Sangre en la Calima (Caminos de Honor 2) Capítulo 29 El Contraataque Lógico
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Capítulo 29 El Contraataque Lógico

E l tejido basto le irritaba la piel de la boca; la mordaza apretaba tanto sus mandíbulas que el dolor se irradiaba hasta las sienes.

El aire viciado dentro de la furgoneta, espeso con el olor a diésel y sudor frío, le arañaba la garganta.

Leire Garmendia apenas distinguía algo más allá de las paredes metálicas que la aprisionaban.

Estaba atada con cinchas a un asiento trasero, y el constante vaivén le confirmaba el movimiento del vehículo por la ladera escarpada.

Fuera, los ecos de los disparos de Vidart resonaban, entrecortados, perdidos en la calima que envolvía el volcán.

Aquellos estruendos le encogían el pecho, una punzada gélida que acentuaba su impotencia.

Saber que Vidart estaba en peligro, solo, batallando contra una sombra en la niebla anaranjada, le apretaba el estómago hasta convertirlo en un puño de piedra.

No podía hablar, apenas respirar, pero su mente se mantenía en un torbellino lúcido.

La desesperación amenazaba con paralizarla como un veneno, pero la rabia, un ascua incandescente, la espoleaba.

No sería un cebo pasivo ni una víctima muda.

Bajo la manga de su uniforme, en la muñeca izquierda, un bulto diminuto, apenas perceptible bajo el velcro apretado, guardaba su única oportunidad.

Era un dispositivo de pulso electromagnético rudimentario, que había ensamblado en secreto con componentes de su reloj inteligente y un condensador extraído de un receptor de onda corta.

Una locura, sí, pero Vidart solía decir que la necesidad agudiza el ingenio.

Sus dedos, entumecidos por las cuerdas, comenzaron a buscar el punto de activación.

Era un acto de fe, una jugada a ciegas contra un enemigo invisible que había urdido cada detalle de aquella trampa.

La furgoneta frenó en seco; el golpe la arrojó hacia delante.

Sus captores, dos hombres corpulentos y silenciosos, estaban en los asientos delanteros.

Se tensaron, sus siluetas apenas visibles bajo la calima que difuminaba los cristales.

Aquel era su instante. No habría otro. El corazón le golpeaba en las sienes, el pulso desbocado.

Invocó el método de Vidart: pensar como el enemigo.

El Operador la quería como un señuelo, una distracción. La había subestimado.

El pulso del EMP se extendió como una onda silenciosa.

Un súbito silencio se apoderó del interior de la furgoneta, un vacío más profundo que cualquier otro, que la llenó de una expectación tensa.

Primero, la tenue luz del cuadro de mandos parpadeó y se extinguió.

Luego, el suave zumbido del motor diésel, hasta ese momento un telón de fondo constante, se ahogó en un gemido electrónico y se detuvo.

Los dos guardias en los asientos delanteros, inmóviles un instante antes como estatuas de piedra, se agitaron con movimientos espasmódicos.

Uno de ellos, un hombre de mandíbula cuadrada y ojos oscuros, intentó llevarse la mano a su auricular de comunicaciones, pero su brazo se detuvo a medio camino, temblando, como si una fuerza invisible lo hubiera atrapado.

El otro se arrancó la radio del uniforme y la lanzó al suelo con un improperio ahogado, la pantalla muerta, el aparato inerte.

El aire se cargó con un olor a ozono quemado, metálico y acre, que le hizo picar la nariz.

Un relámpago de triunfo le heló la sangre a Garmendia.

Había funcionado. La fuerza del pulso había recorrido el interior del habitáculo, friendo los microcircuitos de toda la electrónica.

Los sistemas de comunicación de los guardias, sus teléfonos cifrados, el GPS de la furgoneta: todo quedó reducido a silicio inútil.

Era una ventana de oportunidad. Los hombres, desorientados, empezaron a desabrocharse los chalecos tácticos, buscando a tientas sus armas secundarias.

Sus movimientos eran torpes y espasmódicos, como los de marionetas a las que les hubieran cortado varios hilos.

Sus ojos, ahora visibles en la oscuridad creciente, revelaban una mezcla de confusión y pánico.

El plan de Tánatos, basado en una coordinación precisa y la superioridad tecnológica, se desmoronaba por un capricho electromagnético.

Leire forzó sus dedos, que hasta ese momento se habían sentido como garras inútiles, contra las cinchas que la sujetaban.

El metal frío de las hebillas cedió con un chasquido que, en el silencio denso de la furgoneta, sonó a estruendo.

Uno de los guardias, el más corpulento, giró la cabeza hacia ella, los ojos vacíos, todavía aturdido, incapaz de procesar el súbito cambio de la situación. Era su instante. No podía fallar.

Con la agilidad que le daban años de entrenamiento y el torrente de adrenalina que la impulsaba, Garmendia se lanzó hacia la puerta trasera.

Sus dedos, aún temblorosos, buscaron el pestillo; la chapa fría de acero se deslizó con un sonido de fricción.

Los dos guardias, aunque todavía conmocionados por el pulso, comenzaron a reaccionar, sus movimientos lentos, como si se movieran bajo el agua.

Uno de ellos alcanzó a desenfundar una pistola, pero su mano temblaba tanto que el arma se agitaba en el aire, inútil.

El otro intentó abalanzarse sobre ella, su cuerpo macizo y torpe.

Leire no les dio tiempo. Abrió la puerta de golpe, y el azote del viento de calima la envolvió con una ráfaga de arena rojiza y un olor a azufre.

La visibilidad era casi nula, una nebulosa naranja que engullía el paisaje, pero no le importó. Solo necesitaba una cosa.

Con una precisión milimétrica, forzó el mecanismo de las luces de emergencia, ignorando el forcejeo de los guardias a su espalda.

Un pulso, luego dos; un parpadeo lento que se encendió y apagó en la oscuridad.

Después, un ritmo más rápido: tres destellos rápidos, una pausa, y otra vez tres.

Era un código binario, un mensaje tácito que solo Vidart entendería, una señal táctica preestablecida para situaciones extremas.

Significaba: «Estoy aquí, estoy viva, atacan desde esta posición».

La furgoneta, ahora una carcasa inerte, se convirtió en un faro intermitente en la ladera del volcán, un punto de luz danzante en la ceguera de la calima.

Los guardias gritaban, pero sus voces se perdían en el rugido del viento.

Uno de ellos se tambaleó hacia ella, pero Leire lo esquivó con un movimiento ágil, su pequeño cuerpo deslizándose como un pez.

Sabía que Vidart estaría buscando cualquier indicio, cualquier pista en aquella maraña de confusión. Aquel destello sería su brújula, su ancla. Su corazón latía con furia, un tambor en sus oídos. Se sentía viva, desafiante, a pesar del riesgo inminente.

En la cresta del volcán, Julián Vidart lidiaba con la furia y la impotencia.

El disparo que había lanzado hacia una sombra se disolvió en la calima, inútil.

El Operador seguía burlándose de él, moviéndose como un fantasma en la niebla anaranjada.

El corazón le retumbaba en el pecho, un martillo desbocado, alimentado por la desesperación y la certeza de que Leire estaba en peligro. Y entonces, un parpadeo.

Primero, un destello vacilante, apenas perceptible a través de la densa cortina de arena.

Luego, un segundo, más definido. El patrón se repitió, lento, pausado.

Después, el ritmo cambió. Tres destellos rápidos, una pausa.

Otros tres. El código. El corazón de Vidart dio un salto brutal; la rabia se transformó en una esperanza cruda y salvaje. Leire. Estaba viva.

La luz intermitente venía de la ladera, justo debajo de su posición.

Un escalofrío de energía le recorrió la espalda, disipando la fatiga y el dolor de su hombro herido.

No era un faro cualquiera. Era su faro. La furgoneta.

Ella había logrado liberarse. La señal era diáfana, un eco mudo que solo ellos dos podían escuchar en el caos del volcán.

La furia regresó, pero esta vez con un objetivo preciso.

Había subestimado a su Teniente, como todos.

El Operador, sin embargo, había subestimado el lazo que los unía, la complicidad forjada en la fragua de la adversidad.

Vidart ajustó el agarre de su Z-70, el cañón frío y familiar en sus manos.

Ya no estaba ciego. Tenía un punto de referencia, una diana.

Y lo que es más importante, tenía una razón para luchar con mayor ferocidad.

El Operador, que hasta ese momento había mantenido una posición ventajosa oculta en un repliegue rocoso, observaba el forcejeo en la furgoneta con la fría indiferencia de un cazador.

Entonces, una punzada de incredulidad le atravesó la fría lógica.

Había calculado cada variable, anticipado cada movimiento, pero la improvisación de la Teniente Garmendia no estaba en sus algoritmos.

La luz de la furgoneta, un destello inoportuno en la espesura de la calima, le desbarataba la coreografía.

El plan se había desbaratado. El silbido agudo de su comunicador, ahora un pitido inerte, resonó en el vacío. No había respuesta de sus hombres. Un golpe sordo en el interior de la furgoneta confirmó sus sospechas: la Teniente se había liberado.

Un gruñido de frustración se le escapó, apenas audible bajo el visor de su máscara de carbono.

No podía permitir que Vidart viera la posición de Garmendia, ni que ella interfiriera en su duelo.

Tenía que controlar la situación, recuperar la ventaja, reestablecer el orden.

Con movimientos bruscos, se irguió de golpe desde su escondite.

Su silueta, alta y musculosa, se hizo visible por primera vez, apenas un contorno sombrío en la penumbra anaranjada.

Sus ojos, azules grisáceos e inexpresivos, buscaron los de Vidart al otro lado del cráter.

La máscara de carbono, pulcra e impersonal, reflejaba la luz fantasmagórica de la calima.

El Operador era la precisión personificada, una pieza clave en el gran engranaje de Tánatos, y rara vez se permitía la emoción.

Pero aquel atrevimiento, aquella intrusión en su lógica perfecta, le encendió una fría furia.

Vidart lo miró fijamente, la Z-70 alzada, la mandíbula tensa. Las luces intermitentes de la furgoneta, ahora una baliza de esperanza, danzaban entre ambos hombres. No había vuelta atrás. Aquel duelo en el corazón de la tierra quemada era el punto sin retorno.