Capítulo 28 La Trampa de la Calima
L a bocanada de aire cálido, cargada con el sabor metálico del polvo y el olor a azufre, martilleó los pulmones de Julián Vidart en cuanto el todoterreno se detuvo bruscamente.
El silencio, roto solo por el soplido errático del motor al enfriarse, se extendía como una mortaja.
Había conducido a ciegas, guiado por la promesa de coordenadas y el mensaje críptico de un interlocutor que no había querido mostrar su rostro.
Ahora, ante él, la calima era una pared anaranjada, densa y casi sólida, que se tragaba la silueta del volcán apagado.
Cada metro era una lucha contra la arena en suspensión que se colaba por cada poro, irritando los ojos, abrasando la garganta.
La oscuridad de la madrugada se había vuelto un filtro rojizo, artificial, que difuminaba el mundo hasta convertirlo en un lienzo monocromo y opresivo.
Ni siquiera las luces largas del vehículo lograban perforar aquel velo arenoso que envolvía el cráter, un escenario perfecto para una emboscada, un lugar donde el tiempo parecía haber olvidado su curso.
Cada fibra de su ser gritaba que era una trampa, que aquel silencio no era natural.
El rastro de la furgoneta, apenas perceptible bajo la calima, le había llevado hasta allí, a la boca de la bestia dormida.
Sabía que venía solo, que no podía arrastrar a Morales ni a nadie más a este infierno personal.
La voz del Operador, fría y sin inflexiones, había sido clara: solo .
La voz, cuando llegó, no fue un grito, sino un susurro amplificado que vibraba en el denso aire, como si el propio volcán hablara.
—Tú vienes solo, Julián —resonó por altavoces ocultos, la reverberación distorsionada de las palabras envolviendo a Vidart desde todas direcciones—.
No más aparatos, no más Tenientes entrometidas.
—La voz era metálica, desapasionada, diseñada para quebrar la voluntad del más templado.
Vidart apretó los dientes, sintiendo la arena crujir entre ellos.
Escudriñó la neblina, pero no había una fuente discernible.
El sonido rebotaba en la caldera, creaba ilusiones auditivas, sombras acústicas que le impedían fijar un punto de origen.
Aquella táctica de desorientación era una bofetada a su instinto, a su capacidad para leer el terreno.
Sabía que no podía responder, que cualquier palabra revelaría su posición.
La voz se mofaba de su aislamiento, de su vulnerabilidad, explotaba el recuerdo de la purga en la Comandancia.
Él y Garmendia eran objetivos. Tánatos no solo jugaba a eliminar, sino a humillar.
Un zumbido apenas perceptible le indicó la presencia de los altavoces, pero estaban escondidos con maestría, posiblemente camuflados entre las rocas basálticas que se alzaban como fantasmas en la calima. El aliento se le atascó en la garganta.
Su mano, pese al temblor invisible que la recorría, mantuvo el Z-70 en alto.
Los músculos del cuello estaban tensos, la piel tirante, como si esperara el golpe.
El calor era sofocante, el aire tan pesado que cada inspiración costaba un esfuerzo.
Pensó en Leire, en su brillantez, en su lealtad, en el riesgo que había asumido al seguirle.
Se había convertido en un cebo. Una ira lenta y fría comenzó a cocerse en el pecho del Capitán, la clase de furia que nace de la traición y la impotencia.
Un grito, breve, estrangulado, perforó la calima.
Era la voz de Leire Garmendia. El eco se diluyó de inmediato, pero su resonancia quedó grabada a fuego en el pecho de Vidart.
Un nudo de músculos se tensó en su estómago, frío y pesado como una piedra.
La furia, hasta entonces contenida, estalló en su interior como un volcán que, lejos de apagarse, se encendía con una rabia inextinguible. El Operador la tenía.
La había capturado, la había usado para atraerlo a aquel purgatorio de arena.
La imagen de Garmendia, su rostro determinado, sus ojos azules, brillando incluso bajo el peso del cansancio, se clavó en su mente.
Era su lealtad, su convicción, lo que el Operador estaba usando contra él.
Una trampa tan vieja como la guerra misma, pero siempre efectiva.
El Capitán cerró los ojos un instante, inhalando el aire caliente y denso, intentando controlar el pulso salvaje que le golpeaba las sienes.
Garmendia era más que una compañera; se había convertido en su único ancla en el caos.
La posibilidad de perderla allí, en aquel lugar desolado, lo carcomía.
La piel le picaba, no solo por la arena, sino por la impotencia.
La rabia ascendió por su garganta, un regusto amargo que se mezclaba con el polvo.
Una oleada de culpa lo invadió: él la había traído hasta aquí, él la había expuesto a la crueldad de Tánatos.
El Operador era un estratega consumado, un cazador que sabía dónde golpear para inmovilizar a su presa.
Aquel grito, ahora un eco doloroso en la memoria, era la confirmación de su crueldad, el rostro sin alma de la organización que había corrompido su vida, que había destruido a su hermano y ahora amenazaba con devorar a su única aliada.
El Z-70 se sentía pesado en sus manos, casi inútil en aquella neblina que lo convertía todo en una mancha incierta.
Leire, su Leire, estaba allí, en algún lugar de la niebla, prisionera de la misma oscuridad que buscaba devorarlos a ambos.
—Tú no buscas justicia, Julián, buscas castigo —siseó la voz del Operador, ahora más cerca, como si la calima misma susurrara en su oído.
La frase golpeó a Vidart como un puñetazo en la boca del estómago, resonando con una verdad brutal que intentaba enterrar.
Sí, buscaba castigo. Buscaba la retribución por la muerte de su hermano, por la purga de agentes honestos, por la podredumbre que se había extendido por las venas de la Guardia Civil.
La voz siguió, implacable: —No has cambiado.
El mismo cachorro herido de Soria. Crees que tu honor es una armadura, pero es tu mayor debilidad.
—Vidart notó el escalofrío que le recorrió la espalda.
Conocía su historia, su herida abierta, el motor de su obsesión.
El Operador sabía demasiado. Aquel conocimiento personal era la verdadera trampa.
La conversación no era un intercambio de información, sino una disección de su alma, un intento de quebrar su espíritu antes de aniquilar su cuerpo.
El Capitán se negó a morder el anzuelo. No le daría el gusto de una respuesta.
La inmovilidad era su única defensa, su silencio su escudo.
Intentó regular la respiración, que se volvía cada vez más errática bajo el peso de la calima y la tortura psicológica.
La mente del Operador era un laberinto, sus palabras dagas.
La arena en suspensión le recordaba a la tierra de Las Hurdes, a la ceniza de los fuegos que creyó haber extinguido, pero que seguían ardiendo bajo la superficie.
El honor era una divisa, sí, pero también una condena.
Era el lema de su promoción, el "Caminos de Honor" que ahora Garmendia había descubierto como la firma digital de Tánatos.
Un retorcido juego de espejos, una burla cruel a todo lo que había creído.
Vidart se movió. No corrió, no se precipitó.
Cada paso era una deliberación, un acto de fe en sus sentidos embotados por la calima.
El Z-70 se mantuvo en alto, sus ojos verdes, aguzados por años de servicio en entornos hostiles, intentaban distinguir algo en la cortina naranja.
El viento silbaba a su alrededor, arrastrando partículas de arena que le arañaban la piel y se le metían en los ojos, obligándolo a parpadear.
El ruido de sus propias pisadas sobre la roca volcánica, amortiguado por la arena suelta, le parecía un estruendo en aquel silencio tenso.
El Operador, sin embargo, no dejaba de hablar.
Su voz seguía fluyendo de puntos diferentes, creando una ilusión de movimiento, una danza macabra de sonido y ausencia.
—Estás solo, Julián. Siempre lo has estado.
¿Crees que puedes enfrentarte a esto? A Tánatos, al verdadero poder que mueve los hilos…
—Los insultos, las verdades a medias, se sucedían, golpeando los muros de su concentración.
Vidart ignoró las palabras, se centró en la cadencia de la respiración del volcán, en el imperceptible cambio en la densidad del aire.
Buscaba una anomalía, un resquicio en el engaño auditivo, la fuente real de la voz.
El cuchillo táctico, enfundado en su cinturón, le pesaba como una promesa.
La experiencia le había enseñado que la verdadera batalla no se libraba con disparos, sino con instintos primarios.
Su tobillo punzaba con cada apoyo, pero la necesidad de encontrar a Leire, de silenciar al Operador, le inyectaba una determinación helada en las venas.
La calima se convirtió en un depredador, el espacio en una jaula.
El tiempo, antes una corriente, ahora se le escurría entre los dedos como la arena, amenazando con sepultar toda esperanza.
Escudriñó cada sombra fugaz, cada movimiento ilusorio del polvo.
Fue un parpadeo. Una interrupción mínima en la homogeneidad de la cortina de arena, un movimiento apenas perceptible en el borde de su visión.
Una sombra que se deslizó, más oscura, más densa, por un instante infinitesimal.
No pensó. El acto fue un reflejo, la culminación de años de entrenamiento y de la rabia que le roía por dentro.
El Z-70 se alzó, la culata se acopló con firmeza a su hombro y apretó el gatillo.
El estampido resonó en la caldera, un trueno breve y seco que la calima no pudo amortiguar del todo.
La deflagración rasgó la oscuridad, un fogonazo naranja que tiñó la arena antes de extinguirse.
Una ráfaga de fuego y plomo se dirigió hacia el punto exacto donde la silueta había bailado un instante.
El silencio regresó, espeso y cargado, roto solo por el pitido de sus oídos y el zumbido de los altavoces, que se habían detenido, cortados abruptamente.
Su corazón retumbaba contra las costillas, una caja de resonancia frenética.
El olor a pólvora se mezcló con el azufre, creando una mezcla acre que le llenó la boca.
La adrenalina le inyectó una lucidez fría y cruel.
Había disparado. Había reaccionado. ¿Pero a qué?
¿A una sombra? ¿A un engaño visual del Operador?
O, ¿había sido el destello de la verdad, el instante en que el depredador se había revelado en su propia trampa?
El pulso del cráter latía con una intensidad renovada, el aire cargado de una expectativa violenta.