8. XERAB
L as primeras luces del amanecer apenas rozaban las cumbres lejanas cuando Xerab ordenó detener la marcha.
Su ejército, sólido como la imponente montaña que los observaba desde la distancia, obedeció de inmediato.
Las sombras en los valles cruzaban los bordes del Mar Negro, pero pronto el sol desnudaría los senderos y el mundo les sería hostil.
No porque no pudieran avanzar, sino porque la debilidad, como una peste silenciosa, se les colaba en los huesos.
Poco importaban las gruesas ropas con las que protegían sus finas y pálidas pieles.
Cada vez que se exponían a los potentes rayos del magnífico astro que calentaba la tierra, una pesada losa caía de forma irremediable sobre sus hombros.
Con las fuerzas casi agotadas, se veían obligados a aminorar el paso hasta encontrar un refugio o montar un campamento en alguna zona protegida por árboles.
Pero allí, en mitad del desierto, poco podían hacer.
El líder Neacșu entrecerró los ojos para enfocar lo que acababan de dejar atrás.
A lo lejos, columnas de humo negro danzaban al viento como único testigo de la destrucción perpetrada.
De nuevo, había cumplido el mandato de su padre.
Apenas dos años en las tierras de Kemet habían sido suficientes para erradicar a gran parte de la población en nombre de su juicio inequívoco.
Obedecer, ejecutar y olvidar los horrores cometidos.
Ahora, después de haber quemado hasta los cimientos del último pueblo, después de haber arrancado el último vestigio de fe entre los clanes nómadas del Bajo Nilo, Xerab regresaba sin querer volver.
Caminó con lentitud, ignorando la mirada inquisitiva de su primer general, un vampiro de ojos rasgados color miel llamado Khalûn.
Aún quedaban algunas semanas de camino antes de alcanzar el paso que llevaba a las vastas tierras de Mørket, el Señor de la Oscuridad.
El destructor de voluntades. El creador de demonios y razas feroces.
Él, su hijo. Su tercer intento. Aquel que, hasta ahora, no le había importado aniquilar cuanto encontraba a su paso si eso era lo que se le antojaba a su padre, se sentía agotado en todos los sentidos.
Alzó la vista hacia el cielo, teñido de un azul cárdeno, profundo, intenso, oscuro…
como sus propios ojos, donde se mezclaban matices violáceos y rojizos.
Bajo su abrigo de piel curtida y la armadura de escamas negras, su cuerpo temblaba.
No de frío. Ni siquiera de rabia. Temblaba por el agotamiento, el hartazgo y por aquel resquicio de humanidad que desconocía que aún vivía en él y que no había podido ser enterrado bajo capas y capas de actos impunes.
Como Helmet y Abbadon, desconocía que no había sido creado con el poder de su padre, sino por una conversión al haber sido infectado con su ponzoña.
Se pasó la lengua por los dientes y cruzó los brazos.
Llevaba varias lunas sin ser él mismo. Empezaba a sospechar que algo no marchaba bien: un vacío punzante le carcomía las entrañas y una necesidad inexplicable lo empujaba a tener pensamientos de insurrección.
Sí, algo le estaba ocurriendo, aunque no sabía qué demonios era.
―Señor, ¿qué desea que hagamos?
―Montad aquí el campamento. Ya no hay prisa.
Aquella respuesta descolocó al general que, en lugar de replicar, lanzó una pregunta.
―¿ Ketî no lo espera antes de tres lunas?
―Khalûn, obedece y no vuelvas a cuestionar mis órdenes ―dijo, uniendo las cejas en un gesto de desaprobación. Su posterior mirada bastó para que su primero agachara la cabeza.
Sin mirar atrás, Xerab se alejó de los suyos y caminó colina abajo.
Los sonidos del ejército quedaron atrás, amortiguados por la niebla que bajaba del este.
Avanzó entre robles y espinos, esquivando las enormes raíces con la destreza innata del depredador que era.
Cuando estuvo seguro de que nadie lo seguía, se dejó caer al pie de un olmo seco.
Allí, en la humedad de la madrugada, deseando que el sol iluminara el paisaje y, al mismo tiempo, maldiciendo su presencia, se permitió pensar.
«¿Cómo voy a decirle a mi padre que ya no quiero continuar? Que renuncio a esta existencia. He de encontrar la manera de desaparecer para siempre, pero el vínculo… Siempre podrá encontrarme. Maldita sea, ¿cómo voy a lograr romper con su sangre?».
Cerró los ojos, angustiado. No hallaba una respuesta clara; sin embargo, el deseo de libertad crecía en su pecho como una avalancha irrefrenable.
Durante años, había ejecutado una orden tras otra sin siquiera cuestionarlas.
Había silenciado aldeas enteras. Condenado con la precisión de un juez y asesinado con la brutalidad de un verdugo.
Porque era lo que se esperaba de él. Lo que Abbadon glorificaba abiertamente y Helmet seguía a rajatabla sin cuestionárselo ni una maldita vez.
Ahora, en cambio, había dejado de desear lo que sus dos hermanos ambicionaban en mayor o menor medida: el poder o cumplir las normas.
Jamás se había planteado obrar de otra forma.
Pero desde que su padre lo obligó a abandonar la ciudad que durante una década había considerado su hogar, el peso de la obediencia lo estaba destrozando por dentro.
El yugo invisible de servir al Mal absoluto, sin espacio para decidir quién era, lo estaba asfixiando poco a poco. Más aún desde el último año.
El nítido recuerdo de su última noche en Venecia acabó por arrasar su corazón sin remedio.
Los canales dormidos, las máscaras colgadas en las puertas, el aroma a incienso y a sal.
Una ramera le había ofrecido vino. Lo aceptó, pese a que no iba a bebérselo.
Ella le sonrió. Era tan joven… En respuesta, él le robó la voluntad y, mientras poseía su cuerpo, se sació con su sangre como un sucio ladrón.
Iba a acabar con su vida. Los erráticos latidos eran inequívocos de una muerte segura, pero se detuvo en seco al verse reflejado en sus vidriosos ojos.
No supo bien por qué lo hizo. Cerró su herida, le entregó una pequeña bolsa repleta de monedas de oro y la instó a regresar a casa para que recuperara su libertad.
Revivir esa experiencia lo zambulló en una sensación de nostalgia que no comprendió, aunque tampoco quería que lo abandonara, pese a que le oprimía el pecho con fuerza.
«No puedo regresar a esa prisión para postrarme de nuevo como un perro obediente. No después de todo lo que he hecho. No cuando ni siquiera me ha concedido ni una sola vez la posibilidad de elegir otra vida», negoció consigo mismo.
Con los ojos aún cerrados, oyó a lo lejos un cuervo graznar, como si el destino, de alguna manera, se burlara de él.
«No. No mostraré debilidad alguna. Puede que me tache de traidor, que quiera torturarme o incluso acabar con mi vida. Ya no me importa nada. He de enfrentarme a él o acabaré volviéndome tan loco como Abbadon», intentó convencerse.
En realidad, ya no tenía miedo a morir, aunque sí a seguir viviendo encadenado a sus deseos.
Un manto de luz débil, casi tímido, comenzó a extenderse por todo el campamento errante, revelando siluetas adormecidas y restos de hogueras que algunos guerreros ya volvían a avivar.
Era un nuevo día, pero no uno cualquiera.
Aquel amanecer traía consigo ciertos aires de profundos cambios y la certeza de que una nueva alianza debía cerrarse.
Una vez más, los engranajes del Destino volvían a girar sin posibilidad de detenerlos.
Alana se dirigió hacia la tienda que compartía con Nîga después de haber hablado con sus padres. Aquella despedida le había dolido; pero sabía que no tanto como la que vendría después, cuando tuvieran que partir hacia Calais y, desde ahí, hacia solo Dios sabría dónde.
En cuanto entró, se topó con la vampira y Thyra, que ya estaban preparadas.
―¿Cómo te sientes? ―preguntó la princesa. Su frente mostró unas diminutas líneas que desaparecieron en cuanto bajó las cejas.
―No lo sé. ―Unió los labios en una fina línea y subió los hombros―. Desde el castillo, no soy la misma.
―Aún no nos has contado qué ocurrió con Alistair ―dijo la vampira―. Quizá compartirlo te libere.
Thyra le dedicó a la «No Muerta» una mirada de reproche.
―¿Cómo se te ocurre decirle eso? Alana, no tienes por qué contárnoslo si no quieres.
―Quiero, pero aquí no. Seguidme.
Salió de la tienda y comenzó a caminar a buen paso. No se detuvo hasta llegar al río. Tal vez fuese solo su percepción en aquella mañana; sin embargo, el bosque frente a ella le pareció más espeso y oscuro que de costumbre.
Sin pensarlo siquiera, se quitó las botas y hundió los pies en la gélida corriente. Necesitaba enfriar sus pensamientos antes de dejar atrás no solo su conversación con Alistair, sino toda su historia con él.
―Jamás pensé que esta sería mi vida ―susurró con pesar, mirando las cristalinas aguas.
―Ninguna de nosotras ―añadió Nîga.
―Alana, de verdad, no hace falta ―insistió Thyra.
Un corto silencio provocó que la errante y la vampira se miraran.
―Empezamos hablando con calma ―dijo al fin la Elegida―.
A mitad de la conversación, tras contarme lo ocurrido, mostró su verdadero rostro y terminamos discutiendo.
No era el hombre que yo creía… Fue culpa mía.
Me cegó la esperanza y elegí creer sus mentiras.
En un momento dado, le exigí saber cómo pudo abandonarme en aquella mazmorra sin oponerse a su padre.
Me dijo que lo intentó, pero que, cuando bajaba a buscarme, cayó por las escaleras y quedó malherido.
Fue Abbadon quien lo convirtió y, por eso, reclamó su derecho de sangre y lo obligó a luchar contra sus aliados en la batalla. Mató a su propio padre…
―¿¡A Athelstan!? ―exclamó Thyra impresionada, tapándose la boca con las manos.
―Sí…
Alana cerró los ojos un instante y les narró el resto. El viento le acarició el rostro, pero no logró llevarse la tensión que sintió al recordarlo.