Capítulo 23 El Abordaje Silencioso
E l frío del Atlántico, a dos millas de la Isla de Lobos, mordía la piel de Julián Vidart con la rabia contenida del océano.
El yate Erebo era una mancha de ébano contra la cortina de la noche, su silueta, desprovista de luz, un espectro flotando sobre el negro abisal del mar.
La luna menguante se asomaba por momentos entre nubes deshilachadas.
Sus pálidos destellos palpitaban sobre las olas, que se alzaban y morían sin ruido contra el pulido casco del Erebo.
Vidart nadaba con brazadas largas y poderosas.
Cada impulso le arrancaba un gemido mudo al hombro herido, un latigazo sordo incrustado en su carne como una segunda naturaleza.
Pese a todo, su mente conservaba una lucidez hiriente.
La tabla de neopreno con el equipo de Garmendia lo seguía, apenas un susurro arrastrado por la estela.
A su lado, Leire Garmendia se deslizaba con una agilidad sorprendente, a pesar del tobillo maltrecho que la había hecho cojear en tierra firme.
Aquí, el agua sostenía su peso, liberándola de la carga.
Los ojos de Leire, azules, casi negros por la oscuridad y la concentración, escudriñaban la cubierta del yate con la precisión de un halcón.
Habían analizado distancias, la temperatura del agua y los patrones de vigilancia que un barco a la deriva, a la espera de ser hundido, podría mantener.
Todo indicaba una tripulación remanente mínima: apenas un par de centinelas, tan negligentes como confiados en la vastedad y la oscuridad del mar.
El aire salado llenaba sus pulmones, pesado y metálico.
Solo el susurro del agua contra los trajes de neopreno rompía la densidad de la noche, un compás ancestral que marcaba su avance.
Vidart pensó en su hermano, en la placa carbonizada que llevaba en su bolsillo estanco, en los fantasmas que lo habían arrastrado hasta estas aguas heladas, lejos del polvo y la calima de la tierra firme.
El Erebo no era un simple yate; era un umbral al laberinto de Tánatos, una pieza más en la maraña de sombras que se negaba a encajar.
La aproximación fue una danza ancestral, forjada en mil escenarios hostiles, silenciosa y letal.
Vidart, con la Z-70 enfundada y un cuchillo táctico de hoja ancha entre los dientes, emergió primero, aprovechando el punto ciego de la popa, donde un pequeño bote auxiliar colgaba como una presa inerte.
Manos callosas y fuertes se aferraron a un cabo de amarre, alzando su cuerpo empapado con la ligereza de un depredador.
El primer guardia, apostado junto a la chimenea de ventilación, con la mirada perdida en el horizonte, no tuvo tiempo de reaccionar.
Vidart cayó sobre él desde la oscuridad, el golpe seco en la nuca, preciso y fulminante.
El cuerpo se desplomó sin un sonido, apenas un gemido ahogado por el impacto.
Leire, ascendiendo por el mismo cabo con la agilidad de un felino, ya empuñaba la pistola silenciosa oculta entre sus ropas.
Sus ojos detectaron al segundo centinela, que encendía un cigarrillo en la proa, una mota naranja brillando en la negrura.
—Dos —murmuró Vidart, su voz áspera, apenas un roce del aire.
Garmendia asintió. Un gesto mínimo de la mano de Leire guio la mirada del Capitán.
Se deslizó por la cubierta, el neopreno negro absorbiendo la luz residual, convirtiéndola en una sombra escurridiza.
El guardia de proa sopló una bocanada de humo hacia el mar, ajeno a la trama de muerte que se tejía a sus espaldas.
Un segundo después, un psssht casi inaudible rompió el silencio, seguido del suave desplome del cuerpo.
Vidart ya había asegurado el primer cadáver, arrastrándolo discretamente hacia la barandilla, lejos de cualquier mirada indiscreta.
Su trabajo en equipo era un mecanismo de precisión, una unidad forjada en la inclemencia del peligro.
Las manos de Garmendia, letales con el arma, complementaban la fuerza bruta de Vidart en el cuerpo a cuerpo.
Una alianza letal que cimentaba su supervivencia.
La adrenalina le encendía las venas, un fuego que combatía el frío glacial del mar.
Cada respiración era una bocanada de peligro, cada segundo, un aliento robado que Tánatos les negaba.
Los hombres de la cubierta eran meros peones, desechables como todo lo que la organización tocaba.
Una pieza de metal sin valor que Vidart ya había empezado a despreciar.
Se agachó junto a Leire, susurrándole al oído mientras sus ojos escudriñaban la puerta de la cabina.
—Despejado. Entramos.
El lujo del Erebo se revelaba en el camarote principal, un salón donde la madera pulida y los herrajes de latón brillaban incluso en la penumbra.
Sedas finas cubrían los sofás, y las botellas de licor reposaban en un mueble bar de caoba.
Pero el aire allí dentro se sentía inmóvil, pesado, con un olor a tabaco rancio y un dejo metálico que Vidart no supo identificar de inmediato.
El silencio era tan denso que parecía absorber cualquier sonido, creando una atmósfera opresiva.
Las pupilas, ya habituadas a la oscuridad, se movían con una cadencia lenta, registrando cada sombra, cada objeto, cada ausencia y cada posible presencia.
El poder, reflexionó, siempre había buscado su guarida en la suntuosidad, en la fachada de la riqueza y la respetabilidad.
Este yate, como los despachos de Madrid o los viñedos de La Geria, era otro escenario donde la corrupción tejía sus intrincadas redes, una cáscara lustrosa que protegía un interior corrompido.
Garmendia, a su lado, encendió con cautela la linterna de su tableta, proyectando un haz de luz tenue que bailaba sobre las superficies.
Sus ojos repasaban cada detalle, buscando trampas, cámaras, cualquier señal de que su irrupción no había sido tan secreta como esperaban.
El crujido de la madera bajo sus botas fue el único sonido que osó romper el sudario de silencio. Vidart no se fiaba de la calma.
Sabía que Tánatos operaba con una lógica de purga implacable.
La inacción del yate solo podía significar una cosa: el trabajo sucio ya estaba hecho o a punto de culminar.
La imagen de la placa carbonizada de Ramón Otero, su compañero de Soria, le asaltó la mente.
¿Cuántas vidas más habían sido sacrificadas en el altar de esta organización?
¿Cuántas «limpiezas de excedente» habían ocurrido antes de que él y Leire se toparan con este rastro de sal y sangre?
El estómago se le anudó, un nudo frío y acerado.
El lujo que los rodeaba parecía burlarse de la miseria humana, de la eficiencia despiadada con la que Tánatos eliminaba a sus peones cuando ya no les eran útiles.
Este era un lugar de secretos, de pactos silenciados y traiciones, una burbuja de opulencia a punto de estallar en el vasto e indiferente océano.
El haz de la tableta de Garmendia se detuvo en un punto del suelo.
Una exhalación contenida escapó de sus labios.
Vidart, un segundo antes de que ella pronunciara palabra, ya lo había visto.
El empresario hotelero, dueño del yate, yacía despatarrado junto a una mesa baja.
Su traje de lino blanco, inmaculado, parecía ajeno a la violencia que acababa de arrancarle la vida. La postura era forzada, antinatural.
Un reguero fino, casi imperceptible en la penumbra, se extendía desde la parte posterior de su cabeza hasta la alfombra persa, tiñéndola de un carmesí oscuro y brillante.
La sangre, aún húmeda, indicaba una muerte reciente.
No había lucha, no había signos de forcejeo.
Un único orificio de bala en la nuca, preciso, quirúrgico.
Era, sin duda, la rúbrica de una ejecución profesional.
Un golpe seco le atenazó el pecho, una punzada fría que le heló la sangre en las venas.
La mano despiadada de Tánatos se manifestaba en la brutalidad calculada, en la precisión gélida.
El hombre que se había jactado de su poder en la comandancia, que había intentado intimidarlo con la frase sobre «el honor de los que ya no están», era ahora uno de ellos, una ofrenda más en el altar de la organización.
Su anillo de oro en el meñique izquierdo brillaba con un último destello irónico.
—Lo han limpiado —murmuró Garmendia, su voz apenas un susurro de indignación contenida. Sus ojos azules se fijaron en Vidart, buscando una respuesta, una confirmación de lo que ambos ya sabían.
—Sin rastro —completó él, su mandíbula tensa—. Antes de que el yate se hunda, Tánatos se encarga de borrar toda huella. Ni siquiera sus propios peones quedan.
La imagen del Operador en el mirador, ajustando el detonador submarino, le regresó a la mente.
Esto era la prueba. El Erebo era una tumba programada, y el empresario, solo un mensaje más en el tablero de ajedrez.
No había compasión, solo la lógica férrea de la purga.
Un escalofrío de horror invadió a Vidart, no tanto por la muerte del empresario —un hombre que no le inspiraba piedad—, sino por la frialdad de Tánatos, la facilidad con la que borraba cualquier rastro, cualquier vida que pudiera comprometer sus planes.
Los minutos se les echaban encima, convirtiéndose en un adversario más en aquella cubierta silenciosa.
Garmendia, con el rostro pálido pero la mirada resuelta, ya se había arrodillado junto a un panel de servicio empotrado en la pared, ignorando la escena macabra.
Sus dedos ágiles, temblorosos solo por la prisa, abrían la compuerta metálica, revelando un enjambre de cables y circuitos.
El brillo de la pantalla de la tableta proyectaba patrones complejos sobre su rostro concentrado.
—El servidor principal —dijo, apenas audible, su voz tensa con la urgencia—. Debo encontrarlo antes de que el agua fría lo inunde. La información que buscamos, el rastro de la «Cúpula» que mencionó el empresario, tiene que estar aquí. Es su central de operaciones a bordo.
Vidart, con la Z-70 ya desenfundada, se movía por el camarote, sus ojos verdes escudriñando cada rincón, cada sombra.
El hombro herido le quemaba con un dolor punzante, pero lo ignoró.
Estaban en el corazón del peligro, en las entrañas del Erebo .
El tiempo corría, un hilo que se deshilachaba vertiginosamente, amenazando con arrastrarlos a ellos también.
Cada chirrido de la estructura del yate, cada leve balanceo, era un recordatorio de que la carga explosiva programada en el Capítulo 19 podía estallar en cualquier momento.
Se acercó a la puerta del camarote, abriéndola con cautela para asegurarse de que nadie más merodeaba por los pasillos, sumidos en la misma oscuridad silenciosa.
El sonido del mar contra el casco parecía amplificarse, un aviso ancestral.
La urgencia se le clavaba en las entrañas, una sensación fría y determinante.
Debían ser rápidos, más rápidos que el ritmo ineludible de Tánatos.
Tenían que despojar al Erebo de sus secretos antes de que se convirtiera en un sepulcro acuático, antes de que el peso del agua sellara para siempre la verdad que contenía.
El empresario muerto no era más que el presagio. El yate era el próximo.