10. EIERLØS
E l grupo había dejado atrás el campamento errante hacía casi una jornada.
El cielo, grisáceo y amenazador, cubría sus cabezas como si trajera con él una dura advertencia.
Vidar corría a la cabeza con Borgervern.
Alana los seguía de cerca junto a Nessa.
Mientras avanzaba, la errante intentaba recordar si alguna vez se había adentrado tan al norte.
Por desgracia, aquel sendero boscoso que estaban atravesando era muy parecido a otros muchos que había recorrido con Los Libres.
Puede que sí hubiera visitado esas tierras con ellos, pero algo le decía que no.
La joven inglesa mantenía la vista fija en el horizonte, como si sus ojos pudieran perforar la espesura y adivinar lo que aguardaba detrás.
Les seguían los tres vampiros y las patrullas Parêzvanan.
Estos últimos se mantenían muy alerta, con el campo de protección intacto, sabiendo que adentrarse en tierra de nadie con la Elegida exigía más que valentía: requería lealtad absoluta.
Bien pasado el mediodía, se detuvieron para alimentarse.
Vidar aprovechó esos instantes para contarles lo que sus ancestros decían sobre aquella cueva.
Por lo que conocían de los antiguos escritos, había sido utilizada hacía mucho tiempo por los druidas del este, cuando los romanos aún temían adentrarse en los bosques de Britania.
Allí, bajo una bóveda pétrea que rezumaba humedad y salitre, se ofrecían sacrificios de huesos y cenizas al dios de los umbrales.
Se decía también que, en las noches sin luna, los ecos que nacían del fondo de la caverna no devolvían voces, sino los pensamientos ocultos de quienes osaban hablar dentro de ella.
Los Ursu se miraron y sonrieron tras escuchar aquellos mitos sin fundamento, pero no comentaron nada al respecto para no ofender al general.
Antes de caer la noche, tras dejar atrás los caminos trazados por los hombres, la arboleda se abrió ligeramente y reveló una ladera rocosa, donde la vegetación comenzaba a tornarse salvaje y los líquenes se aferraban a los troncos.
Frente a ellos, una abertura oscura se alzó entre las rocas.
―¿Cómo no me he dado cuenta antes? ―dijo Borg, entrecerrando los ojos―. Es «La boca de los ecos» ―agregó al reconocerla.
Se acercó y señaló la entrada, oculta entre el musgo y la hiedra.
Las raíces de los arbustos cercanos se hundían en la grieta como dedos hambrientos.
Para aquellos que no sabían mirar, no era más que una sombra en la roca.
Pero para quienes sentían el pulso de la tierra y la huella de la sangre vieja, era un umbral.
El líder de los rastreadores de la casa Volger llevó hasta el suelo la antorcha que sostenía e iluminó las cuantiosas pisadas.
Alana sonrió y asintió. La Søsterskap ya había llegado.
Miró a Nessa, quien dejó escapar un suspiro para tranquilizarse.
De ella dependía en buena parte que Eierløs aceptara acompañarlos de vuelta.
Justo antes de adentrarse en la cueva, una manada de lobos aulló bajo la luna menguante. Al mismo tiempo, ráfagas de viento helado corretearon caprichosas entre las copas de los árboles, como si quisieran revelar antiguos juramentos y envolverlos con sus gélidas manos antes de dejarlos atrás.
―Entremos ―dijo la Elegida.
―Borg y yo encabezaremos la marcha ―respondió Vidar.
Los vampiros no se habían pronunciado. Únicamente se habían ceñido a acatar una orden tras otra. En realidad, no sabían muy bien qué hacían allí. Pero, a esas alturas, estaban dispuestos a todo con tal de rescatar a Erke de las garras de Abbadon y de su perro fiel.
En cuanto entraron, pudieron ver que la estructura interior se abría en varias galerías.
La principal descendía con una pendiente suave hasta un claro subterráneo donde el agua goteaba desde estalactitas afiladas como colmillos.
El aire era muy denso, casi inmóvil, y el frío húmedo calaba hasta los huesos.
En uno de sus recovecos, Alana se quedó clavada.
―Deteneos ―ordenó.
Se llevó las manos al corazón y cerró los ojos, esperando recibir una señal. Cuando volvió a abrirlos, su rostro mostraba seguridad.
―Es por aquí ―añadió convencida, señalando una pared que parecía no llevar a ninguna parte.
Cuando acercaron las antorchas, la columna de roca erosionada por los siglos tenía un hueco tras de sí. Avanzaron y se toparon con una cámara más pequeña. Estaba seca y hacía un poco menos de frío.
―¿Estáis segura de que este es el camino? ―le preguntó Vidar, mirando alrededor. Allí no había nadie.
Su voz se oyó de forma nítida. Los altos techos abovedados ofrecían una acústica perfecta. Aquel lugar era ideal para ocultarse y resistir.
―Nessa… ―dijo Alana, como si supiera qué debía hacer.
Ella caminó hasta el centro de la sala y respiró hondo.
Entonces, con voz firme y resonante, entonó un canto ancestral.
El eco de la antigua lengua creada por la Søsterskap inundó cada grieta, cada galería.
Las notas flotaron como el humo entre los árboles, se curvaron hacia la caverna y se hundieron en la penumbra.
Un murmullo llegó de detrás de lo que parecía otra pared maciza, trayendo consigo sonidos de pasos, roces y acero. Otro pasadizo.
―¿¡Nessa!? ―Una voz profunda y esperanzada dijo su nombre.
El primero en emerger de detrás de esa pared fue Eierløs.
A su lado, aparecieron Aina, con sus ojos marrones penetrantes; Linnae, que llevaba su cabello rubio oscuro trenzado y mostraba una expresión grave; y Vivica, que con su simple presencia pareció estar dispuesta a desatar una guerra.
Tras ellas, surgieron Waddell, Lambert, Lief y Kjarr, cada uno con las armas a medio desenvainar y el rostro endurecido por la incertidumbre.
Soren susurró con el rostro desencajado:
―No puede ser…
―¿Cómo demonios…? ―soltó Vidar, llevándose la mano de forma instintiva al cinto.
Bahoz lo miró con incredulidad. Ejder, en cambio, dio un paso al frente, temblando. Se llevó la mano a la garganta, como si lo que iba a decir se le hubiera atragantado.
―¡Bălan! ―musitó, acercándose.
―¿Quién…? ―preguntó, entrecerrando los ojos. Aquel nombre resonó en su interior tanto como sus rostros.
―Pero… ¡moriste! ―añadió Soren, negando de forma errática con la cabeza―. ¿Qué tipo de magia es esta, Nessa? ―gruñó, incapaz de aceptar lo que veían sus ojos―. ¿Acaso podéis arrancar a un vampiro por segunda vez a la Muerte?
Aina se acercó a Eierløs y agarró su mano antes de responder en su nombre, puesto que estaba paralizado.
―Él no sabe de quién habláis. Perdió todos sus recuerdos hace muchos siglos y nunca ha podido recuperarlos.
Vivica avanzó hasta ponerse al otro lado, daga en mano.
―Nessa, ¿qué significa esto? ¿Por qué nos has delatado trayendo contigo a nuestros enemigos? ―le gritó.
Alana se volvió hacia la errante y le hizo un gesto con la cabeza. Solo pudieron dar un paso porque Vidar se adelantó de inmediato y se interpuso entre ellos.
―¡No creáis ni una palabra de este malnacido ni os acerquéis a él! ―vociferó el general, mirando al vampiro, espada en mano.
―Tranquilo, Vidar ―pidió Alana.
―No, Elegida. ¡Ese que veis ahí es el peor de todos los Ursu que han pisado la faz de la tierra!
―¡No sé de qué habláis! ―gritó Eierløs, con los ojos idos, sin entender la reacción de aquel errante que lo observaba con intención de acabar con él allí mismo.
―General ―prosiguió la inglesa―, no hemos venido a luchar, sino todo lo contrario. Bajad la espada, por favor.
El líder de la casa Eide apretó la mandíbula con fuerza. No estaba convencido de que aquel maldito «No Muerto» hubiera urdido un plan para acabar con ellos. Sin embargo, su rostro parecía el de alguien que no sabía qué estaba sucediendo, y eso sí que no iba a creérselo.
A regañadientes, se apartó, pero no sin antes dedicarle una dura mirada de advertencia.
―Como ordenéis, pero no me fío de él ―insistió el errante.
―¡Si no te conozco! ―se defendió el exgeneral Ursu.
―Pero yo a ti sí, Blodbøddelen [5] .
―Él hace mucho que dejó de ser ese que tú conociste, Vidar. Ahora, permíteme hablar con él. Nessa…
Mientras el general daba otro paso a un lado, ellas se acercaron. La paz que emanaba del rostro de aquella humana sobrecogió a los integrantes de la Søsterskap.
―¿Quién eres? ―preguntó Aina, intrigada―. ¿Y por qué te hace caso el errante si eres…? ―dijo y se detuvo porque no sabía cómo acabar aquella pregunta.
―Me llamo Alana, y hemos venido a por ti, Bălan ―dijo con un tono suave.
Eierløs miró a todos con una expresión seria y se detuvo en la joven inglesa. Su rostro no mostró ni sorpresa ni reconocimiento.
―No sé qué queréis de mí, pero está claro que todos os equivocáis. Yo no soy ese tal Bălan y mucho menos ese tal Blodbøddelen como me ha llamado él ―respondió con firmeza, clavando sus ojos en Vidar.
Alana se adelantó, él fue incapaz de apartar la mirada.
―Ahora eres Eierløs, aunque durante mucho tiempo fuiste Bălan, hijo de Radu y Crina, hermano mayor de Erke.
Ambos convertidos hace miles de años en «No Muertos» por Abbadon de la casa Ursu.
Te faltó poco para morir en aquella cruenta batalla.
Perdiste casi toda la sangre; sin embargo, tuviste la fortuna de que Aina te encontró y te salvó.
Te dio su propia sangre hasta que te llevó un humano del que pudiste alimentarte.
Pese a que tu mente lo ha olvidado, tu corazón lo recuerda.
Ya no perteneces a Abbadon. A nadie, ni siquiera a ella ―dijo mirando a Aina―.
No lograste recordar tu nombre, aunque sí lo que eras.
Por eso te hiciste llamar Eierløs, «sin dueño» ―agregó, alargando el brazo para tocarlo.
Soren, Bahoz y Ejder seguían sin ser capaces de reaccionar. Lambert, sin embargo, alzó una mano, interponiéndose entre ella y su líder.