Roma, Domus Draconis #3
―Aulo, furioso, me defendió: «A nuestras mujeres se las trata con respeto y dignidad. ¡Son las madres de Roma!».
―¿Eso dijo? ―preguntó él, que no esperaba esa reacción de labios del hijo de su enemigo.
―Sí, padre. Publio replicó que no le importaba su fingido sentido del honor y añadió que solo buscaba el poder y la gloria.
Solo con oír esas palabras hubiera tomado la misma decisión…
―se detuvo un momento―, pero Aulo, antes de dejar esta estancia, se arrodilló y rezó una plegaria.
A Marte le pidió valor y fuerza para salvarme de tener que ser la esposa de Publio, y a Venus que cuidara de mí y que le impidiera a su enemigo obtener lo que él deseaba por amor.
Raisa se cubrió la boca con las manos y Tiberius se echó hacia atrás en la silla, incrédulo.
―Hija, ¿estás segura de que entendiste bien…? ―El senador no fue capaz ni de acabar la frase.
―Padre, sabéis que es imposible el error. Los vi y oí igual que os estoy viendo y oyendo ahora mismo.
Él cerró los ojos y asintió. La mirada clara de su hija no dejaba duda de que le había contado toda la verdad.
No podía enfadarse con ella por haber tomado la decisión de elegir al joven Aulo después de haber escuchado las barbaridades que seguro había dicho Publio y que su hija les había ahorrado por pudor.
―No tuve tiempo de hablar con ninguno de los dos ―prosiguió un poco más tranquila―. Después, Nerón me obligó a sentarme a su lado. Debía escoger entre la vida de humillación que me aguardaba con Publio o la posibilidad de ser feliz junto a Aulo, pese a ser un Escápula.
―Loados sean los dioses por haberte mostrado la verdadera faz de Publio ―reconoció él.
―Fue algo más, Tiberius ―dijo Raisa―. ¿Verdad, Annia?
―Sí, madre. Lo siento aquí. ―Se llevó la mano al corazón―. ÉL está conmigo, y sé con certeza que no he errado en mi elección.
―¿Ella también…? ―le preguntó el senador en un susurro a su esposa.
Ambas asintieron al mismo tiempo.
―Entonces, ¿hice bien eligiendo a Aulo? ―acabó preguntando Annia, sintiendo la necesidad de que sus padres la apoyaran, pese a haber ido en contra de su voluntad.
―Sí, hija mía ―le confirmó él.
Raisa sonrió amargamente. Su rostro era el reflejo de la angustia que la estaba dominando tras pensar que su pequeña podía haber terminado siendo la esposa de un sádico.
―Has sido muy valiente, cariño ―agregó su madre―. Sabías que estaríamos muy disgustados por haber tomado esa decisión, pero te mantuviste firme. Eso dice mucho de tu temperamento, y doy gracias porque siguieras tu instinto.
―Gracias, madre. A los dos.
Ambos sonrieron, aliviados.
―Bueno, tal vez la unión con los Escápula no sea tan mala como había pensado en un principio.
Durante el tiempo que habéis pasado en el jardín, hemos estado hablando sobre vuestras nupcias e intentando limar asperezas entre nosotros.
He de admitir que lo he notado dispuesto a mirar hacia el futuro.
Él es muy poderoso, y si de verdad sigue adelante con sus planes, no tendremos que preocuparnos por si Cayo Valerio trata de urdir una venganza contra nosotros.
―Lo que decís me hace muy feliz, padre… ―Parpadeó con dificultad y no pudo evitar que se le escapara un bostezo.
―Venga, vayámonos a la cama. Ya casi está amaneciendo ―dijo el senador, que se puso en pie con una expresión de gratitud hacia su hija.
Antes de dejar el tablinum, Raisa se acercó a Annia y la abrazó. Tiberius la besó en la frente. Mientras las dos, aún abrazadas, enfilaban el pasillo para dirigirse a sus habitaciones, oyeron cómo uno de los esclavos corría a abrir la puerta principal, que alguien golpeaba sin cesar.
―¿Quién puede ser si aún es el alba? ―preguntó Raisa.
―No lo sé ―respondió su esposo―. Id a descansar, quizá me requiera Nerón para otro de sus delirios.
―Esperemos que no.
Agotadas, ambas asintieron. Desaparecieron por el pasillo al tiempo que él se dirigía al atrio. Inspiró profundamente al ver al que, hasta esa misma noche, había sido su aliado. Cayo Valerio caminó hacia él con una expresión que no dejaba dudas de lo enfadado que estaba.
―Cayo… ―lo saludó el senador Draco.
―He venido a hablar contigo ―soltó casi como un insulto.
Tiberius unió los labios, aceptando que aquella conversación iba a empeorar aún más su amistad, ahora deteriorada.
―Vayamos a mi tablinum.
Ambos hombres se encaminaron hacia allí sin pronunciar palabra alguna y sin mirarse.
Ninguno de los dos tenía la intención de ceder, pero uno de ellos sí que iba más que dispuesto a exigir una satisfacción.
Sileno creía merecer una compensación después del bochornoso espectáculo al que habían sometido a Publio y por el desprecio que descaradamente se había atrevido Annia a hacerle a su hijo.
Aquello no tenía ni pies ni cabeza, menos aún después del odio que habían compartido las dos familias contra el Escápula durante años.
Sí. El senador, que tenía la mirada ida por la rabia, necesitaba saber por qué el que se suponía que era uno de sus mejores amigos le había ordenado a su hija elegir al otro contrincante.
En cuanto Tiberius cerró la puerta, se desató el infierno que ardía en el interior de Cayo Valerio. Apenas esperó a que su anfitrión se diera la vuelta para gritar:
―¡Eres un traidor!
Sin guardarse nada dentro, estrelló el puño contra la mandíbula de Draco. El golpe lo cogió por sorpresa y trastabilló varios pasos hacia atrás. Se limpió la sangre de los labios con el dorso de la mano, pero no respondió a aquella agresión.
―No lo soy, aunque tú sí que eres un necio.
Sus imponentes figuras, a punto de colapsar por la ira, rígidas como auténticas estatuas, se retaron en el centro de la sala.
Tiberius, con el rostro encendido y la túnica desplazada tras el inesperado golpe, mantuvo el mentón alzado mientras retaba en silencio a Cayo, cuyos ojos chispeaban de furia.
―¿Pretendes que crea que tu hija ha tomado la decisión por iniciativa propia?
―vociferó con la cara enrojecida por la indignación―.
¿¡Que ha rechazado a mi hijo sin que tú se lo hayas impuesto!
? Si piensas que voy a confiar en que así ha sido, entonces es que en efecto me tomas por un necio.
¡Ambos os habéis burlado de mí y de mi hijo! Y eso no te lo voy a perdonar.
Pero Tiberius no se inmutó. Clavó los ojos en aquel que lo estaba acusando injustamente y se quedó un instante en silencio, con el dolor de la traición dibujado en las arrugas de la frente.
―Te equivocarías menos si dejaras de escucharte a ti mismo y le prestaras un poco más de atención a tu propio hijo, Cayo.
Si Publio fuese un joven prudente, la castigaría ahora mismo por haberme desobedecido; pero un hombre que es verdaderamente un hombre jamás habla de las mujeres con desprecio ni presume de las rameras que se ha follado.
―¿Qué estás diciendo?
―¡Que uno de mis criados oyó cómo Publio se jactaba ante Aulo de las brutalidades que pensaba hacerle a mi hija si ganaba!
―¡Eso es mentira!
―¿También lo es que ha estado en Pompeya?
El golpe fue certero. Cayo Valerio se irguió aún más, como un lobo herido dispuesto a morder.
―No tienes ningún derecho a juzgar a mi hijo ―dijo entre dientes―. Tiberius, si estimas en algo nuestra amistad, te exijo que traigas ahora mismo a ese esclavo para que reconozca que te ha engañado.
―Yo confío en los míos, Cayo. Annia fue informada a tiempo, pero no tuvo la oportunidad de hablar con nosotros. De todos modos, no le habría aconsejado que tomara otra decisión.
―Publio es un muchacho valiente, educado y noble. ¿Cómo sabe ese esclavo que fue él quien lo dijo y no Aulo?
El senador Draco levantó una mano e hizo un círculo con el dedo índice, abarcando toda la habitación.
―Ninguno de los dos podríamos haber llegado donde estamos sin ver ni oír todo cuanto sucede bajo nuestro techo, ¿no es así?
―¿¡Los espiaste!? ―dijo indignado.
―Yo protejo mis intereses tanto como tú.
―¿Y has destruido nuestra amistad y la alianza entre nuestras familias por la simple bravuconería de Publio antes de una competición? ―soltó con un tono de voz tan agudo que aquel reproche bastó para tensar aún más la situación.
―Hay palabras que un patricio de cuna jamás debería pronunciar en público, ni siquiera ante un enemigo.
Las vejaciones a las que pensaba forzar a mi hija, y que le describió a Aulo con todo lujo de detalles, no me han dado opción a pensar que fuesen, como tú las has denominado, «simple bravuconería».
Creo que deberías hablar con él para que aprenda a dominar su lengua.
Nunca se sabe quién puede estar escuchando.
De todos modos, le agradezco que no haya podido contenerse.
Me ha evitado condenar a Annia a un matrimonio lleno de penurias.
―Te estás equivocando, Tiberius.
―¡Basta! ―bramó, y su voz, curtida por años en el Senado, impuso un incómodo silencio durante un breve instante. Después, se cuadró como antaño, cuando era militar, y exclamó sin titubear―: ¡Publio no es digno de mi hija!
Sileno bufó. No podía tolerar que su amigo le diera más valor a un comentario inoportuno, y quizá de mal gusto, que a la alianza que llevaban años planeando. Por el momento, no diría nada más hasta averiguar, de labios de su propio hijo, qué demonios había dicho.
―Ya te he oído decir suficientes insensateces por esta noche ―soltó Cayo con un tono despectivo y arrogante.
―Creo que ha llegado el momento de que te marches ―replicó con los dientes apretados, tratando de no dejarse llevar por la decepción que sentía mientras abría la puerta.