Sangre en la Calima (Caminos de Honor 2) Capítulo 17 La Interferencia Política
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Capítulo 17 La Interferencia Política

E l aire en el coche del cabo Morales se había espesado hasta volverse una quietud insoportable.

Leire, con el tobillo rudimentariamente vendado, los tendones tirantes y un dolor pulsátil que le trepaba por la pierna, llevaba la última hora devorando los datos del disco duro, la tableta encendida sobre sus rodillas.

Vidart, a su lado, había guardado un silencio pétreo; la sombra de su hermano planeaba sobre su memoria con cada nombre que Leire susurraba del listado de la purga.

La autopista, una cinta gris extendida bajo un cielo blanquecino, los había arrastrado desde el salitre de Janubio hasta el asfalto hirviente de Arrecife; un trayecto donde los paisajes mutaban, sin tregua, de lo telúrico a lo urbano.

El sol, un disco desvaído en el cenit, rebotaba cegador en el capó del vehículo, y el sudor, una capa fría, se adhería a su ropa como una segunda piel.

A Leire, la pierna le tembló al intentar descender; Vidart, sin dudarlo, le ofreció el hombro.

Sus ojos verdes se encontraron con los azules de ella; una comprensión tácita se instaló entre ambos.

El cabo Morales se limitó a asentir, su rostro tallado por mil calimas, la mandíbula tensa.

Subieron la escalinata de piedra, el mármol pulido reflejando el sol bajo sus botas, en dirección al olor a incienso rancio y papel envejecido que se colaba de las estancias interiores.

La oficina del Alcalde era un mausoleo de madera oscura y tapicería recargada; una escenografía burda para el hombre que se parapetaba tras un escritorio imponente.

El Alcalde, bajo y rellenito, el ceño perpetuamente fruncido, el cuello de la camisa tan ajustado que le abultaba la papada, los recibió con una sonrisa forzada, incapaz de disipar la frialdad de sus ojos castaños, pequeños y huidizos.

En su meñique derecho, un reloj de oro ostentoso captaba el tenue rayo de luz colado por la ventana, un reflejo descarado de su gusto por la opulencia.

El aire en la sala era denso, pesado, como si la misma corrupción pudiese palparse.

Sus párpados se entornaron con desdén cuando su mirada se detuvo en el vendaje de Garmendia y en el semblante endurecido de Vidart.

Un tazón de plástico, desbordado de caramelos de miel, descansaba sobre la madera pulida, un intento patético por dulcificar la atmósfera.

—Capitán, Teniente —saludó el Alcalde con una voz untuosa, un esfuerzo por sonar afable que resultó más bien condescendiente—. Supongo que habrán recibido mi invitación… o, mejor dicho, mi requerimiento. Tomen asiento, por favor. No tenemos todo el día.

Vidart permaneció de pie, su alta figura proyectando una sombra lúgubre sobre el rostro rollizo del Alcalde.

Leire se sentó, el dolor de su tobillo una punzada constante, pero su expresión se mantuvo impasible.

El silencio de Vidart era un arma; nunca había sido hombre de muchas palabras.

Su mirada, verde e intensa, se posó sobre el político, un escrutinio que hizo a este tambalearse ligeramente en su asiento.

El Alcalde carraspeó, incómodo, y se recostó en su sillón de cuero, que crujió bajo su peso.

—Señores —continuó, agitando una mano regordeta con impaciencia—, entiendo su celo, pero deben comprender que estas islas viven del turismo.

Un incidente como el del volcán, los rumores sobre…

bueno, sobre cualquier cosa que afecte la imagen, resultan catastróficos.

Ya saben, la prensa, las redes sociales.

Estamos hablando de millones de euros, de la reputación de todo un archipiélago.

El Alcalde se inclinó hacia adelante, su voz bajando a un tono confidencial, aunque el brillo en sus ojos no invitaba a la confianza.

—Les pido encarecidamente que cesen esta…

investigación. Confíen en las autoridades locales.

Ya hemos intervenido en el asunto. Hemos puesto a los mejores hombres de mi equipo a trabajar, ¿verdad, Morales?

—espetó, intentando arrastrar al cabo a su terreno.

Morales, que había permanecido inmóvil a la espalda de los agentes de la UCO, apenas se movió, su mirada fija en un punto indeterminado más allá de la ventana.

Vidart sintió la bilis subirle por la garganta.

La frase «los mejores hombres de mi equipo» se le antojaba una burla cruel, dada la facilidad con la que Tánatos se había infiltrado en la isla.

El Alcalde repetía un guion, una cantinela gastada.

Aquel era el clásico lenguaje de la corrupción, siempre envuelto en el manto del «bien común» y la «economía local».

Para él, el cuerpo de un agente asesinado era un inconveniente, un riesgo para el negocio, no una vida.

La rabia, contenida, le hacía temblar las manos. Su mente regresó a Soria, a la imagen desdibujada de su hermano. La historia se repetía, con distintos escenarios y los mismos actores: los que protegían el dinero y los que pagaban el precio.

—Con todo respeto, Alcalde —intervino Garmendia, su voz clara y controlada, un contrapunto a la verborrea del hombre—.

La UCO no cede ante presiones económicas.

Estamos hablando de un asesinato, de una organización criminal con tentáculos que van mucho más allá de un simple problema de imagen turística.

Tenemos un protocolo. Lo vamos a seguir hasta el final.

Los daños colaterales de su inacción serían mucho mayores que cualquier caída en la ocupación hotelera.

La teniente mantenía una calma irritante para el Alcalde, quien agitó la mano de nuevo, esta vez con más fuerza.

—¡Tonterías! Son elucubraciones suyas. No hay ninguna organización.

Un delincuente común, quizá. ¿Qué van a hacer?

¿Asustar a los jubilados alemanes con historias de momias y volcanes?

Esto es un circo, señorita. Y créame, no es bueno para el negocio.

Deberían estar ya de vuelta en la península. Aquí no hay nada para ustedes.

Vidart vio cómo el Alcalde se atrevía a cruzar las piernas, apoyando el reloj ostentoso en su rodilla, un gesto que denotaba su falsa seguridad.

La indignación le subió por la garganta.

La imagen de ese hombre, ignorando la gravedad de lo que habían descubierto, protegiendo intereses ocultos, le revolvía el estómago.

No era la primera vez que se encontraba con la podredumbre del poder político.

Era un eco de lo que había vivido en Las Hurdes, pero a una escala mayor, más sofisticada.

La lógica económica, retorcida para justificar el encubrimiento de crímenes, se alzaba como una barrera insalvable para los que, como él, solo buscaban la verdad.

—¿De verdad cree, Alcalde, que la UCO se mueve por rumores?

—preguntó Garmendia, su voz un filo de acero oculto bajo un terciopelo de cortesía.

El Alcalde, con una arrogancia que rayaba en la estupidez, estaba a punto de responder con otra perorata sobre la importancia del turismo cuando Garmendia deslizó la tableta por el pulido escritorio.

La pantalla se encendió, proyectando una intrincada red de líneas de colores sobre un mapa detallado de la costa de Lanzarote.

No era un mapa turístico. Era un diagrama técnico, lleno de nodos y segmentos, que representaba un entramado de conexiones submarinas.

Garmendia señaló un punto específico en la costa.

—Esto, Alcalde, es un cable de fibra óptica de última generación, conectado ilegalmente a un repetidor submarino.

Una conexión de banda ancha de alta velocidad, oculta bajo boyas de comunicación simuladas.

Su ubicación está muy cerca de una zona de alta protección ambiental; una violación flagrante de la normativa marina, sin contar con los permisos de telecomunicaciones.

La teniente tecleó un comando, y un nuevo dato apareció en la pantalla: una secuencia alfanumérica, la dirección MAC del servidor submarino que había copiado la noche anterior.

—Y esta —continuó, señalando la cadena de caracteres— es la dirección MAC del servidor al que se conecta.

Nuestro análisis preliminar sugiere que no es un servidor local, sino un punto de retransmisión masivo, capaz de mover terabytes de información en segundos.

Es mucho más de lo que cualquier «empresa turística» podría necesitar para su conexión a internet.

Los datos que tenemos indican que este servidor es fundamental para una red de comunicación clandestina.

Sabemos que ha estado en funcionamiento, por lo menos, durante los últimos dos años.

El Alcalde, que se había inclinado ligeramente para observar la pantalla, palideció de inmediato.

Sus ojos huidizos se movieron de la pantalla a Garmendia, luego a Vidart, buscando una grieta, una señal de farol.

Pero la teniente no parpadeó. Su rostro, aunque adolorido por la tensión, irradiaba una certeza inquebrantable.

El brillo en el reloj de oro del Alcalde pareció ahora opacarse; su mueca de suficiencia, un rictus de alarma.

El hombre se irguió, su postura ahora rígida, la papada temblándole ligeramente.

—Esto… esto es… una… invención. Una exageración.