Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 2. ¿PUEDES HACERLO MEJOR?
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2. ¿PUEDES HACERLO MEJOR?

E l cielo cerca de Richborough era un velo de nubes espesas y sucias.

El hedor de la muerte seguía pegado al viento, y el bosque que los rodeaba parecía querer devorar la luz con cada paso.

El grupo Ursu avanzaba en silencio, oculto entre la espesura, lejos de caminos transitados y alerta por si se topaban con algún enemigo.

La guerra había arrasado su ejército, y los pocos que seguían en pie parecían no comprender del todo lo que aquello implicaba.

Una vez más, Abbadon encabezaba la marcha.

Su figura irradiaba tal maldad que los pequeños animales huían despavoridos al notar que se acercaba.

Era como si la misma oscuridad se doblegara ante su simple presencia.

El suelo se agrietaba bajo sus botas y la maleza se apartaba, temerosa de ser tocada.

Tras él, Rău, completamente recuperado, aunque con la mirada cargada de locura, rumiaba sus propios pensamientos.

Su mente se recreaba en el recuerdo de las heridas que Qiloçker le había infligido mientras imaginaba con deleite cómo iba a destrozarlo en cuanto volvieran a enfrentarse.

Llevaba gran parte de la noche sin pronunciar palabra, pero su expresión lo decía todo.

La sed de venganza lo sostendría hasta que viese cumplido el objetivo que se había propuesto: desangrar al maldito Drăgoi lentamente.

Yngvar, atado de manos con correas de cuero grabadas con extraños símbolos que no había visto nunca, aún estaba recuperándose del último puñetazo que había recibido del que tiraba de él por mofarse de la ineptitud de los vampiros a lo largo de los siglos.

Tenía el labio partido, y la sangre le manchaba el cuello de la camisa.

Miró a Erke, buscando en su rostro alguna señal de lealtad.

Nada. Ni siquiera el más leve atisbo de empatía, ni una sola mirada de ánimo.

Entre ambos se había levantado un muro. En ese momento, el errante bajó la cabeza y empezó a asumir la posibilidad de que volver con su amo lo había trastornado, puesto que parecía haber sucumbido por completo a su voluntad.

No entendía cómo había sucedido. Si de verdad Alana había destruido el vínculo entre él y Abbadon, aún existía una posibilidad de que lo ayudara; pero el vampiro no se había separado de Rău en todo el trayecto, ni se había dignado a mirarlo una sola vez.

Yngvar intentó convencerse de que aquella actitud era necesaria, que no podía comportarse de otra manera sin delatarse.

Sin embargo, la duda comenzó a corroerle las entrañas.

A cada paso sentía que el verdadero peso que arrastraba no era el del simple cansancio, sino el de una posible traición.

Y si esta se confirmaba una vez abandonaran Inglaterra, tendría que encontrar la fuerza para sobrellevarla.

El líder Ursu levantó una mano, señalándoles un nuevo rumbo.

Una vez más, marchaban en otra dirección.

Habían cambiado tantas veces de ruta que, de pronto, se toparon con unas ruinas que ninguno conocía.

En el cielo, una pequeña bandada de carroñeros volaba en círculo.

El errante sonrió al pensar que estaría bien que se dieran un festín con sus captores.

La muerte corría por sus venas, y estaba seguro de que su carne putrefacta les parecería un verdadero deleite.

Rău distinguió a lo lejos una manada de ciervos. Abbadon decidió que se alimentarían de ellos mientras llegaban a alguna zona habitada. Se separarían en varios grupos, dejando al prisionero siempre bajo vigilancia.

Ambos, junto con la mitad de las escasas tropas, fueron los primeros en salir de caza.

Erke se quedó al mando, momento que aprovechó Yngvar para pedirle al vampiro que lo retenía un poco de intimidad.

Ellos no tenían ningún tipo de necesidad terrenal más allá de alimentarse de la sangre de cualquier ser vivo.

Los errantes, en cambio, eran similares a los humanos en ese aspecto.

Algo que los «No Muertos» entendían como una debilidad más de su raza.

―Señor, el perro errante dice que tiene que aliviarse ―soltó con burla el guerrero.

Erke levantó el mentón y chasqueó la lengua con desprecio. Un gesto muy parecido al que siempre hacía Abbadon. Se acercó al errante y, sin el menor cuidado, lo sujetó del peto.

―¿Tienes que mear, perro? ―escupió con un tono de repulsa que hizo dudar a Yng de que pudiera contar con su ayuda.

―Los errantes estamos vivos. ¿Es que hace falta que te lo explique? ―respondió con altanería.

El general sonrió con una mueca que hizo comprender al joven Knutsen que aquel a quien creía de su lado tal vez había vuelto a sumirse en la más profunda oscuridad.

―Yo lo llevaré ―acabó diciendo Erke.

Lo empujó de malos modos y lo hizo a un lado. Le soltó las manos para que aprovechara esos instantes. Una vez acabó, volvió a atarle. Antes de regresar, el errante trató de hablarle, pero el vampiro le asestó tal puñetazo que el pobre acabó tirado en el suelo.

―No vuelvas a mirarme así o te rajaré desde las tripas hasta la garganta. ¿Queda claro? Soy un Ursu. Si te tragaste todo lo que dije, es que tú y los tuyos sois incluso más estúpidos de lo que pensaba.

Yng bajó la vista al suelo, aceptando que se había equivocado por completo con él.

No existía ni rastro de humanidad en su alma, y nunca había sido un verdadero aliado.

Ante lo que Erke interpretó como un gesto de derrota, su respuesta fue inmediata y cruel: le asestó una patada en los riñones que lo hizo doblarse sobre sí mismo, obligándolo a caer de rodillas.

Apenas tocó el suelo, le propinó otra patada en las costillas, quitándose por fin la máscara y revelando el desprecio que había ocultado tras su fingida lealtad.

―¡Levanta, escoria! ―gritó el general entre dientes―. ¡Ninguno de los míos va a cargar contigo! ―añadió, hundiendo la mano en su cabello. Lo asió con saña y tiró de él para que se pusiera en pie.

Yngvar trastabilló, pero logró mantenerse erguido.

―Disfruta de los últimos días de tu asquerosa vida ―agregó, pegado a su cara.

Lo empujó de malas maneras y después le dio un golpe en la nuca―.

Tú ―se dirigió al vampiro que lo había vigilado todo el tiempo―, no te separes de él.

Cuida de su vida con la tuya propia. No permitas que le ocurra nada o responderás ante mí.

―Se acercó al errante, le sujetó del rostro y lo obligó a mirarlo―.

¿Sabes lo que te espera, muchacho? No, no lo creo ―sonrió―.

Por si te queda alguna duda, te diré que voy a disfrutar tanto torturándote que dudo mucho que decida degollarte antes de los próximos trescientos años.

¡Llévatelo de mi vista! ―agregó, empujándolo hacia el que estaba esperando.

―Sí, mi general ―respondió su subordinado, tirando con fuerza de la cuerda con la que lo tenían atado.

Yngvar apretó los labios y bajó la cabeza.

Ya no estaba seguro de si Erke seguía estando de su parte o no.

Por un lado, lo había vejado delante del resto, tanto verbal como físicamente.

Por otro, y eso fue lo que le devolvió una pizca de esperanza, acababa de decir que lo mantendría con vida al menos trescientos años.

Esperaba que los suyos llegaran a tiempo, porque dudaba mucho que pudiera soportar la tortura más de seis lunas seguidas, quizá ocho.

Y, sobre todo, temía que Abbadon o Rău perdieran la paciencia y acabaran con él mucho antes.

El sicario no lo trató mucho mejor que Erke y terminó obligándolo a sentarse en el suelo, pegado a un árbol.

Él cerró los ojos, unió las manos y rezó para que los suyos hubieran llegado ya al campamento.

Sabía que Borg estaba gravemente herido y que requería con urgencia los cuidados de los Sjaman para poder recuperarse.

Rezó también por los demás. Gracias a su mentira, la reliquia no había sido descubierta.

Debía recordarse que eso era lo más importante. Eso… y Alana.

Se quedó paralizado al darse cuenta de que no había podido pensar en ella hasta ese momento.

Por desgracia, no tuvo tiempo. Abbadon regresó con los suyos y el resto se marchó a alimentarse.

Rău no dejaba de mirarlo. El odio que sentía hacia los errantes era tal que pensó que sería divertido comprobar cuánto tardaba uno de ellos en recuperarse de un corte profundo en comparación con un vampiro.

Se lo propuso a Abbadon, quien aceptó al parecerle una distracción oportuna.

Habían decidido descansar allí hasta el amanecer, y el dolor del prisionero les serviría de entretenimiento.

El primer general desenvainó su daga y le remangó la camisa, dejando al descubierto la piel del antebrazo.

Sin cambiar la expresión desquiciada, acercó su acero y lo deslizó despacio mientras lo miraba esperando arrancarle un lamento.

Yngvar no le dio la satisfacción, aunque por dentro sentía como si miles de agujas lo estuvieran atravesando.

Por suerte, la daga no era de acero dojehî ; se recuperaría pronto.

Un poco más tarde, Erke regresó con el resto. Cuando vio la tortura a la que Rău lo estaba sometiendo, se acercó.

―¿El perro no grita? ―preguntó a su amo mostrando una expresión que combinaba curiosidad y sorna.

―Pues no ―soltó Abbadon con algo parecido al reconocimiento.

―Señor, ¿eso es porque este inútil no se está empleando a fondo o porque es tan débil que no puede hacerle daño al pobre errante? ―se burló, con una mueca de desprecio.

Rău se volvió hacia él, dispuesto a hundirle el arma, pero Abbadon lo detuvo.

―¡No! ―ordenó sin dar lugar a réplica.

―Amo, ¡me ha insultado! ―se quejó el general, pidiéndole con los ojos una satisfacción.

Pero el líder Ursu no estaba de humor para apoyarlo. Había sido una enorme decepción en el campo de batalla. Ahora no le concedería el placer de obtener lo que más ansiaba.