2. ¿PUEDES HACERLO MEJOR? #2
―No ―repitió despacio, advirtiéndole con la mirada de que no se le ocurriera añadir nada más. Acto seguido, se dirigió a su otro general―. Dime, Erke, ¿puedes hacerlo mejor?
Abbadon ladeó la cabeza, esperando una respuesta.
Entrecerró los ojos mientras veía cómo Rău parecía estar a punto de explotar.
Aquello le produjo un placer inesperado.
Su situación actual no le permitía deshacerse de uno de sus mejores vampiros, pero sí podía humillarlo un poco más por su fastidiosa incompetencia.
―Por supuesto, señor.
―Demuéstralo. Rău, dale tu daga.
Aquello fue el colmo. A ningún guerrero se le pedía compartir su arma; pero su amo, una vez más, le exigía que cumpliera su voluntad.
Por supuesto, no iba a negarse. Siempre seguiría a su amado líder sin la menor duda, solo que eso no significaba que le gustara que, en cierto modo, el otro se saliera con la suya.
Con el fuego ardiéndole en las entrañas, se volvió hacia él y, mirándolo con odio visceral, le tendió el arma.
Erke no pudo contenerse y sonrió al contemplar su patética expresión de advertencia.
Aquella era la primera vez que veía al asesino de su hermano ceder su daga.
Una satisfacción feroz le recorrió el cuerpo al empuñarla.
La sopesó y la hizo girar para comprobar si estaba equilibrada.
Era magnífica: no le sobraba ni un solo gramo de acero.
La empuñadura resultaba muy cómoda y hacía que su manejo fuese sencillo e intuitivo, pero jamás lo reconocería en voz alta.
Así que, para fastidiarlo, guardó silencio.
Solo alzó una ceja, fingiendo sorpresa. Quería ridiculizarlo por luchar con semejante pieza inservible.
Se acercó a Yngvar y tiró de su cabello para obligarlo a echar la cabeza hacia atrás.
El errante optó por callar, aunque lo retó con la mirada.
Erke elevó una de las comisuras del labio antes de decir:
―Vaya, no esperaba divertirme contigo tan pronto. A ver si sangras como el cerdo que sé que eres.
Sin añadir nada más, le agarró el antebrazo y lo comprimió con fuerza antes de enterrar el filo en su carne.
Se recreó en el desplazamiento de la hoja, logrando que se hundiera bastante más que con Rău.
Cuando acabó, soltó la mano de golpe. La herida se abrió mucho más, sangrando profusamente.
Como si con aquello no hubiese tenido suficiente, volvió a pasar la hoja por encima de la línea abierta, consiguiendo que el dolor se multiplicara, volviéndose casi insoportable.
Yngvar no pudo resistirlo y dejó escapar un leve quejido.
Abbadon asintió satisfecho. Aquel gesto enervó al errante, que apretó los dientes con rabia.
Estaba empezando a dudar de que saliera con vida de aquella situación.
Si después de todo lo que había luchado en su larga existencia su final iba a ser a manos del que creía su amigo, no iba a darle la satisfacción de mostrar debilidad.
No obstante, esa autoimposición había dejado de tener valor.
Erke ya había conseguido su objetivo. Ese suspiro entre dientes que había logrado arrancarle era todo lo que necesitaba para hacerse con el beneplácito de Abbadon.
Observó al segundo al mando y un escalofrío le recorrió la espalda.
La expresión de satisfacción que vio en el vampiro en quien había creído poder confiar era tan similar a la del líder Ursu que comprendió que todos, incluso Alana y la pobre Nîga, se habían equivocado por completo con él.
―¿Lo has oído, Rău? ―dijo Erke con sorna, tirándole la daga sin cuidado.
El otro, aguantándose las ganas de lanzarse a su garganta, la cogió en el aire sin inmutarse―.
No importa que esté descompensada y que el filo sea romo ―agregó con una mueca de asco para despreciar el arma―, todo depende de la habilidad del torturador para sonsacar la música primitiva que todos llevamos dentro.
¿Me equivoco, señor? ―preguntó a Abbadon para obtener su aprobación.
―No, hijo. Es exactamente lo mismo que pienso yo. ―Chasqueó la lengua y después se la pasó por los dientes superiores, pensando―. Creo que cometí un error al no darte el puesto de tu hermano cuando dejó de existir. Te pareces tanto a Bălan…
―Es un honor oír de vuestros labios ese reconocimiento ―dijo Erke, arrodillándose y bajando la cabeza.
―Está claro que lo sucedido hace tres noches no puede repetirse.
¡Los Ursu no son derrotados ni huyen como comadrejas!
―gritó y comenzó a caminar de un lado a otro mientras los suyos vitoreaban―.
Soy el primogénito de Mørket y he de demostrarle a mi padre que no se equivocó creándome a su imagen y semejanza.
Volveremos a mi hogar. Crearemos un ejército a nuestro paso antes de regresar al Este, a sus dominios.
¡Vamos a enseñar a los Drăgoi, a los skyggene y a los Mosul quién ganará la guerra!
Erke se puso en pie. Con los puños en alto, vociferó:
―¡Somos Ursu, sembramos muerte para gloria de Mørket!
El resto, exacerbado por el ímpetu que el general imprimió a sus palabras y también por sus gestos incesantes, subiendo y bajando las manos para incitarlos a seguirle, repitió su lema mientras se golpeaban en los muslos y en el pecho, como si fuesen animales a punto de atacar.
Mientras sus vampiros parecían recuperar la determinación perdida tras la batalla, Abbadon se quedó un momento pensando.
Debía trazar un nuevo plan para no quedar en mal lugar ante Ketî .
Si su padre llegaba a enterarse de que había duplicado su sello y que había intentado que Helmet se rindiera sin luchar, eso le acarrearía muchos problemas. Demasiados.
Ser torturado no entraba en sus planes, ni ahora ni en el futuro; pero, para librarse de ese castigo, tendría que encontrar la forma de contentarlo.
Sabía cómo hacerlo. En sus manos estaba la vida del Elegido.
Y no era cualquier humano, sino el descendiente de un hombre y una errante.
Se giró hacia él y supo con certeza que el muchacho no había mentido.
Los cortes profundos en su brazo acababan de curarse.
Sin duda, tenía sangre errante en sus venas.
De ningún modo podía permitir que muriera, por lo que tendrían que alimentarlo.
Había perdido una considerable cantidad de sangre y su rostro estaba algo pálido.
Sonrió para sí al ver que su altanería aún permanecía intacta.
Se volvió hacia Erke y se tomó su tiempo para observarlo desde la escasa distancia que los separaba.
Una oleada de orgullo lo recorrió por completo.
Sí. Su segundo general era muy parecido a su hermano Bălan, a quien realmente había llegado a apreciar tanto por su valentía como por su crueldad incomparables.
Después, miró a Rău, quien le había servido bien.
Le era leal, de eso no tenía dudas, pero en los últimos tiempos se había convertido en una constante decepción.
Quizá degradarlo durante una década o dos le hiciera recapacitar.
Cayó en la cuenta de que era una idea magnífica. Nombraría a Erke su único general hasta que Rău volviera a ser quien había sido durante siglos. Un toque de atención no le vendría nada mal, y la rivalidad entre ellos sacaría lo mejor que llevaban dentro para satisfacerlo.
Alzó la mano para que sus vampiros dejaran de vociferar. Estaba a punto de crear un caos que le proporcionaría suficiente placer hasta que encontraran el primer poblado lleno de carne fresca.
―Hijos míos, he tomado una decisión. A partir de este momento, el general Erke será mi mano derecha.
Rău, incrédulo, lo miró con los ojos desorbitados.
―Señor, ¡no…! ―comenzó a decir.
―¡Silencio, Rău! ―rugió―. Mientras tú te dejabas atrapar por Xwînxwar y torturar por Helmet, ¡Erke se jugaba el pellejo para encontrar el campamento de los errantes!
¡Te ha vencido en combate, incluso ha logrado hacerlo sangrar más que tú!
―agregó, mirando a Yngvar―. Desde este momento, quedas degradado a capitán.
No recuperarás tu rango ni un solo privilegio mientras no me demuestres, con hechos y sangre, que eres digno de mi confianza.
No quiero promesas, solo resultados. Hasta entonces, para mí, no eres más que un soldado prescindible.
―Abbadon… ―se le escapó.
Erke no esperó la orden y se lanzó contra Rău con tal velocidad que el otro no tuvo tiempo de reaccionar. Lo sujetó del cogote y lo obligó a ponerse de rodillas.
―¡Muestra respeto a nuestro amo o te trataré peor que al errante! ―le gritó, poniéndose a su altura.
―¿Ves por qué mi decisión no es injusta, capitán… Rău? ―se mofó su dueño y señor.
El exgeneral apretó los dientes con tanta fuerza que la mandíbula le crujió.
Iba a vengarse de Erke. Eso lo tenía claro.
Pero no podría ser de inmediato. Tendría que esperar hasta recuperar su lugar junto a Abbadon.
Un lugar que le pertenecía por derecho, solo que no sabía cómo iba a restablecer la confianza de su amo en él tras sus últimos errores garrafales.
Bajó la cabeza y respondió:
―Sí, señor.
Erke ciñó más los dedos alrededor de su cuello.
Sabía que le estaba haciendo daño, y eso le proporcionó aún más satisfacción.
No era consciente de lo que estaba disfrutando de la humillación de su mayor enemigo hasta que vio cómo Yngvar le clavaba la mirada.
Frunció los labios, que revelaban claramente una sonrisa, y empujó al vampiro contra el suelo.
Rău apoyó las manos en la tierra y se encorvó todavía más, mostrando una sumisión mayor que la que Abbadon esperaba de él.