Capítulo 25 El Rescate de la Benemérita
E l sol, un martillo de oro fundido sobre el horizonte africano, castigaba sin piedad la superficie del agua.
Horas de deriva habían limado el filo del pánico inicial, trocándolo en una fatiga densa que calaba hasta los tuétanos de Julián Vidart y Leire Garmendia.
El bote salvavidas, una cáscara naranja a merced de la corriente, subía y bajaba con la lenta respiración del Atlántico.
La sal les había secado los labios, formando costras que se partían con cada movimiento.
El cuerpo de Vidart era un amasijo magullado, cada hueso ajeno, cada articulación una protesta sorda.
Tenía los ojos fijos en el azul vacío, una extensión interminable donde cada ola prometía lo mismo: nada.
A su lado, Garmendia luchaba por un pulso de vida, su rostro tan blanco como la espuma, contraído por el dolor que le subía del tobillo hinchado.
Sus ojos, antes chispeantes, se habían vuelto opacos, velados por el cansancio.
La mochila tecnológica, empapada, era ahora un lastre inerte a sus pies.
El silencio de las horas transcurridas desde el hundimiento del Erebo solo había sido roto por el gemido del viento y el chapoteo monótono del mar contra el inflable.
Los músculos de Vidart se mantenían en una tensión férrea, no solo por el esfuerzo acumulado, sino por la vigilia constante.
Una voz interior le arañaba la garganta: el peligro no había terminado.
Tánatos, pensó, no dejaría cabos sueltos, ni siquiera a la deriva en un bote de supervivencia.
Pero ¿qué hacer? Sus recursos se habían agotado junto al oxígeno del yate hundido.
La desesperanza, una pesadez fría y concreta, empezaba a asentarse en su estómago, una losa que el sol ardiente no lograba calentar.
Un zumbido lejano rompió la monotonía del mar.
Al principio, Vidart lo interpretó como un efecto del hambre y la insolación, un fantasma auditivo que la mente exhausta proyectaba.
Pero el sonido creció, se hizo más nítido, más profundo, rasgando el velo del silencio.
Giró la cabeza, la barbilla áspera por la barba de varios días, la sal reseca en las comisuras de los labios.
En la distancia, una silueta oscura se perfilaba sobre las olas, apenas un punto que se expandía con una velocidad sorprendente.
No era un mercante ni un pesquero. La estela blanca que rasgaba el azul era demasiado definida, demasiado rápida para un barco civil.
Garmendia, a su lado, debió escucharlo también; abrió los ojos y los clavó en el mismo punto, una brizna de alerta venciendo por un instante el sopor que la atenazaba.
El zumbido se convirtió en el rugido constante de un motor de alta potencia.
Poco a poco, la silueta tomó forma: una patrullera, inconfundible con su casco azul y la bandera española izada en la popa.
El aire, de pronto, pareció más denso en los pulmones de Vidart.
En su estómago, un nudo de plomo se deshizo.
Un alivio primario, voraz, le agitó las manos con un temblor casi incontrolable.
Era la Benemérita. Era la ley, la suya, la que debía ser el contrapunto al caos que acababan de vivir.
Pero el sosiego no fue total; arrastraba un regusto amargo, pues sabía que esa misma ley estaba siendo pervertida, manipulada por las sombras que perseguía.
La patrullera se acercó, levantando una ola que meció violentamente el bote, haciendo que los restos de agua salada salpicaran sus rostros.
Desde la cubierta, una figura robusta y familiar, con el uniforme de faena y la gorra de plato, los observaba con ojos que ofrecían una extraña mezcla de alivio y una bronca contenida. Era el Cabo Morales.
—¡Capitán Vidart! ¡Teniente Garmendia! —Su voz grave, cortada por el viento y el motor, llegó hasta ellos. Había en su tono una mezcla de autoridad y un desasosiego evidente, el que Vidart reconoció al instante—. ¡Creí que os había tragado la mar!
Morales no esperó. La patrullera se detuvo con una pericia asombrosa, dejando el bote a sotavento, protegido de las embestidas del mar.
Dos agentes, con chalecos salvavidas, se descolgaron por la borda y los ayudaron a subir a la cubierta.
Las piernas de Vidart flaquearon al pisar la superficie firme del buque.
El bamboleo era diferente, más estable, pero su cuerpo, acostumbrado al vaivén inestable del bote, tardó en adaptarse.
Garmendia, con el tobillo hinchado, gimió al apoyar el pie en la plancha de acero.
Vidart la sostuvo por el hombro, con la mirada fija en Morales, cuyos ojos oscuros los escudriñaban con un celo protector que casi rozaba lo paternal.
El sabor de la sal en su boca era ahora menos áspero, mezclado con la humedad del aire marino y el olor a gasoil de la embarcación.
—Cabo Morales… —Vidart asintió, las palabras atascadas en la garganta reseca. La gratitud se le ancló en el pecho, un peso cálido que pugnaba con el frío de la fatiga. Le costó respirar—. No sé cómo…
—¿Están heridos? ¿Qué diablos ha pasado ahí fuera?
—Morales, pragmático, no perdió el tiempo en formalidades excesivas, pero su tono denotaba una genuina inquietud.
Se acercó a Garmendia, examinando el tobillo con una ceja arqueada, la mano nudosa y curtida por el sol rozando el pantalón empapado de la teniente.
—Sobrevivimos —respondió Garmendia, intentando una sonrisa que se disolvió en una mueca de dolor—. Gracias por encontrarnos. Mi señal de emergencia…
—Funcionó. Los barcos no suelen desaparecer sin dejar rastro por estas aguas.
Menos aún si se trata del Erebo —puntualizó Morales, mientras uno de los agentes les ofrecía botellas de agua fresca.
Vidart bebió a grandes tragos, el líquido bajando por su garganta como un bálsamo helado, arrastrando la sequedad.
El sabor salino del mar se disipaba lentamente, dejando un rastro dulce.
Vidart se enderezó, aunque le costaba. Cada movimiento le recordaba los golpes y las contusiones de la noche.
En su mano, apretaba con instinto de supervivencia la bolsa estanca que contenía el diario del empresario.
Era la única prueba, el último resto de su incursión en el Erebo , el único trofeo de aquella odisea submarina.
La había asegurado a su cuerpo con la última hebra de energía, la única boya en el naufragio de su memoria.
La tela impermeable, rugosa y fría, se sentía como una extensión de su propia piel.
—Hemos tenido visitas inesperadas, Cabo —dijo Vidart, la voz ronca por la sequedad, un carraspeo que le dolía en la garganta —. Tánatos no juega limpio. El Erebo está en el fondo. El empresario… también.
Morales asintió, su rostro se tensó, la mandíbula se marcó.
No había sorpresa en sus ojos, solo una confirmación de lo que ya sospechaba, una sombra de resignación.
Había sido testigo de la calima de fuego, de la persecución en el malpaís.
Sabía que se habían adentrado en un avispero mucho más enconado de lo que aparentaba la tranquila fachada de las islas.
El silencio que siguió, solo roto por el rugido del motor y el viento, se convirtió en un pacto tácito de lo que quedaba por hacer.
Ambos comprendían la magnitud del enemigo que se cernía sobre ellos. El Cabo, con la mirada perdida en el horizonte, parecía sopesar el peso de las palabras de Vidart.
La ironía de la situación no escapaba a Vidart.
Salvados por la misma Benemérita que, al mismo tiempo, sentía agujereada por dentro, como una madera roída por termitas invisibles.
Los uniformes de los agentes que los atendían, el emblema del tricornio, la disciplina en sus movimientos, todo representaba el orden, la ley que él había jurado defender.
Pero el Cabo Morales, con su lealtad forjada en el calor de la batalla, era una excepción.
Era el honor de la isla: aquel que no se doblegaba ante las órdenes de la península, que miraba más allá de los despachos y los intereses ocultos.
La mano encallecida de Morales, sujetando el timón con firmeza, era un ancla en el caos que los rodeaba, una promesa de solidez en un mundo que se desmoronaba.
Vidart había visto la verdadera cara de Tánatos: la frialdad de su logística, su capacidad para borrar el rastro de sus peones, la infiltración en las capas más profundas de la sociedad.
Y el rescate, aunque providencial, no significaba el fin de la lucha, sino una pausa, una reorganización forzosa.
El alivio, al ser izado a la cubierta, se mezcló con un regusto a hierro en la boca, una certeza desapacible.
No había sido una simple persecución de contrabando, ni una vendetta personal.
Se trataba de algo mucho mayor, una estructura que utilizaba la propia ley para sus fines, que tenía tentáculos en lugares insospechados.
La calima, el calor de la lava, el susurro del mar…
todo era parte de un escenario cuidadosamente montado, una obra de teatro donde los peones caían sin dejar rastro.
Ahora, él y Garmendia eran dos de esos peones que, contra todo pronóstico, se habían negado a desaparecer.
La mente de Vidart no descansaba, incluso con el cuerpo agotado.
Su mirada recorrió la cubierta de la patrullera, los aparatos de navegación, las armas reglamentarias.
Todo era orden, técnica, control. Un mundo que contrastaba brutalmente con el infierno de lava y sal que habían dejado atrás, y con la oscuridad del mar que había tragado el yate.
Se sentía como un infiltrado en su propia institución, un paria que buscaba justicia donde la justicia había sido corrompida.