Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) Roma, Domus Draconis #4
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Roma, Domus Draconis #4

Tiberius estaba a punto de perder las buenas formas. Había logrado reprimir el impulso de devolverle ese golpe para no empeorar la situación más veces de lo que el otro senador imaginaba, pero no iba a permitir que le faltara al respeto en su propia casa.

―Te arrepentirás de no haber atado corto a la zorra de tu maldita hija ―escupió con verdadero odio.

Draco no pudo contenerse y acabó respondiendo con ese puñetazo que se había estado aguantando durante toda la conversación.

No fue un toque de advertencia, sino una declaración de guerra.

Su puño impactó contra el pómulo de Cayo Valerio con la fuerza de un martillo, haciendo que el otro perdiera el equilibrio.

No terminó en el suelo, aunque se vio desplazado fuera del tablinum varios pasos.

Tambaleante, trató de recomponerse, sorprendido de que se hubiera atrevido a golpearle, y también por la fiereza del ataque.

El segundo golpe de Draco no fue tan limpio, pero igualmente efectivo. Lo alcanzó en el costado, justo bajo las costillas, obligándolo a encorvarse.

Cayo reaccionó al momento. No era un hombre habituado a la batalla, como Tiberius lo había sido en su juventud, pero había vivido lo suficiente como para saber defenderse.

Con un gruñido sordo, cargó contra su torso.

Sujetándole por la cintura, lo empujó hacia la pared de mármol del atrio.

Ambos cuerpos chocaron con estrépito y, al girarse, tropezaron con un pequeño aparador.

El precioso jarrón que lo adornaba se precipitó al vacío, haciéndose añicos al caer.

Aquel estruendo alertó a varios esclavos, que acudieron al atrio. Al ver a su señor forcejeando con su mejor amigo, quedaron paralizados, sin saber cómo actuar.

―¡Amo Draco! ―gritó el más anciano.

―¡Marchaos! ―vociferó enardecido mientras trataba de golpear al otro, alzando de nuevo el puño.

Los esclavos obedecieron. Sileno aprovechó la confusión para volver al ataque contra las costillas de Tiberius.

Este perdió el aliento un instante, pero se recompuso con rapidez.

Golpeó con el codo la espalda de su adversario una y otra vez hasta que logró soltarse.

Entonces, como un gladiador que ve abierta la guardia de su rival, arremetió.

Lo sujetó por los pliegues de la túnica y lo lanzó al suelo con un brutal giro de caderas.

Sileno rodó; algunos fragmentos del jarrón se le clavaron en los riñones, pero no se detuvo.

Con las rodillas arañadas sobre el mosaico, se impulsó hacia adelante, sujetó el tobillo de Tiberius y tiró con fuerza.

El impacto al caer emitió un crujido de huesos.

El senador quedó aturdido apenas un momento, lo justo para que Cayo, jadeante, se le echara encima y le asestara un puñetazo directo a la mandíbula.

La sangre brotó de sus labios de inmediato.

El sabor metálico lo incendió, pero no nubló su mente.

Tiberius giró con una sacudida y consiguió que su peso les diera la vuelta.

Ahora era él quien tenía la ventaja. Sujetó las muñecas de Cayo contra el suelo, clavándole las rodillas en los antebrazos.

Desde esa posición, descargó su ira a puñetazos: uno en el pómulo, otro en la sien, uno más en la boca, hasta que los nudillos le ardieron y los gemidos apagados de su contrincante se mezclaron con los borbotones de sangre.

El cuerpo de Cayo comenzó a ceder. Cada respiración le costaba más que la anterior.

El senador Draco se incorporó de un salto, se limpió el sudor que le empapaba la frente y esperó.

Pero Cayo Valerio, movido por el orgullo más que por la fuerza, se puso en pie, tambaleante. Volvió a cargar con un rugido ahogado.

El impacto de ambos cuerpos, ya exhaustos, fue mucho más torpe, pero igualmente brutal.

Se enredaron como animales defendiendo su territorio mientras lanzaban golpes imprecisos.

Sileno se aferró al cuerpo de Draco y acabaron rodando por el suelo del atrio entre restos de cerámica y manchas de su propia sangre.

Una sarta de insultos salió de la boca de Cayo; Tiberius no se quedó atrás.

La pelea entre ambos no tenía ninguna elegancia.

Era cruda, instintiva, alimentada por años de respeto traicionado y un agravio imposible de perdonar.

Ambos sangraban por el rostro, tenían el pecho marcado por feos hematomas y las túnicas desgarradas.

Finalmente, Tiberius dio la pelea por terminada.

―Si vuelves a poner un pie en mi casa, te mataré ―amenazó a Cayo sin importarle las implicaciones de aquellas palabras.

―Eres un iluso ―soltó un escupitajo de sangre en el suelo―. Nerón será mío, y tú desearás estar muerto para no ser testigo de lo que pienso hacerle a tu familia.

―¡Fuera! ―gritó, señalando la puerta.

Cayo Valerio pasó por su lado sin mirar atrás.

El fuego de la enemistad entre ambos acababa de encenderse.

Tiberius no sabía cómo iba a poder cumplir esa amenaza, pero estaba seguro de que ahora, más que nunca, la nueva alianza con Quinto Osorio sería la clave para arrancar al emperador de las fauces de Cayo.

Y esperaba que, entre ambos, fuesen capaces de mantener el favor de Nerón, aunque para lograrlo tuvieran que destruir a todos los Sileno.