11. NO SABES LO QUE DICES #2
―Así es, príncipe. Igual que vos notáis dónde está vuestra creación en todo momento. El hilo invisible que os une jamás desaparecerá, así que mantened corta la cuerda o tendréis que responder por sus actos.
Alistair se echó hacia atrás y entrecerró los ojos. Fue un instante fugaz. Iba a decirle al vampiro que jamás se atreviera a amenazarle, pero algo lo hizo detenerse.
―Quiero partir cuanto antes ―dijo al fin―. No puedo esperar más. Herleva no soporta estar aquí. Algo me dice que va a intentar escapar. Y, si lo hace, causará una matanza.
Helmet dio un paso y acortó la distancia entre ambos.
―Sois su amo. Ordenadle que se quede en su alcoba. No busquéis excusas ¡y haced que os obedezca! ―exclamó levantando la voz.
El príncipe clavó la mirada en él.
―Esa es la cuestión, no puedo ―respondió, iracundo―. ¡La amo!
Helmet se quedó inmóvil un instante hasta que bajó las comisuras, como si esa información le fuese indiferente.
―La amáis, ¿y…?
―Esa es la cuestión. ¡La amo y no sé por qué! No logro aclarar en mi mente cuándo empezaron estos sentimientos… o puede que sí. Conservo un vago recuerdo del día en que se celebró aquella reunión a la que no fui invitado ―terminó diciendo entre dientes.
―No era necesaria vuestra presencia ―respondió sin inmutarse.
―Esa es tu opinión, Drăgoi.
―Si vais a hablarme de vuestra relación, me iré ahora mismo.
―Helmet, tengo… lagunas ―se confesó Alistair.
El vampiro cambió la expresión a una que albergaba algo de interés.
―¿Qué tipo de lagunas? No os entiendo.
―De aquella noche lo único que sé es que llegué a las escaleras del piso superior.
Estoy casi seguro de que mi intención era bajar, pero lo siguiente que soy capaz de recordar es a mí mismo delante de la puerta de mi alcoba.
El resto lo he olvidado. Es a partir de ahí cuando surgen estos fuertes sentimientos que soy incapaz de dejar de…
controlar. ―Suspiró a propósito para ganar algo de tiempo.
―Jamás he oído hablar de algo similar ―reconoció Helmet―. Ningún vampiro puede olvidar.
―No me lo estoy inventando.
―Y no digo que lo hagáis.
―Esto que me está desgarrando el pecho lo siento como amor verdadero. La deseo con todo mi ser, como si algo puro residiera en mi oscuridad; pero estoy seguro de que no es mío. No la amaba cuando la convertí, y, después de eso, nuestra «vida», por decirlo de alguna manera, no ha sido idílica.
―¿Qué estáis intentando decirme?
―Tengo la sospecha de que estos sentimientos no me pertenecen. Están dentro de mí, lo admito, solo que creo que me fueron implantados a la fuerza en ese corto espacio de tiempo que no puedo recordar.
Helmet alzó las cejas, atónito. Sus ojos oscuros, como espejos sin fondo, se posaron sobre el príncipe, evaluando no solo sus palabras, sino la implicación detrás de ellas.
Era cierto que el inglés había sido hasta hacía muy poco solo un joven estúpido; no obstante, dudaba de que fuese capaz de inventar algo semejante para llamar la atención.
―¿Insinuáis que alguien os ha robado la voluntad? ―dijo Helmet con un marcado tono de incredulidad.
―No lo insinúo. Lo afirmo.
―Ya. ¿Y quién, exactamente, creéis que podría hacer algo así? ―dijo con retintín, sabiendo que lo que decía era un disparate.
Alistair se levantó, incapaz de mantenerse quieto ni un momento más. La mano izquierda le tembló levemente, un detalle que no pasó desapercibido al líder de la casa Drăgoi.
―Eso es lo que quiero descubrir. Pero ¿es cierto entonces? ¿Existen seres que pueden robar la voluntad a los nuestros?
Helmet entrecerró los ojos, aguantando la sonrisa.
Aquella pregunta era una insensatez. Si hubiese nacido alguien con esa capacidad, seguro que ya lo conocería.
Por un momento, el nombre de Alana se le coló en la mente.
Por supuesto, no iba a revelarle a Alistair esa información, así que cambió la expresión a una más oscura antes de responder.
―No, claro que no. Eso es imposible.
―¿Imposible?
―Sí, y os aseguro que he vivido lo suficiente como para que aceptéis mi palabra.
Jamás se ha conocido a nadie capaz de hacer tal cosa.
Creedme, si hubiese nacido alguien con semejante poder, Mørket lo sabría.
Los vampiros podemos ser sometidos físicamente, destruidos incluso; pero no doblegados por nadie que no sea nuestro creador. La mente es lo último que cede.
―Entonces… ¿cómo explicas lo que me está ocurriendo desde hace días? ―preguntó, desesperado.
Helmet se alejó un par de pasos, giró sobre sus talones y caminó lentamente hacia una de las chimeneas laterales. Se detuvo allí, con las manos cruzadas a la espalda, contemplando las llamas como si buscara en ellas la respuesta que aún no podía ofrecer.
De nuevo, la imagen de la joven inglesa de ojos azules como un mar embravecido, sabios, antiguos, con el mismo fuego de la Creación latiendo en su voz, le cruzó por la mente.
Apenas habían tenido tiempo para hablar más allá del pacto, y, aun así, su presencia seguía aferrada a él.
Como si se le hubiera quedado clavada en algún rincón oculto del alma.
Igual que una nota de música que persiste mucho después de haberse extinguido.
«¿Y si ella…?», pensó. Al momento, desechó la idea diciéndose que era absurdo.
Ridículo incluso. Ningún vampiro, por antiguo que fuera, había oído jamás de un poder semejante.
Pero ella no solo llevaba la ponzoña de Mørket en sus venas, sino la sangre de aquel que había muerto en la cruz, prometiendo con ello la salvación de todas las almas.
«No puede ser», se repitió.
―¿Helmet? ―inquirió Alistair, alzando la voz para sacarlo de sus cavilaciones―. ¿Vas a responderme o solo seguirás mirando las brasas?
El vampiro no se volvió, sino que siguió observando el fuego unos instantes más, buscando una respuesta.
―Tal vez hayamos sido demasiado arrogantes ―soltó sin volverse.
Alistair frunció el ceño.
―¿Qué quieres decir?
Helmet suspiró, lo cual en él era bastante inusual.
―Quiero decir que el hecho de que algo no haya ocurrido antes no significa que no pueda suceder.
Lo que describís no tiene precedentes. Y, sin embargo, no puedo ofreceros una explicación mejor.
Aun así, creo que la pérdida de vuestro padre ha tenido mucho que ver en vuestros inesperados… sentimientos.
―No sabes lo que dices.
―¿No? Yo creo que sí. Creo que os sentís culpable y le echáis de menos. Ella es, de alguna forma, el último nexo que os une a él. Su acuerdo con los normandos os cambió la vida para siempre. La amáis para suplir el dolor de su pérdida ―añadió para ocultar lo que realmente pensaba.
Finalmente, se dio la vuelta. Su rostro estaba marcado por una expresión severa.
―Lo que dices no tiene sentido. Creo que prefiero creer que me he vuelto loco ―dijo Alistair, sentándose de golpe, como si aferrándose a esa posibilidad la falta de su padre no le doliera tanto.
―Como prefiráis. ―El Drăgoi acabó dándole la razón.
―¿Y si ha sido Abbadon? ¿Puede hacer eso?
―¿Mi hermano…? ―preguntó enarcando una ceja.
―Es mi creador, ¿cierto? ¿No podría haber dejado esa orden en mí? Algo que se activara más tarde, como una trampa sádica que se repite sin cesar.
Helmet formó una sonrisa tenue, de esas complejas tan suyas que nadie, excepto Lys, había logrado descifrar.
―Abbadon no desperdiciaría su tiempo con una nimiedad como esa. Si hubiese querido usar tu cuerpo, lo habría hecho desde el principio. No deja cabos sueltos.
―Por los clavos de…
―No acabéis esa frase. Hacedme caso.
―¡Está bien! ―Rechinó los dientes, harto de tanto juego―. ¿¡Cuál es tu teoría, por el mismo infierno!?
Helmet volvió al centro del salón. Sus pasos fueron demasiado lentos, completamente calculados. Al llegar frente al príncipe, se detuvo.
―Una mucho más simple: os habéis enamorado, Alistair.
Sin más. La joven es bonita y es vuestra esposa.
Habéis yacido con ella, y aunque vuestras continuas discusiones amenizan los pasillos ―sonrió, dándole a entender que se les oía por todo el castillo―, de alguna manera, ha logrado ganarse vuestro corazón.
―¿Eso es todo lo que se te ocurre? ―masculló.
―Eso es lo que la mayoría de los mortales hacen.
Y muchos de los nuestros también, aunque les pese.
Yo mismo sufro de ese bendito mal desde hace siglos.
―Esta vez su sonrisa fue sincera―. El amor no tiene lógica ni necesita una razón para existir.
¿Podemos controlarlo? Yo creo que, si nos lo proponemos, seguro que sí.
No busquéis espejismos, príncipe. Ambos sabemos que habéis sufrido un fuerte trauma por cómo murió vuestro padre.
Creo que os rendisteis sin daros cuenta porque, en el fondo, necesitáis… amar.
El joven inglés titubeó, a punto de escupir la réplica hiriente que le ardía en la lengua. Desvió la mirada hacia Youngblood, que seguía firme a su lado. El capitán, que parecía haber captado sus intenciones, negó con la cabeza, conteniéndolo sin palabras.
Alistair asintió y se volvió hacia el vampiro.
―Entonces, Helmet, según tú, ¿la laguna en mi memoria a qué se debe?