Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 4. AQUÍ NO
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4. AQUÍ NO

E l aire nocturno parecía más denso a medida que se alejaban del castillo.

La tenue luz de los millones de estrellas y de la luna no lograron romper la espesura de la penumbra que caía sobre oscuros caminos.

Los errantes avanzaban en completo silencio.

Solo el eco de las pisadas sobre la hierba húmeda y el crujido lejano de alguna rama quebrada acompañaban la marcha.

Alana iba al frente, guiando a todos con el peso de tener que afrontar un nuevo desafío que le desgarraba el alma.

«Yngvar…», dijo para sí.

Thyra y Nîga, que avanzaban muy deprisa, a tan solo un par de pasos por detrás de la Elegida, oyeron aquel pensamiento. La vampira se volvió hacia la errante con los ojos llenos de incredulidad.

―¿Ha dicho el nombre de…? ―le susurró a la princesa.

«¿Has podido oírlo?», pronunció aquellas palabras en su mente sin darse cuenta.

«Sí, ¡y ahora te oigo a ti!», respondió sin dejar de correr.

«Alana», pensó Thyra, «¿qué está ocurriendo? ¿Por qué ahora también puedo oír los pensamientos de Nîga y ella los míos?».

Sin mirar atrás, la inglesa respondió:

«La conexión entre nosotras se hace más y más fuerte. Seguid y no os detengáis», expresó con dureza, sin titubeos.

Las dos se miraron y asintieron. Algo había sucedido.

Nîga tenía un mal presentimiento desde que había terminado la reunión en el castillo, pero no se había atrevido a decir nada porque antes debían regresar.

Clavó la mirada en la espalda rígida de Alana y en su forma de desplazarse, como si temiera llegar tarde.

La tensión que vio en sus hombros hablaba de un pesar que aún no compartía.

Su instinto le gritaba que algo malo había sucedido y que ella ya lo sabía.

Temió por Erke y le fue imposible no preguntar:

«Alana, ¿qué ha ocurrido que no nos cuentas?», pensó la vampira.

«Aquí no. Cuando lleguemos al campamento».

Al oírlo, un vacío helado le lamió las entrañas a Thyra. No pudo evitar pensar que el silencio de su amiga significaba que los suyos estaban en serios problemas.

«¿Oskar…?», preguntó la princesa angustiada.

«¿Erke…?», susurró instintivamente Nîga.

«He dicho que aquí no. Cuando lleguemos al campamento», repitió la Elegida con más fuerza, dejándoles claro que, por mucho que insistieran, no le sonsacarían una respuesta.

La Drăgoi miró a la errante. Mantuvo los labios unidos y negó con la cabeza para impedir que siguiera insistiendo. Thyra apretó la mandíbula y se obligó a no llorar. Si le había sucedido algo a Oskar, no se lo perdonaría. Recordó las palabras de su amado esposo en la tienda:

«…habrás de ser igual de comprensiva conmigo cuando me vea obligado por las circunstancias a enfrentar un peligro sin contar con tu ayuda. Vosotras tenéis un vínculo que nadie puede romper, pero no todos los problemas tendrán solución en vuestras manos».

Un escalofrío seco le anudó el estómago con fuerza. Su temor más profundo acababa de golpearle con violencia. Si alguno de ellos estaba en peligro, desafiaría a cualquiera que se atreviera a impedirle ir en su busca.

«¿Yngvar…?», esta vez fue Thyra quien dijo su nombre en un susurro. Alana y Nîga la oyeron; sin embargo, no le contestaron.

De nuevo, las palabras que pronunció Oskar cuando la encontró en la casa de la Elegida volvieron de golpe:

«Lucharía contra el mismo Mørket por ti…», oyó su voz con nitidez y otro escalofrío le recorrió la espalda.

Thyra sabía que él haría cuanto estuviera en su mano para protegerla.

A ella y a todos los suyos. Miró a Alana y entendió que la misión de llevar la reliquia al campamento no había salido bien.

Aún faltaban dos días para llegar a Felsted y cuatro más para estar junto a los suyos.

Eso siempre que no se encontraran con alguna patrulla perdida de los Ursu o de los tvillinger por el camino.

Negoció consigo misma que aguardaría hasta el amanecer para preguntarle, pero no más. El errante al que amaba estaba en peligro, y no iba a aceptar otra evasiva más como respuesta.

La noche moría y, afuera, el día comenzaba a despuntar en el horizonte con una franja pálida.

Los Drăgoi, los Mosul y los Kveld aún no se habían retirado a descansar.

Por el contrario, estuvieron rememorando antiguas batallas y viejas rencillas que lograron resolver al hablar con franqueza sobre lo ocurrido.

Poco antes de la madrugada, habían permitido a algunos guerreros que se marcharan.

Todos los generales de Helmet y los dos de Gunnar, sin embargo, decidieron quedarse.

En cambio, los cuatro escoltas skyggene abandonaron el salón.

Ellos necesitaban dormir muchas más horas y, dada la velada que habían compartido, no tenía sentido desconfiar. Ya no.

Tras ingerir el último trozo de venado, Dorek expresó en voz alta la conclusión a la que había llegado.

―No puedo perdonarle ni le perdonaré jamás que nos arrebatara nuestras vidas, cuanto pudimos ser y no fuimos. Todo este tiempo nos hemos odiado, pero ese odio nunca nos perteneció.

―Desde luego que no ―respondió Helmet, mostrando desprecio en su rostro―. Fue Mørket quien nos insufló su aliento cargado de muerte y venganza e hizo de nosotros unos títeres.

―Es mejor que dejemos atrás los errores que hemos cometido y todo lo que no podemos cambiar ―intervino Gunnar―. Ahora en lo único que debemos centrarnos es en cómo afrontaremos el futuro.

―Padre, te oigo y no puedo creerlo ―comentó Lys.

―No me hace gracia reconocer que me he equivocado, hija; pero no sería un hombre íntegro si no lo hiciera.

Una sonrisa le curvó los labios al oírlo referirse a sí mismo como si todavía fuese humano.

―Sí, no me mires así. Ya sé que hace tiempo que dejé de serlo. No obstante, yo sigo siendo yo, aunque beba sangre y no vino.

A la vez que ellos reían por la ocurrencia de Gunnar, Einarr, su primer general, estaba cambiando impresiones con Xwînxwar y Qiloçker a un lado de la estancia, cerca de una de las chimeneas. Yrsa, la otra general de la casa Mosul, hablaba con Wêranker y Bêwestan de lo que aquel pacto le parecía.

―Sigo sin poder creer lo que he visto ―dijo Yrsa, pasándose la mano por su largo cabello castaño, aún sobrecogida por haber recordado a su abuela lavando en el río.

―Si te soy sincera ―respondió Bêw―, yo tampoco. Ninguno de nosotros estaba preparado para regresar a un pasado tan real y doloroso, pese a haber revivido solo la parte buena.

―Yo opino igual que Gunnar. Ya tendremos tiempo de añorar el pasado. Ahora hay que pensar en cómo vamos a afrontar la ira de Mørket ―añadió Wêr, que, de momento, prefería olvidar lo que aquella experiencia había removido en su interior.

Los generales se acercaron a ellas y formaron un corrillo que satisfizo a Helmet y llenó su pecho de esperanza. Esperanza… una vez más. Deseoso de saber de qué estaban hablando, le hizo un gesto a su primer Yekem para que se unieran al grupo.

―Xwînxwar ―comenzó el líder Drăgoi―, conociéndote, estoy seguro de que ya estás pensando un plan para abordar lo que se nos viene encima. ¿Lo compartes con nosotros?

―Venga, sí. No seas tímido ―bromeó Dorek.

Fue Qil quien, para sorpresa de los presentes, solicitó intervenir. Helmet bajó el mentón en señal de aprobación.

―Lo hemos estado hablando y todos coinciden conmigo: lo primero que debemos hacer es abandonar el castillo.

Abbadon es un cobarde ―su señor cabeceó, dándole la razón―; se habrá dirigido a Richborough para robar un barco y volver a Francia.

Aún tardará varias lunas en llegar a Piatra Morții o quizá vuelva a su fortaleza, ¿quién sabe?

La joven nos ha dado tres siglos. Puede parecer mucho, pero no es así.

―Todo eso ya lo hemos hablado, muchacho ―se quejó Gunnar, dándole a entender que no estaba contribuyendo con nada nuevo.

―Lo sé, rey Mosul, y ninguno de vosotros ha aportado ni una mísera solución ―le retó sin apartar la mirada―. Debemos encontrar algún lugar donde fortalecernos. Si vamos a luchar juntos, deberemos proteger y entrenar a los que nacerán bajo este pacto: skyggene y errantes.

―¿Qué intentas decirnos? ―preguntó Lys, que no sabía a dónde quería llegar.

―Que no servirá de nada unirnos si los errantes no nos conocen, si no ven por sus propios ojos que ya no somos enemigos, sino que pertenecemos al mismo bando.

―¿No estarás proponiendo que vivamos con Eirik y los suyos? ―dijo Gunnar con los ojos desorbitados.

―Es exactamente lo que estoy diciendo ―afirmó Qil.

Helmet se quedó pensando. Miró a Lys, que elevó los hombros sin saber qué decir. Después, se volvió hacia los otros generales.

―¿Qué pensáis vosotros?

Einarr se adelantó y compartió lo que antes les había dicho a Xwîn y a Qiloçker.

―Estoy con él ―miró a Qil―. Debemos encontrar un lugar donde protegernos y podamos aprender unas razas de otras sin ocultar cuantos conocimientos poseamos ―agregó con firmeza―.

Si queremos ganar, se acabaron los secretos.

Necesitamos recuperar todo lo que hemos espoliado durante milenios y que Mørket nos obligó a entregarle.

Reliquias, grimorios ―se detuvo un instante―, hechizos…

lo que sea. Quitar la piedra adecuada puede derribar una torre.

Hagamos lo mismo con él. Tal vez posea algo que pueda inclinar la balanza a nuestro favor.

―¿Es que esta noche has perdido la cabeza, Einarr?

―le gritó Gunnar, profundamente avergonzado por lo que acababa de decir su general―.

¿Pretendes que entremos en sus dominios para robarle delante de sus narices?

Además, ¿crees que va a salvarnos un maldito texto escrito por…

adivina quién? ¡No existe nada que pueda salvarnos, menos aún las brujas!

―Mi rey, esta noche una muchacha me ha transportado al día en que mi padre me enseñó a cazar. He podido oler el bosque, la lluvia…, incluso he sentido su brazo en mi hombro. Si eso no es brujería, ¿qué es?

―Esto se nos está yendo de las manos ―se quejó Gunnar.