Sangre en la Calima (Caminos de Honor 2) Capítulo 31 El Clímax El Latido de la Tierra
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Capítulo 31 El Clímax El Latido de la Tierra

E l aire en el centro de control de Timanfaya era denso, espeso de calima y con una pesadez palpable de inquietud.

Una bruma arenosa que las máquinas, por sofisticadas que fueran, no lograban disipar del todo.

Julián Vidart, cada articulación un eco sordo del combate reciente, se sostenía contra un escritorio metálico.

El costado le palpitaba con una punzada constante, un recordatorio físico de la lucha en el malpaís.

La herida, superficial, no lo detendría, pero drenaba su energía, dejándole una pesadez extraña en los miembros.

Observaba a Leire Garmendia frente a un panel de monitores.

Los dedos de ella, diestros y rápidos, danzaban sobre el teclado, conectando el disco duro recuperado del búnker de Tánatos.

El rubio ceniza de su cabello, revuelto por el viento y la tensión, contrastaba con la palidez de su rostro.

La tenue luz azulada de las pantallas bañaba sus facciones; sus ojos azules, habitualmente tan vivaces, brillaban ahora con una intensidad febril, prometiendo una inminente revelación.

Morales, el cabo, se mantenía ligeramente apartado.

Sus hombros anchos y su postura arraigada al suelo, como si la isla misma lo hubiese moldeado.

Los pequeños ojos oscuros del cabo no se apartaban de las manos de Garmendia.

Morales había llegado apenas unos minutos antes, alertado por una transmisión de emergencia indirecta.

Había eludido las comunicaciones intervenidas de Tánatos, trayendo consigo no solo su presencia, sino el peso silencioso de una lealtad que, en aquel momento, era tan valiosa como cualquier arma.

El recorrido en la patrullera hasta la costa, el ascenso rápido por los senderos rocosos de la ladera del volcán y, finalmente, la llegada al centro de control: todo había sido una carrera contra reloj. Una electricidad nerviosa crepitaba en el ambiente.

El zumbido de los servidores llenaba el espacio, un pulso constante que pronto sería eclipsado por otra frecuencia, una más antigua y visceral.

Vidart sentía la bilis amarga en la boca, el preludio de una verdad que intuía devastadora.

Su mirada se detuvo en el disco duro, ahora incrustado en la bahía de la consola principal.

Aquel artefacto, extraído de las entrañas de la tierra, era la promesa de respuestas o, quizás, de preguntas aún más lacerantes.

Garmendia frunció el ceño; sus labios finos se apretaron.

La interfaz gráfica se transformó, mostrando directorios con nombres crípticos, fechas y códigos numéricos.

Una expectación contenida vibraba en el aire, la quietud tensa antes de la descarga.

El Capitán se irguió, notando cómo la tensión se acumulaba en su abdomen, como una cuerda tensada hasta el límite.

El cuerpo le dolía, sí, pero el verdadero dolor estaba por llegar; uno que desgarraría su espíritu.

Un jadeo contenido escapó de los labios de Garmendia.

En la pantalla principal, un archivo se resaltó, su nombre parpadeando en rojo: «PROYECTO TÁNATOS - EXPEDIENTE 44.

821». El número, grabado a fuego en la memoria de Vidart, apareció junto a una lista de nombres y fechas que se extendía sin fin.

Cada entrada era un expediente personal.

El corazón de Vidart dio un estruendo seco contra sus costillas magulladas.

El aliento se le atascó en la garganta. El 44.

821. No era solo una frecuencia de onda corta ni la clave de una caja de seguridad.

Era el código de un expediente, el registro de una purga.

La mente de Vidart conectó los puntos con una velocidad brutal.

La placa carbonizada de Ramón Otero, los diarios de su hermano, la víctima de la Caldera de Corazoncillo: todos los hilos dispersos se trenzaban en un único y atroz tapiz.

Leire, su voz apenas un susurro tenso, se giró hacia Vidart.

—Capitán, lo tiene ante sus ojos. El código 44.821… no es una frecuencia. Es un número de expediente. El expediente de la purga de agentes honestos en Soria. La lista negra.

Los ojos verdes de Vidart se clavaron en la pantalla, escaneando los nombres, una frialdad gélida recorriéndole las venas.

El primero de la lista: Ramón Otero. Luego, otros, conocidos, compañeros de su hermano.

Y allí, en la tercera línea, apareció el nombre de su hermano.

Su hermano. Un suspiro ahogado, casi un gemido, escapó de Vidart.

La imagen de su hermano, joven y lleno de vida, se superpuso al texto digital.

No había sido un accidente, ni un suicidio, ni la locura de un solitario.

Había sido una ejecución, calculada, planificada, una «purga».

El dolor físico que sentía en las costillas se desvaneció, reemplazado por un hueco helado y punzante que le taladraba el pecho.

Veinte años de búsqueda, de incertidumbre, se condensaban en aquel momento en una verdad devastadora.

Morales, que había permanecido en silencio, dio un paso adelante.

Su rostro se contrajo en una mueca de incredulidad y furia contenida.

Los ojos del cabo repasaron la lista, la historia local de la Guardia Civil que llevaba en sus venas retumbando en el silencio.

Conoció algunos de esos nombres, leyendas susurradas, desvanecidos en extraños «traslados» o «retiradas anticipadas».

El eco de la «Ley de la Isla» vibraba en su interior, pero esto…

esto era diferente. Era una traición interna, de un alcance que superaba cualquier código de honor local.

La honestidad no se mataba, se protegía.

La lista se extendía, cientos de nombres, algunos apenas un código, otros con pequeños expedientes adjuntos, breves resúmenes de «conducta impropia» o «discrepancias con la línea oficial».

Aquello no era una simple red criminal; era un organismo parasitario dentro del propio estado.

El Capitán Vidart llevó una mano a la sien.

El dolor sordo de la herida en el costado se intensificaba con la opresión en el pecho.

Las imágenes del pasado se agolpaban en su mente: la mirada perdida de sus padres, la tumba sin respuestas, su propia vida moldeada por una ausencia inexplicable.

El Operador. Sus palabras retumbaron en la memoria de Vidart: «Mira el disco duro... el código es el principio de la lista».

Aquellas palabras no fueron una última burla, sino una postrera revelación, la guinda envenenada de una victoria pírrica.

El golpe no era solo al corazón; era a la confianza, a la institución que había jurado defender.

Su hermano había sido un mártir, y él, Julián Vidart, había estado persiguiendo a fantasmas, cuando la verdadera bestia se ocultaba a plena luz, disfrazada de ley y orden.

Garmendia, con la voz más firme ahora, como si el propio horror la hubiese cimentado en el suelo, se volvió para explicar; sus ojos azules, témpanos.

—Esto… esto va más allá de un grupo criminal, Capitán.

Es una red de influencia. Mirad los archivos adjuntos.

Órdenes firmadas por jueces, resoluciones ministeriales, informes policiales manipulados.

El Proyecto Tánatos no es una simple organización clandestina.

Es una estructura de «Estado paralelo». Se ha incrustado en las instituciones más altas, usando la ley para sus propios fines.

Han purgado a cualquiera que supusiera una amenaza para sus intereses, bajo el pretexto de corrupción o ineficiencia.

Es un cáncer que ha crecido desde dentro.

Las palabras de Garmendia resonaron en el pequeño centro de control, proyectándose contra los monitores parpadeantes que mostraban datos geológicos insignificantes en comparación con la magnitud del descubrimiento.

El Cabo Morales escuchaba, su rostro oscuro por una mezcla de rabia contenida y asombro mudo.

Había visto la corrupción, por supuesto, la había sentido en el pulso de la isla, en los tratos por debajo de la mesa, en los favores que el mar devolvía.

Pero esto... esto era diferente. La «Ley de la Isla» no protegía a los asesinos de la propia justicia. Era la antítesis de todo lo que creía. El respeto que había sentido por la institución, por la Benemérita, se resquebrajaba como la lava bajo sus pies.

Vidart, con la boca seca, apretó los puños.

La garganta se le cerró, apretada por una emoción sin nombre.

Un Estado paralelo. Había creído que luchaba contra una secta, contra un grupo de fanáticos, pero la realidad era infinitamente más perversa.

Era la traición del sistema desde su propia médula.

Su hermano no fue asesinado al azar, como un daño colateral.

Fue purgado, como un virus, por una organización que operaba dentro de la ley, usando la propia Guardia Civil, la bandera de la justicia, para sus fines oscuros.

La frase del Operador, «Caminos de Honor», el lema de su promoción, resonó en su cabeza con la fuerza de una blasfemia.

Habían profanado su honor, el de su hermano, el de todos los caídos en aquella lista.

La rabia que había alimentado su búsqueda durante tantos años se transformó en una furia fría y calculadora. No era una venganza; era una guerra.

En ese instante de silencio cargado, el sonido metálico de una alerta irrumpió en la sala, un pitido agudo que cortó el aire.

Todas las pantallas de los monitores cambiaron, superponiendo un logo oficial.

No era el feed del centro de control; era una transmisión externa, una señal prioritaria.

En el centro de la pantalla principal, el escudo de la Guardia Civil apareció, impoluto y severo.

Debajo, un texto comenzó a desplazarse, letra a letra, rápido y sin concesiones. Una orden de arresto.

—¡Es de Madrid! —exclamó Garmendia, su voz aguda por el impacto. Sus dedos intentaron detener la secuencia, pero la transmisión estaba encriptada, inexpugnable.

El texto se desplegó, cada palabra un martillazo: «Orden de detención y puesta a disposición judicial inmediata contra los agentes Julián Vidart, Capitán de la UCO, y Leire Garmendia, Teniente de la UCO, por sedición, conspiración contra el Estado, desobediencia grave a la autoridad y posesión de material clasificado sin autorización.

Autoridad emisora: Dirección General de la Guardia Civil.

Nivel de prioridad: Máximo. Ejecución inmediata».

El rostro de Vidart se endureció. La bilis se le revolvió de nuevo en el estómago, pero esta vez no por el asco, sino por la furia.

Eran fugitivos. De su propia institución.

La traición era oficial, pública, irreversible.

El golpe lo dejó helado un instante, pero fue reemplazado casi de inmediato por una determinación inquebrantable.

Tánatos no solo se había infiltrado, sino que controlaba los hilos más altos, con la capacidad de girar las tornas contra aquellos que osaran desvelar sus secretos.

El golpe no era solo contra ellos, sino contra la verdad misma.

Morales, con un gruñido grave, se acercó a la pantalla.

Las manos del cabo, rugosas y curtidas, se apretaron.

La Benemérita, su hogar, su vida, había sido corrompida hasta la médula.

La «Ley de la Isla» nunca había contemplado una traición de esta magnitud.

Aquellos nombres en la lista, el hermano de Vidart, los viejos conocidos… todo adquiría un significado siniestro.

La Comandancia de Arrecife, ahora, era un nido de víboras, un lugar donde cada rostro conocido podía ser un enemigo, cada orden, una trampa.

Vidart y Garmendia eran agentes de la UCO que, en cuestión de segundos, se habían transformado en parias, perseguidos por la misma ley que habían jurado proteger.

El disco duro, con la lista de los purgados, era su única verdad, su única defensa; el peso de una lucha que ahora les pertenecía por completo, desprovista de cualquier amparo oficial.

El sol de la mañana, filtrándose por las estrechas ventanas del centro de control, iluminaba partículas de polvo suspendidas en el aire, danzando en un falso sosiego.

Pero para Vidart, el mundo acababa de arder.

Ya no había vuelta atrás. La caza continuaría, pero ahora, el cazador se había convertido en la presa.