2. ¿PUEDES HACERLO MEJOR? #3
El líder Ursu también sonrió. De momento, no cambiaría de parecer.
Complacido con la actitud de Erke al ver cómo lo vejaba, le llamó la atención su expresión.
Siguió su mirada y vio que los tenía fijos en el Elegido.
No podía consentir que acabara con su vida.
Es más, el joven ahora parecía un poco más pálido que antes.
Volvió a chasquear la lengua y cedió ante las necesidades ineludibles de los vivos. O alimentaban al maldito mitad humano mitad errante o podría fallecer. Y no estaba dispuesto a que eso ocurriera antes de que él mismo lo decidiera.
―Erke, libéralo ―le ordenó. Rău se puso en pie al momento―.
Ve a cazar una pieza pequeña para alimentar al prisionero ―agregó mirando a su nuevo capitán―.
Vosotros dos ―señaló a otros―, encended un fuego.
No puede comer carne cruda o enfermará. ―Caminó hacia Yngvar―.
Hoy es tu día de suerte, muchacho. No vas a morir.
―No temo a la muerte. Cuando ocurra, estaré con ÉL en el Reino de los Cielos. Ni Mørket ni tú podréis arrebatarme eso ―escupió a Abbadon.
―Reza entonces para que no sea demasiado pronto.
Se separó unos pasos y se sentó en el extremo opuesto. Erke se acercó a él y se arrodilló a su lado.
―Casi es medianoche… ―dijo el general sin quitarle ojo de encima a Yng.
―Esperaremos hasta que termine de comer el errante. Después marcharemos hacia Richborough. Por ahora, no lo torturaremos más. No pienso permitir que enferme o muera por el camino. Tengo muchas esperanzas puestas en él.
―¿No quiere que le sonsaque dónde se encuentra su campamento? No debe de andar lejos.
―Erke, te aseguro que me encantaría saber su localización; pero no tenemos suficientes tropas para atacarlos.
Acabar con ellos sería un punto a mi favor ante mi padre, y no es algo que me tome a la ligera.
La cuestión es que apenas cuento con medio centenar de guerreros.
Los que no han muerto, han huido al no sentir el vínculo con sus creadores.
Cobardes… ―masculló―. Tampoco sé nada de los gemelos Velkan y Traian.
Si han sido capturados, poco puedo hacer por ninguno en este momento.
El general asintió al entender que no se encontraban en situación de tomar un paso en falso.
―Siento mucho no haber podido luchar a vuestro lado.
―Y yo que no encontraras a Taiat. Supongo que tus capitanes cayeron en el intento, ¿verdad?
Erke bajó la mirada al suelo, mostrándose avergonzado. Sabía que, tarde o temprano, el líder Ursu acabaría preguntándole por los tres y no estaba dispuesto a revelarle la verdad.
Yngvar, que podía oírlos sin problemas desde donde estaba sentado, aceptó el trozo de carne asada de conejo que le estaban ofreciendo. Mientras masticaba aquel pedazo, que le supo a gloria después de casi tres días sin comer, apartó la vista del campamento improvisado de los «No Muertos».
Había asumido que ya no podía confiar en el vampiro, pero la respuesta que acababa de darle a Abbadon le hizo pensar que tal vez no todo estaba perdido.
―Así es, señor. Para desgracia de la casa Ursu y de la mía. Soren, Bahoz y Ejder eran los mejores amigos de mi hermano. Cuando él desapareció, ellos se convirtieron en mi mayor apoyo.
―No debes tenerle apego a nadie, hijo mío.
Nuestra existencia así nos lo exige. Somos vampiros.
¡Somos dioses! ―agregó apretando el puño―.
Yo más que ninguno de vosotros. El día en que mi padre ya no esté, recaerá sobre mí el peso de liderar a todas las razas.
Por supuesto, acepto el desafío. En cuanto a los humanos, dejarán de tener libre albedrío.
Los criaremos como animales de granja y me servirán hasta que mueran.
Nadie tendrá voluntad propia. Solo se reproducirán sin descanso para proveernos de sangre hasta saciarnos.
―Es un futuro idílico, señor ―sonrió Erke.
―Supongo que estoy cansado de que la situación no sea como debería ser.
Aún no puedo perdonarle a mi padre que huyera sin motivo para refugiarse en aquella montaña.
Menos aún que pueda vivir en paz, ajeno a lo que sucede aquí fuera.
Los humanos llaman a su morada infierno, y…
¿quién sabe? Puede que hasta tengan razón.
―Mi hogar está donde estéis vos, mi señor. Aquí o en la cueva más recóndita de la Tierra.
Aquella respuesta le gustó a Abbadon, que sonrió al darse cuenta de que su sangre había creado guerreros sin igual.
Al otro lado, lejos de ellos, Rău observaba a Erke mientras escribía mentalmente una lista con las torturas a las que iba a someterlo en cuanto tuviera la menor oportunidad.
No confiaba en que hubiera dicho la verdad sobre sus capitanes.
Le parecía muy extraño que los tres hubiesen caído en combate, pero no comentaría nada con nadie hasta poder averiguar algo más.
Así que se limitó a observar a su alrededor y a vigilar a la nueva mano derecha de su amado líder.
Pronto embarcarían, y el mar podía darle el «empujoncito» que necesitaba para volver al lugar donde le correspondía.
Justo al lado de Abbadon o a sus pies.
Lo que prefiriera.