Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 5. LA SØSTERSKAP #3
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5. LA SØSTERSKAP #3

El resto de los presentes había tenido una reacción simultánea de rechazo, cólera e impotencia.

Furiosos y angustiados, hablaban a la vez, buscando una solución.

Todos, excepto Alana, que se quedó inmóvil.

Con los brazos pegados al cuerpo, clavó la mirada en la hoguera que ardía cerca, intentando no seguir lo que le dictaba el corazón.

La ira comenzó a reconcomerla por dentro, pero continuó sin decir una palabra.

Le soltó la mano a su madre para acercarse al fuego.

Ignoró a todos, esperando recibir la solución, mientras los demás se esforzaban en planear el rescate sin tener en cuenta que cualquier error podría ser la causa de la muerte de los dos prisioneros.

―¿Alana? ―murmuró la princesa al verla tan callada.

Nîga se acercó a ella con la rabia creciendo en su interior al ver que no reaccionaba.

―¿Cómo puedes permanecer callada? ―La miró a punto de decir algo de lo que después iba a arrepentirse―. ¿Es que no te importa lo que les pase? ¡Se han llevado a Erke y a Yngvar!

La Elegida alzó la vista. Sus ojos brillaron con una serenidad que no era indiferencia, sino aceptación.

―¿Por qué me regañas como si te lo hubiera ocultado? ―replicó y lo entendió al momento―. No me creíste… ―Se volvió―. En realidad, ninguno de vosotros quiso creerme, ¿me equivoco? ―dijo mirándolas a ellas primero. Después escudriñó al rey, a los príncipes y a Gudrun.

Esas palabras cayeron como una losa sobre todos los que la habían acompañado durante los últimos días, aunque más aún sobre Nîga.

―¡¿Y cómo es que tú lo sabías?! ―dijo Oskar con los puños apretados, dando un paso adelante.

Ella no se inmutó. Una paz reconfortante la atravesó para darle claridad de mente. De pronto, fue capaz de sentir sus almas angustiadas. Era su desesperación la que hablaba. Tan solo querían recuperar a un ser querido. Con diferencia, Nîga y Oskar eran los que más sufrían.

―Me fue revelado el mismo día que decidimos partir hacia el castillo ―aclaró, mirando al joven Isaksen y a Vidar. Por último, a Eirik―. Ambos tuvimos dos visiones, pero la mía fue mucho más extensa. Se me mostró lo que iba a suceder…

―Debiste decírnoslo antes de partir ―agregó Nîga, iracunda―. ¡Podrías haberlo evitado!

―No se me permite decidir ―dijo sin alterarse.

―¿Ah, no? ―A Oskar se le marcó la mandíbula―. Eres la Elegida, ¿no se supone que estás aquí para salvarnos?

―Sí, pero a su debido tiempo ―respondió, seca―. Recuerda que no soy yo quien os guía, sino ÉL. Créeme: me hubiera encantado impedir que Yngvar cayera en manos de Abbadon. Pero solo hay un camino. Una opción. Si la abandonamos para nuestro propio beneficio y no para el de todos, perderemos.

Errantes y vampiros la miraron con la decepción oscureciendo sus rostros y también sus almas.

―Si ni siquiera puedes salvar a los tuyos, ¿qué sentido tiene? ―se quejó Ejder en voz alta.

La joven inglesa se separó del fuego y se colocó en el centro para que todos la oyeran con claridad.

―He tardado en darme cuenta de algo crucial…

Quizá lo más importante: no sois «los míos».

Ese es un error que hemos cometido desde el principio.

Aunque en mi corazón sí lo seáis, tanto vosotros como aquellos cuya alma es capaz de arrepentirse formáis parte de mí.

Pero todos, absolutamente todos, somos Su creación.

No es mi decisión la que nos mueve, sino la Suya.

No son mis palabras las que os inspiran ni las que os dan la fuerza para seguir, sino las Suyas.

ÉL me guía en todo momento ―enfatizó―. Hay un orden establecido que se me revela solo cuando es necesario, y voy a seguirlo, aunque yo misma tenga que perecer.

Se detuvo un instante. Despacio, dio una vuelta, dándoles a entender que, para ella, todos eran iguales.

―Hemos de recorrer juntos el camino tal y como se me muestra o Mørket ganará y la humanidad sufrirá las consecuencias.

Esto ya lo sabéis porque os lo he dicho en más de una ocasión.

Si nos alejamos de Su senda a nuestra conveniencia, el final será mucho peor que lo que ya habéis visto y vivido jamás.

Que no os lleve a error: los actos de Yngvar y Erke eran Sus designios.

Debían ocurrir. Muy a mi pesar, aún no os puedo decir por qué, puesto que no lo sé ―repitió, sabiendo que sus palabras no darían el consuelo que necesitaban―.

Ha llegado el momento de elegir de una vez por todas: ¿estáis con ÉL o no?

Nîga y Thyra bajaron los rostros, cargadas de remordimiento. Eirik asintió levemente, con un gesto de aceptación, antes de dirigirse a la Elegida.

―Sea en nos Su voluntad. Errantes, ¿estáis conmigo?

En respuesta, los suyos se arrodillaron y agacharon la cabeza sin vacilar.

―Ordenad, Elegida ―agregó el rey.

A Alana le tembló un instante la barbilla mientras las lágrimas le abrasaban los ojos. Tragó espinas y asintió.

Soren miró a Bahoz y a Ejder. Bastó esa simple mirada para sellar su resolución. El vampiro se giró hacia ella y declaró su lealtad.

―Nuestras almas también son Suyas, Elegida ―dijo, y los otros dos Ursu afirmaron con determinación―. Os seguiremos hasta nuestro último amanecer.

Alana dejó escapar un suspiro apenas audible, sobrecogida por la respuesta unánime. No esperaba menos, pero eso no lo hacía más fácil de asumir.

―Traed a Nessa ―pidió con un nudo en la garganta―. Ha llegado la hora de que Los Libres vengan al campamento. Hemos de rescatar a los nuestros.