Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 8. XERAB #2
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8. XERAB #2

―…Cuando me exigió que lo liberara de esa unión con Abbadon, le dije que no podía hacerlo. Me miró con auténtico odio y me echó en cara que no fuera la misma que había conocido.

―¡Será cínico! ―agregó Thyra.

―No lo entiendo ―dijo Nîga―. A mí y a los Ursu nos liberaste. ¿No podías hacerlo con él o no quisiste?

―Yo no elijo a quién puedo romperle las cadenas. El camino es el que es. Un paso en falso y será nuestra perdición.

―ÉL es inflexible ―agregó la vampira, a la que las circunstancias la habían destrozado.

―No, Nîga. Está ayudándonos a ganar.

―Siento discrepar en eso. Si de verdad quisiera, podría cambiar el Destino con un simple chasquido de dedos.

―Sí, y también hacernos desaparecer u obligarnos a llevar una vida en la que no tuviéramos la capacidad de decidir.

―Esa es, más o menos, la existencia que he tenido durante los últimos milenios, Alana.

No me digas que hasta hace muy poco no he sido una esclava, porque no puedo darte la razón ―replicó la «No Muerta», muy enfadada―.

Hemos de rescatar a Yngvar y a Erke. Si te hubiera dado la oportunidad de hacerles ir por otro camino, no tendríamos que perder el tiempo.

Vosotros, en busca de Eierløs y la Søsterskap… y nosotras, persiguiendo un imposible.

―Entiendo lo que dices, Nîga. Como tú, me pregunto por qué ha de ser todo tan complicado. Pero, puestos así, ¿por qué no acabó con Mørket sin más hace milenios? Aniquilarlo en todos los planos de existencia sería lo más sencillo, ¿no te parece?

―No me hagas hablar, Alana…

―Cualquier elección tiene consecuencias.

Piensa: si eso hubiese ocurrido, no existirían los errantes.

Thyra jamás habría nacido. Si ÉL no hubiera enviado a Su Hijo para salvar nuestras almas, mi antepasada Raisa no hubiese recogido Su sangre, yo no sería la Elegida y no os conocería a ninguna de las dos.

La princesa asintió despacio.

―Visto así, hasta a mí me parece idílico. Pero ¿te puedes hacer una idea de cuánto he sufrido para que el Destino nos reuniera? ―acabó susurrando la Drăgoi.

―Sí, querida Hawin. Siento tu dolor, tu frustración y tu rabia, pero no puedo hacerlos míos porque he de completar la misión que se me ha encomendado.

―Es tan injusto… ―se quejó Nîga, frunciendo los labios.

―Sí, lo es. Ahora piensa en Eirik y Brina, en todo lo que tuvieron que soportar por la locura de Nessa. ¿Hasta qué punto de desesperación los llevó como para querer asesinarla? Piensa que, de no haber regresado al campamento, jamás podríamos encontrar a la Søsterskap.

―¿Por qué no? ¿Es que él no te hubiera revelado su posición? ―insistió la «No Muerta», mostrando una expresión de decepción.

―No lo sé. De lo único que estoy segura es de que Eierløs es una pieza clave para el rescate de Yngvar y Erke.

Nîga, me estás pidiendo que decida lo que creo que es razonable o justo, pero no funciona así.

Es más, ¡ni yo misma sé cómo funciona! Lo he dicho hasta la saciedad: no puedo elegir los pasos a mi conveniencia ni a la de nadie.

Las piezas caen una tras otra, y lo hacen en un orden determinado y de una manera concreta. Si cambiamos algo, aunque sea mínimo…

―Perderemos.

―Exacto.

―Por favor, ¡dejadlo ya! ―intervino Thyra, angustiada. No quería seguir viéndolas discutir.

―Está bien ―agregó la vampira.

―Gracias ―apostilló la errante con un deje de exasperación. Miró a la inglesa y añadió―: Alana, no has terminado de contarnos qué pasó con Alistair.

Ella, algo más tranquila, asintió.

―Me agarró de los hombros con fuerza mientras me exigía que lo liberase.

Le pedí que me soltara, pero él ciñó sus dedos aún más.

Lo empujé sin apenas rozarlo y acabó empotrado en las escaleras.

No podía permitir que recordara lo sucedido ni que me buscara, así que le borré la memoria, que nos conocimos y todo cuanto pasó entre nosotros.

Después, le obligué a amar a su esposa y lo envié de regreso con ella ―respondió sin titubeos―.

Fue… necesario. Su tiempo llegará, pero no ahora.

Las dos se miraron y guardaron silencio. Solo el rumor lejano del campamento parecía dar testimonio de lo que acababan de oír.

―Después, me dirigí al patio de armas ―agregó para terminar.

Nîga la observó con la mirada velada. Thyra suspiró y posó sus ojos en el horizonte.

―Todo ha sucedido por mi culpa ―musitó la errante.

―Tú fuiste un instrumento más, querida amiga.

Debía ocurrir. Ahora, más que nunca, soy consciente de que debemos dejar atrás el pasado.

Quedémonos con lo aprendido y centrémonos en el siguiente paso.

Que nuestros sacrificios y errores nos den fuerza para continuar.

No sabemos si podremos llegar a tiempo, pero os juro por mi vida que lo voy a intentar con todas mis fuerzas.

―Entonces, preparémonos ―dijo la vampira―. Si solo tenemos una oportunidad, aprovechémosla. Y si aquellos a quienes amamos también han de sacrificarse, al menos que no sea en vano.

―Ellos no van a morir, Nîga ―la regañó la princesa.

―Eso no está en las manos de ninguna de las tres ―respondió con el rostro hierático―, ¿verdad, Alana?

―Así es.

―Está bien. Suframos un día más. A ver si, de esta manera, podemos ganarnos el puñetero cielo ―dijo la vampira, dando el primer paso de vuelta hacia el campamento.

―¡Nîga! ―la recriminó la errante.

―Déjala, Thyra. Su rabia habla por la de todos ―añadió Alana―.

Ni siquiera ÉL quiere reprocharle esas palabras.

Lo comprende y sabe que nos exige mucho más de lo que somos capaces de soportar, pero aquí seguimos…

Ahora, volvamos. Los nuestros nos están esperando.

Por favor, tened mucho cuidado. No es tarea fácil la que se nos ha encomendado.

Cuando todos regresemos, sabremos cómo proceder.

Al sol le faltaba mucho para alcanzar su cenit cuando los Neacșu acabaron de montar sus refugios improvisados a fin de resguardarse.

Los habían levantado con gruesos telares negros y múltiples estacas clavadas en lo más profundo del bosque.

Algunos dormían; otros, impasibles, hacían guardia bajo la escasa penumbra que los árboles aún les proporcionaban.

Xerab, sin embargo, seguía despierto. Pese a ser su peor maldición, adoraba la luz.

Las contadas ocasiones en las que los suyos se habían visto obligados a luchar de día, había sido un auténtico desafío.

Ahora, a resguardo de su tienda, aprovecharía ese tiempo para pensar.

Una vez más, se repitió que debía trazar un plan impecable, respaldado por razones tan firmes que su padre no pudiera rebatirlas.

Se pasó el dorso de la mano por la frente mientras se decía que ya le había otorgado más de setecientas cincuenta generaciones, mucho más que las que cualquiera debería existir.

Menos aún estar bajo el yugo de nadie. Merecía ser libre, y sus fieles vampiros se habían ganado a pulso decidir qué hacer con su existencia.

Con aquel pliego en blanco que tenía delante para transcribir las razones de peso que le exigiría su padre para siquiera sopesarlo, sabía que no podría marcharse sin consecuencias.

Abbadon lo buscaría para hacerlo cambiar de opinión a base de castigos.

Enviaría a sus mejores cazadores. Quizá al despreciable Rău, con su sonrisa sádica y sus ojos vacíos, quien no dudaría en ocupar su lugar si Mørket se lo ofrecía.

Pero algo en él ya no le temía ni siquiera a su venganza.

Había descubierto algo diferente. Algo que había removido todo cuanto era y que lo había impulsado a atreverse a soñar.

Algo hermoso que habría creado una grieta en su podrida alma y que rogaba por esa luz que tanto mal le hacía.

Había sido esa minúscula rendija por donde se había colado ese rayo de esperanza que le empujaba envidiar a los humanos: el libre albedrío, aquello que les permitía poseer lo más valioso que había creado su mayor enemigo. La libertad.

No se atrevió ni a susurrarlo, pero la deseaba más que nada en el mundo. No sabía qué había cambiado en él, qué había despertado aquella necesidad de dejar todo atrás e incluso desear la muerte eterna antes de volver a cometer otra matanza.

Era un iluso. Su padre jamás le permitiría abandonarlo, pero lo ansiaba con una fuerza arrolladora. Había visto y causado tanta muerte y desolación a su paso que estaba seguro de que aquella opresión que sentía en el pecho le impediría respirar si estuviera vivo.

Cerró los ojos y trató de encontrar el momento en que todo había empezado a cambiar en su interior.

Fue a raíz de su incursión en Kemet. Allí, entre las ruinas y las arenas, había visto a los humanos que resistían con uñas y dientes.

A los que, incluso encadenados, trataban de levantarse.

A los que morían por amor a algo mayor que ellos mismos.

No por miedo, sino por lealtad a su pueblo. A su verdad. A sus creencias.

Se frotó el rostro con energía y volvió a mirar el pliego.

«¿Y cuál es mi verdad? ¿En qué creo? ¿A qué soy leal? ¿A mi padre, que solo exige obediencia? ¿A mi linaje, que solo engendra destrucción?».

Apretó los puños y después se limpió las manos en el pantalón.

«Soy más que eso. He de escapar de esta esclavitud perpetua», repitió en su cabeza, mostrando la tensión acumulada en la mandíbula.

Se puso en pie y abrió la gruesa cortina. Quedaba mucho día por delante antes de partir. Al atardecer, cuando la luz no les afectara tanto, continuarían a paso ligero, bordeando valles y ríos crecidos.

Dejó caer la oscura tela y se dio la vuelta, dispuesto a sentarse de nuevo en el suelo.

Debería dormir un poco. De hecho, se suponía que era justo lo que tendría que estar haciendo, no tratando de escribir mil razones para lograr la libertad.

De todos modos, sabía que ninguno de sus guerreros se atrevería a interrumpir su descanso, a menos que la tierra misma se abriera.

Y eso, de momento, dudaba mucho que fuese a ocurrir.