11. NO SABES LO QUE DICES
A la mañana siguiente, el sol aún no asomaba en el horizonte cuando Alistair, pensativo, bajó las escaleras.
El eco de sus botas golpeaba la piedra con un ritmo seco, casi como si dictara una sentencia tras llevarse a cabo un juicio.
A su lado, Youngblood, con paso firme, caminaba en silencio y tan erguido como la conciencia que siempre lo había guiado.
―Ha pasado demasiado tiempo, Landon, y ya no lo soporto ―murmuró el príncipe, con la voz baja, tensa, como si temiera que incluso las paredes pudieran oírlo―.
Lo que me ocurre con Herleva… ―apretó la mandíbula― no es normal.
Hay algo en mí que me niego a reconocer y por ese motivo ayer no fui a verla.
Sé que habrá destrozado su alcoba. Me suplicó que la dejara salir, pero no puedo hacerlo.
No después de lo que he descubierto. ―Inspiró hondo y expulsó el aire de golpe, como si le quemara los pulmones―.
Alguien ha hurgado en mi mente, Landon. Ha sembrado algo ahí dentro.
Un sentimiento que no nació de mí…, y no hay mayor afrenta que esa.
Se pasó una mano por el rostro, visiblemente alterado.
―Ha ocurrido algo impensable. Necesito confirmarlo o me volveré loco ―añadió con la mirada ida―.
Pero mientras intento recomponerme, mientras trato de no perder el juicio, el tiempo sigue corriendo.
Mi tío ya debería estar aquí. Si recibió mi misiva, como me garantizó Helmet, tendría que haber llegado con sus tropas…
o, al menos, con parte de ellas. ―Se detuvo en seco y lo miró con una intensidad febril―.
¿Y si me ha mentido? ¿Y si ha visto mi debilidad y ha decidido aprovecharla?
―Bajó la voz hasta hacerla casi un susurro―.
¿Y si ocupar el lugar de mi padre siempre fue su objetivo?
El capitán, pensativo, trató de asimilar la gravedad de las palabras de Alistair.
―¿La verdad? Lo dudo mucho ―se atrevió a decir―. Creo que es más probable que el viaje de vuestro tío se haya complicado, o que dude de que sea cierto lo que le escribisteis.
El príncipe bajó despacio, como si aquellos peldaños le recordaran constantemente su desgracia, y se detuvo en el dintel del salón.
Una ligera brisa atravesaba las hendiduras entre las gruesas piedras, agitando el estandarte de la casa Wessex y los del resto de «invitados» que habían tomado posesión de su hogar sin poder evitarlo.
Su mirada, oscura y profunda, no se apartó de las figuras bordadas en dorado sobre terciopelo azul.
―¿Tú confías en Helmet?
Youngblood vaciló un instante.
―Creo que no se implicará en nada que no le convenga. Y dudo mucho que ser rey entre en sus planes, cuando su naturaleza le ha regalado la eternidad. Unos pocos años en el trono no son nada para él.
Alistair asintió con una mueca apenas visible. Al entrar, tuvo la sensación de que el salón parecía haberse encogido desde la última vez que había estado allí. Tal vez era la ausencia de su padre o la presencia de esos seres que solo habían traído desgracias a su tierra.
El aire portaba un fuerte olor a incienso.
El sol, que antes se filtraba de forma clara por los pequeños vitrales, ahora iluminaba los nuevos tapices con los que habían cubierto los muros; todos con símbolos que no reconocía.
Sobre el trono de su padre, sin embargo, aún pendía el emblema de su linaje.
Estaba seguro de que no era por respeto, sino porque los suyos no suponían amenaza alguna para los tres señores que ahora campaban a sus anchas en su propio hogar.
Mientras avanzaba, con Landon a su espalda, la estancia le resultó extraña, lejana.
Entonces lo supo: ese ya no era su castillo.
Cuando se sentó en aquella silla regia por la que había cedido hasta su propia alma, deliberó qué iba a hacer.
Al momento, llegaron todos los consejeros del reino.
Como siempre, se distribuyeron por el salón, menos Atwater, que se inclinó levemente antes de sentarse a su derecha, y Callen, el más joven de los dos, que lo hizo a su izquierda.
El hombre apenas pudo disimular su sorpresa al ver al heredero ocupar el asiento que había permanecido vacío desde la muerte del rey.
Su mirada de esperanza se desvaneció en cuanto su expupilo negó con la cabeza y dijo:
―No os equivoquéis por verme sentado en el trono de mi padre. Mi paso por aquí es efímero. Ahora, llamad al Drăgoi ―ordenó con el capitán protegiendo sus espaldas.
―Sí, mi re… mi príncipe ―se corrigió de inmediato. Se levantó y envió a un criado.
Durante la espera, Alistair observó el salón con pesar.
Sí, ya no era el mismo. Todo había cambiado de forma sutil, como si una nueva voluntad hubiese rediseñado el alma de ese lugar.
Incluso la gran chimenea ardía con un fuego más sombrío, como si el calor no tuviera cabida en aquel nuevo orden que había impuesto la frialdad de los vampiros.
―¿Se celebró finalmente el funeral de mi padre en la abadía? ¿Llegó… bien? ―preguntó en voz baja, apenado por no haber asistido.
Atwater bajó la cabeza.
―Sí, mi príncipe. El obispo acudió y también algunos nobles leales a vuestro padre. Todos lamentaban profundamente vuestra ausencia y os deseaban una pronta mejoría.
Alistair apretó los puños sobre los brazos del trono.
―¿Solo algunos nobles…? ―soltó enfurecido―. ¿Y me lo dices así? ―acabó levantando la voz.
Callen intervino con cuidado.
―Comprended que hubo poco margen para poder preparar el entierro. Además, Helmet consideró prudente…
―¡Él no tenía ninguna autoridad para tomar decisiones sobre el cuerpo de mi padre! Vuestro deber era informarme de cualquier cambio o contratiempo para que hubiera podido actuar en consecuencia.
―Mis disculpas, mi príncipe ―añadió el consejero, bajando la cabeza.
―¿Se sabe algo de mi tío?
―Se puso en contacto con el obispo a través de una misiva.
―¿Y por qué no me ha enviado nada a mí? ¡Soy el verdadero rey!
―Eso es innegable… ―dijo con pesar―. Tanto Atwater como yo creemos que ha preferido daros las condolencias en persona…
Callen se detuvo al momento al ver que el sirviente que antes había enviado acababa de entrar y anunciaba al líder Drăgoi.
La silueta del vampiro apareció recortada por la luz del vestíbulo.
Alto, erguido, imponente. Avanzó sin prisa, con las manos cruzadas a la espalda y el rostro impasible.
Su sola presencia parecía absorber el calor del ambiente, como si la sala se enfriara conforme daba cada paso.
Cuando estuvo ante el trono, se detuvo. No se inclinó.
―¿Me habéis mandado llamar, príncipe? ―dijo con un tono que mostraba cierta diversión.
Alistair no se movió. Lo observó largo rato antes de contestar.
―Ya han pasado casi dos semanas desde la… batalla. Quiero confirmar que enviaste a los emisarios. Me aseguraste que avisarías a mi tío. Me parece muy extraño que aún no tengamos noticias de él.
―Como os dije, cuatro de los míos marcharon al día siguiente para llevarle vuestra petición ―respondió sin alterarse lo más mínimo―. Son vampiros leales. Ellos lo escoltarán hasta el castillo. Los desplazamientos humanos son lentos, pero os garantizo que se ha hecho lo que os prometí.
―¿Y debo fiarme de tu palabra? ―espetó Alistair―. ¿Después de que ocupaste esta fortaleza como si te perteneciera? ¿De enterrar a mi padre sin honor, como si fuera un siervo?
Un murmullo recorrió la sala de punta a punta. Helmet dibujó una sonrisa ladina y alzó una ceja, como si aquellos reproches no fueran más que una leve molestia.
―Vuestro padre ha muerto y vos habéis dejado el reino en el caos.
Pese a no ser asunto mío, he hecho lo que he considerado más conveniente para que el linaje de los Wessex no caiga en el olvido.
Vuestro tío Edmund no es mucho mayor que vos; supongo que no esperaba tener que asumir el papel de rey, dado que su hermano ya tenía un heredero.
Os aseguro que no he actuado por ambición.
Vuestra decisión de abdicar ha provocado el desorden en vuestro ejército y…
―¿Y qué? ―lo interrumpió Alistair, inclinándose hacia delante―. ¿Es que tenía otra opción?
―Eso no es algo que me corresponda a mí decidir ―respondió el vampiro con frialdad―, aunque bien sabéis que no.
Eso no significaba que os tuvierais que esconder tras estos muros y regodearos en vuestra propia desgracia.
Y no me habléis de honor cuando habéis convertido a una humana en vampira sin consultarlo siquiera.
El silencio, de pronto, se volvió denso, casi tangible. Los consejeros intercambiaron miradas inquietas, intentando descifrar qué significaban aquellas palabras. Alistair palideció un poco más. Un músculo le tembló bajo el ojo antes de fruncir el ceño, incapaz de disimular su ira.
―Eso no es asunto tuyo, ¡y ahora oblígalos a olvidar esta parte de la conversación!
Helmet no se movió, solo formó esa sonrisa extraña que causó cierto malestar en el príncipe.
―No sé en qué momento habéis pensado que podéis darme órdenes ―replicó con un tono que erizó la piel a los humanos―.
Esta vez lo dejaré pasar, puesto que entiendo que aún no estáis centrado por vuestro luto.
De todos modos, si queréis que olviden, habréis de hacerlo vos mismo.
Y os recuerdo que, mientras yo esté aquí, todo lo que ocurre dentro de estas murallas es asunto mío.
Ha llegado a mis oídos que la normanda está comenzando a descontrolarse. Eso ha de acabar.
―¡No puedes darme lecciones sobre cómo controlar a mi esposa!
―¡Ni vos a mí en nada en absoluto! ―vociferó Helmet, con un brillo cortante en los ojos.
Ninguno de los humanos se atrevió a decir una palabra porque habían sentido verdadero pavor al oír su voz.
―Sois un necio ―continuó―. ¿Es que aún no os habéis preguntado por qué mi hermano no os ha reclamado? Sois su siervo. ¿Creéis que no siente vuestra presencia?
Alistair apretó los dientes.
―Estoy seguro de que sí.