7. NO TE PERTENEZCO #3
Entonces, sin previo aviso, se acercó a la que ante el mundo era su esposa. Demasiado. Herleva no tuvo tiempo de reaccionar. Él alzó la mano, no para golpearla, sino para rozarle el rostro. Pero ella giró la cara con desprecio.
―¡No me toques!
Él detuvo el gesto a medio camino.
―Sigues sin entenderlo. No puedo dejar de querer tocarte.
―Pues contrólate, ¡igual que hago yo para no arrancarte la garganta cada vez que entras por esa puerta!
Su voz se quebró en esa última palabra. El temblor en sus labios fue casi imperceptible, pero Alistair lo vio. Por primera vez en semanas, bajó la cabeza, a punto de ceder. Caminó hacia el centro de la habitación y se sentó en el lecho para pensar.
De pronto, todo lo que había dicho pareció esfumarse. Dejó a un lado el odio que sabía que ella sentía por él y, cuando volvió a mirarla, su expresión era distinta. Herleva vio determinación en sus ojos y supo que esa batalla la había perdido.
―Nada me separará de ti hasta que yo lo decida ―dijo en un tono neutro, sin vida ni pasión―.
Puedes odiarme cuanto quieras. Rechazarme, incluso soñar con matarme; pero yo…
yo estoy atrapado dentro de una jaula que no tiene barrotes.
Cada vez lo veo más claro. Llevo tu nombre dentro de mis venas como un dulce veneno.
¿Sabes lo que es desearte y no saber si realmente quiero hacerlo o es una falacia que me han impuesto?
Ella no respondió. Se quedó allí, de pie, mirándolo con ganas de estrangularlo y, después, salir corriendo.
―Lo intento, Herleva ―continuó―. Intento ser menos cruel, menos… esto. ―Se señaló―. Pero cuando trato de alejarme, el vacío que siento en el pecho es insoportable. Es como si me arrancaran el alma a tiras. Entonces… vuelvo. Y hasta ahora no me había dado cuenta de cuánto detesto volver.
Ella apretó los labios. Quería gritarle que no tenía derecho a autocompadecerse. Que su sufrimiento no justificaba su repentino control. Sin embargo, algo en su voz, en la honestidad cruda de sus palabras, le hizo tragar ese veneno por un instante.
―¿Y por eso has decidido hacer de mi vida un infierno? Alistair, tú solo quisiste arrastrarme contigo a esta existencia para vengarte. De acuerdo, ya lo has hecho. Ahora, por favor, déjame ir.
―Lo sé ―admitió él, sus ojos eran como dos carbones―, pero no insistas. No te dejaré libre igual que yo jamás volveré a serlo.
Herleva se sentó al fin, frente a él, con una mesa entre ambos. Como dos reyes enemigos firmando una tregua imposible.
―Te cansarás de mí mucho antes de lo que crees.
―Debería, pero no. No puedo despegarme de mis sentimientos, aunque sí estoy empezando a ser capaz de razonarlos. Debo hablar con el Drăgoi para saber cómo acabar con ellos antes de obligarte a amarme durante el resto de tus días.
―¡No te atreverás!
―No me tientes.
―Por favor, Alistair. Oblígame a volver si quieres, pero déjame caminar por el bosque.
―Conténtate con que no te obligue a quererme, pero no voy a dejarte salir. Allá fuera hay soldados de muchos bandos. Si te ven sola, no importará que seas vampiro.
―Ordena que me dejen en paz. Abre la puerta, Alistair.
Él clavó la mirada en sus ojos por su insistencia.
―¿Y si no vuelves?
―Eso solo podrás saberlo si me lo permites ―dijo ella, bajando la voz―. Y si regreso, será porque lo decidí. No porque me lo ordenaste. Siempre puedes pedirme que vuelva con la mente, ¿no es así?
Él volvió a mirarla. Era la primera vez que veía a Herleva sin odio en la voz, solo cansancio y derrota. Eso le removió por dentro incluso más que todos sus reproches.
―Si te vas, te reclamaré con tanta fuerza que te dolerá.
Ella tardó en responder.
―Si no me dejas tener cierto grado de libertad, no sé qué haré. Si continúo aquí, lo más probable es que acabe con mi vida ―dijo sin dramatismo. Sin derramar ni una sola lágrima. Solo con la certeza de quien había tocado fondo y no podía más.
Alistair alargó la mano. Esta vez, Herleva no la apartó. Sus dedos se tocaron, apenas. Él la miró con una ternura nueva, más real.
―¿Puedo… besarte? Sé que no es real, pero lo necesito.
―No.
―¿Abrazarte entonces?
―No.
―¿Y… dejarte libre?
Solo el crepitar de las llamas rompió el silencio que se había formado tras sus palabras. Ella no dijo nada, solo asintió con un gesto imperceptible.
Alistair tragó saliva. Retiró la mano lentamente. Se levantó y caminó hasta la puerta. La abrió y se hizo a un lado.
Herleva no se movió.
―No ahora… ―dijo convencida, poniéndose en pie―, mañana.
―¿Mañana?
―Sí. Ni siquiera yo soy tan inconsciente como para exponerme a tres ejércitos. Piénsalo bien esta noche, Alistair. Si mañana vuelves a abrir esa puerta, la cruzaré.
El príncipe asintió y cerró la puerta con suavidad tras salir.
Herleva, por primera vez desde su conversión, exhaló aire como si fuera humana. Solo entonces se permitió derrumbarse en el suelo, abrazada a sus propias rodillas, sin testigos.
Fuera, tras la puerta, Alistair apoyó la frente contra la madera. Sus labios sangraron de tanto apretarlos.
Parecía que la jaula interior de ambos se deshilachaba, hilo a hilo, como un hechizo antiguo que al fin había comenzado a perder su poder. Sin embargo, ninguno era dueño de sí mismo, y pronto lo sufrirían en sus propias carnes.