi amada esposa estará esperándome con los brazos abiertos.
Landon asintió ante su ironía y lo acompañó escaleras arriba. Ya no tenía ninguna duda de que alguien le había borrado la memoria al príncipe, pero ¿quién podría haber sido excepto la joven que le había arrancado de la muerte dos veces?
Tenía que hablar a solas con el Drăgoi antes de que le robaran sus propios recuerdos. Y más importante aún: debía encontrar a Alana. Si ella podía robar la voluntad a un vampiro, tal vez fuese capaz de romper el vínculo que lo tenía atado a Alistair.