Capítulo 22 El Refugio del Capitán
El resplandor amarillento de la lámpara de petróleo se extendía con dificultad por la estancia diminuta, intentando combatir la penumbra que se aferraba a las esquinas de la casa de pescadores.
La construcción, tosca y anclada a la roca, parecía haberse fusionado con el acantilado, respirando con el vaivén incesante del Atlántico.
Por las ventanas, abiertas de par en par, solo se veía la negrura densa del mar y, a lo lejos, el perfil borroso de la costa, devorada por la noche.
El aire salobre, cargado de humedad y el hedor dulce a alga podrida, llenaba cada recoveco, como un bálsamo áspero para los cuerpos contusionados de Vidart y Garmendia.
Habían arrastrado sus heridas hasta ese refugio precario, un regalo improvisado de las corrientes, que ahora les ofrecía una tregua mínima de la persecución.
El tobillo de Garmendia, hinchado y palpitante, la obligaba a sentarse en una silla baja, con la pierna extendida sobre otra.
Su rostro, surcado por la fatiga y los restos de sal incrustada, se iluminaba a intervalos con el fulgor intermitente de la pantalla de la lancha mercenaria.
Había desmantelado el panel de control del GPS con una destreza que desafiaba su agotamiento, sus dedos ágiles, acostumbrados a teclados limpios y entornos estériles, ahora se movían entre cables corroídos y suciedad.
Cada pulsación en el rudimentario teclado del sistema de navegación le recordaba el dolor en la articulación, pero la urgencia de la misión era una mordaza para cualquier queja.
Murmuraba entre dientes, tecleando con el visor de su tableta conectado al sistema de la lancha, descifrando protocolos de seguridad que habrían hecho sudar a cualquier experto en criptografía naval.
El pequeño dron LIDAR, su fiel compañero, reposaba inactivo a un lado, su luz apagada, esperando la próxima llamada a la acción.
El silencio, roto solo por el oleaje y el tecleo de Garmendia, se había instalado entre ellos, un silencio denso, compartido, forjado por el peligro y la huida.
La lancha, amarrada a un pequeño muelle natural, chocaba contra las rocas con un sonido hueco, un recordatorio constante de su precaria libertad.
Los músculos de su espalda ardían, un eco de la contienda bajo la calima, y cada respiración profunda hacía que las heridas en su piel áspera por la sal punzaran.
En el rincón más oscuro, apenas alcanzado por la luz titilante, Julián Vidart se dedicaba a la liturgia de su Z-70.
Cada movimiento era una danza precisa, una coreografía aprendida en mil patrullas, en mil noches como esta.
Desmontaba el arma pieza a pieza: la corredera, el cañón, el muelle recuperador.
El aceite, negro y denso, se esparcía sobre las superficies metálicas, puliendo el estriado, asegurando el mecanismo.
Sus dedos, grandes y callosos, se deslizaban por el acero frío, rastreando las huellas de la batalla, cada raspadura una cicatriz de la refriega en la Costa de los Hervideros.
La herida en su antebrazo, un arañazo profundo y limpio, había dejado de sangrar, pero irradiaba un calor sordo que se extendía hasta la palma de su mano, un recordatorio constante de la fragilidad del combate.
Mientras el aroma acre del aceite de arma se mezclaba con el de la salitre, la mente de Vidart navegaba por aguas profundas, lejos de la mecánica de su tarea.
Los fantasmas de Soria, siempre presentes, ahora se manifestaban con una nitidez abrumadora.
Recordaba a su hermano, su sonrisa, la promesa compartida de honor y servicio.
El código 44.821, la caja fuerte en el Banco de España, el rostro ceniciento de Ramón Otero incinerado en las salinas; todo se hilaba en una trama invisible, tejida con la sangre de los justos.
Se sentía como un espectro entre sombras, persiguiendo figuras que se disolvían con cada paso, dejando solo un rastro de ceniza y preguntas sin respuesta.
¿Era justicia lo que buscaba, o una venganza personal, alimentada por un dolor que no lograba cicatrizar?
El eco de su propia voz, el juramento de la academia, se difuminaba en el rugido del mar, arrastrando consigo la claridad de sus propósitos.
Observaba el brillo opaco del metal, preguntándose si el honor era un escudo o una mera ilusión, un faro que los engañaba en la oscuridad.
El peso de la moneda de plata de Las Hurdes, en el bolsillo de su pantalón, se sentía más pesado que nunca, un ancla en su propia tormenta interna.
Un crujido de la silla de madera rompió el hilo de sus pensamientos.
Garmendia, con la tableta apoyada precariamente sobre su muslo, levantó la mirada, sus ojos azules intensos capturando los de Vidart en la penumbra.
Una arruga se formó entre sus cejas, denotando una preocupación que iba más allá del cansancio.
—No son fantasmas si siguen matando, Capitán —dijo, su voz tranquila, casi un susurro que no necesitaba alzar por la intimidad del lugar.
El sonido era un contrapunto inesperado, suave, a la violencia de sus últimas horas.
La calima había desaparecido, dejando una noche clara, aunque desprovista de estrellas, con la luna oculta tras un velo de nubes.
Vidart dejó caer la corredera en un plato de hojalata que usaba como bandeja, el claqueo metálico resonando en la pequeña habitación. Su mirada verde, anclada en la de ella, llevaba el peso de una confesión inminente.
—Cada pista es una sombra que se alarga, Leire —respondió, su voz áspera, apenas un murmullo que el oleaje casi se tragaba—.
Cuando creo que agarro algo, se me escurre entre los dedos.
El alcalde, el empresario... peones. Siempre hay otro nivel.
Otro velo. No sé si estamos desmantelando algo o simplemente raspando la superficie de un abismo.
Los ojos de Garmendia se mantuvieron firmes, una fortaleza silenciosa en la noche. El dolor en su tobillo era un eco lejano, superado por la urgencia de la conexión.
—Pero no estamos solos. No estamos raspando la superficie sin hacer daño, Capitán. Los hemos forzado a salir de sus escondites, los hemos expuesto. Y aquí estamos, enteros.
Vidart asintió lentamente, sus ojos perdiéndose un instante en el oscuro cristal de la ventana, donde las olas se desdibujaban en una bruma irreal. La mención de su integridad, después de la emboscada, era un bálsamo.
—A veces siento que estoy persiguiendo mi propia sombra —admitió, la confesión saliendo a borbotones, liberando una tensión acumulada desde hacía días—.
La de mi hermano. La de lo que se llevó consigo.
Es como si Tánatos se alimentara de esa búsqueda, usándola para ponerme en su tablero.
Como si supieran que iré a por ellos, sin importar lo que cueste.
Garmendia le dedicó una pequeña sonrisa amarga.
—No estás solo en esta caza, Capitán. Te lo dije.
Estamos juntos en esto. La moneda de Las Hurdes, ¿recuerdas?
Es un lazo. Una promesa. No hay fantasmas que puedan con dos.
Solo queda descubrir qué pieza les duele más, y dónde se esconde su verdadera oscuridad. Y te aseguro que la vamos a encontrar.
La pantalla de la tableta de Garmendia, que había estado emitiendo un parpadeo constante, se detuvo de repente.
Un mapa rudimentario, con líneas de contorno verdes sobre un fondo azul oscuro, apareció con una nitidez inesperada.
Un punto rojo, diminuto pero inequívoco, brillaba en la inmensidad del océano, lejos de la costa.
—Lo tengo —dijo, su voz tensa, el cansancio olvidado en la descarga de adrenalina.
Vidart se irguió en el rincón, dejando a un lado la Z-70 ya ensamblada. El eco de su reflexión interna se disipó como humo ante la realidad urgente. Se acercó a ella cojeando levemente, la lámpara de petróleo reflejándose en sus ojos.
—¿El Erebo? —preguntó, su aliento casi contenido.
Ella asintió, su dedo trazando una línea invisible desde su ubicación hasta el punto rojo.
—Sí. El yate no ha regresado a puerto. Ha puesto rumbo al este, a unas treinta millas náuticas de la Isla de Lobos. Lleva horas a la deriva, sin transpondedor, sin luces. Está esperando su destino. O su verdugo.
La imagen en la pantalla era desoladora: una diminuta mancha en la vasta negrura del Atlántico, una espera que solo podía significar una cosa.
Tánatos no dejaba cabos sueltos, y el empresario hotelero, el dueño del yate, debía de ser el siguiente en la lista de "excedentes".
Los mercenarios en la costa de los Hervideros habrían sido una distracción para permitir que el Operador ejecutara la fase final de su plan.
Un escalofrío seco, sin rastro de humedad, le recorrió la espalda a Vidart, a pesar del calor pegajoso de la estancia.
El yate flotaba en la noche, una tumba improvisada.
—Podría ser una trampa —advirtió Vidart, aunque ya sabía la respuesta. La lógica de Tánatos era cruelmente predecible.
—O nuestra única oportunidad —replicó Garmendia, su mirada fija en el punto rojo, que parecía latir con una vida propia—. Si el Operador va a hundirlo, es porque contiene algo que no quiere que encontremos. Algo más allá del empresario.
Vidart miró la herida en su brazo, luego el tobillo vendado de Garmendia. El viento, que había amainado momentáneamente, volvió a aullar, silbando por las rendijas de la casa.
—Están heridos —dijo, su voz ronca, la verdad resonando en el aire.
—Estamos agotados —corrigió Garmendia, levantando la vista para encontrar la suya—.
Pero no muertos. Y si vamos ahora, bajo la oscuridad, podríamos tener una ventaja.
Antes de que el mar se lo trague todo. El reloj de la tableta marcaba las 21:00.
Necesitaban actuar rápido. El yate no tardaría en desaparecer para siempre.
La tensión en la pequeña habitación se hizo casi palpable, una cuerda estirada hasta el límite. El sonido de las olas se volvió un tambor grave, una invitación al abismo.
—Prepara el equipo. Nos vamos —dijo Vidart, y en su mirada, la fatiga había sido reemplazada por una determinación implacable. La caza había tomado una nueva dirección, mar adentro, hacia el corazón mismo de la oscuridad.