Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 6. DEBEMOS PARTIR YA #3
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6. DEBEMOS PARTIR YA #3

―Estoy con ella ―intervino Thorkell, quien, por prudencia, no había dicho lo que opinaba sobre los constantes titubeos de todos―.

Soy un errante. Hijo y nieto de reyes dispuestos a dar su vida por la causa.

Creo en Dios y en Su palabra. Llevo miles de años luchando junto a mi padre en Su nombre; sin embargo, desde que llegasteis al campamento, siento cómo el mal trata de meterse bajo mi piel con más fuerza que nunca.

Ha sido progresivo, como una voz tenue que no deja de repetirse una y otra vez en mi cabeza.

Me pide, me susurra… que no os crea. Mi corazón es Suyo, pero algo me socava por dentro, diciéndome que cuanto haga será inútil.

Me tienta, me impulsa a abandonarme a la desidia, a cometer actos deleznables y nubla mi mente.

Solo cuando estoy cerca de vos soy capaz de pensar con claridad.

Pese a que aquello parecía una locura, nadie fue capaz de refutarlo. Todos, en mayor o menor medida, sentían lo mismo.

―Debí darme cuenta antes… ―dijo Alana, más para sí que para los que la miraban esperando una respuesta.

Enderezó la espalda y se preparó para enfrentarse a un enemigo con el que no esperaba tener que luchar en las sombras.

―¿Qué ocurre, Lana? ―preguntó Thyra, que avanzó hasta ella.

Al oír su nombre, no pudo contener su mente, que voló hasta el momento en que Yngvar la besó por primera vez.

«Yngvar…», repitió para sí.

―La sangre de Mørket corre por mis venas.

Nîga me salvó la vida, pero también me condenó a llevar su ponzoña, la de Helmet.

Esto lo cambia todo. El equilibrio debe mantenerse.

Por desgracia, no está en mí que cada uno venza a las tinieblas.

Yo siempre estaré a vuestro lado, pero debéis ser vosotros quienes encontréis la fuerza en vuestro interior para combatir la oscuridad.

El amor hacia los vuestros, la fe en ÉL, dar una oportunidad a la alianza…

Cada gesto cuenta. La suma de todos ellos será lo que os traiga de vuelta y os mantenga anclados a la luz.

―Hace tanto que repetimos el ciclo que hemos olvidado por qué estamos aquí en realidad ―admitió Eirik.

Alana asintió―. Aquí… y ahora ―agregó, mirando a Soren mientras se ponía en pie―, reconozco que me he dejado cegar por mi odio contra todas las razas creadas por El Caído.

ÉL le está ofreciendo una última oportunidad, aunque dudo mucho que acepte Su mano.

Yo no soy Mørket. Mi corazón y el de los míos Le pertenecen y Le pertenecerán para siempre.

Soy Eirik Ragnarsson, hijo de Raner Ragnarsson, primer rey de los errantes.

Juro que, hasta mi último aliento, lucharé por ÉL… a vuestro lado.

Rodeó la mesa y se colocó junto a Nîga. Le ofreció un antebrazo, algo que la vampira no esperaba. Sin reticencia, ella correspondió. Después, el rey le tendió el otro antebrazo a Soren, invitándolo a hacer lo mismo.

Alana tenía razón: el pasado no importaba en absoluto.

Si el Ursu aceptaba, sería un verdadero punto de partida.

Todo lo anterior no caía en saco roto, pero lo que Thorkell había admitido en voz alta era el sentir de cuantos allí se encontraban.

Entender qué les había estado ocurriendo supuso un bálsamo para sus almas y les dio el empujón que necesitaban para no volver la vista atrás nunca más.

El «No Muerto» se quedó clavado en el sitio un instante, hasta que dio un paso hacia él y entrelazó su antebrazo.

―Hasta mi última gota de sangre, Eirik.

El rey clavó sus ojos en la joven inglesa.

―Bien, Elegida. Creo que puedo decir, sin equivocarme, que hemos dado un paso más. Se acabaron las dudas. Mis guerreros transmitirán lo que hemos descubierto y nos protegeremos aún más contra sus armas oscuras.

La Elegida se acercó a ellos y colocó las manos sobre los brazos unidos de los tres.

―Que así sea. En Su nombre.

―En Su nombre ―repitieron todos.

―Nîga, ¿puedo confiar en que irás al castillo para conseguir que Helmet acepte venir al campamento?

Un largo silencio los envolvió. La «No Muerta» apretó un poco más los dedos sin darse cuenta. Eirik notó su repentina crispación. Sin dudarlo, bajó la mano y la cerró sobre la de ella. La movió ligeramente para darle ánimos. Las dudas se habían acabado.

―Iré ―dijo simplemente―, pero trae a Eierløs contigo.

Alana asintió.

―Lo haré. Por favor, Eirik, confiad en Nîga y en vuestra hija mientras yo no esté. No marcharán solas; Su aliento las guiará.

―Lo sé ―añadió, dibujando una sonrisa.

―Ahora, vayamos a descansar un poco ―pidió Alana, exhausta―. Nos esperan unas jornadas muy duras.

El rey asintió con solemnidad.

―Rezaré para que los Altos Guardianes os acompañen ―dijo, como si sintiera el corazón mucho más ligero.

―Que nos protejan a todos ―respondió ella antes de abandonar la tienda.

Un ciclo acababa de cerrarse, y aunque los errantes y aquellos cuatro vampiros ya sabían cómo rechazar sus tentaciones, eso no significaba que Mørket dejara de intentar amedrentar a todas las almas de la Tierra para atraerlas a sus dominios cuantas veces fueran necesarias.