Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 6. DEBEMOS PARTIR YA #2
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6. DEBEMOS PARTIR YA #2

―¿De qué misión estáis hablando? ―preguntó Eirik, impaciente.

―Ellas regresarán al castillo para proponerles a Helmet, Dorek y Gunnar que desplacen sus ejércitos al continente cuando sea necesario. Pero antes han de venir aquí para completar su entrenamiento.

―¿¡Qué…!? ―dijo el príncipe Vang, subiendo la voz un poco más de lo debido.

En realidad, estaba cansado de vivir a la sombra de su padre. Él sería el futuro rey y no iba a continuar en silencio esperando órdenes como si fuese un simple guerrero.

―Padre, ¡eso no puedes permitirlo!

Alana sonrió al ver reflejado el ímpetu de Eirik en su tono y en sus formas, pero no podía consentir que sus frustraciones y miedos inculcados a fuego determinaran lo que debía cumplirse.

―Vang Ragnarsson, estoy convencida de que todos pensaban igual que tú en el pasado.

Creo que, si yo estuviera en tu lugar y hubiera visto todo lo que ha luchado mi padre contra el enemigo para que, en el último momento, le pidieran aliarse con él, pondría el grito en el cielo.

―Él asintió―. Ese pasado ya no importa. Ni tú ni yo decidimos.

Ni siquiera Helmet. Dorek y Gunnar, junto a él, han sellado una alianza mucho más fuerte que el pacto, y nosotros hemos de formar parte de ella.

Ofrecerles un sitio en vuestro campamento sembrará una semilla que florecerá con el tiempo y hará de nosotros lo que hemos de ser.

Si cerráis los ojos, podréis sentirlo en vuestros corazones: «Un pueblo.

Un ejército. Un alma». Recordad este lema, porque será vital para vencer.

―Alana ―intervino Eirik―, ¿de verdad me estás pidiendo que albergue a miles de vampiros y skyggene en «mi» campamento? Si conocen nuestra posición, seremos vulnerables. ¿Quién te dice que no nos atacarán en plena noche y…?

Ella cerró los ojos y se dio la vuelta. Alzó la vista y negó con la cabeza.

―¿Qué ocurre? ―le preguntó él, confundido por aquella repentina reacción.

La inglesa se volvió. Su expresión mostraba un profundo pesar.

―Rindámonos.

―¿Cómo decís?

―Eirik, eres el rey de los errantes. Te han sido otorgadas cientos de visiones y ni siquiera tú confías en que no nos traicionarán.

Estabas presente cuando les mostré la Verdad; tú también, Vang.

Ambos visteis que, arrodillados, juraron que me protegerían.

Decidme, ¿cuánto más vais a dudar? Le dais el corazón a Dios un instante y, al siguiente, rechazáis lo que os pido en Su nombre.

Fuisteis creados para un fin. ¿Qué o quién ha sembrado la duda en vosotros?

Soren miró a Bahoz y Ejder conteniendo una sonrisa. Alzó las cejas y clavó la vista en el suelo mientras aprisionaba el labio inferior entre los dientes con suavidad. Un gesto que no pasó desapercibido para Nessa, quien, instintivamente, mordió el suyo.

Alana percibió al instante el cambio sutil que se produjo en el rostro del vampiro.

―¿Tienes algo que añadir, Soren? ―preguntó sin cambiar el tono; sin embargo, su hermoso rostro mostró cierta inquietud.

―Sí, Elegida. ―La miró a los ojos―. No puedo deciros lo que ha cambiado en ellos, aunque sí lo que no: los errantes jamás confiarán en los skyggene ni en nosotros. Os aseguro que Eirik no quiere ganar: quiere una guerra perpetua.

―¿¡Cómo te atreves a hablar en mi nombre!? ―gritó el errante, poniéndose en pie con tal velocidad que la silla salió disparada hacia atrás.

―No voy a competir con vos para saber quién de los dos ha vivido más, pero he visto lo suficiente como para darme cuenta de que no estáis dispuesto a dejar este mundo.

El rey apretó los dientes con tal fuerza que los músculos de la mandíbula se le marcaron.

―¿Eirik…? ―susurró Brina, mirándolo desde su asiento.

―No sabes de lo que hablas ―replicó él.

―¿Ah, no? Alana, si me lo pedís, iré con vos hasta las mismísimas puertas de Piatra Morții para matar a Mørket. ―Delante de todos, extendió el brazo y le ofreció la mano―. Sois capaz de ver la verdad en nuestro corazón, por muy muerto y podrido que esté, ¿no es así?

―Capitán, no hace falta ―respondió ella―. Os creo.

―¿Lo veis, rey? A mí no me importa la muerte eterna si con ella salvo a quienes amo. Erke es mucho más que mi general: es mi amigo. Mi hermano…

―¡Nuestro hermano! ―puntualizó Bahoz. Ejder asintió.

―Vamos cuesta abajo ―continuó Soren―. Si no lo veis, es que no queréis verlo.

El Destino nos reclama, y algo me dice que esta será la última vez.

Ambos sabemos que ya hemos vivido mucho más de lo que nos correspondía.

Ahora muramos con el poco honor que nos queda para salvar a las generaciones futuras.

Nosotros no estaremos para verlo, pero os juro que yo sí haré todo cuanto pueda para garantizar que puedan vivir en libertad.

Thyra sintió cómo se le hacía un nudo en la garganta y volvió los ojos hacia Oskar. Incluso a Nîga le costó tragar. El vampiro había expuesto la realidad; solo les quedaba aceptarla.

Eirik se lo quedó mirando, pensativo.

―¿Estás seguro de que quieres morir, vampiro? ―preguntó con una sonrisa burlona asomando en sus labios.

―De lo que sí estoy seguro es de que jamás volveré a hincar la rodilla ante Abbadon ni ante Mørket ―dijo con dureza.

Se volvió hacia Alana, dio un paso e hizo lo que ninguno esperaba: volvió a arrodillarse. Después, rodeó su propia garganta con la mano, la llevó después al corazón y agachó la cabeza en señal de rendición.

Nîga se llevó también la mano al corazón y dejó escapar un suspiro entre sus labios. Jamás pensó ver por segunda vez a un Ursu de rodillas ante alguien que no fuera su amo.

―Mi sangre es vuestra, Elegida ―añadió el «No Muerto» con una intensidad inquebrantable que sobrecogió a todos.

Bahoz y Ejder lo imitaron, repitiendo sus palabras y clavando las rodillas en la tierra. Soren bajó la mirada un instante y sonrió, satisfecho.

―Ha llegado el momento de tomar una decisión ―prosiguió―, y yo estoy…

―miró a los dos vampiros que lo flanqueaban― los tres estamos y estaremos siempre a vuestro lado.

Busquemos a Eierløs. Si vos estáis convencida de que él es quien ha de encontrar a Erke, no seré yo quien os ponga impedimentos para partir. Ahora mismo, si hace falta.

―Poneos en pie, guerreros ―les instó Alana.

Nîga rodeó la mesa y se colocó frente a ella.

No dejaba de darle vueltas a lo que había dicho sobre Helmet y esa alianza.

¿Por qué recaía en sus hombros la tarea de volver a hablar con él?

¿Qué esperaba que hiciera? ¿De verdad creía que Thyra o ella lograrían convencer a los tres líderes de asentarse en el campamento de quienes habían sido sus enemigos durante tanto tiempo?

Debía aclarar todas esas dudas antes de volver en busca de alguien a quien odiaba con todas sus fuerzas.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que Alana tenía razón: no es que aún no hubiera sanado del todo, es que la herida que le había causado Helmet seguía abierta.

Sangraba. Dolía demasiado. Y no sabía si alguna vez lograría cerrarla.

Si dependiera de ella, el maldito Drăgoi no volvería a ver amanecer. Desgraciadamente, lo necesitaban. Igual que al rey Mosul y al líder skyggene. Puede que ahora fueran aliados, pero dudaba mucho de que aquella espontánea unión cumpliera a rajatabla la divisa: «Un pueblo. Un ejército. Un alma».

Con los labios fruncidos, trataba de poner en orden sus ideas.

―Nîga, ¿quieres decir algo? ―le preguntó la joven inglesa.

De pronto, la vampira fue consciente de que todos la observaban. Se había quedado en medio, muda.

―¿Crees que por ir yo a hablar con Helmet harán caso a tu proposición? ¿Soy tu pata de conejo, Alana? ¿Necesitas algo de suerte porque tus visiones no están del todo claras? ―soltó con rabia.

La Elegida suspiró y negó con la cabeza.

―Dudas, dudas y más dudas… ―dijo con el dolor atravesándole el corazón y el alma―.

¿Cómo es que quienes saben quién soy, lo que puedo hacer y lo que se me muestra siguen sin confiar en Su palabra?

No busco gloria ni poder, solo la salvación de todos.

He tenido que renunciar a mi propia vida sin haberlo pedido; aun así, estoy dispuesta a sacrificarme por vosotros.

Estaréis cansados de oírme repetirlo. Incluso yo estoy cansada de decirlo…

―Se detuvo y se tomó su tiempo para mirarlos de nuevo uno a uno―.

¿Voy a tener que pediros mil veces que confiéis y mil veces vais a jurar acatar Su voluntad para luego poner en tela de juicio Sus decisiones? ¿Qué es lo que os frena?

―Mørket, Alana ―respondió Nîga sin saber de dónde había salido aquella idea.