Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) Roma, año 60 d.C. #2
2%

Roma, año 60 d.C. #2

Ella, con una sonrisa obligada que no le pasó desapercibida ni siquiera al trastornado Emperador de los Mil Títulos, se acercó a él y posó la mano sobre su antebrazo.

―Sí, ahora mismo, mi señor ―respondió, maldiciendo para sí al haber sido una vez más ninguneada y despojada de toda dignidad.

Nerón la miró y sintió un pequeño malestar en las entrañas. Recorrió con la vista a los presentes y, milagrosamente, fue consciente de que se había excedido.

―Mis leales súbditos, doy por terminado el festejo.

Ya es hora de que dejemos descansar a la noble familia Draco ―sonrió a Tiberius y ladeó la cabeza, como si de pronto hubiera tomado conciencia del desatino al que lo habían empujado sus excesos―.

El emperador ―dijo, refiriéndose a él mismo― necesita dormir.

¡Roma no se va a gobernar sola mañana! ―se echó a reír de nuevo.

A una señal suya, la guardia pretoriana se acercó y lo escoltó hasta su litera. Para asombro de todos, más aún para la desdichada Octavia, la invitó a reclinarse a su lado.

Los deseos de buenas noches y las excesivamente efusivas despedidas se transformaron en el silencio más absoluto cuando Nerón desapareció por el imponente camino.

Todos los asistentes, que habían contenido la respiración durante los últimos instantes, se miraron entre sí.

Con discreción, se acercaron a los anfitriones para agradecerles la velada antes de marcharse.

Tras un leve gesto con la cabeza hacia Tiberius, Cayo Valerio y su hijo Publio se alejaron sin más.

Por supuesto, no se molestaron en felicitar a Annia y mucho menos a Aulo.

La mirada de desprecio que el senador Sileno le dedicó al Escápula dejó de manifiesto que se habían convertido en mucho más que enemigos.

En sus dilatadas pupilas, tan negras como el ébano, parecía estar tatuado a fuego su odio evidente por haber forzado aquel espectáculo deplorable.

Sí, Quinto Osorio se había salido con la suya al lograr el matrimonio de su vástago con la Draco, pero las cosas no quedarían en un simple apretón de manos.

Aún no sabía cómo iba a hacerlo, pero, tarde o temprano, conseguiría que lamentara haber metido las narices en sus asuntos.

Contaba con la cuantiosa dote de la maldita niña para saldar sus deudas; sin embargo, ahora tendría que rendir cuentas por sus turbios trapicheos a gente que no se tomaba nada bien no recibir a tiempo sus pagos.

Refunfuñando por lo bajo, abandonó el jardín y se adentró en la oscuridad de la noche, mascullando lo inútil que le había resultado su hijo.

Bajo la luz de la inmensa luna que los había acompañado toda la velada, al fin quedaron a solas los Draco y los Escápula.

Aulo miró a Annia y percibió cómo sus manos temblaban.

Sin duda, debido a la tensión que había tenido que soportar por la despreciable ocurrencia de Nerón.

No se lo pensó dos veces: le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia sí, en un intento de ofrecerle algo de calor.

Habían sido momentos demasiado humillantes, y era comprensible que se sintiera de esa manera.

―No te preocupes, ya ha pasado todo ―dijo en voz baja, aunque no lo suficiente como para que Raisa no lo oyera.

―Creía que nos iba a obligar… ―respondió, clavándole la mirada, diciéndole mucho más con sus ojos que con sus palabras.

Raisa sintió un escalofrío recorriéndole la espalda mientras se preguntaba por qué su pequeña había elegido a Aulo. «Es como debe ser», oyó en su interior. Se llevó la mano a los labios y se le empañaron los ojos. ¿Le había sido revelado a Annia a quién debía escoger?

Aquella pregunta quedó en el aire porque Quinto Osorio se dirigió a Tiberius.

―Senador, nos vemos en la tesitura de convertirnos en una sola familia.

―¿Y quién nos ha conducido a esta situación? ―escupió Draco.

―Más bien qué. Han sido mis deseos de venganza hacia vos por haberme arrebatado el puesto de consejero de Nerón.

―Yo nunca quise tal honor.

―No obstante, no dudasteis ni un momento en robarme lo que con tanto esfuerzo me había ganado. Pero claro, olvidaba que venís de un linaje de senadores imperiales.

―No haréis que me avergüence por haber logrado lo que yo también merecía, pero os aseguro que no me satisface en absoluto el lugar que ocupo.

―Al menos conocer vuestra incomodidad me sirve de consuelo.

―No esperaba menos de vos.

Escápula sonrió y suavizó el gesto.

―Cayo Valerio jamás me perdonará haberme entrometido en sus planes ―agregó Quinto, convencido.

―De eso podéis estar seguro. Yo tampoco le perdonaré nunca que instara a Nerón a… ―Miró a su hija y no fue capaz de terminar la frase.

―Es un malnacido.

―Desde luego que lo es. ―Apretó la mandíbula para refrenar su lengua―. De todos modos, no iba a permitir que eso llegase a ocurrir.

―Lo sé. Vi la muerte en vuestros ojos. Un gesto muy peligroso dado que los pretorianos lo protegían. ―Sonrió pesadamente Quinto Osorio.

―A veces es mejor la muerte que vivir una vida entera sintiendo vergüenza. ¿No estáis de acuerdo?

―Más de lo que podéis llegar a imaginaros.

Se acercó a Tiberius y le ofreció el antebrazo, aceptando el hecho de que nadie podría impedir esa unión. El senador Draco, sin titubear, se lo estrechó, sellando entre ambos un pacto indestructible.

―Quinto, seremos familia…

―Tiberius, desde hoy, ya lo somos.

Raisa y Portia se miraron y asintieron. Nada tenían que añadir a la declaración de sus esposos. Nerón ya había decidido por todos, y Annia, que aún seguía arropada por Aulo, respiró aliviada al haber sobrevivido a la peor noche de su vida.