10. EIERLØS #3
La joven inglesa no le insistió. En cambio, le presentó a los errantes y a los vampiros. En pocas palabras, Vidar les contó la batalla entre Helmet y Abbadon, el pacto al que habían llegado las tres razas y cómo Yngvar se había sacrificado para salvarlos, aunque sin dar todos los detalles.
―¿Y ese errante…, Yngvar, es amigo de mi hermano y de vosotros? ―preguntó Bălan con los ojos fijos en sus antiguos capitanes.
Soren asintió. Eierløs dejó escapar de su garganta un nuevo susurro de incredulidad. Aquello no podía ser verdad.
―Sí, y se entregó sin dudar para salvarnos.
El vampiro alzó la cabeza hacia el techo con los ojos encendidos. La Søsterskap debía ayudarlos. Solo uno de ellos seguía rechazando la idea, pero el resto ya no albergaba ninguna duda.
―Entonces, iremos. Por Erke. Por Yngvar. Y por la verdad que me fue robada.
Lambert, atónito, frunció el ceño.
―No puedo creer lo que estoy oyendo, Eierløs: ¡os llevará a una muerte segura! ―exclamó convencido.
―Amigo mío, nosotros ya estamos muertos.
Como a ellos ―dijo mientras recorría con la mirada a los suyos―, me ha sido revelado lo que precisaba saber.
No soy la sombra que Abbadon esculpió al marcarme con su veneno ni la que grabó a fuego al convertirme en esto.
No puedo deshacer cuanto hice, pero sí decidir qué haré de ahora en adelante.
El que antaño fue también un Ursu, agregó:
―¿De verdad estás seguro de lo que haces? ¿Es que ya no tienes dudas? ―insistió.
Bălan lo miró con una mezcla de entendimiento y determinación.
―Sabes que durante siglos he vagado sin saber quién era.
Ella me ha devuelto quién fui… y en quién jamás volveré a convertirme.
Ahora recuerdo la expresión de horror de mi hermano, cómo Rău me degolló con su daga y la voz de Aina diciéndome una y otra vez que no muriera.
Abbadon me abandonó sin siquiera buscarme.
Me traicionó y convirtió en general a mi asesino.
No, Lambert. No puedo quedarme aquí sabiendo que Erke está en sus manos.
Linnae alzó la vista desde su lugar entre los demás.
―¿Pero… y si ya no es el mismo? ¿Y si, al estar cerca de Abbadon, su ponzoña se ha reactivado de alguna manera y la conexión que siempre lo ha atado a él ha regresado?
―Ella me ha mostrado cómo destruyó esa unión hace varias lunas ―respondió Eierløs―. Él no está bajo el yugo de Mørket y puede tomar sus propias decisiones.
Alana bajó la vista un momento y luego lo miró.
―No tenemos mucho tiempo, Lambert. No seré yo quien te obligue, pero sí la que te pide que abras tu corazón ―agregó, ofreciéndole con firmeza la mano.
―¿Pensáis todos igual? ―preguntó, acorralado.
―Puedes marcharte. Nadie te detendrá ―confirmó Bălan.
―Siempre has sido un maldito cabezota, Eierløs ―gruñó―. Está bien, aquí tienes mi mano. Conviérteme en tu esclavo.
―Precisamente es justo lo contrario de lo que ÉL quiere hacer.
Lambert no pudo resistir todos los sentimientos que le llegaron de golpe y se dejó caer en el suelo. Con las palmas apoyadas en la piedra, sollozó como su líder. A él se le había mostrado un poco más. El futuro cercano lo veía nítido, y su papel esencial al lado de la Elegida.
Apoyó todo el peso en sus talones y miró a Alana, quien le sonrió al saber que nunca volvería a cuestionar Su palabra.
―¿Cuándo partimos? ―dijo al fin.
Bahoz, que había permanecido en silencio mientras ella obraba lo que para él era un milagro, no pudo mantenerse callado.
―Bălan, los tres luchamos contigo en aquella guerra…
Te perdimos de vista solo un instante y, entonces, desapareciste.
No volverá a ocurrir. Si a la Elegida le parece bien, no nos separaremos de ti ―dijo, dando un paso hacia él.
Ejder y Soren asintieron. Alana también lo hizo, dándoles así su beneplácito.
Eierløs miró a los que una vez fueron los suyos sintiendo que la garganta se le cerraba.
―Agradezco tus palabras, Bahoz, solo que ya no soy vuestro general y no puedo aceptar que sigáis comportándoos como si lo fuera. Erke es mi hermano, pero no pienso arrastrar a ninguno de vosotros a una muerte segura para rescatarlo.
Vivica alzó una ceja, divertida.
―¿Muerte segura? ¿Quién ha hablado de eso? Lo único «seguro» es que, si alguien toca a Kjarr o a Linnae, se enfrentará a mí. Vamos contigo, líder. Hasta el día en que el maldito sol deje de arder.
El cambio de aquel grupo había sucedido tan deprisa que Vidar y Borg se miraron recelosos.
―Alana, ¿no dudáis de vuestra elección? ―preguntó la mano derecha de Eirik.
―Es justo como debe ser ―dijo, dejando asomar una leve sonrisa.
Vidar asintió y avanzó hasta el ex-Ursu, le tendió el brazo y el guerrero se lo estrechó, midiendo su fuerza.
―Sois más que bienvenido ―le dijo el general errante―. El rey Eirik os recibirá en nuestro campamento.
Borgervern habló por primera vez:
―Vidar, debemos partir antes del anochecer. Estas montañas tienen oídos y sombras que caminan en nuestra contra.
―Entonces, no perdamos más tiempo ―respondió Bălan.
En cuestión de un momento, la Søsterskap tenía recogidas sus escasas pertenencias. No quedaría rastro de su presencia en la caverna. Nada que delatase su escondite.
Aquel nuevo pacto les acercaba un paso más para poder rescatar a los suyos, y todos parecían estar dispuestos a marchar lo antes posible.
Mientras descendían la ladera de vuelta al sendero que los llevaría hacia el campamento errante, Alana caminó en silencio junto a Eierløs. Él no hablaba, pero el peso de sus pasos y la fuerza de su mirada decían más que cualquier palabra.
―¿Te encuentras bien? ―preguntó ella finalmente.
―Por primera vez en mucho tiempo, me siento… vivo.
―Respira y no olvides este instante. Ya te pertenece para siempre y nadie podrá arrebatártelo.
Él asintió, con los ojos fijos en el cielo, donde una única nube se desplazaba lentamente hacia el este.
La noche los alcanzó antes de regresar al llano. No encendieron las antorchas. Caminaban en fila cerrada mientras el viento arrastraba hojas secas y un presagio que los mantenía alerta.
Kjarr, con su capa gris de tela áspera, iba al frente, olfateando el aire.
Vivica y Waddell flanqueaban la retaguardia.
Lambert no despegaba la mirada de los errantes, impresionado por su capacidad de hacerlos desaparecer con el entorno.
Borg le sonrió y se acercó a él. Comenzó a hablarle sobre lo que encontrarían cuando llegasen.
Nessa se aproximó a Alana y le rozó el brazo con los dedos.
―Gracias por confiar en mí para esto ―le susurró.
―ÉL siempre confió en ti ―replicó la Elegida―. Solo he seguido Su palabra.
Ejder bajó el ritmo para caminar junto a Eierløs, quien se había rezagado para dejarles a las dos un poco de intimidad. Bahoz y Soren se colocaron al otro lado.
―No puedo creer que te tenga de nuevo frente a mí ―soltó el joven capitán, sobrecogido―. Te hemos echado de menos durante mucho… mucho tiempo. Jamás te olvidamos.
―¿Sabes? En cierto modo, yo tampoco lo hice. Sentía que había perdido a alguien muy querido, aunque no sabía a quién.
―¿De verdad nos recuerdas? ―preguntó Bahoz.
―A todos, incluso al perro rastrero de Rău, al que voy a matar con mis propias manos… siempre que ella me lo permita.
Alana sonrió al escuchar sus palabras. No recaía en sus hombros aquella decisión, pero no detendría al vampiro, si eso era lo que temía. El tiempo de las concesiones había acabado con su llegada. Estaba allí para exterminar al Mal y a todos sus seguidores.
Desconocía lo que ocurriría después, y tampoco estaba segura de querer saberlo. Cientos de vidas se perderían bajo su espada, incluso con sus propias manos. Al igual que había dicho Bălan, muchos perecerían.
Su justicia había esperado demasiado tiempo a que El Caído se arrepintiera de sus actos, y debía detenerlo a toda costa. Bajar a la Tierra no era una opción ni tampoco necesario. Se serviría de Sus errantes y los transformados por la soberbia del que una vez fue Su predilecto: los condenados.
La Elegida dejó esos pensamientos atrás y le hizo un gesto a Vidar.
―General, hoy no dormiremos.
―Que así sea.
Tras esa orden, avanzaron aún más rápido. Debían esperar a Thyra y Nîga, pero no soportaba estar lejos de los suyos ni un instante más.