Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 3. ES ESO O MORIR
12%

3. ES ESO O MORIR

T ras la marcha de la Elegida y los errantes, el salón del trono quedó sumido en un silencio denso cuando las puertas se cerraron.

Durante unos instantes, solo se pudo oír el sutil crepitar de las antorchas, que seguían ardiendo en sus soportes lanzando destellos vacilantes sobre los rostros de quienes aún permanecían dentro.

Se miraron sintiendo que los rodeaba una quietud extraña.

No era incómoda, sino solemne. Incluso el aire les pareció más espeso, como si el espacio mismo hubiese sido capaz de comprender la magnitud de lo acordado.

Helmet avanzó con paso firme hacia los únicos humanos en la sala: sir Avery Callen, sir Thane Atwater y la media docena de soldados que deberían haberlos protegido.

Aún resonaban en la mente del vampiro las palabras de la Elegida.

Jamás hubiera imaginado que una humana pudiera someter a uno de su raza.

Pero, en realidad, Alana ya no era humana, sino un ser mucho más complejo.

Incluso con el poder que había sentido emanar de ella, la joven se había dirigido a todos con una calma que pocas veces había presenciado.

Y su tono, casi reverente, lo había acompañado con una expresión serena.

Mientras sus ojos se fijaban en los de aquellos hombres, un leve susurro, apenas audible, emergió de sus labios.

No hubo dolor ni resistencia. La voluntad de los consejeros y de su guardia se deshizo como la niebla bajo el sol.

Los recuerdos inmediatos fueron erradicados por una ilusión de paz que apaciguó sus rostros de forma instantánea.

Una deferencia que él jamás había tenido con nadie.

Ni siquiera con un aliado dispuesto a entregar su vida en batalla.

De un modo u otro, ya había llegado el momento de que dejaran la sala.

Murmuró una nueva orden y se sorprendió a sí mismo al ver que no había sido tan brusco como de costumbre, pero no se lo tuvo en cuenta.

En el más absoluto silencio, los soldados acompañaron a los consejeros afuera. Ninguno de ellos llegaría a recordar uno de los eventos más trascendentales de la Historia.

Una vez cerraron, Helmet se volvió hacia el resto.

―Creo que esto es un antes y un después en nuestra larga existencia ―dijo pensativo.

Lys, erguida frente a él, mantenía la compostura con la frialdad aprendida de siglos de supervivencia.

Desde su asiento, Gunnar se ciñó a observar la sala.

Cruzó los brazos, mostrando con ese gesto la necesidad de mantener las distancias, y recorrió cada rostro con la mirada mientras trataba de asimilar lo sucedido.

A varios pasos, las dos parejas de generales aguardaban en silencio, esperando conocer las opiniones de sus líderes.

La tensión era visible en sus gestos. Qiloçker y Bêwestan se consolaban el uno al otro con la mirada.

Por el contrario, Xwînxwar y Wêranker parecían estar avivando en sus muertos corazones la sed de venganza al revivir el horror y todo cuanto les había sido arrebatado.

Dorek y Ønske asintieron ante aquellas palabras.

Él mostraba una expresión rígida, aunque no hostil.

A ella, sin embargo, le estaba costando aceptar que sus recuerdos, incluso los más insignificantes, hubieran regresado.

Lo cierto era que ver a sus padres, a toda su familia cuando aún era humana, la había destrozado.

El líder skyggene percibió con claridad la angustia de su pareja y acarició su brazo para tranquilizarla.

Luego, avanzó un paso hacia el grupo. Lo que había ocurrido esa noche era, con diferencia, lo más extraño y singular que había experimentado en toda su existencia. Y eso era decir mucho.

―Estoy de acuerdo contigo, Helmet ―dijo con sinceridad―.

Y no sé si ganaremos o si después tendremos la suerte de seguir respirando; al menos nosotros.

―El vampiro sonrió al oír aquello―. No os voy a mentir: hay algo que me inquieta.

Esta será la última batalla, la más grande y decisiva de todas.

Será una guerra colosal, pero Alana solo nos ha dado tres siglos para poder prepararnos ―agregó con voz grave, cruzando sus brazos azulados sobre el pecho―. Parece mucho tiempo, pero no lo es.

Gunnar lo observó en silencio, exponiendo en su mirada la sombra de la preocupación por lo que llegaría en un futuro cercano. Aunque aún no estaba dispuesto a admitirlo en voz alta, lo que había sentido a través de la Elegida le había removido cimientos que creía inquebrantables.

Torció el gesto y respondió al skyggene.

―No, Dorek. No lo es, para nada.

―Creo que hay algo que todos tenemos claro ―intervino Lys, que empleó un tono tan firme como sobrecogedora era su mirada― y es que no podemos permitirnos la complacencia a la que siempre nos hemos entregado sin mesura.

Helmet asintió, dándole la razón.

―Así es ―respondió él, tratando de contener su singular sonrisa.

El líder Drăgoi sabía que las duras palabras de Lys iban dirigidas a su padre y a la insufrible indolencia que había mostrado durante los últimos siglos.

Recorrió a los presentes con la mirada y añadió:

―Este pacto entre vampiros, skyggene y errantes no tiene precedentes.

Nos hemos unido, sí…, aunque eso no nos garantiza la victoria.

La alianza que hemos sellado hoy es apenas el primer paso.

Debemos estar dispuestos a morir por cualquiera, no importa a qué ejército pertenezca.

Alana nos ha obsequiado con algo que jamás pensé que volvería a sentir: esperanza.

La esperanza de poder existir en un mundo sin el yugo de «mi padre» ―agregó con desprecio― ni del de Abbadon. Ya no somos siervos de Ketî .

El líder skyggene elevó las cejas ante aquella declaración mientras ladeaba la cabeza.

―De acuerdo, Dorek ―añadió Helmet al ver su expresión―. Los tuyos hace mucho que dejaron de serlo, pero para el caso es lo mismo. Porque dime, ¿crees que eres libre? ¿Era vivir recluidos en un valle lo que soñaban ellos… o incluso tú?

―No, bien sabes que no ―respondió molesto.

―Ninguno de nosotros merecía lo que nos hizo y lo que nos ha obligado a hacer durante milenios ―prosiguió el Drăgoi―. Te aseguro que yo jamás le perdonaré a Mørket que nos arrastrara a vivir esta vil existencia a la que nos hemos aferrado con uñas y colmillos.

Gunnar bajó la mirada y sonrió por la ocurrencia. Sus cuatro generales asintieron para demostrarle que estaban con él.

―Yo tampoco ―añadió Dorek―. Yo voto por un mundo donde los míos no tengan que esconderse nunca más.

Pero déjame decirte que veo muy difícil ganarles a los tres.

Más aún si vuelven a contar con los tvillinger.

Ni siquiera sabemos cómo será esa guerra.

Todos conocemos de primera mano la maldad de El Caído y de sus secuaces.

―Miró a Helmet y volvió a ladear la cabeza a modo de disculpa.

Él negó con un gesto para que no se detuviera―.

También sabemos que no repetirá el error de confiar en vuestro hermano para derrotarnos.

La próxima vez que Abbadon se enfrente a nosotros, no lo hará solo. Llevará a su ejército y a… Xerab.

Xwîn, convencido de que podrían ganar, carraspeó. Aquella conversación era demasiado importante como para mantenerse en su bien asumido segundo plano, aunque nunca intervendría sin que su señor se lo permitiera.

Helmet captó al instante lo que aquel carraspeo escondía y se volvió hacia sus generales.

―Podéis hablar con libertad ―les ordenó.

―Señor ―comenzó su primero tras un saludo breve con la cabeza―, estoy de acuerdo con todo cuanto aquí se ha dicho, pero ahora empieza lo verdaderamente difícil. Aun así, eso no significa que no podamos vencerlos.

Gunnar dejó escapar una risa seca, sin humor.

―¿Por qué ríes, padre? ―soltó Lys, molesta.

―Porque él tiene razón.

―¿A qué te refieres? ―quiso saber ella.

―A que tendremos que enfrentarnos a muchas decisiones difíciles ―agregó el rey antes de encarar a Xwînxwar―. ¿Dices que podemos vencerlos, muchacho?

El general asintió. Gunnar subió una comisura del labio al ver su seguridad. Miró a su yerno y continuó:

―Sí, esa chica nos ha devuelto la esperanza.

El deseo de no tener que escondernos. ―Clavó sus ojos en Dorek―.

Sí, la tal Alana nos ha mostrado lo mejor de nuestra vida.

De lo que pudo ser y perdimos. Incluso habló de los míos como si los conociera, como si hubiera estado presente en el maldito día en que mi hermano murió bajo el hielo.

Ahora que se ha marchado y no estamos bajo su influjo, me pregunto si tal vez esa sea su habilidad.

Nublar la mente para hacernos ver lo que más añoramos.

No sabemos si es una hechicera. En realidad, no sabemos nada de ella.

Solo que se ha presentado como la Elegida y nos ha enseñado justo lo que queríamos ver.

―Aun así, lo has visto ―respondió Helmet―.

Igual que yo vi arder a los míos y he sentido la muerte recorriendo mis venas.

Lo he recordado todo, Gunnar. Ella no es una bruja, es algo tan puro que no somos capaces de comprenderlo.

Y, aunque no estés de acuerdo conmigo, sabes que Eirik jamás la hubiera respaldado ni estaría bajo sus órdenes si no fuese quien dice ser.

―En eso tienes razón. ―Frunció los labios, sopesando qué creer―. De acuerdo, supongamos durante un momento que todo lo que ha dicho es verdad y también lo que nos ha mostrado…

―Gunnar ―lo cortó Ønske, decidida a no seguir manteniéndose al margen de aquella conversación―, esa chica me ha hecho ver recuerdos que nunca he compartido con nadie.

Es imposible que ella supiera que mi hermana pequeña se llamaba Embla, porque murió de unas fiebres con apenas dos años.

Y de eso han pasado cerca de dos milenios.

―Puede que a alguien de tu aldea se le escapara esa información ―insistió el rey Mosul, visiblemente reacio a la idea de que aquella jovencita fuese la que iba a guiarlos.