Sangre en la Calima (Caminos de Honor 2) Capítulo 25 El Rescate de la Benemérita #2
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Capítulo 25 El Rescate de la Benemérita #2

El rostro de su hermano, la cicatriz de su ceja, el código 44.

821 resonaban en su cabeza como una letanía.

Esa misma institución había purgado a su hermano, había permitido que Tánatos operara en la sombra.

¿Cuántos otros Morales existían, cuántos habían sido silenciados o comprados?

La pregunta le quemaba, le apretaba el pecho.

No podían confiar en nadie. La desconfianza era un veneno que se filtraba en cada pensamiento.

Mientras Garmendia era atendida por uno de los agentes, quien le vendaba el tobillo con una eficiencia casi mecánica, Vidart se sentó en un banco de la cubierta.

El sol, aunque ya más alto, seguía picando en su piel.

Desenroscó cuidadosamente la bolsa estanca.

El diario del empresario, con su cubierta de piel y sus páginas finas, emergió sin un rasguño.

Vidart lo sostuvo, sintiendo el peso del papel entre sus dedos.

Era un objeto anodino, un cuaderno de anotaciones.

Pero sabía que guardaba una verdad, una pieza vital en el tablero de Tánatos.

Lo abrió con una delicadeza inusual en sus manos, más acostumbradas al metal de las armas que a la fragilidad de las hojas.

Un leve olor a cuero y a papel viejo se desprendió, un contraste con el salitre.

Las páginas estaban llenas de una letra cursiva y apretada, con anotaciones en diferentes tintas, fechas dispersas y cifras que no tenían sentido inmediato.

Negocios, reuniones, nombres de proveedores de hotel.

Una contabilidad aparentemente legal, que ocultaba, o eso esperaba Vidart, la verdadera naturaleza de las operaciones del empresario.

Sus ojos verdes se movían rápido, escudriñando cada palabra, cada garabato.

Buscaba patrones, anomalías, cualquier cosa que desentonara en el discurso monótono de los negocios.

Una fecha tachada varias veces, un nombre repetido, una cifra demasiado grande para el contexto.

El mar seguía batiendo suavemente contra el casco del buque, un arrullo constante que, en lugar de calmarlo, acentuaba su concentración.

Garmendia, a unos metros, levantó la cabeza y le dirigió una mirada.

Sus ojos azules, anhelantes, buscaban una respuesta en el rostro ensombrecido del capitán.

Vidart solo le devolvió un gesto, sin apartar los ojos del diario.

La atmósfera de la institución en la que ahora se encontraban era opresiva, como un peso invisible que se cernía sobre ellos. No tenía tiempo que perder.

Pasaron minutos, quizá casi una hora, mientras Vidart se sumergía en las páginas del diario, el sol calentando el cuero envejecido en sus manos.

Algunas anotaciones eran incomprensibles, otras parecían simples recordatorios.

Pero entonces, un nombre, o más bien un concepto, comenzó a repetirse con una frecuencia inquietante.

Una y otra vez, a lo largo de varias entradas, aparecía el término «La Cúpula».

No como un lugar, sino como una entidad, una referencia críptica, siempre escrita con mayúsculas, casi con reverencia.

«Reunión Cúpula, luz verde para proyecto [tachado]».

«Contacto Cúpula, confirmación logística».

«Pagar peaje a Cúpula, sin rastro».

El término estaba esparcido, camuflado entre números de cuenta y nombres de proveedores.

Vidart frunció el ceño, el calor de una nueva revelación extendiéndose por su pecho, una punzada fría que le subía por la nuca.

No eran simples gestores, ni sicarios. Esto era otra cosa.

Un escalón superior. La confirmación del miedo que le había infundido el Alcalde en Arrecife, las evasivas del empresario, la forma profesional con la que Tánatos había borrado el rastro del yate.

Era una red que alcanzaba la cima. Altos cargos, ministros, gente intocable.

Su intuición se coaguló en una certeza inquebrantable: «La Cúpula» estaba en Madrid.

No era solo un centro de operaciones, era el cerebro, el poder invisible que controlaba a Tánatos.

La escala de la conspiración se amplió con brutalidad, empequeñeciendo todo lo que habían descubierto hasta el momento. La isla, los volcanes, el mar…

todo era solo un punto de paso, una pieza en un tablero mucho más grande, con jugadores poderosos moviendo hilos desde los despachos más altos de la capital.

La ira se encendió en Vidart, fría y controlada, un puño apretado en su interior.

Su hermano, Ramón Otero, los agentes purgados.

No eran simples bajas en una operación criminal, eran víctimas de un «estado paralelo», una sombra que operaba dentro de la propia maquinaria gubernamental.

La verdad era mucho más perturbadora de lo que había imaginado.

La patrullera continuó su rumbo, cortando las olas hacia la costa de Lanzarote.

La silueta de la isla, antes una línea difusa en el horizonte, se fue haciendo más nítida, revelando los contornos irregulares de sus volcanes, las manchas oscuras de la lava solidificada, el blanco cegador de las salinas.

Un panorama desolador y hermoso a la vez, el telón de fondo de una lucha que había superado con creces cualquier expectativa.

Los agentes los llevaron a un muelle secundario, apartado del bullicio habitual del puerto, bajo la discreta mirada de Morales.

La protección oficial era una espada de doble filo.

Les ofrecía un respiro, un momento para reorganizarse, pero también los exponía a los ojos de Tánatos, que ahora sabía que habían sobrevivido.

La mención de «La Cúpula» en el diario era una advertencia.

El enemigo no era una simple organización criminal, sino una facción de poder incrustada en las más altas esferas del gobierno.

Una red de corrupción tan extensa que podría aplastarlos con una llamada, un simple papel firmado en algún despacho lujoso de Madrid.

Vidart ayudó a Garmendia a desembarcar, su hombro un apoyo firme para la teniente, que cojeaba con el tobillo vendado.

El aire en tierra firme era más denso, más cálido, pero llevaba el familiar olor a salitre y arena.

La batalla no había terminado; simplemente se había trasladado.

De las entrañas del volcán, del caos del mar, a los pasillos alfombrados de Madrid.

La patrullera se alejó lentamente, dejando tras de sí una estela de espuma que pronto se desvaneció en el azul.

Vidart se encogió bajo la presión de la nueva realidad, el peso de lo que estaba por venir.

No solo buscaban justicia, buscaban desmantelar un poder que se creía intocable.

Y en ese momento, con el sol cayendo sobre las cimas volcánicas, supo que la verdadera guerra acababa de comenzar.

Se miraron, él y Garmendia, un pacto silencioso de lo que les esperaba.

No era un final, era el prólogo de un nuevo y más peligroso capítulo.