Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 9. ELLA PODRÁ GUIARLOS #3
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9. ELLA PODRÁ GUIARLOS #3

―¿Aún crees que vas a darme órdenes? ¡Yo únicamente sirvo a nuestro amo!

Lo dijo en voz alta para que todos los vampiros lo escucharan. Algunos reprimieron su sonrisa; otros, en cambio, se limitaron a observar. Rău dio un paso más cerca.

―Recuerda quién es el verdadero general aquí. Fuiste elegido por error, no por mérito. Todos sabemos que…

El sonido del golpe retumbó antes de que terminara la frase. Erke lo había abofeteado con tal fuerza, con el dorso de la mano, que Rău cayó de espaldas contra un barril.

Todos quedaron en silencio.

―¡Guardias! ―bramó Erke. Su voz sonó como un trueno. Cuatro vampiros se acercaron de inmediato―. ¡Sujetadlo!

―¿¡Acaso te has vuelto loco de remate!? ―rugió Rău, intentando levantarse.

Pero las órdenes de Erke eran ley ahora. Los que lo retenían lo inmovilizaron con más fuerza de la necesaria. Él lanzaba insultos, forcejeaba, pero no pudo evitar que lo arrastraran hasta el mástil principal.

Erke avanzó con lentitud hasta quedar frente a frente. Cada zancada suponía un martillazo sobre el orgullo de Rău, y el nuevo general lo estaba disfrutando.

―Eres un bocazas. Siempre lo has sido. No voy a consultar con nuestro líder si puedo castigarte, solo le diré cuántos latigazos te has ganado por desobedecer. Así no volverás a olvidar tu lugar.

―¡No te atreverás!

Erke se volvió hacia los soldados y les ordenó:

―Atadlo de cara al mástil y descubridle la espalda.

Los vampiros obedecieron. Rău gritó, se revolvió, pero no logró evitarlo. Erke se acercó a uno de los centinelas y le quitó la fusta de cuero trenzado. Pesada. Con clavos diminutos en las puntas.

La alzó a la vista de todos.

―Que sirva de lección.

El primer latigazo desgarró la piel de Rău, arrancándole un grito de furia. No de dolor todavía, sino de humillación.

El segundo dejó una marca roja que pronto sangró.

El tercero lo hizo aullar con un alarido más salvaje.

Veinticinco azotes después, su espalda se había convertido en un paisaje de desgarros y sangre, como un lienzo brutal trazado con ira.

Erke lanzó la fusta al suelo. Inspiraba y respiraba a propósito, tratando de que el repugnante olor de su sangre jamás se le olvidara.

―Encerradlo en la bodega. ―Escupió en el suelo para demostrar su desprecio―. Vosotros dos, vigiladlo. No lo alimentéis. Ha de expiar sus errores ―agregó sin disimular la sonrisa que cruzaba su rostro.

Se alejó hacia la proa sin mirar atrás. Las patrullas lo observaron en silencio. El miedo que antes sentían por Rău se transformaba ahora en respeto hacia Erke.

Abbadon, que había visto la escena desde el castillo de popa, asintió complacido. Se acercó a un marinero y le susurró en el oído:

―¿Has visto? Por fin tengo a mi lado a alguien que entiende de verdad lo que es el poder.

Acto seguido, se hundió en su cuello y comenzó a beber, enardecido por el castigo a su anterior general.

En la bodega, uno de los guerreros tuvo la idea de encadenar a Rău junto a Yngvar.

En aquel mínimo espacio, nadie sabía lo que podría suceder.

Pero el otro le gritó que no se le ocurriera hacerlo.

Si acababan con el errante, Erke los despellejaría vivos.

Acabaron atándolo a un madero que atravesaba el techo y se pusieron a dormitar al otro lado.

El anochecer avanzó. Yngvar, que llevaba más de dos días sin poder dormir, acabó cerrando los ojos mientras cada crujido de madera parecía recordarle que no debía olvidar la traición del vampiro.

Las palabras de Erke retumbaron en su cabeza, cada una afilada como una maldita daga.

Se encogió sobre sí mismo, sabiendo que lo que lo mantenía con vida ya no era la esperanza, sino la furia.

«Te quiero, Lana», dijo para sí mientras las fuerzas lo abandonaban para sumirlo en un sueño profundo.

El barco se perdió entre las sombras del canal, tragado poco a poco por la bruma densa que parecía levantarse solo para ocultarlo. Rumbo a Calais, su silueta se difuminó en el horizonte como una amenaza silente y peligrosa.

Nada en él ocurría por azar. Nada era inocente.

En sus entrañas, ya comenzaba a urdirse otra telaraña de oscuridad, tejida con deseos rotos, heridas sin cerrar y traiciones aún por consumarse.

La sed de poder y la necesidad de venganza habían dejado de ser un fin. Ahora eran el camino.

Bajo la madera húmeda y el pesado velamen, que se batía como las alas de un murciélago, germinaban sentimientos más turbios.

Rău, humillado y con el orgullo herido, rumiaba su derrota con el rencor de una bestia enjaulada.

Abbadon planeaba el regreso a tierra con la precisión de un titiritero cuya obra aún no ha alcanzado su clímax.

Y Erke… Erke se aferraba a su máscara de monstruo como si fuera su única salvación, consciente de que cualquier grieta, cualquier sombra de duda, bastaría para destruirlo todo hasta los cimientos.

Esa noche, aquel no era solo un barco que surcaba las aguas: era un arca cargada de rabia, de viejas cuentas pendientes y de almas podridas que no conocían el perdón.

Y, cuando alcanzara la costa, que el mundo se preparase.