Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) Roma, Domus Draconis
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Roma, Domus Draconis

El cabeza de familia Escápula miró a la joven pareja y sonrió. Desconocía el motivo por el cual la hija de su enemigo, aun sabiendo la amistad que su padre mantenía desde hacía años con los Sileno, había elegido a su primogénito por encima de Publio.

Durante un instante, sopesó preguntárselo.

Su curiosidad murió en su garganta al ver cómo ambos se miraban.

No tenía constancia de que Aulo sintiera nada por ella.

Mucho menos, que Annia le tuviera algún tipo de consideración.

Pero, viéndolos juntos, no tuvo duda de que algo se había estado gestando en algún momento.

Y, para resquebrajar su ego, delante de sus narices.

―Creo que ha llegado la hora de marcharnos ―dijo Quinto Osorio, ofreciéndole el brazo a su esposa.

―Padre, senador Draco ―se dirigió Aulo a ambos, rompiendo contra sus deseos el contacto con ella―, antes de regresar a nuestro hogar, me gustaría hablar a solas con Annia.

―¿Y no puedes esperar hasta mañana, muchacho? ―respondió Tiberius, al que el reciente pacto entre ambas familias aún no le había calado del todo.

―Os prometo por mi honor que no nos demoraremos ―aseguró el joven patricio.

El anfitrión unió los labios mientras decidía si consentirlo o no. Miró a su nuevo «aliado» y levantó las cejas. Osorio bajó las comisuras de los labios, indicando que a él no le importaba. Tiberius se volvió hacia su hija. Ella asintió varias veces para que se lo permitiera.

―Está bien. Os esperamos dentro de la casa ―acabó aceptando.

―Sé juicioso, Aulo ―le advirtió su padre.

―Eso siempre ―respondió con solemnidad, alzando el mentón.

Mientras la nueva pareja observaba cómo sus padres desaparecían tras las grandiosas puertas que llevaban hacia el atrio, un escalofrío recorrió la espalda de Annia.

Jamás había estado a solas con un hombre, y ahora estaba prometida a uno del que lo único que conocía eran sus más profundos deseos.

No sabía si había sido ÉL o el Destino quien había puesto en sus manos la oportunidad de tomar la elección de poder convertirlos en realidad.

De un modo u otro, estaba muy agradecida por encontrarse al lado de Aulo y no de Publio.

Él le ofreció el brazo y le sugirió que se sentaran en una de las muchas mesas repartidas para el evento. Ella aceptó con una dulce sonrisa. Avanzaron hasta la que se encontraba más alejada, de modo que casi quedaron aislados por los altos setos de la domus.

Los ecos del banquete aún flotaban en el aire, como si trataran de que no olvidasen jamás cuanto había sucedido.

En las mesas, platos a medio terminar y copas volcadas daban testimonio de aquella larga velada.

Restos de frutas, carne fría y jarras casi vacías formaban un mosaico de abandono.

En medio de ese escenario, que oscilaba entre la celebración y la resaca, Aulo trató de mantener una conversación privada.

Le resultó imposible: los sirvientes iban y venían incesantemente, tratando de devolver el esplendor al maltrecho jardín después de una larga noche de excesos.

Miró alrededor. La mayoría de las antorchas habían sido apagadas hacía rato, por lo que el lugar estaba en semipenumbra.

Al poco, una de las sirvientas llegó con una pequeña lámpara de aceite y, tras apartar algunos platos, la colocó cerca de ellos para que tuviesen algo más de luz.

Justo antes de marcharse, Aulo le ordenó que todos esperaran para continuar limpiando hasta que ellos se retirasen.

Desde muy pequeño, su padre le había inculcado que los esclavos solían airear con frecuencia cuanto sucedía a su alrededor.

Ahora, su acuciante necesidad de hablar con Annia le había hecho entender el porqué de mantener la privacidad de lo que iba a compartir con ella.

No estaba dispuesto a que esa conversación la escuchase nadie.

Menos aún criados que jamás había visto en toda su vida.

Una vez estuvieron solos, recorrió con la mirada el bonito jardín, tratando de poner en orden sus pensamientos.

El aire fresco de la noche, que arrastraba el aroma de los lirios y de las azucenas, pareció darle fuerzas.

Suspiró en silencio, aceptando que aquello no era un sueño.

Los dos estaban ahí, sentados frente a frente.

Ella merecía toda su consideración, por lo que la distancia entre sus cuerpos era mucho más que correcta.

La tensión, sin embargo, se tornó evidente.

Finalmente, rompió el silencio.

―Os agradezco que hayáis accedido a hablar conmigo, Annia. Sé que no es común que nos permitan estar a solas antes de nuestra unión. Le presentaré de nuevo mis respetos a vuestro padre por tal deferencia.

Ella lo observó con atención. Su tono parecía firme, pero vislumbró un atisbo de nervios en el modo en que entrelazó las manos sobre la mesa, jugueteando con los pulgares. Lejos de molestarla, aquel gesto la tranquilizó; hasta que se fijó en que sus nudillos estaban en carne viva.

Lamentó para sí todas las vejaciones a las que se había visto sometido por el emperador.

―Estoy segura de que eso lo complacerá, Aulo.

Un nuevo silencio, tan pesado como el aroma a vino que aún impregnaba el aire, se instaló entre ambos.

Él carraspeó. Decidido a saber la verdad, prosiguió.

―No quiero ofenderos con lo que os voy a decir, pero necesito entenderlo.

Vuestro padre y el mío han sido enemigos durante más de dos décadas.

El odio entre las casas Draco y Escápula es bien conocido en todo el Senado.

En toda Roma ―sonrió―. Es más, estoy convencido de que Nerón ha accedido a este circo porque tenía la diversión garantizada por verme optar por vuestra mano siendo quien soy.

Todo estaba en mi contra y, sin embargo, vos… me habéis elegido.

Ella bajó la vista hasta dejarla fija en la llama de la lámpara. Sabía que aquel instante iba a llegar tarde o temprano, aunque no esperaba tener que enfrentarlo esa misma noche.

Distraídamente, se humedeció los labios mientras se decía que no podía revelarle la verdad.

¿Y cómo iba a hacerlo? No podía confesarle que había estado oculta detrás de una de las paredes, escuchándolos a escondidas.

Gracias a eso había podido averiguar que el pretendiente con el que su padre quería desposarla era un monstruo.

Ahora sentía repulsión por Publio, y eso que no era capaz de hacerse una idea de lo desgraciada que hubiese sido con él, en el caso de que hubiera logrado su objetivo.

Haberlo oído hablar de ella con ese desprecio, cómo había expuesto sin tapujos lo que pretendía hacerle una vez que se convirtiera en su esposa, había sido el primer paso para llevarla a tomar la decisión de escoger a Aulo.

El segundo se lo había ofrecido el mismo Aulo en bandeja al encararlo con ese coraje y respeto hacia lo que ella representaba.

Que él hubiera defendido su honor sin dudarlo un instante la había hecho reaccionar.

Aunque el empujón definitivo que logró que su elección quedara sellada había sido escucharlo rezar con fervor a los dioses Marte y Venus, confesando, con una voz tan limpia como desnuda, lo que sentía por ella.

Por mucho que sus padres quisieran al hijo de Sileno, él había rogado por su protección y había dicho en voz alta que la amaba.

Esa confesión la había sobrecogido más que todos los discursos que hasta entonces había oído.

Y ÉL, de alguna manera que no había podido comprender, se lo había confirmado.

Sabía que llevaba demasiado tiempo pensando, pero él seguía esperando sin hostigarla. Algo que ella agradeció profundamente.

―Os lo diré como mejor sepa, ¿de acuerdo? ―respondió al fin. El joven asintió, muy atento―. Vuestros actos hablaron por vos mucho antes de que cruzáramos palabra alguna.

Él frunció el ceño con desconcierto.

―¿Mis actos? No os comprendo.

―En los juegos, fuisteis el único que se dignó a mirarme a los ojos. Luchasteis con una determinación férrea, pero muy distinta a la de Publio. No buscabais la gloria, sino a mí.

Aulo bajó la cabeza. La piel erizada de sus brazos le dio a Annia una ligera idea de lo que sus palabras habían removido en su interior.

Él sabía exactamente a qué se refería, aunque no podía concebir que ella lo hubiera notado.

En la mente del joven patricio aún resonaba alto y fuerte aquella oración que había pronunciado entre dientes una y otra vez, con la túnica empapada de sudor y el corazón a punto de estallar, mientras se debatía con todo lo que era para lograr vencer a Publio.

―Os aseguro que no lo hice únicamente para satisfacer a mi padre ―añadió, casi en un susurro―. Lo hice… porque no soportaba la idea de que alguien como él os poseyera.

Ella sonrió, elevando las comisuras de los labios. Sabía de sobra el motivo. En secreto, agradecía que se lo estuviera compartiendo, aunque fuese solo con unas leves pinceladas para no abrumarla.

―¿Y si os dijera ―se aventuró envalentonado al ver su buena disposición― que lo hice por vos y no por mi padre? Que fue el «instinto» lo que me movió a… salvaros.

La miró a los ojos, tratando de mostrarle con ellos lo que sus labios aún eran incapaces de pronunciar.

―Entonces os diría que vuestro «instinto» rebosa nobleza y que es digno de admiración. ―Se sonrojó levemente, pero añadió―: Eso no es algo común hoy en día.

Ella volvió a sonreír. Lo que dijo a continuación tuvo más valor que cualquier promesa vacía.

―Aulo, a veces basta solo con un gesto para distinguir a los puros de corazón de los indeseables ―añadió con templanza―.

Veros rechazar cada uno de sus golpes por…

―«Por mí», pensó; sin embargo, no se atrevió a decirlo en voz alta―.

Publio era un digno rival. No creo que más astuto, aunque sin duda más cruel. Conocer que lo hicisteis…

―Por vos ―dijo, como si esas palabras fueran un juramento.

―Por mí… ―susurró emocionada. Intentando no exteriorizar lo que estaba sintiendo, parpadeó rápidamente para retener las lágrimas.