Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4) Roma, año 60 d.C.
1%
Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4)

Sangre Insolente. El Resurgir de los Condenados (El Destino de la sangre 4)

Por Manuela Ramirez

© inepub.com

Roma, año 60 d.C.

Nerón alzó una vez más su copa para brindar por los futuros esposos.

El trabalenguas sin sentido que acababa de pronunciar lo hizo estallar en carcajadas.

Aquella risa delirante, casi animal, reverberó por el atrio como un trueno fuera de lugar.

Había bebido más vino del que nadie se atrevería a admitir en voz alta; no obstante, ante su exigencia, los esclavos seguían llenándole el cáliz.

Su rostro, completamente enrojecido por el alcohol, relucía bajo la luz titilante de las antorchas, y sus ojos, húmedos y brillantes, daban la impresión de no enfocar del todo.

Raisa y Tiberius intercambiaron una mirada tensa y fingieron beber un sorbo de sus copas.

En un momento de la noche, él le había susurrado al oído, con el tono cansado de un hombre que ha vivido demasiadas escenas similares, que aparentara terminar su bebida, pero que no probara ni una gota más. Debían mantenerse sobrios. Alerta.

Lo que vendría después no sería agradable.

No con el enemigo que estaba gestándose frente a ellos.

Y mucho menos iba a decir nada de lo que pensaba mientras el emperador permaneciera bajo su techo.

Cada expresión, cada palabra pronunciada, podía costarles más que un simple escándalo político.

Podía costarles la vida. Contradecir al Tirano de la Lira no era una opción, y no estaba dispuesto a poner en riesgo el futuro de su familia.

Raisa dirigió la mirada hacia donde se encontraba Annia.

Tensó la mandíbula y cerró los ojos, intentando serenarse.

El senador le pasó la mano por la cintura a fin de darle apoyo.

Ambos anhelaban con urgencia que la fiesta concluyera, deseosos de comprender en qué demonios había estado pensando su hija para haberse inclinado por el primogénito Escápula.

Nerón, sin embargo, se encontraba en su elemento y lejos de dar la celebración por concluida.

Se veía con claridad que disfrutaba intensamente reviviendo una y otra vez las pruebas que Aulo Escápula y Publio Sileno habían superado.

Se mofaba de ellos y elogiaba por igual los obstáculos que él mismo había ideado, y los pocos invitados que aún seguían en pie no dejaban de reírle las gracias.

Uno tras otro lo adulaban sin tregua, asegurándole que era un genio y que jamás se habían divertido tanto con unos juegos.

En un rincón más resguardado, Annia y Aulo compartían mesa con Quinto Osorio y su esposa Porcia.

La mujer, dejando atrás por completo las rencillas que hasta esa misma noche habían enfrentado a su esposo y al senador Tiberius, hablaba con entusiasmo sobre los rituales nupciales, la dote, las telas que traerían de Antioquía y el tipo de perfume que más favorecía a una joven virgen romana.

Annia asentía con respeto ante su futura suegra, pero su mente se desvió por completo en el instante en que sintió una caricia leve, casi imperceptible, en el dorso de la mano.

Aulo acababa de rozarle la piel con la yema de los dedos.

Fue un gesto casual, sin intención aparente.

Al menos eso pensó ella; solo que, sin ser consciente, contuvo la respiración.

Al mismo tiempo, su corazón desmintió esa suposición al acelerarse de inmediato.

Lo cierto era que no esperaba semejante reacción ante su tacto.

Sin más, algo en su interior le susurró que había tomado la decisión correcta.

En realidad, ya no podía echarse atrás, aunque quisiera.

Su destino había quedado sellado en cuanto Nerón bendijo su unión.

Perdida en un repentino mar de dudas, no se percató de que Aulo era incapaz de apartar la vista de ella.

Al patricio le estaba costando contener la profunda emoción y gratitud que bullían en su interior por haber sido el ganador.

Un escalofrío de impaciencia lo recorrió al percibir la calidez de su piel.

La luz que irradiaba su presencia y la ternura que descubrió ―con sorpresa― en su mirada lo desarmaron.

Todo en ella lo atraía como un imán. Aquella certeza lo hizo sonreír un instante.

Su madre elogió una vez más el peinado de Annia y su delicada túnica.

Su padre, visiblemente satisfecho, comentó algo sobre una villa cercana que estaba a la venta y que sería un magnífico regalo de bodas para ambos, si les agradaba como lugar para establecerse.

Aulo, asombrado por la rapidez con que sus progenitores parecían haber acogido a la mujer de sus sueños, sintió una punzada en el corazón.

Aún no había tenido ocasión de hablar en privado con ella y seguía sin comprender qué la había llevado a tomar una decisión tan comprometida, pues suponía que conocía el odio visceral que su padre y el senador Tiberius se profesaban.

Fuera cual fuese la razón, ya habría tiempo para esclarecer esa duda.

De hecho, ahora poco importaban las disputas pasadas.

Iban a formar una única familia, y viendo cómo Cayo Valerio y su hijo los estaban aniquilando con la mirada, los Draco y los Escápula debían unirse cuanto antes para afrontar la venganza que, sin duda, ya tramaban los Sileno.

La celebración prosiguió sin que cruzaran una sola palabra con ellos, pero la armonía que parecía respirarse era una fachada. Bastaba con rascar apenas la superficie para que aflorara la tensión latente entre las tres familias, aunque dos de ellas pronto dejarían de sentirla.

Nerón se puso en pie, agitando una mano con aspavientos.

―¡Porrrr Júp… Júpppiteeerrr! ―gritó, lanzando su copa contra el suelo sin motivo aparente.

Todos enmudecieron al verlo tan decidido; salvo él mismo, que continuó riendo, desquiciado―.

¡Atentosss todosss! Se me acabbba de ocurrir algo tredentamente…

tremennndamenttte diverrrtido: ¡voy a desssposarrros essstaaa nooocheee y quiero verrrr cómo consumáiiisss el matrrriiimonio aquíii misssmo!

Las risas forzadas de los invitados, deseosos de complacerlo, fueron aún más penosas que el silencio.

Cayo Valerio, que se hallaba cerca de Nerón, soltó una carcajada exagerada y aplaudió como si aquella vergonzosa ocurrencia fuese la mayor genialidad que se le hubiera ocurrido al Heredero de los Julios.

Con las comisuras de los labios alzadas, se dijo que, si su hijo no iba a quedarse con el botín, al menos presenciaría junto a él la humillación que el matricida estaba a punto de infligir a los Draco y a los Escápula.

Todos formarían parte del espectáculo, y él lo disfrutaría situado en primera fila.

Raisa abrió los ojos de golpe y se volvió hacia su esposo, quien negó con la cabeza de forma categórica.

Luego, Tiberius se dirigió a Quinto Osorio, que también negó, visiblemente indignado.

Annia se había quedado pálida e inmóvil, y a Aulo le faltaba poco para lanzarse contra el mismísimo emperador.

Un soldado, como había sido el senador Draco, sabía distinguir entre un simple desagrado y una amenaza real; y ese muchacho tenía en sus ojos la mirada de un asesino justo antes de hundir la espada.

Sin perder un instante, Quinto levantó una mano y avanzó con templanza hacia Nerón, esbozando una falsa sonrisa.

―Mi amado César ―comenzó, en tono complaciente, para intentar apaciguarlo―, ¡sois único e inigualable bromeando!

―Quiiinto Osssvoriiio… Ossstoooriiio… Osssoooriiiooo. ―Rio con ganas al trabársele la lengua―. ¿Es que pensssáisss que nooo looo he dichooo en ssseriooo? ―Hipó sonoramente, tambaleándose.

―Vuestros deseos son órdenes para todos, Divinidad, ¿pero qué puede tener de interesante… ver copular a dos jóvenes inexpertos, cuando podría traeros ahora mismo a las mejores meretrices del Imperio? ―dijo, en un intento por hacerlo recapacitar.

―Padre del Mundo, ¿es que Quinto Osorio os va a «ordenar» cambiar de opinión? ―malmetió Cayo Valerio para fastidiarlo.

Tiberius estaba a punto de llamar a su guardia personal. Su familia moriría esa noche, pero nadie vería desnuda a su hija en su propia casa. No mientras él aún respirara.

El senador Escápula, tragando hiel, añadió entonces para contrarrestar el veneno de Sileno:

―Vamos, vamos, Cayo. ¿No te parece que ya hemos visto más del cuerpo de nuestros hijos de lo que a cualquiera le habría apetecido esta noche?

―Soltó una risa forzada―. Además, estoy convencido de que todos pensamos que, como patricio por la gracia del mismísimo Apolo Encarnado ―miró con fingida devoción al causante de todo aquello―, ese privilegio se lo ha ganado mi amado hijo a pulso por haber sido el vencedor de vuestros magníficos juegos ―añadió con tono zalamero, logrando a duras penas desviar la atención del Hijo Predilecto de Venus y Marte de la joven pareja―.

Ambos se merecen reservar esa sorpresa para la noche de bodas.

¿No es así, mi amado Nerón, hijo de Agripina?

Sileno sonrió al escuchar cómo su enemigo cometía el grave error de pronunciar el nombre de la madre del emperador. Aquello, sin duda, lo haría caer en desgracia ante sus ojos y, con él, a los Draco y a toda su familia.

El señor de Roma, sin embargo, cambió la expresión de golpe.

Recuperó la sobriedad y la sensatez con brusquedad, y asintió con parsimonia.

El recuerdo de que ella había muerto de hambre en la isla de Pandataria le dibujó una mueca de desprecio que no se molestó en disimular.

Al pensar en su final, volvió a repetirse que se lo tenía merecido por haber intentado acabar con él. El pago había sido justo.

Nerón se limpió las palmas de las manos en la túnica, como si con aquel gesto pudiera borrar la sangre imaginaria que las manchaba, y enderezó la espalda.

―Sí, mi fiel Quinto Osorio ―respondió con el mentón alzado y una sorprendente nitidez. Ignorando a Cayo Valerio, agregó―: Octavia, esposa mía, volvamos a nuestro hogar.