3. ES ESO O MORIR #3
Wêr, que se había mantenido en un segundo plano mientras el resto en mayor o menor medida había compartido su opinión, avanzó hasta colocarse en medio de aquellos que estaban decidiendo el futuro de las tres razas.
Seguiría a Helmet hasta la misma entrada del maldito monte Piatra Morții, donde el que se creía dueño del mundo orquestaba masacres y ordenaba destruir civilizaciones enteras por el placer de impedir a su Padre que su obra predilecta viviera en paz.
Y así habían avanzado por la línea del tiempo hasta ese momento.
Sí, Wêranker estaba dispuesta a hacer cuanto Helmet considerara oportuno.
Fue él quien acabó con su sufrimiento y le hizo el mayor regalo que alguien podría desear: la libertad.
Su humanidad la había condenado a una vida miserable, pero ser vampira le había ofrecido la posibilidad de no sucumbir ante ningún hombre. Y eso jamás lo olvidaría.
―¿Qué ocurre, Wêr? ―preguntó el líder Drăgoi al ver que se mantenía callada.
―Yo no creo en nada. Ni en dioses ni en brujas. Tampoco creo que nadie decida mi destino, salvo yo misma.
―Lo sé ―agregó su señor.
―Estoy contigo, rey Gunnar ―continuó ella―.
Esta reunión parece habernos nublado la mente.
Y hasta justo antes de dirigirme a vosotros lo creía firmemente.
Pero acabo de darme cuenta de que no es así.
Esa chica, la que se ha presentado ante todos como la Elegida…
―Bajó la mirada solo un instante―. Siento que…
No. Lo sé. Es la Elegida. Vampiros y skyggene hemos sido los seres más fuertes y poderosos sobre la faz de la tierra durante milenios.
Después llegaron los tvillinger. Y los errantes llevan luchando para aniquilarnos desde el principio de los tiempos, pero nunca lo han conseguido…
Helmet frunció el ceño y la miró con su expresión indescifrable.
No sabía a dónde quería llegar; sin embargo, ni Dorek ni Gunnar dijeron nada.
Solo esperaban con aplomo, como si la intervención de la general fuese a aportarles algo decisivo.
Por último, miró a su esposa, que tampoco le quitaba el ojo de encima a Wêr.
Se volvió hacia su tercera Yekem y esperó a que continuara.
Ella asintió hacia él, como si con ese gesto supiera que no debía demorarse más.
―Todo esto tiene un propósito ―prosiguió―.
La eterna lucha entre el Bien y el Mal jamás acabará.
Siempre habrá un ser que quiera dominar a otros.
Robar sus riquezas. Su voluntad. Quebrar su alma hasta hacerlo desear la muerte…
Mørket lleva siendo ese ser durante más tiempo del que ninguno de los presentes sabe en realidad.
Nosotros hemos hecho el trabajo sucio mientras él se ha ocultado en su maldita montaña, y creo que ha llegado el momento de acabar con esto.
Alana me ha recordado quién fui antes de vivir una maldita pesadilla.
Estoy segura de que a vosotros os ha ocurrido lo mismo.
He sentido en mi piel el tacto de mi madre.
En mi mejilla, sus besos. ―Se llevó la mano al rostro―.
Jamás la recuperaré. Tampoco esa vida. Menos aún mi humanidad…
―Wêr… ―susurró Bêwestan, dando un paso hacia ella con el corazón en un puño, conteniéndose para no abrazarla delante de todos.
Ella le sonrió con lágrimas en los ojos, hasta que una gota rosada rodó por su inmaculado rostro.
Dorek y Ønske se quedaron maravillados al verla llorar.
Lys miró a Helmet, quien asintió. Por temor a que aquel acto lo consideraran una debilidad, no se había atrevido aún a decirles que tanto su esposa como él también lo habían hecho.
―Mirad ―se limpió las mejillas, tiñéndose los dedos―: no he llorado en cerca de ocho mil años, hasta que llegué a Inglaterra.
Hasta que ella se convirtió en la que ha de guiarnos a todos.
Desde mi conversión, jamás me he rendido.
Pero hoy lo hago ante la evidencia. Ella lleva Su sangre.
Puedo sentirlo en cada palmo de mi piel, en mi corazón, en mis entrañas.
Nos ha mostrado la Verdad. Solo nos queda aceptarla.
Y yo acabo de hacerlo. Soy Wêranker de la casa Drăgoi y os digo, sin la más mínima duda, que estoy dispuesta a dar mi vida por todos los aquí presentes y por cualquier guerrero de vuestras casas. «Un pueblo. Un ejército. Un alma».
La barbilla de Bêwestan tembló, pero logró mantener a raya las lágrimas que pedían a gritos abandonar sus preciosos ojos verdes.
―Creo que no hay más que añadir ―expresó Helmet, orgulloso de tener a su lado a vampiros tan leales como sus cuatro generales―. ¿Qué decís? ―preguntó mirando a Gunnar y a Dorek.
―Maldita sea… ―soltó el Mosul, torciendo el gesto―. Creo que no hay nada más que añadir: «Un pueblo. Un ejército. Un alma».
El rey miró a Dorek, esperando conocer su respuesta. Él asintió varias veces antes de decir:
―Por los que han caído y los que morirán por lograr la libertad: «Un pueblo. Un ejército. Un alma».
―Que así sea ―sentenció Helmet.
El Drăgoi se llevó la mano a la garganta y bajó la cabeza. El resto lo imitó, aceptando que ese pacto los había llevado a ser lo que jamás imaginaron.