Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 5. LA SØSTERSKAP
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5. LA SØSTERSKAP

No era la primera vez que Los Libres acampaban cerca de aquel lugar que parecía gritarles que se alejaran sin mirar atrás, pero el aumento de las patrullas Drăgoi los habían obligado a desplazarse hasta ese punto más elevado.

El grupo sentía un malestar constante, pero, de momento, les era imposible escapar.

Estaban rodeados; sin embargo, los enemigos eludían aquella zona como si fueran empujados a evitarla para no caer en sus garras.

Eierløs no le encontraba ningún sentido a este comportamiento, como si eludieran acercarse a ese borde diluido entre dos mundos.

Quizá los ingleses habían advertido a los de Helmet que aquel lugar estaba maldito y esa era la razón por la que no se acercaban.

Esa noche se sentía particularmente extraño. Algo parecía estar acercándose. Como si la inquietud que sentía no proviniera solo del entorno, sino de algo más grande que estaba a punto de toparse con ellos.

Sacudió la cabeza para tratar de apartar aquellos pensamientos de su mente.

Hacía algunos días había llegado una paloma con una misiva de Nessa en la que aseguraba que se encontraba bien, que estaba con los suyos y no volvería a la Søsterskap.

Era su letra, de eso no tenía duda, pero no parecía ser ella misma.

En el campamento la echaban de menos. Y él más que nadie, pues la errante llevaba siendo su confidente y mejor amiga desde que la encontraron medio ahogada en aquel lago.

Todos temían que el rey Eirik la estuviese torturando o que se hubiera visto forzada a escribir aquel breve mensaje justo antes de ser asesinada.

Acercó las manos al fuego donde Lief y Vivica, dos skyggene que se habían unido a ellos hacía poco más de medio siglo, estaban calentando varias piezas. Como vampiro, no podía comer su carne; pero había echado buena cuenta de su sangre.

―Eierløs, ¿de verdad no vamos a buscar a Nessa? Han pasado casi seis lunas desde que se marchó y, en todo ese tiempo, solo ha enviado una nota ―murmuró Lief, el más joven, acariciando la empuñadura de su espada guardada en la vaina―. Si esos malditos errantes le han tocado un pelo de la cabeza…

Su voz se perdió en el crepitar del fuego, bajo un cielo cubierto de nubes que parecían más cercanas de lo normal.

Eierløs, que estaba sentado en una piedra a pocos pasos del círculo, mantuvo la mirada clavada en el suelo cubierto de agujas de pino.

Su porte era regio. De cabello oscuro, con ojos de color verde avellana y más de seis pies y medio de altura, era el más corpulento y aterrador de todo el grupo.

No había sido casualidad que lo hubieran elegido por unanimidad para dirigirlos. Su sola presencia imponía.

El «No Muerto» elevó la mirada hacia ellos y ambos skyggene, pese a los años que llevaban juntos, se sintieron sobrecogidos por aquella mirada y su belleza natural detenida en el tiempo. Al verlo con los músculos de la mandíbula en tensión, supieron que algo no andaba bien.

―Sé que nos hizo llegar ese mensaje, al que no dejo de darle vueltas ―dijo el vampiro, frunciendo los labios―, pero no puedo confiar en que sea cierto lo que escribió. Algo no encaja.

―Haces suposiciones sin fundamento ―replicó Vivica, tajante.

La que había luchado codo con codo durante siglos bajo las órdenes de Dorek se cruzó de brazos tras sentarse en un tocón.

La fortaleza de la joven skyggene no solo se intuía en su potente voz, también se veía en su porte y en la manera con la que afrontaba cualquier adversidad.

Vivica permanecía firme y siempre estaba lista para la acción.

―¿Qué quieres decir? ―preguntó Lief.

―Que no sabemos si lo escribió ella.

―Era su letra ―puntualizó Eierløs.

―¿Y después de todo lo que hemos compartido durante todo este tiempo solo tuvo la decencia de dedicarnos una línea? ¡Una mísera línea! No me creo que no haya estado bajo coacción para escribirla.

Waddell, un tvillinger cuyo gemelo había muerto en una reyerta hacía poco más de tres siglos, resopló para mostrar su indignación y tiró otro leño al fuego antes de decir lo que pensaba.

―El primer mensaje que nos llegó de ella era que estaba siguiendo a unos errantes.

El segundo es del que estáis hablando. Vamos a suponer que logró su objetivo y llegó al campamento.

Solo hay dos posibilidades: es libre o la han encerrado.

En todos estos años, nadie ha logrado encontrar dónde se asentaban.

Velkan y Traian ―escupió en el suelo tras decir sus nombres― los temían y admiraban a partes iguales, pero jamás se atrevieron a admitirlo delante de Abbadon. ¡Cobardes!

―Los errantes poseen una fuerza y una destreza extraordinarias y, gracias a Nessa, sabemos de lo que son capaces.

Nunca se han doblegado ante la ralea de Mørket ―respondió con suavidad Aina, una vampira de la casa Neacșu [4] ―, y eso es algo que me inclina a ponerme de su lado.

Puede que peque de optimista, pero no creo que le hayan hecho daño.

El silencio se instaló de nuevo. Cada palabra traía consigo más preguntas. Eierløs bajó la cabeza y clavó la mirada en las llamas.

Lambert, un Ursu que no solía hablar a menudo, chasqueó la lengua como lo hacía Abbadon. Se hallaba de pie, observando los alrededores con la calma de un cazador en guardia.

―Pues yo no me fío de los errantes ―dijo sin apartar la mirada de las rocas que los protegían por el flanco derecho.

Linnae, una tvillinger que había perdido a su hermana en el siglo VI tras el asedio de la fortaleza de Dara durante la época de Bizancio, estaba sentada cerca de la hoguera.

Tejía con lentitud hipnótica una tira de cuero para reforzar el mango de su arma.

Cada movimiento de sus dedos era metódico, paciente.

Sin dejar de estar concentrada en su tarea, soltó:

―Ninguno de nosotros debería. Ha pasado suficiente tiempo como para que le hayan sonsacado nuestra posición, lo que me hace pensar que, de algún modo, la han perdonado.

Me niego a creer que han acabado con ella.

Tal vez siga en sus celdas de fuerza. Pero si es así…

―Tomó una bocanada errática de aire, rechazando la idea de que en ese mismo instante pudieran estar torturándola―.

Nadie resiste un interrogatorio del pueblo errante.

Sus métodos son terribles, y saben alargar la agonía del prisionero sin llegar a dañarlo del todo hasta que, enloquecido, confiesa todo cuanto sabe con tal de que se detengan.

Nessa me lo contó hace mucho, y yo la creo.

Si nos hubiese delatado, ya habrían venido a matarnos.

Confiad en ella; sabéis que siempre ha pensado más en nosotros que en sí misma.

Kjarr, que había permanecido en silencio hasta ese momento, se levantó y se sacudió la capa.

Su rostro, casi siempre cubierto por la sombra de su capucha, mostró por un instante una expresión de ira contenida.

Aquel Drăgoi, olvidado por los suyos desde hacía siglos, sentía un cariño especial por la errante.

Ella nunca lo había juzgado por quién era su creador, sino por quién era él mismo.

Se aproximó a la tvillinger con paso firme, dispuesto a compartir su opinión con la serenidad de quien sabe que sus palabras podrían marcar la diferencia.

―De eso no tengo duda, Linnae ―le dio la razón―. Pero admite que no puedes saber si escribió esta nota bajo tortura. Ninguno de nosotros puede. No sé qué pensar. Pero si esto es una trampa ―añadió, volviendo la mirada hacia su líder―, estamos en peligro.

Eierløs parpadeó para centrarse y alzó la cabeza por fin. Bajo su cristalina mirada, el aire mismo pareció contener la respiración. Esos impresionantes ojos, que una vez fueron humanos, se clavaron en los de Kjarr. No había reproche en ellos, sino preocupación.

―Te aseguro que he sopesado todas las posibilidades ―agregó con pesar―: que está presa, que está muerta, que nos traicionó o que le han permitido quedarse para regresar a su anterior vida.

―¿Y cuál crees que es la más probable? ―preguntó Linnae, que, tras hacer el último nudo, se acercó al fuego para calentarse. Después, fue junto a Eierløs y se sentó a su lado.

Él tardó en responder.

―La única que no quiero creer: que se haya rendido y que ellos… ―No pudo acabar la frase.

Waddell, que había comenzado a afilar su daga con una piedra húmeda, carraspeó un poco antes de hablar.

―Ella no es de las que se rinden ―gruñó―. Si la retienen, es por la fuerza. No creo que sea por voluntad propia.

Aina se giró hacia él.

―¿Y si lo ha hecho para protegernos? Lo que intento decir es que puede que esté bien y no desee que la busquemos.

Todos sabemos que es imposible encontrar ese campamento.

Tal vez su forma de ayudarnos haya sido asegurarnos de que se encuentra bien ―insistió―.

En realidad, no sabemos qué ha ocurrido, Waddell.

Vivica se puso en pie. Su piel azulada destelleó al acercarse a las llamas. Giró las piezas para que se doraran de manera uniforme y volvió a sentarse en el tocón.

―Estamos divagando ―dijo con hastío―. Solo tenemos algo claro: el mensaje. Y una localización: el campamento de los errantes.

―¡Ni que pudiéramos encontrarlo! ―se quejó Lambert―. Además, los de Helmet nos rodean.

―También los de Abbadon ―puntualizó Waddell para pincharlo. Sabía lo mucho que le fastidiaba recordar su origen Ursu―. Ningún lugar es seguro para ninguno de nosotros.

Linnae depositó su espada a un lado antes de contestar.

―Lo que es seguro es que no podemos seguir como si nada. Cada noche que pasa sin noticias es un riesgo.

―¿Y qué propones? ―preguntó Kjarr con dureza.

Ella lo miró sin pestañear.

―Buscarla.

Eierløs se puso en pie y se acercó a la hoguera. Sus pupilas atraparon las llamas como si acabara de susurrar un conjuro.