Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 6. DEBEMOS PARTIR YA
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6. DEBEMOS PARTIR YA

E l interior de la tienda se sumió en un silencio expectante, a la espera de Nessa.

El aire, cargado por la tensión y el cansancio acumulados de los últimos días, pareció quedarse inmóvil.

Las hogueras apenas crepitaban, como si ni siquiera el fuego osara interrumpir aquel momento.

Alana pidió a sus padres que fueran a descansar.

Casi era medianoche y no tenía sentido que se mantuvieran despiertos.

Prometió verlos a la mañana siguiente para contarles lo que hubieran decidido.

En cuanto regresó, se sentó a la izquierda de Eirik. Thyra y Nîga, a su derecha. Vidar, Gudrun, Borg, que ya se encontraba completamente recuperado, y los tres príncipes prefirieron permanecer de pie junto a Oskar. Soren, Bahoz y Ejder se colocaron al otro lado de la tienda, observando.

Poco después, Nessa entró con paso firme y el rostro sereno.

Sabía por qué la habían convocado. Por desgracia, traía malas noticias.

Alana lo supo en cuanto la vio. Soren clavó en ella sus inmensos ojos verde oscuro.

No pudo evitar pasarse la mano por su largo cabello rubio.

Sonrió para sí al pensar que, si ninguno de los presentes supiera que era vampiro, por su aspecto habría pasado desapercibido en aquella tienda repleta de errantes.

―Gracias por venir, Nessa ―dijo la joven inglesa con tono suave pero firme―. ¿Hiciste lo que te pedí?

La errante se acercó sin titubear. Miró a su alrededor y se sorprendió al ver allí a los Ursu.

Sus ojos se detuvieron un instante más en aquel guerrero que la observaba como si quisiera leer todos sus pensamientos.

Lo había visto por el campamento; sin embargo, no habían cruzado palabra, ya que ella no se había alejado de su puesto más que para descansar.

Se centró en la Elegida, no sin antes pensar una vez más en lo apuesto que era el maldito vampiro. Aun así, temía decir algo delante de los tres que no fuera conveniente que supieran y lo expresó en voz alta:

―¿Ellos…? ―preguntó, ladeando la cabeza hacia los de Abbadon.

―Son de los nuestros. Habla con libertad ―agregó Alana.

Ella asintió. Sin demora, comenzó a relatar que, la misma mañana en que partieron, envió una paloma mensajera.

En la pequeña nota que escribió pedía a los integrantes de la Søsterskap que se presentaran en esa zona del bosque; allí los esperaría y serían bienvenidos en el campamento errante.

Mencionó que el ave no había regresado y que tampoco había recibido respuesta.

―Me temo que no les haya llegado y que solo conserven mi misiva anterior, donde decía que estaba bien, que por fin me encontraba entre los míos y que no volvería a la Søsterskap.

Si es así, puede que hayan partido a reunirse con el resto.

No sé qué más puedo hacer ―dijo Nessa con sinceridad―.

Quise salir en su busca, pero no me lo permitieron.

Decidme cómo ayudaros… y lo haré ―añadió, con la mirada clara y la frente en alto.

Alana se volvió hacia Eirik, quien asintió sin dudar. No era fácil pedir a los suyos que volvieran a arriesgarse tan pronto; pero el tiempo no estaba de su parte y ninguno de los presentes, ni siquiera los vampiros, iba a negarse a salir en cuanto fuera posible para ir a rescatarlos.

―Agradezco tu buena disposición. El problema es que ellos ya no se encuentran donde creías. La batalla los obligó a replegarse y se han desplazado al norte.

―¿Cómo podéis…?

La inglesa apenas sonrió un instante, pero aquel gesto bastó para que la errante comprendiera cómo lo sabía. Nessa asintió sin hacer más preguntas.

―Debemos partir al amanecer ―prosiguió Alana―. Es menester contactar con la Søsterskap. Eierløs es el único que puede ayudarnos.

Un murmullo leve recorrió la tienda. Aparte de Eirik, Nessa y ella, ninguno de los presentes sabía de qué hablaban.

La Elegida permitió que la errante contara quiénes formaban parte de la Hermandad y cómo, por un golpe de suerte, se había topado con Vidar y los demás guerreros.

De ese modo, logró encontrar el campamento.

Tras asimilar la información, se dieron cuenta de que localizarlos no les resultaría nada sencillo. Si, como decía Nessa, sus movimientos eran imprevisibles, dar con ellos sería casi imposible, puesto que lo que mejor que sabían hacer era desaparecer sin dejar rastro.

La errante ladeó la cabeza con lentitud, pensativa.

―Puedo intentar enviar otras palomas. Conozco varias posiciones en el norte. Alguna llegará, estoy segura. En cuanto esté en sus manos, él sabrá que procede de mí ―propuso, aunque su tono delataba la poca fe que tenía en su propio ofrecimiento.

―Eso no servirá de nada ―replicó la Elegida de inmediato―.

Se han aventurado a un lugar donde no habéis estado nunca.

Llevan muchas jornadas esquivando las patrullas de Helmet y las pocas que quedan del ejército de Abbadon.

Se me ha mostrado una vasta caverna, profunda. ¿Conocéis las cuevas de… Ashdon?

El silencio volvió a reinar. Nessa asintió. Las había visto en mapas antiguos, aunque jamás las había visitado. Eirik frunció el ceño y se inclinó hacia delante, mirando a Gudrun.

―¿Esas son donde acabasteis con tres patrullas Ursu hace dos o tres lunas?

―Sí, mi rey. Están a dos días de aquí.

Alana bajó la mirada, como si alguien le susurrara algo y debiera prestarle toda su atención.

―Ahora mismo van de camino hacia allí ―añadió con seguridad―. Están planeando permanecer escondidos solo tres jornadas. Tenemos que ir a su encuentro.

―Pues partamos ya ―dijo Nîga con firmeza. Rechazaba de pleno la idea de quedarse de brazos cruzados mientras decidían un plan.

La joven inglesa inspiró hondo.

―Aún no sé con certeza quiénes deben ir ―aclaró.

Miró a Borgervern, Vidar y a los tres vampiros. Después, sus ojos se posaron en Thyra y saltó a Oskar. Por último, se detuvo en la «No Muerta», esperando que la respuesta le llegara sin más.

―Vidar, Borg, Soren, Bahoz, Ejder y yo acompañaremos a Nessa a la cueva ―dijo sin inmutarse y los seis asintieron.

―¿Cuándo salimos? ―preguntó Borgervern, deseando acelerar los acontecimientos. Estaba más que dispuesto a enfrentarse a Abbadon y a sus secuaces para traer de vuelta a Yngvar.

―Mañana, al amanecer. Sé que todos deseáis salir ya, pero hemos de hacerlo en el momento adecuado. Después, no descansaremos hasta llegar a las cuevas.

Fue entonces cuando Thyra se puso en pie, con las cejas fruncidas y la voz cargada de incredulidad.

―¿Vas a dejarnos atrás a Nîga y a mí?

La vampira no dijo nada, aunque se levantó y se colocó a su lado. La expresión de su rostro lo decía todo: se sentía herida e indignada.

Alana dejó su asiento y se colocó entre ellas. Las tomó de las manos, una a cada lado.

―Sabéis lo que significáis para mí ―dijo sin miedo a que todos la oyeran―, lo que daría por llevaros conmigo; pero no puedo. La visión es clara: ninguna de las dos estáis allí. Solo veo a quienes he nombrado. Ambas conocéis las reglas. No me pidáis ignorarlas porque no voy a hacerlo.

―Es incomprensible ―se quejó Thyra, incapaz de aceptar que no la acompañarían―. ¡Las tres juntas somos mucho más fuertes!

―No lo dudo ―dijo la Elegida―, pero en vosotras recaerá otra misión más compleja que la nuestra. Nîga estará al frente. De hecho, ella es la única que puede llevarla a cabo.

La «No Muerta» la miró sin entender.

―¿Y quieres que vaya con ella en vez de contigo? ―El rostro de Thyra mostró la misma expresión que el de la Drăgoi al preguntar.

―Os aseguro que desearía tener el mapa completo de todo cuanto ha de hacerse.

Sería más sencillo y nos ahorraríamos estas discusiones.

Pero, por supuesto, no lo tengo. Apenas se me revela un retazo del siguiente paso…

y con eso ha de bastar. Ambas iréis y no hay vuelta atrás.

Oskar, Gudrun y Thorkell os acompañarán.

―¿Por qué a mí nunca me tenéis en cuenta? ―se quejó Asvoria, cansada de permanecer siempre en las sombras.

―Te equivocas ―le respondió Alana―. Tú eres mi mayor baza para que un trato que no se ha cerrado aún pueda sellarse.

Soltó las manos de ambas y caminó hasta situarse en el centro de la sala, junto a Nessa.

―Elegida, todos confiamos en tu criterio; solo que no nos es fácil seguirte sin saber a qué atenernos después ―dijo el rey.

El resto asintió, dándole la razón.

―Lo sé. Sé que no es fácil lanzarse al vacío. Pero esto no es una corazonada, es Su palabra ―aclaró ella.

El padre León, que había permanecido en silencio a un lado de la tienda, avanzó un par de pasos a fin de que todos lo vieran y pudieran oírle.

―¿Y yo no tengo misión? ―preguntó con pesar al ver que no contaba con él para ninguna de las dos.

―ÉL no se ha olvidado de ti, León, y bien sabes cuál es la tuya ―le confirmó Alana―.

Por el momento, seguirás aprendiendo cuanto tengan que enseñarte los Sjaman y protegerás con tu vida aquello por lo que has luchado siempre.

―Prefirió guardarse lo de la reliquia; aún no había visto suficiente de los tres Ursu―.

En cuanto al resto ―añadió, recorriendo de nuevo a cada uno con la mirada―, solo puedo deciros que todas las misiones que restan serán muy peligrosas.

Muchas veces no tendremos mapas ni rutas claras.

Todos habéis dado demasiado, y ÉL lo sabe.

Nîga, tú avivas mi fuerza, pero has perdido más de lo que nadie debería perder y aún no has sanado del todo.

Y tú, Thyra, eres mi vínculo con lo divino, y es ese lazo el que me vuelve, en cierto modo, vulnerable.

Sabéis que os quiero muchísimo y que desearía llevaros conmigo ―las dos contuvieron la respiración al oírlo―, pero sois vitales para la guerra.

No puedo poneros en peligro. Si os ocurriera algo…

Sin vosotras, no podría continuar. ¿Lo entendéis?

Ambas bajaron la mirada, pero Nîga no pudo contenerse.

―No soy de cristal, Alana. Thyra tampoco.

―Lo sé, y te aseguro que, con lo que voy a pediros a las dos, podréis demostrarlo con creces.