Capítulo 24 Huida bajo el Mar
E l alarido ensordecedor del yate hendió la noche.
Las alarmas, activadas por la detonación submarina, desgarraron el silencio con un ululante aviso de muerte que se extendió por cada intersticio de la estructura.
El agua irrumpió en los pasillos, una marea negra y gélida que devoraba el espacio con ferocidad, mezclando el aroma dulzón del diésel con el salitre.
Vidart sintió cómo el suelo se ladeaba bruscamente bajo sus pies.
El Erebo, aquella cáscara de metal que había sido un símbolo de poder y opulencia, comenzaba a implosionar bajo la presión abismal del mar.
Un estruendo metálico se propagó desde las entrañas del navío.
Era el sonido de la estructura retorciéndose, las planchas cediendo, las vigas crujiendo como huesos fracturados.
La inclinación se hizo cada vez más pronunciada.
El capitán tuvo que aferrarse al marco de una puerta para no ser arrastrado por la fuerza del agua.
El caos era absoluto: luces rojas parpadeantes se mezclaban con el atronador bramido del océano, que irrumpía por las brechas abiertas por la explosión.
Más allá de la cubierta, la oscuridad se extendía como un abismo, un pozo sin fondo que reclamaba su presa.
Cada vibración resonaba en su pecho, un tambor de guerra que anunciaba el final inminente del yate.
Sintió el frío del agua calándole las botas, la humedad pegajosa del aire.
Un sabor a bilis en la garganta le recordaba el miedo, pero su mente se mantenía anclada en una única prioridad: Garmendia.
La teniente, sin embargo, parecía ignorar las señales de peligro.
Su atención estaba completamente volcada en la sala de servidores, la última fortaleza de información del Erebo.
El agua ya le llegaba a los tobillos. Sus dedos volaban sobre el panel de acceso del rack principal, conectando el disco duro sólido que había extraído del búnker de Timanfaya a una serie de adaptadores improvisados.
El destello de su linterna frontal revelaba el sudor en su frente, la tensión en cada músculo, una concentración tan absoluta que la abstraía del naufragio.
Sabía que cada instante era precioso, que cada kilobyte recuperado era un golpe certero contra la mano implacable de Tánatos. El servidor emitía un zumbido agónico, como un corazón latiendo bajo el agua, intentando escupir sus secretos antes de ser silenciado para siempre.
—¡Casi! —murmuró Garmendia, su voz ahogada por el rugido del agua.
Un cable vibraba en sus manos. Podía sentir una descarga de electricidad recorrer su cuerpo, una sacudida que la mantenía lúcida y enfocada.
Había una cantidad inconmensurable de datos en aquellos discos.
Registros financieros, comunicaciones cifradas, quizá nombres, ubicaciones, la cartografía completa de la red de Tánatos.
No podía permitirse que se hundieran con el barco, que aquel caudal de verdad se perdiera en el abismo.
El tiempo se estiraba, se deformaba, cada segundo una eternidad mientras la habitación se llenaba sin piedad.
El agua subía por sus espinillas, luego por sus rodillas.
El frío era intenso, paralizante, pero una llama de determinación ardía en sus ojos azules.
La superficie de los monitores ya reflejaba las ondulaciones del agua, sus reflejos distorsionados por la marea implacable que se elevaba en la estancia.
Un último archivo parpadeó en su pantalla, un nombre cifrado que no pudo leer a tiempo.
El agua golpeó con fuerza la puerta de la sala de servidores.
Garmendia, tambaleante, se aferró a la mesa, sus manos aún conectadas al equipo de hackeo.
El nivel del líquido le llegaba ya a la cintura, y el frío comenzaba a entumecerle los músculos.
Las vibraciones del yate eran cada vez más violentas, una convulsión que amenazaba con hacerla perder el equilibrio.
No había tiempo, lo sabía, pero la información que estaba a punto de perder era invaluable.
Su vista se fijó en la pantalla de su tableta, donde una barra de progreso luchaba por llegar al cien por cien. El disco duro de Vidart había sido copiado, una pequeña victoria. Pero el servidor principal del Erebo, ese monstruo de cables y chips, guardaba mucho más.
—¡Leire, fuera de ahí! ¡Ahora! —El grito de Vidart resonó a través del fragor del agua, su voz tensa, cargada de una urgencia visceral que penetró la burbuja de concentración de la teniente.
La vio, empapada hasta la cintura, con la mirada aún fija en los monitores parpadeantes.
No había duda: su vida corría peligro, a punto de ser arrastrada por la corriente que se formaba en el pasillo, un torbellino de cables rotos y mobiliario flotante.
No podía dejarla. Ni ahora, ni nunca. No después de Soria, no después de Ramón Otero.
La vida era frágil, un hilo tan fino como el de los datos que ella intentaba salvar. Y él había prometido protegerla.
Vidart irrumpió en la sala. El agua ya le llegaba al pecho, y el esfuerzo de avanzar contra la corriente era inmenso.
La vio dudar un instante más, un parpadeo, una fracción de segundo en la que la lealtad a la misión chocó con la cruda realidad de su supervivencia.
En un momento, el deber; al siguiente, el instinto.
—¡Suelta eso! —ordenó, la voz ronca, autoritaria.
Se abalanzó sobre ella, la mano firme sobre la tela empapada de su mochila.
La agarró con la fuerza de la desesperación, la tiró hacia atrás, desconectándola de golpe de los cables.
Garmendia soltó un grito ahogado de sorpresa, no de dolor.
La mano de Vidart fue un ancla, un pilar firme en medio del caos que los engullía.
Sabía lo que implicaba quedarse, lo que significaba ceder a la obsesión de la verdad cuando la muerte ya les respiraba en la nuca. Aquella sala era una trampa mortal.
—¡El servidor! —gritó Garmendia, intentando aferrarse de nuevo al equipo, pero Vidart la arrastró con más determinación.
—¡El servidor se queda! ¡Tú, no! —Su voz no admitía réplica.
El aire era pesado, asfixiante, y el rugido del acero doblándose se hizo ensordecedor.
La integridad de la vida, aquel frágil milagro, valía más que cualquier secreto.
Había visto demasiadas veces cómo la búsqueda de la verdad devoraba a las personas.
No iba a permitir que Leire se convirtiera en otra estadística más, otra pieza en el tablero de Tánatos, como su propio hermano, como Ramón Otero.
La lucha por la vida era ahora su única prioridad, la única orden que importaba.
La fuerza de la corriente se intensificaba a cada segundo.
El yate se inclinó con una sacudida brutal, un lamento de metal distorsionado que se extendió por toda la embarcación.
Vidart y Garmendia fueron arrojados contra una de las mamparas.
El impacto resonó en sus costillas, pero el capitán no soltó a la teniente.
El agua en el pasillo se había convertido en un torrente que los arrastraba, chocando contra los restos flotantes de muebles y equipos.
Las luces de emergencia parpadeaban con una lentitud agónica, sumiendo el corredor en una oscuridad intermitente que acentuaba el horror.
—¡Por aquí! —gritó Vidart, su voz casi inaudible sobre el fragor del naufragio.
Logró divisar la salida al exterior, un pequeño punto de luz en el techo que marcaba la escotilla de un bote salvavidas.
El aire, denso y cargado de vapor, se hacía cada vez más difícil de respirar.
La presión sobre sus oídos era una punzada constante, y el olor a aceite y combustible quemado les arañaba la garganta.
La muerte tenía muchos aromas, y aquel era uno de ellos.
El esfuerzo de avanzar contra la corriente era titánico.
Garmendia, aunque exhausta y herida, luchaba con él, empujando con sus últimas fuerzas.
Sentía cada impacto, cada tirón, el frío helado del agua que le cortaba el aliento.
Sus brazos se movían con dificultad, intentando apartar los escombros que flotaban a su paso, pero la inercia del Erebo era imparable.
El yate gemía, cada crujido un aviso de inminente colapso.
Sabía que estaban a escasos metros de la libertad, pero la distancia se hacía infinita.
El cuerpo le pesaba, el agotamiento era un lastre que amenazaba con hundirlos.
Vidart hizo un último y desesperado esfuerzo, impulsándose con el pie contra el suelo inundado.
La escotilla del bote salvavidas apareció ante ellos como una promesa, un resquicio de esperanza en el apocalipsis de hierro que se desmoronaba.
El capitán levantó a Garmendia con una fuerza que no sabía que le quedaba y la empujó hacia arriba.
—¡Sube! ¡Ahora! —ordenó, su rostro marcado por el esfuerzo, el agua goteando por su pelo oscuro y sus canas incipientes.
Ella se impulsó, sus manos ágiles buscando el borde del bote.
La teniente se izó a duras penas, el disco duro de Soria aún apretado contra su pecho.
Justo cuando estuvo a salvo, el yate se inclinó con una violencia aún mayor.
El chirrido del metal al retorcerse era ensordecedor.
Vidart sintió cómo el agua lo absorbía, arrastrándolo hacia el vacío.
El bote salvavidas, al ser liberado de sus amarras por la brusca inclinación, se balanceó con violencia.
Garmendia se aferró a los cabos, con el corazón martilleando contra sus costillas, mientras el Erebo se alzaba sobre las olas, mostrando su panza agujereada.
El aire alrededor del barco se llenó con el sonido gutural del acero partiéndose, el último grito de un gigante de metal.
El vapor y el humo se mezclaban con el negror de la noche, creando una visión fantasmal.
Garmendia, desde la relativa seguridad del bote, vio a Vidart luchando contra la succión. La corriente lo jalaba con una fuerza bestial hacia el remolino que se abría en la cubierta, una boca hambrienta dispuesta a devorarlo.
Fue entonces cuando los ojos de Vidart se posaron en un detalle diminuto.
Una pequeña bolsa estanca, flotando a la deriva, aferrada a una chaqueta empapada que reconoció.
Era la del empresario hotelero, aquel que Tánatos había convertido en su última víctima.
Un acto reflejo, un destello de su instinto, le impulsó a estirar el brazo.
Sabía que era una locura, que la corriente podía arrastrarlo al abismo.
Pero una corazonada le gritó que aquel objeto era una pieza, una que el Operador, en su metódica limpieza, había pasado por alto. La información, la verdad, siempre había sido su ancla, su brújula.
Con un último esfuerzo, los músculos de su hombro ardiendo por el dolor, Vidart atrapó la bolsa.
La notó pesada, rectangular, y no dudó de su contenido: el diario personal del empresario.
Aquella pequeña libreta, ahora empapada pero sellada al vacío, era un nuevo eslabón, una pista fresca que Tánatos había intentado borrar.
La sostuvo con fuerza, como un náufrago se aferra a un tronco.
Era una victoria amarga, un objeto robado a las profundidades, pero una victoria al fin y al cabo.
Garmendia lo llamó, la voz estrangulada por el miedo.
—¡Julián! ¡Agárrate! —gritó, extendiendo su brazo.
Vidart, con la bolsa estanca firmemente apretada, se impulsó con las piernas.
La desesperación le infundió una fuerza renovada.
Finalmente, su mano áspera atrapó la de Garmendia, y ella tiró con todas sus fuerzas.
El capitán, jadeando, se izó al bote, cayendo de bruces en el fondo, empapado, exhausto, pero vivo.
El Erebo se despidió con un estruendo final.
La popa se alzó, un esqueleto de acero contra el cielo estrellado, antes de sumergirse de cabeza en las aguas.
Un rugido burbujeante, como el último aliento de un leviatán, se propagó por el mar.
La presión implosionó el resto de la estructura, y el yate desapareció bajo la superficie, dejando un gigantesco remolino de burbujas y escombros.
Trozos de madera, plásticos y algunos enseres personales delataban el punto exacto de su última morada.
El agua, antes embravecida, se alisó lentamente, cubriendo el crimen.
Vidart y Garmendia flotaban a la deriva, el pequeño bote salvavidas como una brizna de paja en la inmensidad del océano.
La noche se había tragado al Erebo por completo.
El silencio que siguió al cataclismo era aún más sobrecogedor que el fragor de la explosión.
No había luna, solo un velo de estrellas indiferentes que salpicaban el manto oscuro.
El frío calaba hasta los huesos, y el salitre les quemaba los labios.
Ambos estaban empapados, tiritando, con la ropa pegada al cuerpo.
Garmendia se encogió, abrazándose a sí misma, con el disco duro de Soria aún pegado al cuerpo.
Miró a Vidart, sus ojos azules fijos en el rostro endurecido del capitán.
Respiraba con dificultad, el pecho subiendo y bajando con un esfuerzo doloroso.
La bolsa estanca, con el diario del empresario en su interior, estaba a salvo, apretada contra su cinturón.
Habían perdido el Erebo, un monumento a la crueldad de Tánatos, pero habían ganado algo más valioso: la verdad.
El sacrificio de aquel hombre, cuya identidad aún no conocían del todo, no sería en vano.
El bote se balanceaba suavemente en la calma aparente de la noche, un punto insignificante en la inmensidad del mar.
Las olas golpeaban la fibra de vidrio con un murmullo constante, la única banda sonora de su desesperada travesía.
Vidart cerró los ojos un instante, sintiendo el cansancio de mil batallas.
Estaban a salvo, por ahora. Pero la victoria, aunque presente, venía con un sabor amargo.
El mar había reclamado el Erebo, y con él, la mayoría de las pruebas físicas.
Solo quedaban el disco duro de Soria, y ahora, el diario de aquel empresario, un nuevo trozo del rompecabezas. La caza continuaba, y la noche, apenas comenzaba. La incertidumbre se cernía sobre ellos, tan densa como la oscuridad que los rodeaba.