8. XERAB #3
Se quedó en el centro, mirando alrededor. Aunque era imposible, se ahogaba. Algo en su interior le pedía a gritos que compartiera con alguien lo que sentía. Aquello que cada fibra de su cuerpo rogaba por conseguir.
Como si alguien guiara sus pasos, volvió a descorrer la cortina.
Llamó a Khalûn para que entrara; él obedeció al instante.
El general, de mirada gélida y mandíbula afilada, sostenía un mapa manchado por el uso y las lluvias de Kemet.
Había estado comprobando la ruta para regresar a Piatra Morții en el tiempo estimado.
―¿Cómo ves la moral de las tropas? ―preguntó Xerab sin levantar la voz.
―Intacta, señor.
―Bien. Que todos estén listos para marchar al atardecer.
―Por supuesto. El camino más corto es el que colinda con uno de los asentamientos de los nómadas Qûm.
―Khalûn trazó una línea con el dedo sobre el mapa―.
Es más arriesgado, lo sé, pero ahorraríamos casi tres semanas de viaje.
Esta noche enviaré a varios exploradores para comprobarlo.
Pronto sabremos si tendremos que rodearlos.
A no ser que prefiráis que nos enfrentemos a ellos.
El líder Neacșu asintió lentamente, sopesando qué hacer.
―No, los rodearemos.
―Sí, señor. Podemos…
―Khalûn, ¿cuánto hace que eres mi general? ¿Lo recuerdas? ―dijo sin motivo aparente.
Extrañado por aquella pregunta, frunció ligeramente el ceño y se quedó pensando.
―No lo sé a ciencia cierta. Cientos de años.
Se acercó a él y le susurró al oído:
―¿Puedo confiar en ti?
Él asintió, preocupado.
―Por supuesto, señor.
―Xerab. Me llamo Xerab, Khalûn. Creo que ha llegado el momento de que, al menos tú, puedas llamarme por mi nombre, porque no conozco a ningún vampiro más leal.
―Es un honor, Xerab ―dijo visiblemente emocionado por aquella deferencia después de tanto tiempo compartiendo batallas juntos.
―Dime, Khalûn, ¿no estás cansado? ―sondeó, empleando una cadencia ansiosa, casi desesperada.
―¿Cansado…? ¿De qué?
―De todo esto. ―El tercer hijo de Mørket hizo un gesto amplio con la mano―.
De conquistar tierras que ni siquiera volveremos a pisar, de obedecer órdenes sin cuestionarlas, de alzar la espada por una causa que solo existe en la mente de mi padre, que jamás ha conocido el significado de la compasión.
Khalûn ciñó sus dedos alrededor del mapa, preocupado por si aquello era una prueba de su lealtad.
―Jamás, señor. Yo acato vuestras órdenes con el mayor de los respetos.
―Detesto mi existencia, amigo mío ―soltó sin más, cansado de fingir―. Jamás dudaría de tu lealtad, no pienses que te estoy evaluando.
―Nunca me habías hablado así, Xerab ―añadió sonriendo.
―Nunca me había permitido pensar así. ―Le devolvió la sonrisa, satisfecho al ver que le había respondido como a un igual.
El general guardó silencio. Su líder giró sobre sus talones y caminó un par de pasos. Le hizo un gesto con la mano para que no levantaran el tono de voz.
―¿Qué harías si te dijera que quiero terminar con todo esto?
―¿A qué te refieres?
―A nuestra esclavitud ―afirmó―. ¿Y si lograra que los nuestros fuesen libres y tuvieran una existencia en la que pudieran tomar sus propias decisiones?
Khalûn no apartó la mirada. En su rostro había sorpresa y una clara expresión de esperanza.
―No estás bromeando ―agregó más para sí que para su señor.
―No.
El general bajó la vista y clavó sus ojos en el mapa, como si buscase las palabras correctas entre sus pliegues.
―No podemos dejar atrás lo que somos.
―Lo sé, pero eso no significa que no podamos vivir en paz.
―¿Y si Mørket te reclama?
Xerab esbozó una sonrisa amarga.
―Te pediré que acabes conmigo.
Khalûn lo observó largamente. Su amo se acercó un poco más, hasta quedar frente a él, sin que los separara más que unos pasos.
―¿Qué opinas? ―musitó, sin apartar la mirada―. Si decidiera marcharme, ¿me seguirías?
El silencio que se abrió entre ellos fue espeso, demoledor. El general no habló de inmediato, puesto que no sabía qué responder a esa pregunta. Se giró lentamente hacia la oscura lona que hacía las veces de puerta, se apoyó las manos en las caderas y suspiró.
Aquella forma de proceder le arrancó una sonrisa a Xerab. Acababa de verlo comportarse como un humano, y eso, sorprendentemente, le gustó más de lo que esperaba. Khalûn se volvió hacia él antes de contestar:
―Desde que te juré lealtad, he cumplido cada orden. He derramado sangre por ti. He enterrado hermanos. Te he protegido en batalla y de algunas traiciones. No porque me lo ordenara vuestra sangre, sino porque siempre he creído en ti.
Xerab bajó la mirada. El general prosiguió.
―Si ahora decides desaparecer, si quieres abandonar todo lo que has sido, no te detendré.
―¿Vendrías conmigo? ¿Y… ellos? ―Ladeó la cabeza, señalando hacia afuera.
Khalûn volvió a mirarlo. Sus ojos no eran de un soldado esta vez, sino de alguien que lo había visto en su peor y en su mejor versión.
―Os seguiré siempre ―dijo con un leve temblor en la voz―. Pero, si lo hago, no será como general, sino como amigo. Como un igual, Xerab. Como un hermano. Creo que me lo he ganado.
Algo inmenso se alzó en el interior de Xerab: un orgullo profundo y feroz, tan desmesurado que le atravesó el pecho.
―Busco la libertad de todos, «hermano». Es lo menos que puedo hacer después de lo que hemos vivido juntos.
Khalûn no contestó, pero la forma en que fijó los ojos en los suyos, aceptando el trato, bastó para que su señor comprendiera que no estaba solo. Que nunca lo había estado.
―Entonces, no iremos a Piatra Morții. Regresaremos a Venecia y pensaremos cómo enfrentar la ira de mi padre después de exigirle la libertad de la casa Neacșu.
El general se tensó al oír sus palabras.
―Si regresamos a sus dominios ―continuó su líder―, puede que jamás volvamos a ver la luz. Y prefiero morir para siempre que volver a hincar la rodilla en el suelo. ¿Qué quieres hacer tú?
―Permanecer de pie a tu lado, «hermano» ―contestó su guerrero.
Xerab le ofreció el antebrazo. Su primero lo apretó como antaño, como en las campañas ganadas en la antigua Roma.
―¿Y qué le decimos al resto? ―agregó Khalûn.
El líder Neacșu volvió a sonreír. Esta vez mucho más optimista.
―La verdad, amigo mío. Única y exclusivamente la verdad.