Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) 1. HAS CAMBIADO
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1. HAS CAMBIADO

S in ser consciente, Nîga tensó el cuerpo y cerró los puños al escuchar de labios de Alana aquellas tres simples palabras que, para su propio asombro, significaron un verdadero todo en su muerto corazón: «Regresemos a casa».

¿Acaso ya consideraba el campamento de los errantes como tal?

¿Podía, de verdad, decir que entre aquellas tiendas de lona y toscas hogueras tenía algo parecido a un hogar al que volver?

La sola idea la desconcertó. No porque le resultara imposible, sino porque se dio cuenta de que, en el fondo, ella también empezaba a sentirlo de esa manera.

Era incluso más: aquellos a los que siempre había considerado unos salvajes, dispuestos a acabar con su existencia sin pensarlo, eran muy distintos una vez se dejaban conocer.

De hecho, debía admitir que, entre ellos, había encontrado algo que hacía mucho que había olvidado: la sensación de pertenencia.

Un lugar donde las miradas no siempre eran amables, pero sí sinceras.

Donde su alma no era juzgada por la sangre que corría por sus venas, sino por lo que estaba dispuesta a dar.

Sobre todo, después de lo que había hecho: ofrecerse a soportar una brutal paliza solo para interrogar a Taiat.

Una vez más repitió con otro ánimo ese espontáneo mantra en su cabeza.

Inevitablemente, el recuerdo de la última conversación entre Alana e Yngvar, que también había terminado con esas mismas palabras, le dio la clave de por qué la joven inglesa las había pronunciado ahora.

Echaba de menos a Yngvar, tanto como ella misma extrañaba a Erke.

Su compañero. Su amor. El vampiro que, contra todo pronóstico, había encendido una esperanza distinta en su interior.

Algo inesperado. Algo real. Él formaba parte de su pasado, pero ahora se había convertido en su presente, y solo el Destino podía saber si también estaría a su lado en el futuro.

Futuro . Algo a lo que siempre había temido y que, de pronto, le pareció más incierto que nunca.

En realidad, desolador, en el caso de que se vieran obligados a separarse.

Todo en ella se estremeció al pensarlo. Incluso el suelo del castillo, que antes había sentido como un lugar cálido tras oír que habría pacto, se volvió frío e inseguro.

Parpadeó, confusa. Sin duda, aquella idea de «regresar a casa» la había golpeado con una fuerza inesperada y ahora divagaba sin rumbo. No, aquel no era ni nunca sería su hogar. Sentimientos encontrados la atravesaron, empujándola a decir algo que, en realidad, no sentía del todo.

―Alana, los errantes nos odian, y con razón. Sabes que ese no es ni nunca será mi hogar ―susurró con un pellizco en el alma―, ni el de ninguno de los de mi raza.

La Elegida la miró como si pudiera leerle la mente, y así era. Se acercó y posó la mano en su antebrazo.

―El hogar es aquel donde están las personas que más amamos, ya sea aquí o en tierras lejanas. Amo a mis padres, a Wade, a vosotras y a… Yngvar. Amo a los errantes y también a quienes han sellado el pacto. Pese a sus reticencias, ninguno nos traicionará. Eso puedo sentirlo.

La vampira sonrió con tristeza e inspiró con fuerza, deseando creerla. Bajó la cabeza; el olor a humo, sangre seca y piedra mohosa llenó sus pulmones. Luego alzó el rostro hacia Alana y asintió.

―Mi hogar ya siempre estará donde os encontréis las dos y Erke ―admitió con convicción.

―Somos tres hermanas de corazón ―añadió Thyra―. ÉL nos ha unido por un buen motivo, y estoy muy agradecida por ello. Volvamos a casa. El campamento también es tu hogar, y si alguno de los míos se atreve a decir lo contrario, se las verá conmigo.

Las tres sonrieron.

Tras ver cómo Eirik y Helmet cruzaban unas últimas palabras y se despedían con cierta cordialidad, se dieron cuenta de que lo único que importaba en ese momento era que el pacto había sido sellado.

La guerra estaba más cerca. Y, en medio de aquello, algo persistía en los corazones de todos: aún había esperanza.

Al abandonar el salón del trono, el aire en el recibidor del castillo les pareció un poco más liviano que cuando habían llegado. Nîga se fijó en la expresión de Alana. Le resultó curioso que, incluso con lo que había logrado allí dentro, ahora estuviera muy seria.

Eirik iba a comentarle algo sobre el camino de vuelta cuando una voz la detuvo.

―¡Alana!

Se volvió y lo vio bajar a toda prisa por las escaleras. De pronto, sintió el corazón repiqueteando con fuerza en el pecho. Aquella voz parecía haber retrotraído su nombre desde otro tiempo, incluso desde otra vida. Una que ya no deseaba y a la que había renunciado por un bien mayor.

Era él. Alistair.

Ella no se movió. Sin poder controlar sus propios pensamientos, regresó a aquella posada donde había comenzado la historia de ambos. Solo un instante, pero tiempo más que suficiente para darse cuenta de que lo suyo había sido un enorme error.

Ahora poco importaba. La muerte los había separado para siempre. Y aunque no hubiese sido así, jamás podría perdonar el engaño con el que logró lo que más ansiaba: su cuerpo, aunque no su corazón.

Con el ceño fruncido, Eirik observó cómo se les acercaba. Fue prudente y no dijo nada; sin embargo, se giró hacia la Elegida. Esperó en silencio una respuesta mientras Nîga y Thyra, atentas a lo que pudiera ocurrir, daban un paso hacia ella.

―¡Alana, espera! ―insistió Alistair, corriendo para llegar a su lado―. ¡Estás viva!

Aquel tono no les gustó a los errantes, quienes instintivamente se llevaron la mano al cinto al oír sus palabras. El rey alzó el mentón y las dos la flanquearon, daga en mano.

―No gracias a ti.

―No digas eso. Créeme, yo… no pude… ―se excusó con el rostro apesadumbrado, mirando con recelo a las dos mujeres que lo observaban con ganas de degollarlo―. Necesito… ¿Me concederías un momento a solas?

Ella inspiró con todo el cuerpo en tensión.

No se veía con ánimo de hablar con él, pero aquella era la conversación que deberían haber tenido cuando lo sorprendió con la normanda.

Algo en ella la impulsó a no echarse atrás.

Entonces, había huido, incapaz de enfrentarse en ese momento a su traición.

Ahora, en cambio, después de lo ocurrido, sentía que no tenía motivos para callar lo que pensaba de su forma de proceder ni para dejar de reprocharle cuántas mentiras habían brotado de sus labios.

De pronto, las puertas se abrieron y vieron cómo los consejeros y los soldados salían del salón del trono. Tras responder el príncipe a su saludo con un gesto de cabeza, estos desaparecieron. Callen y Atwater, escaleras arriba; la guardia se dirigió al exterior.

Alistair dio un par de pasos hacia ella.

―Alana… ―insistió una vez más.

La Elegida miró a Eirik, después a Thyra y a Nîga. Bajó la vista y asintió para que les concedieran unos momentos.

―Está bien, Alistair. Por favor ―se dirigió al rey―, esperadme en el patio de armas.

―¿Estás segura? ―preguntó Nîga en voz baja.

Ella volvió a asentir sin apartar la vista de él. Para bien o para mal, su infancia había quedado atrás. Ahora no solo era la Portadora de Su sangre, sino también la Elegida, y no iba a dejarse amedrentar por las malas decisiones pasadas.

―Sí, solo será un momento.

―¿No prefieres que nos quedemos contigo? ―preguntó Thyra mientras lo recorría con la mirada de arriba abajo, tratando de expresar con aquel gesto cuánto lo detestaba.

―Estaré bien ―confirmó.

Eirik vaciló un instante, aunque acabó respetando su decisión. El grupo cruzó las puertas y, poco a poco, el eco de sus pasos desapareció.

Alistair se detuvo a una distancia prudencial, como si el tiempo hubiera borrado su recuerdo y estuviera viéndola por primera vez.

La notaba distinta. Había algo en su porte, en la manera en que su cuerpo se mantenía erguido, que lo sobrecogió.

Si aquello no fuese imposible, habría jurado que una luz inquebrantable emanaba de su interior.

Volvió al día en que ella entró en su habitación, con una serenidad que se reflejaba en sus preciosos ojos, marcados por la inocencia.

El recuerdo de sus cálidas manos rozando su piel tras curarlo lo transportó directamente a la gruta y a la posada donde se convirtieron en esposos.

La muchacha que lo había salvado no era la que ahora tenía el mentón alzado y lo miraba como a un igual.

No. Estaba claro que esta Alana había dejado de ser la dulce doncella que había conocido, y tal vez fuese culpa suya; pero ¿a quién demonios le importaba eso ya?

―Has cambiado ―dijo convencido.

―Y tú. Aunque no sé si para bien.

―¿A qué te refieres? ―Se pasó la lengua por los labios―. Sigo siendo el hombre que se desposó contigo en aquella cueva.

Bajó la mirada un instante. Cuando de nuevo la clavó en ella, mostraba una extraña mezcla de pesar y orgullo. Alana no tuvo tiempo de responder a esa mentira porque él se adelantó.

―Bueno ―carraspeó―, ¿y dónde has estado todo este tiempo?

―¿Ahora te importa? ―replicó ella con aspereza.

―Claro que me importa ―respondió indignado, acercándose un poco más―. Desapareciste sin dejar rastro. ¡Casi me vuelvo loco! Te buscaron por todas partes. A ti y a la otra chica, pero no dieron con vosotras. Llegué a pensar que…

―¿Pensar… qué? ¿Que estaba bien? ¿Que tu padre simplemente me había permitido regresar a mi hogar?

―alzó la voz, aunque no gritó―. ¡Me encerró en las mazmorras y tú, como un sucio y rastrero cobarde, me abandonaste!

¡Compartí celda con una Drăgoi! ¿Acaso pretendes que crea que ignorabas lo que eso implicaba?

¡Tu padre me condenó a morir allí, Alistair!

Y a ti no te importó nada porque tú ibas a continuar con tu vida. Pero eso ya lo sabías…

―¡Eso no es cierto!

―¿Ah, no? ―Su risa amarga resonó por cada rincón―. Si no hubiera escapado por mis propios medios, no estaríamos teniendo esta conversación. Tú… tú ni siquiera apareciste.

Él dio un paso más al frente.