3. ES ESO O MORIR #2
―¿¡Dos mil años después, vampiro!? ―soltó la skyggene con un intencionado tono sarcástico.
―¿A qué vienen esas dudas, padre? ¿Por qué me da la sensación de que estás a punto de rechazar el pacto? ―exigió saber Lys.
―No es eso, hija. Mi intención no es romperlo. De hecho, tomar la decisión de sellar este pacto es lo más sencillo que he hecho nunca. No es eso lo que me preocupa. Lo que me está carcomiendo por dentro es tener la duda de si podremos mantenerlo durante tres siglos.
―Gunnar, todos estamos sopesando lo mismo ―añadió Helmet―. Y, si te soy sincero, creo que sí.
―No digo que no ―intervino Dorek―, pero para poder conservar esta hermandad, tendremos que definir una estrategia consistente.
No podemos esperar a que la joven nos reclame cuando la guerra esté próxima.
Es más, ¿cómo está tan segura de que Mørket no nos atacará antes?
Me resulta bastante difícil admitir esto: hay que construir algo sólido ahora, entre todos.
―¿Qué tratas de decir? ―preguntó Bêwestan, que no podía creer que estuviera a punto de expresar lo que ella misma acababa de pensar.
―Que hemos de dejar atrás para siempre la idea de que somos tres razas: vampiros, skyggene y errantes. Para ganar a Mørket… No. Si de verdad queremos ganar a Mørket ―se corrigió―, hemos de convertirnos en una sola raza. Una sola alma golpeando al mismo tiempo.
Ønske asintió lentamente.
―Estoy con Dorek ―dijo, convencida, tomándole la mano―. Una raza, un único pueblo.
―Yo también estoy contigo, Ønske ―agregó Bêw―, pero no creo que sea tan fácil como dar una orden. Quizá no todos los vuestros estén dispuestos a aceptar esta alianza.
―Bêwestan, ni los nuestros ni los vuestros. Ni siquiera los Mosul, ¿me equivoco? ―preguntó la skyggene al rey Gunnar. Él negó con la cabeza.
Lys clavó la mirada en el trono vacío, consciente de que debían cambiar su forma de pensar o no lograrían vencer.
―Pero no es cuestión de aceptación. Es cuestión de supervivencia.
Si no lo comprenden, perecerán. Es eso o morir.
Debemos centrarnos en los que sí crean en esta alianza.
El miedo no nos hará vencer. El respeto y la fraternidad serán nuestra mayor baza.
Aunque supiéramos de antemano que podríamos morir en el intento, ninguno de nosotros dudaría en luchar para salvar a quien más ama.
―¿Crees que un errante pondría su vida en manos de un vampiro? ―dijo Gunnar con sorna.
―Yo lo haría ―replicó ella, desafiante.
―Entonces morirás.
―Padre, ya estamos muertos. ¿Qué más se nos puede arrebatar? ―dijo, mostrándole las palmas.
―¡Esta existencia! ―añadió, colérico. No estaba dispuesto a perder cuanto tenía por el ideal que le estaban proponiendo.
―¿Es que no hemos vivido ya suficiente? ―insistió Lys.
―Yo aún no ―respondió Gunnar, altanero―. Y si el resto confía en que un errante va a dar su vida por cualquiera de nosotros, acabaremos desapareciendo.
Bêwestan dio un paso adelante. Su voz, firme y segura, resonó en todo el salón.
―Jamás pensé ver a una vampira al lado de un errante, pero esta noche el mundo ha cambiado porque ahí estaba Nîga junto al despiadado Eirik Ragnarsson.
Una Yekem [2] compartiendo camino con el enemigo y siendo libre.
Sabéis que eso solo puede significar que está con ellos, en su campamento.
Me habéis escuchado bien: ¡una vampira viviendo entre errantes!
Si el Destino no nos está gritando que debemos replantearnos todo lo que conocemos, ya no sé qué pensar.
Bêw se giró con los brazos extendidos, palmas hacia arriba, para mirar a la cara a cada uno.
Qiloçker sintió un nudo en la garganta. Aún no había dicho en voz alta lo que pensaba, pero estaba claro que la vampira de la que estaba enamorado lo había expresado con tanta claridad que, de momento, no veía necesario intervenir.
Helmet midió el peso de su declaración. Miró a Lys, a Gunnar, a los skyggene y a sus otros tres generales. Un silencio sepulcral los envolvió, como si el mismo Tiempo esperara a que ella terminase de decir algo extremadamente importante.
Bêwestan asintió al entender que todos estaban esperándola. Bajó la vista al suelo y suspiró. Un suspiro para imitar a los vivos, para recordar quién fue y a quién no estaba dispuesta renunciar.
―La existencia tal y como la conocemos está llegando a su fin.
No sé si dejaré de existir mañana o dentro de mil años, pero no quiero morir sin que sepas que daría mi vida por ti, Ønske…
Incluso por ti, maldito bastardo ―dijo entre dientes mirando a Dorek.
Él sonrió negando con la cabeza―. Por vos, rey Gunnar.
Por mi señor, Helmet, y por vos, Lys. Por ti, Qil, mi amor.
Por mi mejor amiga, Wêr, y también por ti, Xwîn.
Por todos y cada uno de los que os encontráis en este salón ―miró a la guardia skyggene y a la Mosul― y también por los que están fuera de estos muros. ¿Podéis decir todos lo mismo?
―No lo dices en serio, Bêw ―soltó Dorek, a quien le resultaba muy difícil creer que ella estuviera dispuesta a hacerlo.
―Sí lo hago. La cuestión es: ¿estás dispuesto a dar tu vida por mí?
¿Por Qiloçker…? Eso es lo que has de preguntarte y lo que también debéis preguntaros quienes ahora me juzgáis como si hubiera perdido la cabeza.
Mirad dentro de vosotros con la sinceridad más cruel y descarnada.
Llegado el momento, ¿seréis capaces de sacrificaros por cualquiera?
―Nos estás pidiendo un maldito milagro, niña ―dijo Gunnar con su típico tono despectivo.
―Así es, Gunnar ―dijo, asintiendo, mientras lo trataba como a un igual, porque eso era justo lo que buscaba―. Un milagro que consiste en que seamos uno. Sin siervos ni señores. Un pueblo. Un ejército. Un alma. Dime, rey Mosul, ¿estás dispuesto a ceder por un bien mayor? ―insistió.
―No sabes de lo que hablas. ¡Las tropas necesitan un líder fuerte, no un amigo con buenas intenciones! ―se justificó para no ceder.
―No te equivocas, Gunnar ―se decidió a hablar Helmet. Su suegro sonrió al ver que apoyaba su forma de pensar―, pero lo que no ves es que Bêwestan también tiene razón.
Ambos lo miraron sin entenderlo.
―Drăgoi ―respondió el padre de Lys con un tono de reproche―, no puedes jugar a dos bandos.
―Suegro, no te puedes hacer una idea de lo que me satisface decirte que, una vez más, estás equivocado.
El rey lo miró con una severa expresión de advertencia. Helmet no se achantó.
―Sí, te equivocas ―prosiguió―. Los nuestros han de saber que todos y cada uno de nosotros luchará a muerte por salvar la vida de la muchacha.
Seremos líderes para determinar la estrategia que nos lleve a la victoria, pero también seremos hermanos para defender a nuestra familia.
«Un pueblo. Un ejército. Un alma». ―Repitió las palabras de Bêwestan.
―Estáis todos locos ―soltó Dorek.
―Pienso lo mismo ―agregó Gunnar.
―¿Y qué esperabais de un puñado de muertos que aún hablan y sienten? ―dijo Helmet, que sonrió al darse cuenta de lo que había dicho.
Lys se volvió hacia él y, pese a la seriedad de lo que allí estaban discutiendo, comenzó a reír.
Su amado esposo acababa de decir el primer chascarrillo desde que lo conocía.
Su risa limpia y sincera logró que el resto riera también.
Incluso el Mosul tuvo que forzarse en no continuar hablando con la sonrisa en los labios.
Aquello logró que parte de la tensión que se había formado en aquel gran salón se disipara.
―Maldita sea, Helmet ―volvió a hablar Gunnar―, no me creo que vaya a decirte esto, pero puede que tengas razón.
Sin dudarlo, yo daría la vida por todos y cada uno de mis vampiros.
El pacto de esta noche nos llama a hacerlo también por los skyggene y los errantes.
Espero que la próxima vez que veamos a esa joven y a Eirik piensen del mismo modo.
―Algo me dice que ese momento llegará ―respondió el Drăgoi―.
Quizá antes de lo que imaginamos… ―Unió los labios en una fina línea y guardó silencio―.
Siento que su tacto ha sembrado una semilla en nosotros.
Algo que nos impulsa a unirnos. No os habéis dado cuenta.
De hecho, yo no lo había hecho hasta este preciso instante.
Desde que llegamos a esta isla, todos hemos cambiado.
Ahora entiendo por qué. Es por ella. Lleva Su sangre.
Alana nos ha mostrado el camino. Siento que es tan sencillo como seguirlo.
Todos lo miraron con la sensación de que ese camino del que hablaba no iba a ser nada fácil.