Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 4. AQUÍ NO #2
16%

4. AQUÍ NO #2

Helmet avanzó lentamente hasta el trono, haciendo que todos siguieran su figura con la mirada. Apoyó ambas manos en el respaldo y mostró una expresión pensativa.

―He dirigido a los míos desde casi el principio de los tiempos con dureza, rectitud y rabia. Esta noche, todos hemos visto quiénes éramos. El momento de dudar ha pasado, Gunnar. Debemos crear un nuevo legado. Uno digno de ser recordado por las futuras generaciones.

El Mosul esbozó una sonrisa torcida.

―Al menos uno que no termine cubierto de sangre, ceniza y polvo.

Dorek frunció el ceño y giró la cabeza hacia la puerta.

―Esa niña… lo ha cambiado todo. No puedo creer lo que estoy a punto de decir, pero la Verdad que me mostró sigue viva, de algún modo, dentro de mí. Siento que… Es como si se negara a abandonarme. No sé explicarlo mejor.

―Porque era real ―dijo Bêwestan con suavidad, dirigiéndole una mirada breve, pero él la sintió como si pudiera leer su alma―.

Por eso debemos protegerla. Nos guste o no, ella es la Elegida.

O creemos cuanto nos ha dicho o lo que llevamos hablando toda la noche no ha servido para nada y hemos perdido el tiempo.

―¿No os dais cuenta? ―intervino Lys, decidida a compartir su opinión―.

Si, después de toda la maldad que hemos cometido en nombre de Mørket, ÉL nos llama a luchar en Su nombre…

―suspiró, reclamando el último resquicio de humanidad al que volvía a aferrarse y no estaba dispuesta a renunciar―, yo voy a hacerlo.

Sin dudas. Sin cuestionármelo. Por favor, dejemos de dudar y avancemos ―dijo, con las palmas hacia arriba―.

Nuestro deber ahora es proteger a Alana a toda costa.

―¿Tú qué opinas, Helmet? ―dijo Dorek, recogiendo con aquella pregunta el sentir de los presentes.

Él puso la espalda recta y alzó el mentón. Hizo un barrido con la mirada y respondió:

―Estoy con ella.

El amanecer, tiñendo de cobre los bordes desgarrados de las nubes, despuntó con una lentitud angustiosa para Thyra.

El rocío resbalaba por las hojas de los árboles como lágrimas derramadas durante la madrugada, y el aire, frío y denso, parecía contener todavía los ecos de cuanto se había dicho entre las paredes del castillo.

Habían aprovechado toda la noche para correr sin descanso, pero ahora necesitaban parar un poco y comer algo.

Aunque la mayoría de los Ursu y tvillinger estarían muy lejos de allí, era mejor ser precavidos.

Alana no quería detenerse; sin embargo, Eirik le instó a hacerlo por el bien de todos.

No tenía sentido forzar la situación, así que aceptó.

Los Parêzvanan comenzaron a repartir finas rebanadas de pan cocido dos veces, carne seca y queso.

Con eso tendría que bastar hasta llegar a Felsted.

Con las viandas en la mano, la inglesa se sentó al pie de un árbol y apoyó la espalda en su tronco. Quedaba más de una jornada para llegar a su hogar y, desde ahí, dos más hasta el campamento. Cerró los ojos y se permitió desfallecer un momento. Apenas un par de respiraciones.

Al verla, Thyra y Nîga se sentaron a su lado. Ninguna de las dos quería importunarla, pero la errante no pudo contenerse.

―Alana ―comenzó la princesa―, necesito que me cuentes qué ha pasado. Ambas lo necesitamos ―agregó, volviéndose hacia Nîga.

―Ha sucedido lo inevitable ―replicó sin mirarlas. Su tono gélido auguraba tempestades―. De un modo u otro, se solucionará.

Thyra intercambió una mirada con la vampira.

―No te entiendo. ¿Estás hablando de Alistair?

―Él no importa.

―¿Entonces es… sobre los nuestros? ―insistió―. Dinos, ¿ellos están bien?

―Cuando lleguemos al campamento…

Nîga, angustiada por saber qué había ocurrido con Erke, la sujetó con fuerza de los hombros sin ser consciente de ello.

―¡No, ahora! ¡Quiero saberlo ahora y no dentro de tres días!

―Tranquilos… ―dijo Alana a los errantes que acababan de rodearlas―. Suéltame, Nîga.

En cuanto ella se dio cuenta de que los guerreros la amenazaban con sus espadas, se retiró despacio.

―Sois unos necios. ¡Jamás le haría daño! ―se dirigió a todos alzando la voz.

―Y tú eres una inconsciente, Drăgoi ―replicó Eirik―. Vivimos para proteger a la Elegida. Si vuelves a tocarla de ese modo, yo mismo te separaré la cabeza de los hombros. ¿Queda claro?

―¡Parad! ―ordenó Alana, poniéndose en pie para zanjar la disputa―. Abbadon atacó a los nuestros de regreso al campamento. Algunos resultaron heridos, pero otros no tuvieron tanta suerte.

Thyra ahogó un grito cubriéndose la boca con las manos. Nîga ignoró el peligro que la acechaba. Sin mirar a los que estaban armados, se colocó a su lado y le pasó el brazo por los hombros.

La joven inglesa sonrió con una tristeza que no pudo disimular.

―Los supervivientes ya están con los vuestros. Llegaron poco antes que nosotros lo hiciéramos al castillo.

―¿Lo habéis visto en una visión? ―preguntó Eirik, circunspecto.

―No. Simplemente, me ha sido revelado.

―Alana, ¿Oskar…? ―dijo Thyra con un hilo de voz.

―A salvo.

―¿Y Erke…? ―susurró Nîga.

―Con Yngvar.

―¿Eso qué significa? ―exigió una respuesta.

Ella asintió, aceptando que no podría mantenerlo en secreto mucho más.

Todos se merecían saber la verdad, y estaba dispuesta a decírsela; pero no durante el trayecto de vuelta.

Quería que todos estuvieran centrados en la protección del grupo, aunque eso iba a ser muy difícil tras saber lo que estaba a punto de revelarles.

―Una patrulla Ursu dio con el campo de fuerza de manera fortuita. Abbadon estaba entre ellos. Hubo una escaramuza y algunos cayeron. Erke fue descubierto por Rău. Estaban en desventaja, eran demasiados… Yngvar se sacrificó mintiendo: les dijo que él era el Elegido. Abbadon se ha llevado a ambos.

―¿Has visto todo eso y no se te ocurrió advertirles? ―gritó Nîga, acercándose de nuevo a ella.