Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 10. EIERLØS #2
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10. EIERLØS #2

―¿Quiénes sois para venir hasta aquí y contarnos ese cuento para niños? Nessa, no esperaba esto de ti. Y si es verdad lo que ella dice, ¿qué pretendes con esto? ¿Que volvamos a ser esclavos Ursu? Hace mucho que dejamos de tener amos ¡y no volveremos a hincar la rodilla nunca más!

―Te equivocas, Lambert. Al contrario de lo que crees, no vengo a esclavizaros ―respondió la Elegida con suavidad, pero también con firmeza―. Vengo a pediros ayuda. Abbadon tiene a vuestro hermano y también al errante que amo.

Eierløs bajó la mirada, como si la mención de ese lazo de sangre resultara demasiado pesada para sostenerla de aquellos ojos azules como tempestades, que lo observaban, esperando algo que no sabía qué era.

Nessa dio un paso adelante.

―Ella te está diciendo la verdad ―aseguró la errante―. Dale la mano, Eierløs. Deja que te devuelva tu vida.

Lambert, con los dientes apretados, siseó:

―No deberías escucharla, Eierløs. Esto es una trampa. ¡Maldita sea, siempre lo es! Se lo está inventando todo. Quiere arrebatarte quién eres a través de una mentira. Tú no tienes hermanos. Si la dejas, ¡te robará hasta el alma!

―Ya no hay alma ni corazón que me puedan arrebatar ―respondió su líder en voz baja.

Soren se giró hacia Alana y le pidió permiso con la mirada. Ella asintió. El vampiro se adelantó y clavó una rodilla en el suelo ante él. Bahoz y Ejder lo imitaron.

―General, llevamos siglos llorando tu muerte. Erke, tu hermano, nuestro general ahora, necesita tu ayuda. Si se lo permites ―agregó, mirando a la Elegida―, no solo te devolverá quién eres, sino que verás a quien trató de arrebatarte la vida. Estoy seguro.

Lief, Kjarr y Waddell esperaron órdenes. Una señal y atacarían sin dudarlo. Eierløs negó con la cabeza, se adelantó varios pasos y se dirigió a Nessa.

―¿Es cierto lo que dicen? ―le preguntó para asegurarse.

―Sí, amigo mío. Yo no sabía quién eras, pero no pongo en duda su palabra. Si permites que te toque, solo encontrarás la verdad. La cuestión es: ¿estás preparado para afrontarla?

Sin proponérselo, sus labios se curvaron en una sonrisa suave.

―Nessa, llevo siglos preparado.

Miró a Alana, quien extendió las manos.

―Permite que ÉL te muestre quién fuiste una vez.

Eierløs no se movió cuando las palmas de ella tocaron las suyas.

Un calor desconocido le subió por el pecho hasta colarse en su corazón.

Aquel murmullo interior le transportó a otro momento en el tiempo.

De pronto, su memoria silente, atrapada en una prisión sin barrotes, comenzó a regresar.

Una voz: Erke, gritando su nombre. Una traición: la daga de Rău, degollándolo.

El olor del barro y la sangre en el campo de batalla.

El fuego. Aquella felonía. El abandono. Y luego, la compasión inesperada de una Neacșu llamada Aina, que acababa de perder a su creador y que, al llamarlo Eierløs, le prometía así la libertad.

Cuando Alana apartó las manos, él jadeaba. Cayó de rodillas, destrozado por ver todas las vidas que había arrebatado. Aina corrió a sostenerlo, pero el vampiro levantó una mano, deteniéndola. Se irguió con los ojos vidriosos y respiró como si el aire doliera.

―Soy… Bălan ―murmuró―. Mi hermano se llama Erke.

Ellos son Soren, Bahoz y Ejder, mis fieles capitanes.

Fui traicionado por Rău y dejado a mi suerte en una batalla contra los otomanos.

Abbadon ni siquiera se detuvo a buscar mi cuerpo, creyó a Rău y siguieron combatiendo.

Fui uno de los peores depredadores. Un asesino. Blodbøddelen.

Lambert dio un paso atrás, incapaz de decir ni una palabra tras oírlo. Su desconfianza seguía ahí, firme como un muro.

Bălan se volvió hacia Alana.

―Os juro que hace mucho que dejé de ser ese Ursu.

―Lo sé, por esa misma razón estoy aquí. Abbadon te despojó de tu humanidad, pero algo muy dentro de ti se aferró a la vida. Cuando su sangre te abandonó, nació en ti otro hombre.

―¿Hombre? ―repitió él con cierto deje de ironía.

―Nacisteis como humanos ―añadió la Elegida, fijándose en cada uno de ellos―. En todos vosotros permanece aún Su impronta, y esa no os la puede arrebatar nadie, ni siquiera la maldad de Mørket. Respóndeme a esto: como Eierløs, ¿cuántas vidas has segado?

Él miró al techo de la cueva, pensando. Después, unió lentamente las cejas y se quedó absorto en un punto imaginario al frente, tratando de recordar si se había cobrado una vida tanto él como los suyos.

―La Søsterskap no ha matado a nadie desde que se formó. Nos escondemos, huimos y tratamos de pasar desapercibidos. Pagamos con ayuda o monedas por la sangre que bebemos. Una vez saldada nuestra cuenta, los obligamos a olvidar.

―Ahí reside vuestra humanidad.

Él bajó la mirada al suelo y asintió, tratando de asimilar cuanto había hecho antes de haber estado a punto de morir por segunda vez.

―Hace un momento has dicho algo que no he entendido. Cuando has asegurado que en todos nosotros permanece aún Su impronta. ¿De quién estás hablando? ¿Acaso hay alguien más poderoso que Mørket?

―Infinitamente más poderoso. Su padre: el Creador.

Bălan se echó a reír. Los suyos se miraron y sonrieron, como si lo que acababa de compartirles fuera un cuento para niños.

―Algunos de nosotros llevamos sobre la tierra miles de años. Puedo asegurar que no existe nada más que lo que vemos ―replicó con altanería.

―Sin embargo, ya sabes que eso no es así. Lo sientes. Lo respiras. Acabas de inspirar incluso sabiendo que no lo necesitas.

―¿Y qué?

Ella volvió a ofrecerle la mano.

―No estoy aquí para convencerte, sino para que veas y decidas por ti mismo.

―¿Dolerá? ―dijo con un leve toque de sarcasmo.

―Eso no puedo saberlo, Bălan. Es tu camino, no el mío.

El vampiro dio un pequeño paso hacia ella y volvió a tocarla. Recuerdos de su niñez, de los actos innombrables que había cometido, del amor que sentía por su hermano antes y después de su transformación. Mucho más le fue revelado, pero solo para él; para nadie más.

Cuando apartó la mano, cayó de rodillas ante ella y comenzó a sollozar. Decenas de lágrimas rosadas tiñeron su rostro ante la incredulidad de los suyos.

―Mi hermano, mi familia…

―¿¡Qué estás diciendo, Eierløs!? ―dijo Aina, arrodillándose a su lado. Le sujetó el rostro, atemorizada, y gritó―: ¿Qué le habéis hecho?

―Tranquila, mi querida Aina ―respondió él, maravillado al sentir las mejillas húmedas―. Solo me ha mostrado la Verdad.

―¿Qué dices? ¿Qué verdad? ―susurró, con manos temblorosas―. No… no es posible ¡Estás… llorando! Un vampiro no puede llorar.

―Te equivocas ―la corrigió Alana―. Se os hizo creer que era una debilidad, que vuestra nueva naturaleza os daba suficiente poder como para olvidar esa reacción tan humana.

Pero Mørket os engañó a todos. Cuanto más os acerquéis a ÉL, más sencillo os resultará recuperar quiénes fuisteis una vez y aún sois en lo más profundo de vuestra alma.

Bălan se puso en pie y ayudó a Aina, que continuaba muy afectada por lo que acababa de presenciar. El líder miró a los suyos y se convenció de que debían experimentarlo por sí mismos para poder entenderlo.

―Amigos míos, jamás os he mentido. Es más, antes de que me tocara, no creía nada de lo que Nessa o ella habían contado.

Y ahora… ―Bajó la cabeza y dejó escapar un suspiro cargado de incredulidad―.

Ahora soy incapaz de expresar con palabras lo que siento.

Acabo de ver mi hogar, a mis padres y a mis abuelos.

Incluso he podido oler la hierba del prado donde mi hermano y yo jugábamos de niños…

No os voy a decir qué debéis hacer ni mi intención es tratar de convenceros.

Sabéis de sobra que nunca os he impuesto nada.

Pero, creedme, lo que acabo de ver… de sentir, no es una ninguna invención.

Al menos esto ―se señaló el corazón― me asegura que no lo es.

Dejad que os muestre quiénes sois en realidad y, después, decidid por vosotros mismos.

―No voy a creer nada de lo que me enseñe con su magia oscura. ―Lambert dio un par de pasos atrás, separándose mientras mostraba las palmas de las manos―. ¡Es una bruja como Nessa y acaba de robarte la voluntad!

Vivica, la skyggene que había observado toda la escena en silencio, avanzó hasta Alana.

―No sé si eres una bruja, pero si es verdad lo que dice… Solo quiero ver de nuevo a mi familia ―pronunció con un tono de ruego y le ofreció sus manos.

―No puedo garantizártelo, Vivica, hija de Harald y Maira. ÉL solo te mostrará lo que necesitas.

―¡No lo hagas! ―le pidió Lambert, tratando de que no se dejara arrastrar por lo que él creía que era una fantasía.

―Lamb ―dijo ella con cariño―, jamás le había dicho a nadie cómo se llamaban mis padres. Decidas lo que decidas, te apoyaré; pero yo he de hacerlo. No porque me haya robado la razón, sino porque cada escama que cubre mi cuerpo me lo está suplicando.

Sin añadir nada más, rozó la palma de la Elegida. Como si los recuerdos de miles de días regresaran uno tras otro, la skyggene recuperó su vida. También se le concedió ver a sus padres, sentir su abrazo e incluso percibir el olor a pan recién hecho de su madre.

El precioso rostro de Vivica se iluminó con decenas de lágrimas turquesas tornasoladas. Frunció los labios y, justo antes de separarse un paso, susurró:

―Llevas Su sangre y también la de Mørket.

―Así es ―respondió Alana, secándole las lágrimas―. Lucho con esta dualidad cada día, aunque estoy segura de que has podido sentir quién prevalece en mí.

La joven de piel azulada se arrodilló ante ella.

―Mi espada es vuestra, Elegida.

Uno tras otro, salvo Lambert, escogieron descubrir por sí mismos lo que los suyos ya habían visto y sentido. Cada cual recibió aquello que anhelaba, junto con la certeza de que Alana era quien debía guiarlos. Solo quedaba el Ursu, que seguía sin querer acercarse a ella.