7. NO TE PERTENEZCO
H erleva lamió la herida en el cuello de Ava, la sirvienta que aborrecía, para evitar que se desangrara.
Llevaba semanas alimentándose de ella; sin embargo, esa noche se había ensañado con la pobre muchacha más de lo habitual por un motivo: se ahogaba allí dentro.
Había contado cada uno de los amaneceres y crepúsculos.
Aunque le había rogado a Alistair sin descanso que la dejara salir de sus aposentos, él se lo había negado en todas las ocasiones.
No podía continuar así. En cuanto regresara el príncipe, le exigiría que la liberase para siempre.
Era incapaz de soportar cómo la miraba ni cómo la buscaba noche tras noche.
No. Aquello debía acabar. No estaba dispuesta a permitir que la mantuviera encerrada durante el resto de su existencia, que, por lo visto, no iba a tener fin.
Al separarse, le ordenó que se recolocase el vestido y se marchara.
No la soportaba. Si hubiera estado en su mano, habría acabado con su vida la primera noche, pero él también le había impuesto no matar a ningún humano.
Recogió con la lengua una gota que le había quedado en la comisura del labio y caminó hacia la ventana para abrirla.
Ya no sentía aquel frío que antes le calaba los huesos.
De hecho, su piel estaba helada. Las llamas apenas lograban calentarla, aunque tampoco lo necesitaba.
Una vez se quedó sola, el silencio de la habitación se volvió tan espeso que habría jurado que podía cortarse. Cerró la pequeña hoja y permaneció inmóvil junto a ella, con la frente apoyada en el cristal helado. Su reflejo, pálido y extraño, parecía burlarse de su desesperación.
Ya no era ella. Ya no era nadie.
«Maldito seas por siempre, Alistair…», se dijo con rencor.
Apretó los labios y se obligó a pensar con claridad.
Cada jornada se repetía como una condena: encerrada, vigilada, limitada a probar la sangre sin poder abandonarse a estos nuevos instintos que la impulsaban sin límite a cometer una barbarie.
Tan solo se le permitía alimentarse como si fuera una criatura enferma, sin libertad, sin voz, sin respeto.
Y todo porque él decía que no debían excederse y que, de ese modo, podrían «ser felices».
«Te mataré con mis propias manos…», se prometió una vez más, y sonrió a su reflejo.
Aquel pensamiento la mantenía cuerda y le daba un propósito para seguir adelante, aunque estaba comenzando a perder la cabeza.
«Dices que me quieres y que solo buscas que seamos felices.
¡Qué palabras tan ridículas!», se repitió mientras varias gotas de sangre caían de sus puños por haberse clavado las uñas.
En realidad, Herleva no dejaba de darle vueltas a qué había provocado en Alistair ese cambio repentino.
Hacía más de una semana de este, pero él se mantenía firme.
Tras insistir a los criados, lo único que había conseguido averiguar de la repugnante sirvienta, aunque sin muchos detalles, era que unas nuevas tropas habían llegado al castillo y habían celebrado una reunión en el salón del trono.
Parecía que todos los humanos estaban bajo la influencia de los «No Muertos», puesto que no recordaban nada.
Al menos había logrado sonsacarle algo; aun así, seguía obsesionada con saber qué había ocurrido esa noche y qué o quién había inducido a Alistair a cambiar por completo.
Le repugnaban sus atenciones, y aquellas miradas lánguidas, sin motivo, la incomodaban hasta el extremo.
Conocer su faceta más cariñosa era un tormento.
Lo que más la sacaba de quicio era que la tratase como si realmente estuviera enamorado de ella.
No creía ninguna de sus palabras y jamás sentiría por él nada más que desprecio.
«Maldito iluso… Cree que puede arrebatarme la vida, destruir mi humanidad y luego prometerme un paraíso a su lado, ¡como si todo lo anterior pudiera borrarse!
Nunca le perdonaré ni olvidaré el grito que me desgarró la garganta cuando desperté convertida en esto.
Es un cínico que se niega a ver cómo me asfixio entre estas cuatro paredes», pensó mientras se apartaba de la ventana y caminaba hacia la chimenea.
Había tocado fondo y se repitió que no podía continuar ni un día más en esa situación.
Esa noche debía decirle lo que llevaba semanas guardándose.
Le exigiría, con más determinación que nunca, que la liberase para que pudiera volver con los suyos.
Aquello no era un favor, sino justicia. Si él no podía ser libre, ese no era su problema.
Eso sí, no pensaba ver jamás a aquel ser que, en el salón del trono, la había mirado como si fuese ganado.
Lo mejor que podía hacer Alistair era dejarla ir, porque no iba a conformarse con seguir atrapada en una ilusión cruel impuesta por alguien más poderoso que los había condenado para siempre.
Cerró los ojos para poner en orden sus caóticos pensamientos.
Se preguntó qué ganaba Alistair tratando de seducirla.
Era extraño, dado lo que sabía de su nueva existencia.
Podría haberle ordenado mil cosas, robado la voluntad para convertirla en su esclava; incluso, con un simple chasquido de dedos, habría acabado con su propia vida si él se lo hubiera exigido.
Pero no. Ahora decía querer ser feliz junto a ella, y esa sí era la peor de las condenas.
La puerta chirrió. No necesitó girarse para saber quién era. El olor, la tensión, el leve toque de su presencia. Alistair.
―¿Sigues enfadada conmigo, querida?
Aquella pregunta le hizo apretar la mandíbula.
―¿En serio has venido a preguntarme eso?
Él cerró la puerta con suavidad. Caminó un par de pasos, pero no se acercó demasiado. Sabía que ella necesitaba espacio. O tal vez no lo sabía. Alistair ya no podía distinguir lo que hacía por voluntad propia y lo que hacía por mandato de Alana.
―No entiendo por qué sigues así ―insistió, pasándose la mano por el cabello―. Sabes que te amo. Estar así no tiene ningún sentido. Eres mi esposa. Podemos ser felices. Tenemos la eternidad delante de nosotros.
La normanda se volvió hacia él para enfrentarlo de cara.
―¿Felicidad? ¿Eso es lo que crees que es esto?
―dijo elevando el tono, señalándolo primero a él y después a sí misma―.
Me tienes encerrada como a un animal y me prohíbes alimentarme libremente.
Estás convencido de que te pertenezco, ¡de que soy y seré tu esclava en todos los sentidos para siempre!
Dime, príncipe, ¿cómo tienes la decencia de mirarme como si me desearas de verdad cuando, por venganza, me has convertido en un monstruo?
No sé qué te ha ocurrido para cambiar de opinión, pero para mí solo eres un cobarde.
Él la miró sin pestañear.
―No soy un cobarde.
―¿Ah, no? Entonces, ¿qué eres? ¿Un simple verdugo que anhela que su víctima caiga rendida a sus pies? ¿Un cínico que quiere volverme loca? ¡Eres un esclavo más de ese tal Abbadon y ni siquiera lo ves!
Alistair respiró hondo. Sabía que aquel gesto humano era inútil, pero prefirió recurrir a él antes que lanzarse a su cuello.
Su amo no lo había reclamado, y él solo intentaba ser amable.
Era cierto: la había convertido al conocer su traición para fastidiarla.
Lo que no entraba en sus cabales era que fuese tan desagradecida.
―Estoy intentando olvidar tu conspiración para acabar con mi vida cuando hubieras dado a luz. ¿Crees que voy a dejar que me lances esas puyas cuando lo que debería haber hecho contigo era matarte? ¿Acaso piensas que mereces más consideración por mi parte?
―¡Por supuesto que sí, maldito inglés! ―espetó ella, dando un paso hacia él―.
Tu padre se aprovechó de mi hermanastro y tú merecías cuanto iba a pasarte.
¡Soy la hija de un duque, no una moneda de cambio!
No tenías derecho a convertirme sin mi permiso.
Me condenaste, Alistair. Al igual que hizo tu padre contigo.
Parece que has olvidado quién eres y ahora vienes cada noche con esa maldita sonrisa, repitiendo como un idiota que me amas y que podemos «ser felices».
¿Sabes qué creo? Que uno de ellos te ha robado la voluntad igual que nosotros podemos hacer con los humanos.
Está claro que no hay nada tuyo en esas palabras.
Nada auténtico. ¡Y ni que me importara! ―acabó con una mueca de desprecio.
Él bajó la mirada un instante. Cuando la alzó, había fuego en sus ojos. Un fuego que no era suyo. Herleva lo vio, lo sintió, lo olió.
―Eres muy terca, pero te amo ―dijo sin titubear.
Y realmente lo sentía, pero solo porque Alana se lo había grabado a fuego en la mente.
―Pese a todo, a que ahora sé que lo nuestro era una mentira, a que planeabas asesinarme y hacer de mi hijo un títere, te amo ―añadió para tratar de convencerla, viendo cómo en su rostro se formaba una expresión de incredulidad―.
Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, Herleva.
Contigo… contigo me siento bien. No sé explicarlo.
Es como si el mundo fuera más nítido cuando estás cerca. Como si…
―¿Pero te estás oyendo? ―exclamó, llevándose ambas manos a la cabeza―.
¡Este no eres tú! ¡Te han robado el juicio!
Eso es lo que pasa, Alistair. ―Lo empujó con fuerza, pero él no se movió.
Ella, en cambio, tembló de rabia―. Me has convertido en una sombra de mí misma y luego me exiges que sonría y te acepte mientras te deslizas en mi cama cada noche fingiendo amor.
¡Lo nuestro no existe! ¿Cómo no voy a odiarte?
¡Te detesto! ¡Haz el favor de llamar ahora mismo a Youngblood, a ver si él te hace entrar en razón!
Él dio un paso al frente, esta vez sí, rompiendo la distancia.
―No finjo, querida.
―¡Sí lo haces! ―gritó ella, con los ojos llenos de unas lágrimas que no caerían jamás―. La parte de ti que me desea no es real, y nada de lo que hagas o digas me hará cambiar de opinión porque ¡estoy muerta!