Sangre en la Calima (Caminos de Honor 2) Capítulo 30 El Duelo en el Malpaís
81%

Capítulo 30 El Duelo en el Malpaís

A escasos metros, sobre la superficie desigual del malpaís, el Operador lo aguardaba.

Su presencia era una carga. La figura enmascarada, más sombra que hombre, empuñaba una hoja esbelta y oscura, casi una extensión de su propio brazo.

El terreno, un mar petrificado de lava afilada, se alzaba como un escenario primario para un duelo.

Crudo e inevitable. Cada pisada de Vidart crujía sobre la roca vítrea, amplificando el silencio que se había instalado entre ellos. Un vacío tenso.

No hubo preámbulo. La contienda brotó sin aviso.

El Operador se lanzó, ágil, con un movimiento tan fluido que parecía deslizarse sobre la superficie quebradiza.

Su cuchillo dibujó un arco letal hacia el vientre de Vidart.

Julián, forjado en veinte años de emboscadas y golpes esquivados, reaccionó con la velocidad de la tierra que le vio nacer: Las Hurdes, el monte, la supervivencia grabada en los huesos.

Detuvo la hoja con el canto de su cuchillo.

El choque metálico resonó como un gemido en la soledad del cráter.

El aliento se le escapó en un gruñido. Los ojos verdes de Vidart ardían bajo el sol que pugnaba por abrirse paso.

Su ataque no era pulcro, sino una fuerza bruta.

Una avalancha contenida que se desataba con cada finta, con cada golpe desviado.

No había escuela en sus movimientos, solo instinto.

Las rocas volcánicas, como dientes de dragón, rodeaban su improvisado campo de batalla, prometiendo un corte profundo a cada caída, a cada tropezón.

El olor a pólvora, residual del disparo de Vidart, se mezclaba con el azufre tenue que exhalaba la tierra, un perfume mortífero que saturaba la atmósfera.

El polvo de arena roja levantado por sus movimientos se pegaba a la piel, áspero y asfixiante, un sudario anticipado.

El Operador, su máscara de carbono negando cualquier expresión, era el lienzo mudo de la ira de Vidart.

Sus movimientos eran los de una máquina bien engrasada, cada giro, cada estocada, fría y calculada.

No había emoción en su danza, solo una eficiencia aterradora.

Fría. Implacable. Buscaba puntos vitales, tendones, arterias, con la precisión de un bisturí.

Vidart, en cambio, operaba desde las entrañas, desde el fuego que le consumía.

La rabia acumulada de veinte años de sombras, de preguntas sin respuesta sobre su hermano, sobre la purga silenciada, le daba una fuerza que brotaba de lo más hondo de su ser, un vendaval incontenible.

No peleaba por la victoria, sino por la aniquilación de la traición que el Operador representaba.

Las viejas heridas de su cuerpo y las magulladuras recientes del rescate en el malpaís le dolían con cada contracción muscular, con cada extensión de un brazo, cada rotación del torso.

Pero el dolor físico quedaba eclipsado por una quemazón interna más intensa.

La calima dificultaba la visión, transformando al Operador en un espectro que se movía entre la bruma rojiza.

Julián se apoyaba en el oído, en la vibración de las pisadas, en el siseo del aire cortado por la hoja enemiga.

Era un combate ciego en un infierno de ceniza.

Su respiración se volvió un fuelle, sus músculos se tensaron hasta el límite.

El Operador retrocedió con un movimiento imperceptible, estudiando a Vidart, buscando una brecha en su furia. Julián lo percibió: una debilidad, una mínima vacilación en la máquina. Se lanzó de nuevo, su cuerpo un misil impulsado por la memoria de lo perdido.

Desde la ladera, Leire Garmendia observaba la brutalidad del encuentro.

El corazón le golpeaba las costillas con una urgencia ensordecedora.

La calima, antes un aliado, ahora era un velo traicionero que le impedía una visión clara.

No podía distinguir con precisión los movimientos, solo las siluetas borrosas que se entrelazaban en un vals infernal.

Dos hombres se buscaban la muerte en el crepúsculo rojizo.

Su pistola silenciosa, aunque lista, se sentía inútil.

Un disparo errado en ese caos podía alcanzar a Vidart.

La frustración le quemaba la garganta. La adrenalina de su propia huida no había remitido.

Ver a Vidart en aquella trampa, librando una batalla tan personal y visceral, le provocaba una impotencia desquiciante.

Su mente analítica, acostumbrada a la lógica fría de los datos y los circuitos, se sentía paralizada ante la primacía de la fuerza bruta.

Solo podía rezar para que el instinto de supervivencia de Vidart, ese rasgo indomable que tanto le había impresionado, prevaleciera sobre la gélida maestría del Operador.

Apretaba los dientes, las uñas se le clavaban en las palmas de las manos.

Cada chispazo metálico de los cuchillos era un golpe directo en su pecho.

El viento soplaba ráfagas de arena, y Leire tuvo que entrecerrar los ojos, pero no apartó la vista ni por un instante.

Su mente corría en busca de una estrategia, un ángulo, cualquier cosa que pudiera romper el equilibrio letal de la contienda. Pero el malpaís no ofrecía resquicios para la intervención. El terreno era traicionero, y cualquier movimiento impulsivo podría ser un error fatal.

Vidart, con un grito gutural que le desgarró la garganta, se abalanzó.

No fue un ataque de técnica depurada, sino una embestida de pura desesperación, de rabia acumulada que le estallaba en el pecho.

El Operador intentó esquivar, su movimiento de serpiente fluida una vez más.

Pero Julián no buscaba la finta perfecta; buscaba la colisión.

Chocó contra el Operador con la fuerza de un toro salvaje, usando su propio cuerpo como arma.

El cuchillo del Operador salió disparado, describiendo un arco plateado antes de caer sobre una lengua de lava negra y pulida.

El impacto fue brutal. Vidart sintió el crujido de un hueso en su hombro, pero no detuvo su embestida.

Arrastró al Operador, la máscara de carbono arañando las rocas, hasta que ambos cayeron.

El control era una ilusión en ese terreno.

Rodaron unos metros, sus cuerpos entrelazados en una lucha desesperada.

Vidart, con la furia desatada, aplastó al Operador contra el suelo.

Los golpes que siguieron fueron secos, brutales, un torrente de puñetazos que vaciaban el dolor y la frustración que le ahogaban el alma.

La sangre, cálida y espesa, manchó sus manos, oscura sobre la roca rojiza.

Era un enfrentamiento elemental, el choque irrefrenable de dos mundos: la justicia brutal de Vidart contra la fría lógica de la aniquilación del Operador.

Cada músculo de Vidart temblaba, agotado, pero la determinación en sus ojos no se quebraba.

La respiración jadeante del Operador se hizo audible, un silbido débil bajo el peso del capitán.

No era una victoria limpia, ni una lección de maestría.

Era el triunfo descarnado de la voluntad sobre el método, del instinto voraz sobre la sangre fría.

La pelea se disolvió en un amasijo de cuerpos, de jadeos, de una violencia que se consumía a sí misma bajo el sol naciente.

El Operador se desplomó con un gemido amortiguado, su cuerpo inerte sobre una protuberancia de roca afilada que le había desgarrado un costado.

Un río oscuro y lento comenzó a extenderse bajo él, empapando el polvo volcánico.

La máscara de carbono, impactada por la caída, se partió, revelando un rostro que no podía negar su historia.

Era un rostro desfigurado por antiguas cicatrices, líneas pálidas que cruzaban la mejilla y la frente, testimonio mudo de una vida entera dedicada a la violencia.

Sus ojos, azules grisáceos e inexpresivos, ahora estaban velados por una niebla de agonía.

Vidart se inclinó, el pecho agitado por el esfuerzo, el cuchillo todavía apretado en su mano, aunque ya no necesitaba usarlo.

El Operador lo miró. En esa mirada fugaz, Julián creyó atisbar una chispa: el rastro de algo más que fría eficiencia.

Algo humano. La calima se disipó un instante, revelando con una claridad brutal el último suspiro del hombre.

Un hálito de aire se escapó de sus labios agrietados, una palabra apenas audible, un susurro que se perdió en el viento. Vidart tuvo que acercarse aún más, pegando el oído a la boca del Operador.

—Mira el disco duro… —balbuceó el Operador, con la voz hecha un hilo casi imperceptible, rasposa, una exhalación final—. El código… es el principio de la lista…

Sus ojos se fijaron en los de Vidart por un último instante, una mirada que no era de desafío ni de rendición, sino de una fría aceptación.

El aliento se le escapó, y la vida abandonó su cuerpo, dejando solo un silencio más denso en el malpaís.

Vidart se irguió lentamente. La revelación del Operador lo golpeó, tardía pero certera.

La «pieza» no era solo el código. Era la llave.

La entrada a una verdad que se extendía mucho más allá de lo imaginable.

El disco duro. La lista. Agentes purgados.

La purga de Soria. Su hermano. Todo se conectaba, un retorcido engranaje que Vidart comenzaba a comprender.

Una victoria dolorosa, empapada de sangre y arena.

Pero en aquel cráter, bajo el sol que por fin se abría paso, también nacía una esperanza cruda, afilada como la lava que lo rodeaba.