Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 7. NO TE PERTENEZCO #2
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7. NO TE PERTENEZCO #2

Un silencio brutal cayó sobre ellos. El tipo de silencio que precede a la mayor de las tempestades. Herleva, sin embargo, en lugar de rendirse, alzó el rostro como lo que ahora era: una verdadera reina.

―¡Libérame! ―le pidió.

Fue más una súplica que una exigencia. Aquella palabra flotó entre ambos como si una descarga los hubiera atravesado.

―¿Qué dices?

―Quiero que me permitas salir. Que no vuelvas a encerrarme. Que no me obligues a vivir esta farsa. No te pertenezco. ¡No quiero esta vida!

Alistair la observó como si intentara comprender un idioma antiguo, perdido en el tiempo.

―No puedo dejarte ir.

―¿No puedes o no quieres?

―¡No puedo! ―rugió de pronto―. ¡Cada vez que intento alejarme de ti, me siento vacío!

¡Cada vez que te miro, deseo que esto funcione!

Puede que tengas razón, al fin y al cabo.

Antes de la reunión de los Drăgoi, los Mosul y esa extraña raza de semihombres azulados, yo no era así.

Recuerdo haber bajado el primer tramo de escaleras y regresar a nuestra alcoba.

¡Nada más! Te lo repito: un vampiro no puede robar la voluntad a otro vampiro, así que algo pasó entre medias.

Para mí, mis sentimientos hacia ti son reales.

¿Y si esos skyggene pudieran doblegar nuestra mente?

Solo sé que te amo con todo mi ser. ¿Qué se supone que debo hacer?

Ella se alejó un paso. Luego otro.

―Aceptar que alguien te ha hecho creer que me amas y dejarme ir.

―¡No!

―¿No ves que me haces daño manteniéndome aquí?

―¿Y tú crees que yo no sufro? ―gritó él, avanzando hacia ella con los ojos enrojecidos―.

¡No sabes lo que es despertar cada noche con el deseo metido en los huesos!

¡Te deseo todo el tiempo, Herleva! Si este sentimiento no es mío y me ha sido impuesto, ¡juro que encontraré a quien me ha hecho esto para abrirle en canal con mis propias manos!

La voz de Alistair se quebró. Durante un instante, ella vio al hombre roto que alguna vez fue príncipe. Pero no le bastó.

―¿Tienes la desfachatez de decirme que sufres? ―repitió como un insulto―. ¡Tú no sabes lo que es tener cada noche a tu violador mirándote como si fueras el amor de su vida!

Alistair retrocedió como si ella le hubiera clavado una estaca. El golpe no fue físico. Fue peor.

―Eso no es justo…

―¡No me hables de justicia, maldito inglés!

―gritó ella, con el alma desgarrada―. Me arrancaste la vida a dentelladas, y ahora…

¿qué pretendes? ¿Que te ame? ¿Que te perdone?

Por el amor del Creador, ¡libérame de una vez por todas de esta jaula de oro!

Tú no me amas, y yo jamás te amaré. La realidad es que no me soportas y yo a ti tampoco. Sabes que este no eres tú, Alistair.

Él ya no respondió.

―Libérame ―repitió ella, ahora en voz baja, firme―. Déjame ir antes de que lo que queda de mí termine por desaparecer.

Pasaron unos instantes. Largos, helados, insoportables.

Alistair dudó antes de negar con la cabeza.

―No puedo.

―¿Por qué?

―Porque, si lo hago, moriré.

―Ya estás muerto.

―¡No! ―exclamó, desesperado―. ¡No lo entiendes!

Dentro de mí siento que, si te dejo ir, tendré que buscarte.

He de hablar con Helmet para saber qué demonios me ocurre.

Si no lo averiguo, sé que me volveré loco.

Te guste o no, estás atada a mí. Sabes de sobra que podría obligarte a obedecerme. Para bien o para mal, soy tu amo.

Ella lo miró sin sentir el mínimo atisbo de compasión.

Alistair permaneció inmóvil, como si sus pies se hubieran fundido con el suelo.

Su rostro era una máscara de emociones contenidas: furia, impotencia, deseo irrefrenable y vergüenza.

Herleva, completamente frustrada y furiosa, apenas podía sostenerle la mirada, incapaz de controlar el impulso de escupirle a la cara.

Durante un instante, la habitación entera pareció caer en una sima insondable.

―Perfecto. Entonces, hundámonos juntos, mi rey. Pero no volverás a meterte en mi cama. Ni ahora ni nunca. Solo conseguirás mi cuerpo si me lo ordenas. De lo contrario, no me busques.

Él dio un paso más. Leve. Un mínimo movimiento, pero suficiente para que Herleva retrocediera hasta que su espalda tocó la pared. No lo hizo por miedo, sino por instinto. Había aprendido a leer ese brillo en sus ojos, y ya lo conocía demasiado bien como para no sentirse en peligro.

―He cometido muchos errores… ―respondió él, recreándose en cada palabra―.

Uno de los peores fue creer que, cumpliendo con mi deber, tendría lo que merecía.

Me engañaste porque fui soberbio y confié en tu falsa inocencia.

Si alguna vez sentí algún remordimiento por haberte ocultado que era un vampiro, ya no existe.

―¿Y qué? ¿Crees que me importan tus remordimientos? ―Se llevó la mano al corazón―. Si me daban igual antes, ¡ahora mucho menos! ―agregó sin pestañear, enfrentándose a él con el mentón alzado.

De ambos solo quedaban dos sombras incapaces de reconocerse. Dos verdaderos desconocidos reducidos a una voluntad robada, una libertad negada y un amor imposible que jamás llegó a existir.

Alistair la miró, comprendiendo con nitidez que lo que sentía por ella era una falacia. Bajó la vista. Su mano derecha tembló ligeramente, como si luchara contra un impulso interno que lo desgarraba por dentro.

Entonces volvió a mirarla. Sus ojos desprendían un brillo que jamás le había visto. Aquel gesto vulnerable logró que Herleva sintiera algo inesperado por él: lástima.

―Jamás debí desposarme contigo.

―Ninguno éramos dueños de nuestra propia vida ―respondió ella, clavándole cada palabra como un puñal―.

Yo te mentí; pero tú también a mí y decidiste que mi voluntad y el resto de mi existencia era un precio justo por lo que pensaba hacer contigo.

¿Eso es lo que de verdad quieres? ¿Encadenarme a tu infierno para toda la eternidad?

¿Sabes que no te quiero y, aun así, prefieres mantenerme a tu lado?

Él cerró los ojos un momento. Después, avanzó un paso más.

―Hasta que no sepa cómo romper este hechizo, así será.

Porque está claro que es imposible que te quiera como lo hago si no es porque alguien me ha embrujado.

Ya te lo he dicho: esta orden… esta maldita orden que me arrastra hacia ti es una vil condena.

Me despierto pensando en ti. Me duermo deseando tu tacto.

Y cuando no me dejas acercarme, algo dentro de mí se rompe…

y me destroza. Lo acepto. Me han robado la voluntad; sin embargo, no me importa.

Puedes insultarme lo que quieras. Puedes despreciarme hasta que tus entrañas se vuelvan cenizas.

¡No me importa! No te liberaré. Estarás a mi lado hasta el fin de los tiempos, te ame por obligación o no.

De nuevo, un silencio cargado de rencor se apoderó del aire.

La respiración entrecortada de ambos, innecesaria pero presente, era lo único que se escuchaba.

Ninguno quería ceder. Solo expresaron abiertamente el odio que sentían el uno por el otro, aunque para Alistair resultaba caótico, porque también la amaba con todo su ser.