Roma, Domus Draconis #2
La noche se volvió un poco más densa, o quizá solo fue el breve silencio el que pareció envolverlos con una ligera capa de intimidad.
Por supuesto que Annia no esperaba que le confesara su amor de manera explícita habiendo compartido solo unas cuantas palabras; no obstante, lo había deseado con todas sus fuerzas.
―Cuando Publio y yo empatamos en la lucha cuerpo a cuerpo, me hirvió la sangre ―reconoció mientras inspiraba a través de los dientes―.
Admito que perdí la esperanza de quedar vencedor, más aún cuando fue el emperador quien os concedió la opción de escoger.
―Ella sonrió, dándole la razón―. Hubiera puesto la mano en el fuego porque pensaba que ibais a decidiros por él.
No me malinterpretéis, doy gracias a los dioses por vuestra elección, pero tanto Publio como su padre se sienten humillados y traicionados. Esa combinación no augura nada bueno.
Ella le sostuvo la mirada con una firmeza inesperada.
―Lo sé. Sé que mi decisión traerá consecuencias para nuestras familias; sin embargo, siento aquí ―dijo, señalándose el corazón― que he tomado la elección correcta.
Cuando Nerón me dio la libertad que necesitaba, algo en mí me impulsó a escogeros porque en vos veía la luz mientras que en él solo era capaz de vislumbrar tinieblas.
Aulo sintió un peso en el pecho, una mezcla compleja de gratitud y preocupación. Tenía tantas preguntas…, pero temía que, al insistirle, se rompiera la frágil conexión que ahora existía entre ambos.
―Me honra profundamente lo que habéis dicho, Annia.
No sé qué espera Roma de nosotros. Tampoco qué batallas vendrán, fuera o dentro de nuestra casa.
Dado que ya os he revelado parte de lo que esconde mi corazón…
Si me lo permitís, me gustaría conoceros.
Hoy habéis sido tremendamente valiente. Quiero descubrir a la mujer que hay dentro de vos. Vuestros anhelos, vuestros miedos.
Ella se irguió un poco, con el mentón alto. La oportunidad para mostrar su verdadera naturaleza no había llegado aún, aunque algo en ella la empujó a decir, con tono suave pero firme, lo que pensaba.
―¿De verdad queréis conocerme? ―Él asintió―. Bien, Aulo. Soy hija y nieta de leales y nobles patricios ―agregó con orgullo―. No estoy hecha para ser domada. No soy sumisa ni callada. Mis padres siempre me han dado voz, y eso es lo que creían que iba a tener con Publio.
Aulo la observó como si la viera por primera vez.
Su voz, su postura, su forma de hablar… Todo en ella parecía alejado de la muchacha taimada que le había asegurado su padre que sería.
Agradeció de nuevo a los dioses que fuese tal y como había imaginado, aunque jamás lo había compartido con nadie.
Mientras esperaba una respuesta, él bajó la mirada un instante a sus propias manos.
Su corazón, o «instinto», tal y como lo había denominado antes, no se había equivocado.
Annia era distinta. Distinta y muy valiente por decir lo que pensaba. Eso le hizo enamorarse incluso más.
El joven patricio no sonrió por temor a que ella malinterpretara el motivo; no obstante, su expresión se suavizó por completo al saber que con él tendría una vida muy diferente a la que la habría condenado aquel maldito bastardo.
Él le ofrecería la opción de tener opinión propia, años colmados de riquezas y de muchísimo amor.
Pese a todo lo que estaba deseando decirle, sabía que aquella madrugada no era el momento para hablar de sentimientos, así que se obligó a ajustarse a lo que pensaba que tal vez le gustaría oír a su prometida.
Tratando de ser completamente sincero, le dijo solo la pura verdad.
―No deseo controlaros, Annia, solo quiero compartir con vos el resto de mi vida.
Aulo se acercó un poco más. Sus dedos temblaron al alzar una mano, que no se atrevió a extender del todo.
―¿Puedo … ?
Ella asintió sin dudar. Por primera vez, los dedos de ambos se encontraron.
Fue un toque breve, casto; pero en aquel roce se condensó la promesa de algo más: respeto, deseo velado y la certeza compartida de que, entre ellos, nada sería como las demás uniones concertadas solo por y para conservar el poder.
Incapaz de retenerse, él se llevó su mano a los labios y la besó con auténtica devoción.
―Aquí y ahora os hago el juramento de que mis actos confirmarán, día tras día, mis palabras ―agregó, mirándola con una expresión que no dejaba dudas de sus sentimientos.
Ella no respondió de inmediato. Estaba sobrepasada porque fue capaz de sentir el fuego abrasador que irradiaba el corazón de Aulo. Aquello la sorprendió sobremanera. Unió los labios en una sonrisa y luego, como quien pronuncia una antigua oración, susurró:
―Si eso es cierto, entonces rezaré para que nuestras nupcias solo sean el principio de una vida llena de dicha y de muchos hijos.
Él sonrió abiertamente ante su inesperada declaración. Inclinó la cabeza y volvió a besar sus nudillos, como si con aquel gesto quedara sellada para siempre esa alianza entre los dos.
Una súbita brisa alzó un pétalo recién caído de una rosa que descansaba sobre la mesa y lo hizo girar sobre sí mismo en el aire antes de caer sobre sus manos. Ambos se miraron emocionados al pensar que su unión acababa de ser bendecida.
―Una rosa para el amor de mi vida ―se le escapó mientras volvía a clavar la mirada en ella.
―Que su dulce aroma nos acompañe siempre ―musitó, sintiendo cada palabra―. Aulo…, sabéis que aún no os amo, pero estoy segura de que me daréis infinitos motivos para hacerlo.
Él volvió a sonreír, conmovido. No podía concebir que los dioses le hubieran concedido el honor de convertirse en su esposo y que, además, ella estuviera dispuesta a darle una oportunidad a su relación.
―Tenéis mi palabra, preciosa Annia ―respondió, ciñendo un poco más los dedos para reforzar con aquel gesto su promesa―.
Cierto es que no conocemos el temperamento del otro ―admitió él―, pero os juro que pondré todo de mi parte para que eso cambie.
Voy a dedicar cada día de mi vida a merecer vuestra elección.
No por lo que nuestra unión representa para Roma y nuestras familias, sino por lo que significáis para mí desde el mismo momento en que mis ojos se posaron en vos.
―Aulo… ―susurró con el corazón encogido.
―Antes no he sido muy sutil, así que no voy a fingir ni ocultar lo que siento.
Os amo, Annia. Os amo desde hace mucho tiempo.
Cuando mi padre insinuó que tal vez podría conseguirme una oportunidad de luchar por vuestra mano, no dudé en insistirle en que debía convencer a Nerón para que inventara lo que fuese con tal de tener una opción.
―¿Incluso sabiendo que nuestras familias eran enemigas?
―Así es. Pero yo no lo era de vos.
―Realmente me amáis ―dijo en voz alta, para constatar el hecho.
―Sí, y os prometo que, antes de que acabe el año, oiré de vuestros labios que también me amáis.
Ella sonrió. Fue apenas un gesto leve, casi imperceptible. Él inclinó ligeramente la cabeza al captar aquella sutileza.
―Vos sois Escápula ―dijo ella con contundencia―, pero yo no voy a desposarme con vuestro apellido, sino con vos. Con vuestro valor, con ese «instinto» ―sonrió― que ha comenzado a conquistarme.
―No sabéis lo feliz que me hace saber eso.
Un carraspeo los obligó a mirar hacia las puertas por donde sus padres habían entrado en la casa. Los dos patriarcas los miraron con un gesto de impaciencia, aunque a Quinto Osorio le fue imposible disimular su incipiente expresión de satisfacción al verlos cogidos de la mano.
―Aulo, ¿habéis podido aclarar con mi hija cuanto necesitabais? ―preguntó Tiberius, quien logró contener a duras penas su sorpresa.
Los dos jóvenes se pusieron en pie al momento y caminaron hacia ellos sin soltarse.
―Sí, senador. Agradezco de veras vuestra paciencia.
―Está bien, muchacho ―añadió sin acritud.
―Bien, Tiberius ―intervino el senador Escápula―.
Creo que ha llegado el momento de marcharnos.
Está a punto de amanecer, y Nerón querrá vernos esta tarde para rememorar lo sucedido.
Será mejor que descansemos un poco antes de afrontar eso y también a Cayo Valerio.
Os lo he dicho antes, pero os lo reitero: la unión de nuestros hijos borra todo lo pasado.
―Lo mismo os digo ―añadió, suavizando el rictus de su rostro―. Que los dioses nos permitan mantener esa promesa.
―Que así sea.
Una vez los Draco despidieron a sus últimos invitados con la mejor de sus sonrisas, Tiberius miró a Raisa, quien cambió el gesto de golpe cuando su esposo cerró la puerta. Asintió hacia él y se puso a su lado mientras le oía ordenarle con un tono muy seco a Annia que los siguiera al tablinum [1] .
La joven se sintió azorada. Ambos parecían estar muy enfadados con ella. Sabía que había llegado el momento de dar explicaciones, así que anduvo tras ellos dispuesta a afrontar su elección y a explicarles por qué la había tomado.
Tiberius no pudo evitarlo y cerró dando un portazo. Raisa cerró los ojos al escuchar el estruendo; en cambio, Annia se quedó impasible. Algo que sorprendió a los dos.
El senador se sentó en la mesa. A su derecha, se colocó su esposa. Los dos, coléricos, permanecieron en silencio sosteniendo la mirada a su hija, esperando una respuesta que no llegó.
―¿Y bien? ―acabó soltando Tiberius―. ¿Nos vas a contar de una vez por qué has cometido la insensatez de elegir a Aulo?
La muchacha inspiró para tranquilizarse. Debía ser concisa para no enfadarlos más.
―Me entretuvieron y no llegué a tiempo de oír lo que Nerón habló con ambos, pero sí escuché cómo Publio le decía a Aulo de manera explícita cómo iba a obligarme cada noche a…
―tragó saliva, buscando la manera de replicar sus palabras de la forma más suave―.
Se jactó de haber estado en Pompeya ―sus padres se quedaron atónitos porque sabían lo que eso significaba― y le aseguró, haciendo un gesto muy obsceno con la mano, que iba a obligarme a… con la boca…
―No sigas, hija ―la detuvo Raisa, escandalizada.
―Malnacido ―susurró Tiberius.