Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 1. HAS CAMBIADO #2
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1. HAS CAMBIADO #2

―¡No! Mi padre me confinó en mi habitación con Youngblood. Cuando por fin encontré la forma de llegar hasta ti, caí por esas escaleras. ―Las señaló con rabia―. Me golpeé tan fuerte que casi muero. Por suerte, me recuperé a los pocos días, pero vosotras ya habíais escapado.

Alana sonrió al escuchar aquella respuesta infantil, hasta que sintió cómo el dolor de Alistair la golpeaba.

Cerró los ojos y le fue mostrado el desenlace de Athelstan en la batalla.

Se forzó a sentir algo de compasión, tanto por el rey como por él.

Dado quién era ella, la venganza, aunque solo fuese verbal, no le correspondía al llevar Su sangre en las venas.

Sabía lo que era correcto, pero la parte humana y la Drăgoi que aún habitaban en su interior tomaron el control.

―Un Ursu no debería renegar de su amo, y un hijo no debería haber asesinado a su propio padre.

Él la miró con una mezcla de temor y rabia.

―¿Quién ha osado contarte…? ―musitó entre dientes, acercándose un par de pasos más.

―Tú lo has dicho, «príncipe» ―recalcó, como si supiera que nunca llegaría a ser rey―, he cambiado. Aunque tú también, ¿no es cierto?

―¿Es que sabes…?

―¿En lo que te has convertido? ―Entornó los ojos―. Eres un «No Muerto», aunque no veo gran diferencia con el crío que salvé y que decidió colmarme de falsas promesas y palabras vacías.

Alistair, molesto por oír de sus labios la verdad, enderezó la espalda.

―Entonces también sabrás que no tuve elección. Mi padre solo trató de salvarme. Hizo un pacto con Abbadon. Era la única forma…

Alana apretó los labios, conteniendo a duras penas la ira que le bullía por dentro.

―Y cuando te recuperaste, ¿qué sucedió? ¿Acaso preguntaste por mí o saliste a buscarme?

―le reclamó, furiosa. Él se mantuvo callado―.

No, Helmet envió a Bêwestan tras nosotras.

Después de todo lo que me prometiste, no moviste cielo y tierra para encontrarme porque debías cumplir con tu deber, ¿verdad?

―Alana, yo…

―No, Alistair. Ya no necesito tus excusas; ahora no me importan ni me interesan. Pero sí tengo curiosidad por saber si has tenido el valor de contarle a ella qué eres o si también la has engañado como a mí.

La tensión en el aire era insoportable, como si la furia de ambos amenazara con arrasarlo todo.

―Sí, lo sabe.

Aquella no era la respuesta que la joven esperaba; aunque, a esas alturas, no le sorprendía nada de él.

―Ya veo. Así que no tuviste tiempo para buscarme ―continuó muy enojada―, pero sí para enamorarte de otra.

La acusación cayó como un jarro de agua fría entre los dos. Alistair no respondió de inmediato.

―Ahora es mi esposa.

―Lo sé, y eso solo empeora la opinión que tengo de ti.

―Creía que habías muerto. Todos lo pensamos, dado lo ocurrido.

―Lógico ―lo cortó―, dado que se suponía que me había raptado una vampira. No luchaste por mí porque esa alianza era más importante que yo. Tu padre te obligó a casarte con ella, y no te opusiste.

―Era mi deber. Lo hice por el reino ―se justificó con arrogancia, pero su voz ya no tenía la fuerza de antes.

Alana respiró hondo. Lo miró con una mezcla de dolor, ironía y claridad absoluta.

―¿Y tu deber para conmigo? Reconócelo, Alistair, yo solo fui un simple deseo al que cegaste con mentiras.

Él quiso negarlo. No pudo.

―No me amabas ―continuó, dejando salir al fin lo que llevaba tanto tiempo guardando―.

Solo querías meterme en tu lecho, y lo lograste.

No te detuviste ni un solo instante a pensar que eso me destruiría tarde o temprano, puesto que sabías que tu padre jamás aceptaría nuestra unión.

Pero yo era demasiado inocente como para verlo, y tú le ordenaste a Youngblood que nos uniera en matrimonio.

―Alana…

―No lo niegues.

Hubo un silencio incómodo.

Ella se giró para marcharse. Aunque aún le dolía el corazón por la traición, ya no tenía más que decir. Había dejado de ser la joven ingenua que lo amó sin restricciones. Ahora era la Elegida y por fin podía olvidar lo que pudo haber sido.

Al ver que se iba, Alistair actuó por instinto. La tomó del brazo con una brusquedad que no pretendía ser agresiva; pero, con la fuerza que habitaba en él, ella lo sintió como un zarpazo. No le dolió, por supuesto, aunque le sorprendió aquel arranque sin razón.

―No te vayas, Alana ―le pidió con la voz rota―. No así.

Ella lo miró con una frialdad tan intensa que pareció atravesarlo.

―¿Así… cómo? ¿Diciéndote la verdad?

―¡Está claro que no quieres verlo! ¡Yo también he sufrido, y mucho! ¡Puede que incluso más que tú!

―¿¡Que yo…!? ―Ella se soltó de un tirón, pero él volvió a sujetarla―. Suéltame ahora mismo, Alistair ―ordenó con voz grave.

―No pienso dejarte marchar ―dijo entre dientes―. Quiero ser humano otra vez… ¡y tú vas a ayudarme!

―¿Ayudarte?

―Necesito romper el vínculo que me ata a Abbadon ―agregó con rabia, clavándole sin miramientos los dedos en los hombros―. Él… él me reclamó durante la batalla. Utilizando solo su mente, me obligó a matar a los míos, y no pude resistirme. ¿Entiendes? ¡Lo intenté, pero no pude! ―gritó fuera de sí.

El silencio se tensó entre ellos durante un instante, como una cuerda al borde de romperse.

―Lamento que te vieras obligado a matar a tu propio padre…

―Ya no importa ―la cortó, tratando de olvidar la vergüenza que sentía por sus actos―. Ahora te toca compensarme por haberme salvado aquel día. Me embrujaste de alguna manera, ¡lo sé! Tienes un poder que no entiendo, y estoy seguro de que solo tú puedes romper el vínculo.

―Yo no poseo el poder del que hablas, Alistair ―mintió sin apartar la mirada, aunque intentó retroceder.

―¿¡No puedes o no quieres!? ―Colérico, ciñó aún más los dedos.

―¡Suéltame! ―repitió más enfadada.

―He matado a mi padre, ¿acaso crees que no voy a hacer lo mismo contigo si no me obedeces? ¡Haz lo que te pido o…!

Pero Alana no lo dejó terminar. Lo empujó con tal rapidez para que dejara de tocarla que a él le fue imposible ver el movimiento.

El príncipe voló hacia atrás, como si una ráfaga de viento le hubiera golpeado el pecho, y chocó con las escaleras que subían al piso superior. Aturdido por el impacto, trató de ponerse en pie.

Un nuevo silencio envolvió la escena con un peso lúgubre. Alana abrió los ojos de golpe, helada por lo que acababa de hacer. Sin pararse a pensarlo, corrió hacia él.

―¡Alistair! ¿Estás bien? ―Trató de ayudarle a incorporarse―. No era mi intención…

Él le apartó la mano con brusquedad y la miró con ira y desprecio.

―¡Bruja! ―escupió, asqueado―. Eso es lo que eres, ¿verdad, Alana? Si no, ¿qué? ¡Dímelo ahora mismo! Por el amor del Creador, ¡me embrujaste para yacer conmigo y llegar a ser reina!

Ella retrocedió, no por miedo, sino porque la ira que le bullía en las entrañas podía empujarla a cometer un error. Si los soldados llegaban a oír a Alistair, le sería casi imposible marcharse de allí sin provocar un derramamiento de sangre.

Ver aquella expresión de arrogancia en su rostro solo reforzó su convicción: su secreto no podía salir de allí. Él no debía saber lo que era. Nunca.

―Alistair, no ―dijo, levantando una mano.

Él se detuvo al momento, sin voluntad. Decidida a borrar el tiempo que habían pasado juntos y todo lo sucedido entre ellos, susurró―: No recordarás nada de esto.

De hecho, olvida mi existencia, que alguna vez me conociste.

No volverás a pensar en mí… jamás. Ahora regresa a tu alcoba con tu esposa.

Ámala para siempre como sin duda se merece.

Él asintió y se puso en pie. Sin mirar atrás, subió las escaleras.

―Adiós, Alistair ―musitó, sintiéndose liberada al instante.

Se dio la vuelta y caminó hacia el patio de armas. Eirik, Thyra, Nîga y las patrullas de errantes la aguardaban en silencio.

―¿Qué ha pasado? ―preguntó la princesa, apretando los dedos contra la tela de su capa.

―¿Estás bien? ―añadió Nîga.

Alana asintió, evitando mirarlas.

―Hablaremos cuando lleguemos al campamento. No tenemos tiempo que perder. Debemos regresar lo antes posible.

Los ojos de Nîga y Thyra se encontraron, pero, cuando iban a pedirle que se explicara, Alana ya cruzaba el patio como un cometa, que deja en su estela una parte de lo que fue y que jamás volverá a ser. Mientras salía al exterior, se repitió de nuevo que su historia solo había sido una mentira.

Aunque las circunstancias habían endurecido su corazón, la ínfima parte de humanidad que aún latía en su interior le dolía… demasiado.

En cuanto dejaron atrás el castillo, se dio cuenta de que su verdadero vía crucis acababa de empezar. Solo esperaba que ÉL tomara su mano durante todo el camino para poder soportarlo.