9. ELLA PODRÁ GUIARLOS #2
Mientras corrían por el bosque, el diálogo interno de todos se centró en esa pregunta y en otra crucial: quiénes formaban parte de esa particular alianza y si habían conocido en otra época a alguno de ellos.
Las fuertes olas golpeaban el casco del navío con una cadencia irregular, como si el mar mismo rechazara la presencia de aquellos que ahora lo surcaban. El cielo, encapotado y plomizo, parecía estar cargado de un presagio oscuro, que se hacía más evidente cuanto más se alejaban de la costa inglesa.
Mientras Abbadon disfrutaba en cubierta de la sangre de uno de los marineros más corpulentos, en la bodega, entre maderos podridos por la sal y las cadenas herrumbrosas con las que lo habían atado como a un perro y que herían su piel, Yngvar no dejaba de pensar en cómo iba a poder escapar.
El cuartucho donde lo habían encerrado era un pequeño almacén que olía como los mismos demonios del infierno.
La única ventilación la proporcionaban las profundas hendiduras de la puerta desgastada, y de poco servía.
Por ahí se colaba el hedor de las mercancías descompuestas y de los sucios marineros, que impregnaban con su sudor cada rincón.
Revisó las paredes con la escasa claridad que le proporcionaba un cabo de vela que le había dejado uno de ellos.
Estaban salpicadas de sangre seca. No sabía qué había ocurrido allí dentro, pero esos tablones aún guardaban el eco de los gritos arrancados bajo tortura.
Cerró los ojos y sacudió la cabeza para alejar los pensamientos que le habían atravesado.
Trató de mover las muñecas y aquellos eslabones eran peores que cuchillas. Le provocaron numerosos cortes, haciendo que la piel le volviera a sangrar. Ya no solo le dolía el cuerpo: le dolía la traición.
«Erke…», repitió en su mente.
Apretó los dientes al recordar el golpe que le asestó antes de subir al barco, los insultos escupidos con el mismo tono cruel que usaba Rău.
Ahora era libre y, aun así, volvía a servir a Abbadon.
La imagen de Nîga siendo castigada por aquel malnacido se le coló para darle la razón.
Ahora entendía por qué no había dudado en golpearla él mismo.
Seguramente lo había disfrutado. ¿Se habría jactado de ello frente a su amo?
No lo sabía, ni tampoco era capaz de concebir que lo hubiese hecho.
Después de todo lo que había sufrido aquella muchacha, ahora tenía que añadir de nuevo el dolor de haber sido un mero instrumento para que él lograra su objetivo.
―Maldito… ―dijo entre dientes.
El chirrido de los goznes lo sobresaltó. Alguien abría la puerta. Un humano entró con pasos vacilantes y los ojos opacos, sin voluntad. Llevaba entre las manos un cuenco de algo similar a un estofado y un pedazo de pan mohoso. Su mirada era hueca, como si el alma se le hubiera evaporado.
Yngvar se incorporó con esfuerzo, apoyándose en la pared. El esclavo colocó la comida en el suelo, sin decir una palabra. Detrás de él, justo al otro lado del umbral, se encontraba Erke.
El general tenía los brazos cruzados y el semblante pétreo.
Su silueta, recortada por la luz de las antorchas, lo hacía parecer una estatua esculpida en sombras.
Vestía de nuevo el jubón negro de la casa Ursu, adornado con hebillas de hueso y cuero curtido, mostrando con orgullo su escorpión.
El cabello recogido dejaba ver su rostro afilado, endurecido por una expresión que Yngvar jamás le había visto.
―¿Te gusta el nuevo cocinero? ―preguntó con desdén, señalando al marinero―. No habla, no piensa, no se queja. Una joya.
El joven Knutsen no le dio la satisfacción y se negó a responder. Solo lo miró con una mezcla de rabia y asco. Erke dio un paso al interior, pero no se acercó más.
―Deberías comer, errante. No voy a dejar que mueras antes de que Abbadon acabe contigo. Eso lo enfurecería ―añadió, fingiendo lástima―. Y no me apetece verte llorar como una criatura antes del final.
La tensión entre ambos se palpaba en el aire. El general lo sabía y parecía disfrutar de ello. Yngvar alzó los ojos hacia él con evidente desprecio, tratando de asimilar que los había engañado a todos.
―¡Eres un bastardo! ―dijo con rabia.
Se lanzó hacia él, pero las cadenas lo detuvieron. El movimiento abrupto hizo caer el cuenco, derramando la comida sobre la madera sucia. El humano retrocedió torpemente hasta quedar pegado a la pared.
Erke sonrió con cinismo.
―Eso me gusta. Que aún tengas fuego ―se giró para marcharse―. No lo apagues todavía. Lo necesitarás cuando conozcas la crueldad de Abbadon, y tal vez la mía.
Antes de irse, clavó la mirada en el esclavo.
―Limpia esta pocilga y tráele otro cuenco.
El humano obedeció sin rechistar. Tras cerrarse la puerta, el errante apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en la carne.
No podía más. Se sentía como un estúpido por haberle dado un voto de confianza al vampiro.
Si alguna vez Erke llegó a albergar algún sentimiento sincero, ahora lo había sepultado bajo su verdadera naturaleza.
«Alana, ¡cuánto nos hemos equivocado!», se dijo.
Al rato, el marinero regresó con un cubo lleno de agua limpia y trapos. Le pidió que se apartara a un lado y comenzó a fregar el suelo y las paredes. Cuando acabó, le trajo otro cuenco de estofado. Esta vez, parecía estar más cocinado, y el trozo de pan era crujiente, como recién hecho.
―Come ―dijo el humano―, volveré más tarde.
Cerró la puerta y se marchó. Yngvar se lanzó a por aquel amasijo de carne y patatas. No estaba nada mal. Incluso el pan le pareció delicioso.
«Debo de estar perdiendo la cabeza…», pensó y se centró en alimentarse. Quién podía saber cuándo le permitirían volver a hacerlo.
Erke, que había regresado a cubierta tras discutir con Rău por darle una respuesta insolente, estaba apoyado en la borda, supervisando al marinero que llevaba el timón.
Le estaba costando contenerse para no bajar y matar al recién nombrado capitán con sus propias manos, así que comenzó a fijarse en el resto de los suyos para tranquilizarse.
Unos estaban apoyados en los mástiles, vigilando el horizonte; otros esperaban órdenes mientras se jactaban de los errantes que habían asesinado, hasta que el barco comenzó a balancearse un poco más.
El mar estaba embravecido, pero no más que el ambiente en aquel navío.
Contraviniendo una orden directa de Erke, Rău apareció en cubierta. Caminaba con paso arrogante, ignorando la mirada asesina del que ahora era el único general Ursu. Se acercó a él, retándolo.
―Tus perros humanos han dejado las velas flojas. ¿Acaso también tienes que enseñarlos a respirar?
Erke lo miró de reojo, sin expresión.
―Cállate, Rău.
Él se echó a reír.