Sangre en la Calima (Caminos de Honor 2) Capítulo 26 El Mensajero de Soria 2
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Capítulo 26 El Mensajero de Soria 2

E l aire en la Comandancia de Arrecife olía a desinfectante y a café quemado, una mezcla tan familiar para Julián Vidart como el repicar de su propio corazón.

Pero aquel día, la familiaridad se sentía como una traición.

La luz pálida de los fluorescentes del pasillo rebotaba en el brillo pulido de sus galones, una formalidad que ahora le pesaba como una losa.

Las costillas aún le dolían, recordatorio agudo del pulso del océano en el rescate.

Leire, a su lado, revisaba con una meticulosidad casi febril los registros del yate Erebo en su tableta, sus dedos finos un torbellino sobre la pantalla, como si la velocidad pudiese borrar las imágenes del hundimiento, o el rostro sin vida del empresario.

Se percibía un silencio tenso que era la secuela del alivio.

El mar había devuelto a sus hombres, pero también había engullido las pruebas.

El sonido del teléfono de Vidart, un zumbido abrupto y ordinario, se clavó en el corazón de aquel silencio.

Número oculto. Una punzada de alerta le recorrió la nuca.

La calima, que aún velaba el cielo, parecía haberse filtrado en la propia atmósfera de la comandancia.

Llevó el aparato al oído, la palma de la mano húmeda.

—¿Sí? —Su voz sonó más áspera de lo previsto.

Al otro lado, un aliento. Luego, una voz modulada por un distorsionador electrónico, una especie de susurro metálico que vibraba con un frío inhumano. No era la voz de El Operador, no esa cadencia monocorde que había sentido en su nuca. Esta era otra, más… digital.

—Habéis hundido el Erebo, capitán. —Las palabras, apenas un hilillo electrónico, se arrastraron por la línea como una marea invisible—. Una buena jugada. Pero la frecuencia sigue activa.

Un eco helado se desplegó en el pecho de Vidart.

La frecuencia. El 44.821. Aquel mensaje encriptado, el latido fantasma que había marcado cada paso de su pesquisa.

El yate hundido no era el fin de nada, sino el inicio de una nueva fase.

El pulso se le disparó, un martilleo rítmico que resonaba con el tic-tac invisible de un artefacto a punto de detonar.

La mano le oprimió con fuerza el aparato, los nudillos blanqueados. La sangre se le congeló en las venas.

—¿Quién es? —demandó, su voz apenas un gruñido. Leire levantó la vista, sus ojos azules fijos en él, percibiendo la súbita tensión en su postura.

La voz distorsionada emitió una risa breve, seca, una sinfonía de crujidos electrónicos que le erizó el vello de los brazos. Una risa que no denotaba alegría, sino una profunda e insondable superioridad.

—Vosotros, capitán Vidart, sois piezas en un tablero mucho más grande. —Las palabras se esfumaron, seguidas por un silencio abrupto que cortó la llamada.

Vidart mantuvo el teléfono pegado a la oreja un instante más, la incredulidad mordiéndole las entrañas, el sudor frío resbalando por su espalda.

La llamada no era una amenaza vacía, ni una fanfarronada.

Era una confirmación, un nuevo escalón en la espiral de los acontecimientos.

Miró a Leire, sus ojos verdes intensos comunicando una alarma que no necesitaba palabras.

—Nos han llamado —dijo, la voz más baja de lo que hubiera querido, casi un susurro ronco—. Dicen que la frecuencia sigue activa.

Justo en ese instante, el mundo de la Comandancia de Arrecife se desmoronó.

De pronto, un siseo estridente brotó de los altavoces empotrados en el techo, un sonido áspero que creció en volumen, invadiendo cada rincón del cuartel.

No era una melodía ni un mensaje claro, sino una estática rítmica, un patrón de zumbidos y chasquidos que, para Vidart, era inconfundible.

Era la frecuencia 44.821. La misma estática que Garmendia había sintonizado en Famara, el mismo mensaje cifrado que su hermano había mencionado antes de morir.

El sonido llenó los pasillos, las oficinas, el comedor, el eco metálico de un mensaje que se repetía, una y otra vez, con la misma cadencia insidiosa. Era un hackeo total, brutalmente intrusivo.

Leire se levantó de un salto, la tableta casi se le escapa de las manos. Su rostro, apenas unos segundos antes aliviado, se transformó en una máscara de horror, una incredulidad cruda que no se podía disimular.

—No puede ser —murmuró, la voz tensa, casi inaudible por el zumbido invasor—. Están... dentro.

Los ojos azules de Leire se abrieron por completo, reflejando el pánico que ya empezaba a esparcirse por el lugar.

Los agentes, que hasta hacía un instante llenaban los espacios con el rutinario ir y venir de sus tareas, se detuvieron.

Las conversaciones se ahogaron, los cafés a medio beber quedaron olvidados sobre las mesas.

Las miradas se cruzaron, interrogativas, luego asustadas.

Vidart sintió un nudo helado en el estómago.

Aquello no era una simple intrusión informática.

Era una mofa, una bofetada en la cara de la institución.

No solo habían hundido un yate y ejecutado a un hombre, sino que ahora se permitían la insolencia de profanar su propio sanctasanctórum.

La melodía de la estática era una risa, un escarnio sonoro.

El pulso del 44.821 latía en los altavoces, afirmando su presencia, su control, su poder para acceder a cualquier punto, para burlar cualquier seguridad.

Era un golpe maestro de Tánatos, una demostración de fuerza que no dejaba lugar a dudas. La rabia, contenida hasta entonces por la necesidad de acción, empezó a hervirle en las venas, mezclándose con un frío metal en el pecho.

Miró a Leire, que ya se había lanzado hacia la sala de servidores más cercana, sus movimientos ágiles a pesar de la cojera que arrastraba desde el malpaís.

La imagen de la joven teniente, lanzándose a la batalla tecnológica, le devolvió una pizca de cordura.

No estaban solos, no aún. Pero la sensación de vulnerabilidad era lacerante.

La Comandancia, el lugar que representaba la ley, la autoridad, el refugio, ahora era un teatro para la demostración de poder del enemigo.

Una fría certeza se instaló en el ánimo de Vidart: Tánatos no solo operaba en las sombras.

No. Había penetrado la médula misma de su institución, la Guardia Civil.

Había corroído sus cimientos, instalado sus tentáculos en los engranajes de la maquinaria que juraron proteger.

Un desgarro. Una puñalada. El rostro de Vidart se endureció.

No era solo rabia; era la indignación visceral de quien ve profanado lo más sagrado.

La traición le mordió. Su juramento, su divisa, su escudo, todo se sentía contaminado.

El honor, un concepto que había guiado su vida y la de su hermano, era ahora una palabra hueca que resonaba con la estática burlona de los altavoces.

Se tambaleó por un momento, la magnitud de la infiltración abrumándolo.

No era solo un enemigo exterior; era un enemigo que se había colado por las grietas, que conocía los códigos, que podía operar desde dentro.

Los diarios de su hermano, la placa carbonizada de Ramón Otero, el código 44.

821, la lista de purgados. Todo se hilvanaba en una tela de araña tan vasta y compleja que le hacía dudar de su propia mente.

¿Hasta dónde llegaba la podredumbre? ¿Quién más, de los suyos, estaba implicado?

¿A quién podía fiarse ahora? El aire se hizo pesado, denso con la incredulidad y un amargo sabor a derrota.

El zumbido monótono de la frecuencia 44.

821 continuaba, una tortura auditiva que se incrustaba en el cráneo.

Los agentes corrían de un lado a otro, sus rostros surcados por la confusión y el miedo.

Algunos intentaban desconectar los altavoces, otros clamaban por apagar la corriente principal, pero la señal no cedía.

La voz de Leire, tensa y urgente, cortó la maraña de ruidos desde la sala de sistemas.

—¡Julián, ven aquí! ¡Rápido!

Vidart, con un respingo, sacudió el estupor que lo había atenazado y se lanzó hacia la sala.

Leire estaba delante de una de las pantallas principales, sus dedos volaban sobre el teclado con una rapidez pasmosa, tecleando comandos, abriendo y cerrando ventanas, intentando localizar la fuente.

Pero la frecuencia persistía, un latido digital que parecía emanar de las propias paredes de la Comandancia.

—No doy con el origen —espetó Leire, sin apartar la mirada de la pantalla, sus hombros tensos, los puños que no estaban tecleando apretados—. Se replica, se oculta, es como… un fantasma en la red. ¡Parece estar en cada nodo a la vez!

Su voz, normalmente tan cerebral y tranquila, ahora estaba teñida de una frustración cruda, de una impotencia que rara vez mostraba. La impotencia era un veneno que se extendía.

—¿No puedes… silenciarlo? —preguntó Vidart, la garganta seca, su mirada escudriñando los indicadores de la pantalla. El rojo parpadeaba en varios puntos, señalando intrusión, fallos, errores críticos.

—No es tan simple. —El aliento de Leire escapó en un siseo desesperado—.

Han plantado un troyano recursivo. Cada vez que intento cortarlo, se activa en otro punto.

Se alimenta de la propia red para sobrevivir.

Nos han superado, Julián. Han superado nuestros cortafuegos, nuestras defensas.

Es como si conocieran cada debilidad, cada punto ciego. ¡Es el colmo de la insolencia!

Vidart observó cómo otros agentes llegaban a la sala, sus rostros reflejando la misma mezcla de pánico e ira contenida. El capitán de la guardia local, el Teniente García, un hombre de hombros anchos y mirada agotada, se acercó, su voz apenas un hilo.

—¿Qué demonios está pasando, Capitán Vidart? No podemos apagarlo. Parece que el sistema entero está comprometido. ¡Estamos ciegos, sordos y mudos!

La humillación era palpable. La Comandancia, bastión de la ley en la isla, había sido asaltada sin disparar un solo tiro, desde dentro, con una audacia que dejaba sin aliento.

Era un golpe demoledor a la moral, una muestra de que nadie estaba a salvo, ni siquiera en su propio hogar.

El zumbido de la frecuencia se había convertido en el réquiem de su seguridad.

Vidart sintió que la sangre le ardía en las venas.

La reflexión interna se volvió una certeza cortante.

Aquel hackeo no era simplemente una demostración de fuerza.

No era una provocación trivial. Era una declaración de guerra abierta.

Un guante lanzado directamente a su cara.

Tánatos estaba dentro, en la médula de la Guardia Civil, operando con una impunidad que hacía temblar los cimientos de su confianza en la institución.

Y ellos, Julián Vidart y Leire Garmendia, eran los objetivos.

El mensaje era cristalino: sabían dónde estaban, qué habían hecho, y ahora les demostraban que podían llegar a ellos incluso detrás de los muros de su propio cuartel.

La persecución había escalado, se había convertido en una cacería sin cuartel.

No podían permanecer allí. No podían confiar en nadie. El aire de la Comandancia se había vuelto tóxico, denso con la sospecha y la certeza de la traición.

—Leire —la voz de Vidart fue un látigo, clara y concisa en medio del caos, sin un atisbo de duda—. No intentes apagarlo, no luches contra el troyano. ¡Bórralo!

Leire se volvió, sus ojos buscando los de Vidart.

—¿Borrarlo? Pero… la información. Podría ser clave.

—No podemos permitirnos el lujo de la paciencia —interrumpió Vidart, su mirada férrea, el rostro esculpido por una determinación helada—.

Quieren que estemos paralizados, que dudemos.

Quieren que nos expongamos buscando la fuente.

Borra todo lo que puedas. Purga el servidor local.

¡Desde la raíz! Tenemos que cortar la conexión, limpiar el tablero.

Luego, ya veremos cómo rastreamos al que plantó esa mierda. Tenemos que salir de aquí.

La joven teniente asintió, la vacilación apenas un parpadeo.

Sus dedos volvieron a volar sobre el teclado, pero esta vez con una nueva ferocidad, una urgencia que era casi desesperada.

Los comandos se sucedieron, líneas de código que prometían una aniquilación digital.

El zumbido de la frecuencia 44.821 siguió, impávido, pero ahora, en la sala de servidores, la batalla por el control se había iniciado de verdad.

Vidart sintió la urgencia de la huida, una necesidad imperiosa de moverse, de no ser un blanco estático.

Sus manos, instintivamente, buscaron el cañón de su Z-70, un gesto de seguridad que le anclaba en la cruda realidad.

Ya no había tiempo para el análisis exhaustivo, para la diplomacia, para la burocracia.

Se había declarado una guerra silente, y ellos estaban en el punto de mira.