9. ELLA PODRÁ GUIARLOS
U n pesar silencioso se extendió en torno a Alana cuando llegó a la entrada tras tomarse un momento.
La bruma baja, que cada madrugada se colaba por los rincones del campamento, parecía querer envolverlo todo aquella mañana, como si presintiera lo que iba a suceder.
Thyra, Oskar y Nîga hablaban en voz baja con los tres Ursu, pero al verla acercarse, interrumpieron la conversación.
La inglesa esbozó una leve sonrisa al percibir la seriedad marcada en los rostros de sus dos mejores amigas.
Sabía que deseaban detenerla, que cada fibra de su ser gritaba por hacerla cambiar de opinión, y también que ya tenían asumido que era inútil intentarlo.
Ambas se limitaron a caminar hasta ella y, en un gesto cargado de afecto y determinación, le ofrecieron sus manos.
―Recuerda que eres nuestra ancla ―dijo la princesa, ciñendo sus dedos para reforzar sus palabras.
―Para mí, eres mucho más que eso ―susurró Nîga―. Eres mi hermana. Ambas lo sois ―agregó con un seco movimiento de cabeza―. No se te ocurra hacer ninguna locura y vuelve de una pieza, ¿de acuerdo?
―Os quiero muchísimo ―agregó Alana, atrayéndolas hacia sí para abrazarlas.
―Sí que eres fuerte ―dijo Thyra a duras penas.
―¡Perdón! ―Las soltó al momento―. No soy consciente.
Se separaron un poco de todos para poder hablar en privado.
―Ten mucho cuidado ―le advirtió de nuevo la vampira―. No te fíes de Nessa. No termina de gustarme.
Alana les dedicó una sonrisa mientras agradecía en silencio que les hubiese hecho prometer a sus padres que no irían a ver cómo volvía a marcharse.
―Vosotras también. Si os ceñís al plan, todo irá bien.
Gunnar será el que ponga el grito en el cielo al saber por qué estáis allí, pero solo porque rechaza la idea de que tu padre sea capaz de cumplir el pacto ―dijo mirando a Thyra―.
Lleva mucho tiempo sin fiarse de nadie, así que manteneos firmes y no cedáis ante sus amenazas.
Helmet estará de vuestra parte, os lo garantizo.
―Sigo sin comprender cómo puedes estar tan segura ―soltó Nîga sin pensar. La inglesa ladeó la cabeza―. ÉL te guía.
―Las dudas quedaron atrás ―agregó la Elegida, poniendo la mano en su pecho, a la altura del corazón.
Hizo lo mismo con Thyra―. Que ÉL os acompañe y os ilumine.
―No se permitió derramar las lágrimas que se le habían acumulado en los ojos y prosiguió―: Cuanto hacemos o decimos parece épico, pero recordad que lo que nos ha tocado vivir es, con mucha diferencia, lo más decisivo que vivirá la Humanidad.
El Caído no debe ganar, así que cumplamos nuestra misión lo mejor que podamos.
Aunque, antes de enfrentarnos a él, rescataremos a Yngvar y a Erke.
―¿Se nos permite? ―preguntó la vampira con temor.
―Más que eso: se nos exige, y debemos ir ―musitó, aliviada―. No podremos evitarles el sufrimiento, pero los traeremos de vuelta.
Al otro lado, Eirik, que hablaba con Brina, seguía sin creer que no contara con él.
Entendía que Nessa los guiara. Ya había dejado de dudar de su lealtad y estaba claro que ella era la única que podía lograr que los integrantes de la Søsterskap aceptaran, pero temía que Eierløs no lo hiciera.
Aquel pensamiento se desvaneció en cuanto se fijó en el temple que la Elegida mostraba en sus facciones.
Ella parecía estar segura de su decisión, aunque sabía que no volvería a dormir hasta que viera al grupo regresar sano y salvo.
―Ella podrá guiarlos ―le dijo su esposa, obligándolo a romper el contacto visual con Alana.
―Lo sé. Llevamos esperando este momento tanto tiempo que ahora no sé cómo actuar.
―Es comprensible, Eirik. ―Le puso la mano en la mejilla―. Has de soltar las riendas, y eso no es nada fácil.
―No, no lo es.
Vidar, Borg y el príncipe Thorkell se acercaron junto a la guardia Parêzvanan, que portaban armas suficientes para proteger a todo el grupo en caso de ser descubiertos. Lo sucedido en la misión anterior no debía repetirse.
El padre León apareció entre las tiendas, secándose las manos tras haber asistido a un parto.
Su porte seguía siendo impecable y sus facciones parecían mucho más jóvenes que algunas lunas atrás.
Sin duda, la ponzoña regeneraba su cuerpo día tras día, como si pretendiera devolverlo a su mejor versión, más vigorosa y fuerte.
Transformándolo en un depredador imparable, en un guerrero dispuesto a aniquilar al enemigo.
Cuando vio a Alana, algo dentro de él se removió. Ella le sonrió, había sentido esa lucha en su interior al mismo tiempo.
―He venido a desearte suerte ―dijo, sin ocultar su incomodidad.
―La sangre de Mørket es fuerte, pero no es comparable con la fe que Le profesas. Mantén intacta esa fe, León. Regresaré pronto.
―Nunca pensé que sería yo quien estaría al lado de la Elegida. Menos aún que tuviera que hacerlo en estas condiciones.
―Las vicisitudes de la vida nos ponen a prueba, y a ti no te ha tocado un camino sencillo.
―Mi misión es insignificante comparada con la tuya.
―Se nos concede aquello que podemos soportar. Eso no significa que mi carga sea más pesada que la tuya. Es la misma, solo que adaptada a tu alma y a tu fe.
―Entonces, eres admirable.
―Soy Su hija, al igual que todos vosotros. Yo únicamente acepté lo que era necesario para equilibrar de nuevo la balanza. Puede que mi fortaleza resida en que no dudo de que lo que me pide es lo que debe ser.
Oskar y los Ursu se unieron a ellos. En ese momento, Soren clavó la mirada en la errante que se acercaba caminando con el semblante sereno. Bahoz le dio un leve codazo al tiempo que le dijo en voz baja:
―Discreción, hermano.
Soren asintió y bajó la mirada para tratar de no perder la perspectiva.
Desde que había llegado al campamento, se sentía diferente.
Ahora era libre, o todo lo libre que se podía ser teniendo una guerra en ciernes.
Tal vez eso era decir mucho. Si la joven inglesa tenía razón, dispondrían de algunos años antes de exponer de nuevo sus vidas.
Como si la misma brisa le susurrara que ella era su Destino, sus ojos regresaron a la errante.
Nessa llevaba la cara despejada, con el cabello oscuro recogido en una espesa trenza.
Se había vestido como una guerrera: pantalones y chaqueta ajustada, ambos de cuero; botas altas, atadas a la pantorrilla; un cinto con una daga; un arco y un carcaj repleto de flechas.
Sus preciosos ojos miel, llenos de determinación, parecían proclamar a los cuatro vientos que estaba dispuesta a todo.
―Lo siento, soy la última en llegar ―dijo, avergonzada.
―Lo has hecho justo cuando debía ser ―la corrigió la Elegida―. Eirik, debemos irnos ya.
Los reyes se acercaron para despedirse de los dos grupos.
La reina mostraba evidentes signos de preocupación.
Se había pasado toda la noche rezando por todos.
Su único consuelo era que Gudrun y sus guerreros acompañarían a sus dos hijos, a Oskar y a Nîga.
En cuanto a Alana, sabía que Vidar, Borg y los Parêzvanan cuidarían de ella.
Nessa había vuelto a ser su hermana, y no se perdonaría nunca que le ocurriera algo malo después de haber estado tanto tiempo separadas.
El pasado había sido perdonado, con lo que solo quería que fuera feliz con alguno de los suyos que lograra ganarse su corazón.
El líder errante se dirigió a ellos para insuflarles ánimos. Estaba convencido de que ambas misiones eran muy peligrosas, pero se cuidó mucho de decirlo en voz alta.
―Guardad todos mucho cuidado y volved junto a nosotros lo antes posible.
―Lo haremos, Eirik ―respondió la Elegida―.
Confiad en mis palabras: en menos de una semana, todos habremos regresado.
La alianza no tardará mucho más. Por favor, preparad el campamento.
Será necesario ampliar el campo de fuerza de los Parêzvanan a más del cuádruple.
Después, tomaremos decisiones difíciles, aunque necesarias.
―Se hará todo tal y como has dispuesto.
―Brina… ―añadió la Elegida―, ¿puedo hablar contigo a solas?
―Por supuesto.
Alana se apartó unos pasos. Se acercó a su oído y le susurró algo que ninguno de los presentes, ni siquiera los vampiros, pudo oír. Antes de volver con los demás, le tendió las manos con delicadeza. La reina, visiblemente conmovida, las tomó entre las suyas sin dudar.
―Que los Altos Guardianes os protejan ―le dijo a la Elegida, aguantando las lágrimas.
―Rezaré porque así sea ―le respondió ella, quien no dudó en abrazarla antes de volver con el resto. Miró a quienes la aguardaban y añadió―: No es algo nimio lo que nos espera, aunque tampoco es lo más complicado a lo que tendremos que enfrentarnos. Solo dejad que vuestro corazón os guíe. Partamos.
Después de una última despedida, ambos grupos tomaron caminos diferentes.
El sol ya los acompañaba desde hacía rato; sin embargo, Alana se abrochó los botones de la chaqueta, tratando de que el viento no le helara el cuerpo.
Mientras lo hacía, el pensamiento fugaz de que tanto las ropas de los errantes como las de los vampiros eran mucho más avanzadas de lo que conocían la sorprendió una vez más.
Se volvió hacia el grupo. Asintió con un gesto de agradecimiento y acabó en Nessa. Todos emprendieron la marcha sin mirar atrás.
―Alana ―dijo la errante―, trataré de convencerlo, pero no puedo garantizar que Eierløs acceda.
―No es en ti en quien recae esa tarea. Solo has de preocuparte de que me permita hablar con él.
―Eso tampoco será sencillo.
―Bueno, contamos con la mejor ayuda, ¿no crees?
Vidar y Borg se acercaron a la Elegida para cambiar el rumbo.
―Alana, es por ahí ―dijo el de la casa Eide, señalando un sendero escarpado hacia a las montañas.
―General, os seguimos.
El viaje hacia las cuevas había comenzado y una nueva incógnita se presentaba ante ellos: ¿conseguirían que Eierløs aceptara el trato?